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Capítulo 7: La caballera Azulada

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 18 de septiembre de 2026

 

Caminaron sobre una escalera de caracol, iluminados por la eminente luz azul que inundaba la gigantesca bajada. Era algo difícil descender por el tamaño desmedido de los peldaños, las marcas de pisadas desesperadas no encajaban con el grosor y tamaño de aquellos bloques de piedra. Generalmente, el entorno parecía menos envejecido, aún quedaban restos de mugre y raíces, pero el aspecto era mucho más agradable a la vista excepto por los arañazos en la roca lisa, seguro que viejos exploradores perdiendo la cabeza.

 

Los dos cazadores estaban tan confusos como aterrados, Ezequiel sabía guardarse el miedo para sí mismo, era alguien más o menos acostumbrado aquellos rollos, pero Nashar temblaba como si se fuese a morir de hipotermia.

 

Los escalones resbalaban más de lo esperable, caerse y romperse el cuello sería otra de las variadas formas de morir en una mazmorra, pero a Ezequiel no le parecía dar importancia a aquello, con sus botas gastadas de montañés. Que mala baba, Nashar necesitaba algo limpio puesto, pero que ya, detestaba estar cubierto de mugre de pies a cabeza, impregnado del olor metálico del río y la mugre carcelera.

 

Llegaron al fondo en cuestión en minutos, se tomaron su tiempo, no había prisas ni aunque las tuvieran. La luz parecía hacerse un poco más intensa a momentos, como pequeños destellos flotantes que cegaban si uno los miraba directamente. Nashar se cubrió con el brazo, mientras que Ezequiel se paró para revisarlos, dio una respuesta al tocar aquellas luces con las manos.

 

—Luciérnagas montañesas, jamás las vi de color azul. Solo sé dé esto porque un viejo amigo me hablaba de insectos, así que le hacía caso cada que no me distraía.

—¿Luciérnagas? ¡Yo creyendo que eran fantasmas! —Nashar se arrimimó a la pared por si acaso.

—No te acerques mucho, pueden derretirte los ojos y anidar en tu cerebro. —Dijo muy serio de repente el cazador, quedándose los dos en silencio un momento. Nashar no sabía si aquello era una broma o no, como lo de la montaña de ánimales muertos, que casi fue verdad. —¡Anda ya! La naturaleza no es tan cruel como parece.

—¡No me metas esos sustos!

—Se supone que tú eres el sesudo del equipo, piénsate las cosas que te dicen los demás antes de responder. —Dijo dándole un toque en el hombro. Era raro ver a Ezequiel de buen humor.

 

Se adentraron bajo un arco ojival, la arquitectura del entorno repentinamente había sufrido cambios significativos, como si fuese otra mazmorra diferente. De las paredes brotaba un musgo turquesa, los candelabros eran de hierro oxidado y no de huesos, un espeso y brillante líquido resbalaba entre el hueco de los adoquines del suelo. Siguieron el rastro azulado por el pasillo recto, no tenían otra alternativa, entonces hallaron lo impensable.

 

Una mazmorra en el interior de una mazmorra, iluminada por las libélulas azuladas, anidando sobre la cima del monumental templo casi catedrático formando un sol turquesa brillante. Las paredes sudaban aquel pringoso mejunje natural y brillante, aquella pasta emanaba un aroma dulce que Ezequiel pudo reconocer, era Rocánima líquida, cerca del templo debería de haber algún lago Exodianio, pero nunca vio uno de ese color, normalmente eran negros, repelentes y semejantes a agua estancada.

 

Al rededor del enorme templo había tumbas improvisadas, cuerpos con armaduras enteras repartidos por el paraje azul, héroes, caza monstruos, aventureros de tierras lejanas, todos pasando por el mismo periodo de descomposición. Nahar no pudo entender muy bien aquel panorama, un santuario tranquilo, donde no acechaba ningún mal, era el cementerio de decenas de personas. Ezequiel parecía pensativo, como si intentara hacer reconocimiento del lugar.

 

La estructura que tenía en frente no le sonaba de mucho, las paredes retorcidas entre sí, como si estuviesen arrugadas, estatuas extrañas de criaturas con cabezas de toro, cíclopes, mantícoras, todo simbología antigua, podrían tratarse de los seres que veneraban los antiguos habitantes de la mazmorra. ¿Por qué ocultar un santuario bajo una prisión abandonada? Todo apuntaba que aquella infraestructura era aún más vieja que la misma ciudad de Saint Drux.

 

Entre espadas, lanzas y piezas de armadura inutilizables, había una parte derrumbada en el templo, una nave lateral derruida al completo, tapando cualquier posibilidad de entrada, la nave derecha estaba intacta y en el centro, un portón de roca maciza con un hoyo en su centro, parecía ser una suerte de cerradura.

 

—Pues no hay más camino, vuelta a casa supongo. —Nashar por poco resbaló con el fluido azul en el suelo.

—Esto no tiene sentido, parece que cerraron la puerta a la desesperada también, dudo que podamos mover eso. ¿Qué ha matado a tanta gente aquí dentro? —Ezequiel se llevó las manos al cinto, se le curvó la postura mientras indagaba en sus pensamientos.

