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CAPÍTULO 6: AUSENCIA CON NOMBRE

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 20 de agosto de 2026

No regresó durante dieciocho días.

No porque no quisiera, sino porque Elara había pedido tiempo. Aquello tampoco debería haber importado: el parque era público, la ciudad no le pertenecía, y Varek había atravesado dimensiones más hostiles que un simple banco de madera y un atardecer anaranjado. Podría haber aparecido cuando le viniera en gana, como había hecho siempre, como hacía cualquier criatura con suficiente poder para ignorar los límites de los humanos. Pero ella había retrocedido cuando él avanzó, y había dicho no. Y Varek, que había pasado siglos obedeciendo órdenes de seres capaces de desintegrarlo con un pensamiento, descubrió que aquella palabra, pronunciada por una humana sin más armas que su voz y su miedo, pesaba más de lo que jamás habría imaginado.

Así que esperó. Los dieciocho días se alargaron incómodos y vacíos, llenos de un silencio que antes no le afectaba. Pero en el decimonoveno, cuando la impaciencia se volvió insoportable, abrió una grieta.

Elara estaba en el banco. No llevaba café, y eso lo descolocó más de lo que quiso admitir: su rutina era una de las pocas certezas que le quedaban, y verla rota le recordó que ella también podía cambiar. Varek se detuvo a varios metros, una distancia que consideró prudente, aunque su instinto le exigiera acortarla. Ella levantó la mirada, y el viento movió algunos cabellos sueltos que se pegaron a sus labios.

—Puedes acercarte. Pensaba que volverías antes —dijo ella, en su tono había un reproche apenas escondido.

—Pediste tiempo.

—Sí.

—No dijiste cuánto.

—No.

—Así que elegí una cantidad que me pareció suficiente.

—¿Dieciocho días?

—Sí.

—¿Por qué dieciocho?

Varek lo pensó, aunque no era una cuestión que requiriera análisis. Diecisiete le habían parecido pocos; diecinueve, demasiados; dieciocho era el número que su mente había fijado sin consultarle a nadie.

—Diecisiete parecían pocos —respondió al fin.

Elara lo miró unos segundos, sus ojos recorriendo su rostro con una mezcla de incredulidad. Después se rio. La risa fue corta, pero rompió la tensión lo suficiente para que ambos respiraran con más facilidad.

—He pensado en lo que dijiste —comentó ella. —Sigo teniendo miedo.

—Es sensato —dijo él, y era cierto. Una humana que no temiera a lo que él representaba sería estúpida o ciega, y Elara no era ninguna de las dos.

—No tanto de que seas un demonio.

—Eso parece menos sensato.

—Me da miedo no saber quién eres. No sé qué has hecho—continuó—. No sé para quién trabajas. No sé qué significa para ti recibir una orden. Y no pienso fingir que no importa solo porque me caes bien.

—¿Te caigo bien?

Elara cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había una mezcla de exasperación y afecto en ellos.

—Eso es lo que has entendido de todo lo que acabo de decir.

—Es la parte menos clara.

—Eres imposible.

—Probablemente.

Ella negó con la cabeza, pero una sonrisa tembló en sus labios antes de que la seriedad regresara. Alzó la mirada, fijándose en él.

—No voy a pedirte que me cuentes cosas que no puedes contar. Pero tampoco voy a imaginar que eres bueno solo porque no me has hecho daño.

—No lo soy —admitió.

—No he dicho eso.

—Yo sí.

Elara lo estudió. Sus dedos se detuvieron sobre el lomo del libro, y el silencio se alargó hasta que ella preguntó:

—¿Has hecho cosas terribles?

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Varek abrió la boca. La pregunta era simple, pero su respuesta no lo era. Durante siglos, el arrepentimiento había sido un lujo que no podía permitirse, una emoción que habría interferido con su función.

—No lo sé —admitió al fin. Era una respuesta mucho más difícil que un sí o un no, y lo sabía. Porque un sí o un no lo habrían absuelto o condenado. —Durante mucho tiempo no pensé en ello. Hacía lo que debía hacerse.

—Eso no significa que estuviera bien.

—No.

Elara pareció sorprenderse otra vez. Varek bajó la mirada hacia sus manos, como si buscara en la palma de su piel la respuesta que no encontraba.

—Tampoco significa que pudiera elegir siempre.

—¿Y ahora? —preguntó ella. —¿Puedes elegir?

Varek pensó en los registros falsificados, en las grietas clandestinas, en los turnos modificados. En dieciocho días esperando porque una humana le había pedido espacio.

—Estoy empezando a hacerlo —respondió.

Elara permaneció en silencio. Aquella noche no le pidió nada más, y Varek entendió que la razón por la que había regresado no era porque ella ignorara lo que él podía ser. Era precisamente lo contrario: Elara había empezado a verlo, y todavía no se había marchado.

En los meses que siguieron, su relación se construyó a partir de pequeñas desobediencias.

Varek aprendió que Elara odiaba el silencio absoluto cuando estaba triste, pero lo buscaba cuando estaba enfadada. Que doblaba las esquinas de los libros pese a afirmar que eso era un crimen imperdonable, y que prefería el café demasiado caliente, casi a punto de quemar. Que hablaba de su madre en presente durante los primeros minutos, antes de corregirse con un suspiro.

—Mi madre dice... —comenzaba; luego hacía una pausa. —Decía.

Varek nunca señaló el error. Se limitaba a observar cómo las palabras se enredaban en sus labios, y a sentir una punzada de algo parecido a la compasión.

Aprendió también que Elara no siempre acudía cuando soñaba con una grieta. Había visiones que la despertaban en medio de la noche, pero otras que simplemente ignoraba, como si pudiera decidir qué realidades merecían su atención.

—Algunas deberían permanecer cerradas —explicó una noche, mientras la brisa movía las páginas de su libro.

—¿Cómo sabes cuál seguir?

—No lo sé.

—Eso no parece un buen método de supervivencia.

—Lo dice el demonio que cruza ilegalmente entre mundos para beber un café que odia.

Varek había dejado de fingir que no le gustaban sus burlas. Aquel comentario le arrancó un sonido que casi podía considerarse una risa, y Elara lo miró con sorpresa.

Elara también aprendió cosas de él. Que no necesitaba respirar, aunque comenzó a hacerlo con mayor frecuencia cuando estaba con ella, como si aquel gesto lo acercara a la humanidad. Que podía permanecer completamente inmóvil durante tanto tiempo que resultaba inquietante, y que no comprendía determinadas bromas. Que sabía reconocer una mentira a varias habitaciones de distancia, pero era incapaz de entender cuándo un humano decía una cosa esperando que otra persona adivinara la contraria.

—Eso es absurdo —declaró Varek una tarde, mientras ella intentaba explicarle un chiste.

—Se llama indirecta.

—Se llama comunicar mal.

Elara se rio durante varios minutos. Varek la observó sin comprender del todo, pero con una sensación extraña en el pecho.

Él aprendió palabras humanas que había olvidado; ella aprendió a no formular determinadas preguntas cuando los ojos de Varek se endurecían. Ninguno explicó por qué seguía volviendo, y con el tiempo dejaron de necesitar hacerlo. La costumbre se convirtió en rutina.

Hasta que una noche Varek no llegó.

Elara estuvo esperando casi dos horas. Varek lo supo porque, cuando por fin apareció, el café que ella había traído se había enfriado y el termo reposaba solo sobre el banco. Ella estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, el cabello desordenado por el viento y los ojos brillantes con una mezcla de miedo y furia.

—Estás aquí —dijo.

Varek cerró la grieta tras de sí. La herida que le atravesaba el costado aún ardía, aunque la carne ya comenzaba a regenerarse bajo la ropa.

—Sí.

—¿Qué te ha pasado?

—Nada importante.

—Estás sangrando.

—Ya está cerrándose.

—¿Por eso has llegado tarde?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

—Una misión.

—Claro.

El tono hizo que frunciera el ceño. Había un veneno en esa palabra, una amargura que no encajaba con lo que esperaba.

—¿Qué significa eso?

—Que siempre es una misión.

—Porque lo es.

Elara se pasó una mano por el rostro, y Varek notó cómo sus dedos temblaban ligeramente.

—He pensado que estabas muerto.

—No es fácil matarme.

—No lo sabía.

—Ahora lo sabes.

—Ese no es el problema.

Varek no entendía. La lógica que había regido su existencia durante siglos no le ofrecía herramientas para descifrar aquella conversación.

Elara soltó aire lentamente y dio un paso atrás ampliando la distancia entre ambos.

—No puedes aparecer durante meses, hacer que me acostumbre a que vengas y después esperar que no me importe si un día desapareces.

—No te he pedido que esperes.

Elara se quedó helada. Su rostro se endureció, y Varek comprendió demasiado tarde que había escogido mal las palabras. Muy mal.

—No —respondió ella—. No me lo has pedido.

—Elara.

—No.

Volvió a detenerse. La misma palabra que ella había usado la primera noche, pero esta vez estaba herida por un dolor que él mismo había causado.

—No puedes utilizar eso ahora —dijo—. Usar mi nombre, como si arreglara lo que acabas de decir.

Varek guardó silencio. No sabía qué hacer. No existía protocolo para aquello. No podía eliminar el problema con una orden, no podía amenazarlo, no podía seguir una instrucción que nadie le había dado. Solo tenía delante a una humana enfadada porque había temido perderlo, y aquello lo aterraba mucho más que la herida que acababa de cerrarse.

—No quería que esperaras porque podría no regresar —dijo.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Porque es verdad.

Ella apretó los labios, y Varek continuó antes de perder el valor.

—Cada vez que vengo aquí incumplo órdenes. Altero registros. Abro accesos que no debería abrir. Si alguien descubre lo que hago...

—¿Qué pasaría?

—Me castigarían.

—¿Cómo?

Varek no respondió. El silencio fue su única respuesta, y Elara entendió. Su enfado no desapareció; cambió de forma. La furia se transformó en algo más frío, más profundo.

—¿Te matarían?

—Algo parecido.

—¿Y sigues viniendo?

—Sí.

—¿Por qué?

La misma pregunta. La segunda noche. Meses después. Esta vez Varek conocía la respuesta, y eso era precisamente lo que lo asustaba.

—Porque cuando estoy aquí no siento que esté cumpliendo una función.

Varek miró el banco, las farolas, el termo que ella sostenía entre sus manos. Cualquier cosa, salvo sus ojos.

—En el Averno todo tiene un propósito. Cada criatura ocupa un lugar. Cada acción tiene una consecuencia y cada relación existe porque alguien necesita algo de alguien. Contigo no sé qué se supone que debo hacer.

—Eso suena bastante mal.

—No era un insulto.

—Ya. A mí tampoco me gusta esperar sin saber si vas a volver.

—No puedo prometerte que siempre lo haré.

—No te estoy pidiendo eso.

—¿Qué me pides?

—Que no decidas por mí qué debería importarme. Si un día no puedes venir, no vengas. Si tienes que desaparecer, desaparecerás. No puedo controlar eso. Pero no vuelvas a decirme que no me has pedido que espere, como si eso significara que yo no puedo elegir hacerlo.

Elección. Otra vez esa palabra, sin pronunciarse, pero presente entre ellos. Varek le sostuvo la mirada. Por primera vez en siglos, no supo qué hacer con su poder.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

—No volveré a decidir eso por ti.

Elara asintió. El gesto fue breve, pero Varek vio cómo la tensión abandonaba sus hombros.

—Bien.

Se sentaron, y el leve roce al acomodarse se sintió en Varek como algo no pudo ignorar. El café estaba frío, pero bebió igual, buscando en ese gesto una forma de contener lo que le temblaba por dentro mientras Elara lo observaba. Ella hizo una mueca que no era rechazo, sino algo más profundo.

—Ahora sí que has perdido completamente la cabeza.

—Sigue sabiendo horrible.

—Está helado.

—No he dicho que haya empeorado.

Ella soltó una carcajada. Varek por primera vez comprendió que no regresaba únicamente porque Elara pudiera verlo. Regresaba porque, cuando ella lo hacía, encontraba algo que el Averno jamás le había permitido tener: una versión de sí mismo que no estaba cumpliendo una orden.

El primer roce ocurrió por accidente: Elara le entregaba el termo y sus dedos se tocaron, un contacto breve que, para Varek, se extendió como un calor inesperado. Ella no retiró la mano de inmediato, y esa mínima demora lo desconcertó; él sí lo hizo, demasiado rápido, tanto que el recipiente casi cayó al suelo, pero Elara lo atrapó antes de que tocara el piso.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada.

—Varek.

Él miró su mano, todavía marcada por el calor de los dedos de Elara, una sensación que no debería haber sido tan intensa. Su cuerpo demoníaco estaba hecho para percibir temperatura, presión y dolor como simples datos, información útil para sobrevivir, pero aquello no había parecido información.

—No estoy acostumbrado —admitió.

—¿A tocar?

—A que me toquen sin intención de hacerme daño.

La expresión de Elara cambió. Varek se arrepintió de inmediato de haberlo dicho. La lástima era una emoción que no estaba dispuesto a tolerar. Pero no fue eso lo que apareció en su rostro, Elara simplemente volvió a extenderle el termo. Esta vez dejó suficiente espacio para que sus dedos no se rozaran.

—No tienes que acostumbrarte hoy.

Varek la miró.

Varek la miró mientras ella abría el libro, sin convertir su confesión en algo solemne ni preguntar quién le había hecho daño, sin intentar tocarlo otra vez para demostrar nada; simplemente aceptó el límite, y esa naturalidad lo desarmó más que cualquier gesto. Sostuvo el café entre las manos durante mucho tiempo, como si el calor tenue del vaso pudiera ordenar lo que sentía.

Días después, cuando Elara llegó temblando bajo una llovizna fina que empapaba su cabello y sus hombros, fue él quien se quitó la chaqueta sin pensarlo.

—No tengo frío —protestó ella.

—Estás temblando.

Varek se la colocó sobre los hombros antes de que ella terminara la frase. El gesto los dejó demasiado cerca, lo suficiente para que Varek distinguiera las gotas atrapadas en sus pestañas, el anillo gris alrededor de sus pupilas y una peca diminuta junto a la comisura izquierda de su boca. Elara alzó los ojos y sus miradas se encontraron, por un instante ninguno se movió. Varek podría haber retrocedido, como siempre hacía, como su instinto le ordenaba, pero no lo hizo, y Elara tampoco; la lluvia seguía cayendo, aunque ambos parecían inmunes a ella.

Entonces ella sujetó la chaqueta contra su cuerpo y dijo:

—Gracias.

Una sola palabra, y Varek sintió que contenía todo lo que ninguno se atrevía a nombrar. Volvió a sentarse; el banco estaba mojado, pero no le importó. Aquella noche hablaron menos: el silencio entre ellos había cambiado, ya no era ausencia, sino algo que empezaba a tomar forma.

En el Infierno, mientras tanto, los registros comenzaron a mostrar pequeñas imperfecciones: turnos modificados, ausencias demasiado breves para justificar una investigación, grietas residuales que se cerraban antes de que los supervisores pudieran identificar su origen. Nada era lo bastante importante por separado, y Varek lo sabía; había diseñado cada salida para que fuera así. Lo que no tuvo en cuenta fue que Uldred no necesitaba una prueba, solo un patrón.

Una noche, después de que Varek abandonara su puesto alegando una inspección rutinaria en los niveles inferiores, Uldred entró en la cámara de registros; la penumbra se arremolinaba a su alrededor, y el demonio encargado levantó la vista con una expresión de aburrimiento.

—¿Buscas algo?

—Aburrimiento —respondió Uldred.

—Aquí encontrarás de sobra.

Uldred sonrió y esperó a quedarse solo antes de abrir los registros de tránsito de los últimos meses; no buscó ausencias, buscó coincidencias: una sombra residual en el nivel siete, una alteración de guardia en el cuadrante sur, un cierre dimensional no registrado… luego otro, y otro más. Separados por días, a veces semanas, siempre demasiado pequeños para despertar sospechas. Pasó una uña sobre las marcas con la calma de quien conoce a su objetivo desde hace siglos; conocía la disciplina de Varek, su precisión, su absoluta falta de curiosidad. Varek no cometía errores, así que aquellas irregularidades no podían ser errores. Uldred sonrió lentamente, dejando ver demasiados dientes.

—¿Qué estás haciendo? —murmuró.

No denunció nada. Todavía no. En el Infierno, un secreto solo tenía valor mientras perteneciera a una sola persona, y Uldred acababa de encontrar uno.

Aquella misma noche, ajeno a todo ello, Varek estaba sentado bajo una farola anaranjada escuchando a Elara hablar de un libro cuyo argumento no comprendía, pero no importaba: la escuchaba. Elara gesticulaba cuando se entusiasmaba y hablaba demasiado deprisa al explicar por qué un personaje había tomado una decisión especialmente estúpida.

—Podría haberse marchado —dijo Varek.

—Ese es el problema. No quería.

—Entonces no entiendo de qué se queja.

—Porque querer quedarse no hace que quedarse sea fácil.

Varek dejó de mirar el sendero. Elara pasó una página.

—A veces, lo que quieres es precisamente lo que más miedo da perder.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara no es de nada.

—Tengo una cara distinta para cada situación.

—No es verdad.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya empiezo a conocértelas.

Varek sintió algo extraño, cálido, incómodo, peligroso. Durante siglos había logrado que criaturas enteras olvidaran su rostro pocos segundos después de verlo. Elara estaba aprendiendo a leerlo, y él estaba permitiéndoselo. Quizá aquello era lo más cercano a una catástrofe que había cometido voluntariamente. Miró las farolas, luego el cielo, finalmente a ella.

—Elara.

—¿Sí?

Varek tuvo una pregunta, pero no la formuló. Todavía no. Preguntar qué eran, qué estaba ocurriendo entre ambos o cuánto podía durar significaba reconocer que aquello tenía futuro, y él había sobrevivido demasiado tiempo sin permitirse imaginar uno.

—Nada —dijo.

Elara lo observó unos segundos sin insistir. Apoyó el libro sobre las piernas y miró las estrellas, Varek hizo lo mismo. Permanecieron allí hasta que el cielo empezó a perder oscuridad: dos figuras sentadas en un banco, una humana capaz de ver aquello que no debía existir y un demonio que empezaba a querer lo que nunca se había permitido desear.

• • •

“EL AMOR SE VUELVE PELIGROSO CUANDO DEJAS DE TEMER POR TU PROPIA VIDA Y EMPIEZAS A TEMER POR EL LUGAR QUE OCUPAS EN LA DE ALGUIEN MÁS.”
Porque incluso los secretos mejor guardados dejan huellas cuando alguien empieza a necesitarlos de regreso.

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