—Pues el vigilante entre tinieblas, como no. —Dijo una voz femenina entre luciérnagas, invisible a simple vista.

 

Los cazadores se pusieron en guardia, podría ser cualquier cosa, un engaño, alguna trampa que hayan activado sin darse cuenta. Avanzaron silenciosos, se escuchaba un sonido metálico allí donde las ruinas caídas. Los dos se quedaron quietos, extrañados, entre los restos de piedra había un cuerpo revestido de acero, con un yelmo de aspecto noble cerrado manchado de sangre, seguramente expulsada desde los orificios de la visera. La desconocida estaba enterrada viva y empalada por una pica de guerra, la armadura polvorienta estaba abollada y envejecida ¿Cómo alguien podría seguir con vida en una situación así? Era toda una locura. Nashar se agachó con lentitud, Ezequiel no se fiaba, sujetaba la empuñadura de su arma. El vidente extendió su mano hasta desenroscar un tornillo en el lateral del visor, una dama en apuros parecía estar a la espera.

 

—Tranquila, ya estamos aquí, no vas a sufrir más. Estás a salvo. —Dijo Nashar a la par que hacía fuerza para quitarle el casco.

—No sé si esto es buena idea ¿No huele muy mal?

—Nunca te fías de nadie, “cazador de lobos”

—No, no, que realmente apesta. ¿¡Estás seguro de esto!?

Nashar logró subir el visor atascado con la fuerza suficiente, su sonrisa amigable se le borró de inmediato cuando vio de primera mano el horror que tenía ante él.

—¡Muchas gracias! ¡Sois mis héroes!

 

Dijo la chica, de rostro azul, podrido. Sus ojos estaban amarillentos por la podredumbre y su iris era opaco, ciego, blanco. Su dentadura amarillenta bajo unos labios azules que se movían de forma artificial, no respiraba, su voz arrastraba las palabras como si le costara vocalizar. Aquella mujer era una no-muerta, una “zombi” se decía de modo poco exacto. Nashar gritó cuando una araña recorrió el rostro de la dama, sin siquiera pestañear o sentir nada.

 

—¡Mierda! —Nasahr salió corriendo, cayó de espaldas y quedó a los pies de Ezequiel, bastante afligido. —¡Cárgate a esa cosa!

El cazador no reaccionó en absoluto.

—Era de esperar, más o menos. Escuche mitos, rumores, hasta gente que de verdad decían conocer a uno, pero es más impresionante visto desde cerca. —El hombre sacó su diario y apuntó mientras se acercaba. —¿Me das permiso para salir en mi diario de caza? No tardaré nada. —Dijo a la no muerta.

—¡Pero primero me tienes que sacar de aquí! ¡Es como soñaba mientras perdía sangre y me desmayaba del dolor! ¡Un héroe vendría a salvarme! No a tiempo, pero es mejor que nada. —La guerrera sonrió.

—¡Que eres! —Exclamó Nashar, histérico.

Ezequiel se acercó a la mujer, guardó su diario y empezó a tirar de la pica como si nada, sin mediar palabra alguna.

—Soy la honorable caballera de Albanegra Chilia Schnauzer, del puesto de lanceros treinta y siete en las reservas militares en el batallón de las dunas. Aunque creo que esa ya es batalla pasada, estos años han sido confusos.

—Me da a mí que las dunas del desierto están más plagadas de monstruos que de soldados. —Ezequiel sacó la pica, la dejo caer y empezó a retirar escombros.

—¿Cómo no puedes quedarte a cuadros? —Dijo Nashar a Ezequiel.

—Estoy acostumbrado a disipar maldiciones muy simples, matar monstruos… Pero esto no es tan extraño, opino yo. No es tan poco frecuente tener no-muertos por la ciudad, al menos en el sur, existe todo un régimen de leyes. Pero eso, cosas que me contaron en mis viajes, no te lo puedo garantizar. —Ezequiel sacó las últimas rocas.

—¡Gracias! ¡Por fin libre! Solo he tenido que esperar setenta años, pero mereció la pena. —Chilia no parecía levantarse, tenía el cuerpo tan maltrecho que el peso de su armadura era insoportable.

—¿Qué hacemos con ella? ¿No nos van a mirar raro si llevamos un cadáver parlante a la ciudad? ¿Cómo entramos a las profundidades? ¡Mira esa puerta!

—Todo a su momento Nashar, primero tenemos que hacer algo con esta… Cosa.

—¿Estáis explorando las ruinas, verdad? —Dijo repentinamente Chilia. —¡Mal asunto! Mejor dedicaos a otra cosa, de allí dentro nadie sale vivo.

Se hizo una pausa, Nashar no estaba para hablar y Ezequiel tenía más preguntas que respuestas.

—¿Cómo has acabado aquí? —Sonó meditativo, puede que hasta confuso. Ezequiel siempre tenía la misma cara de importarle poco las cosas, pero a su vez mostraba entusiasmo en su tono.

—Pues… —Chilia hizo memoria, si es que tenía, un ojo se le desplazó a la izquierda, la pobre no podía controlarlo. —Entre a la mazmorra con un grupo de aventureros de la orden de héroes, cuando mi piel era blanca y mis ojos azulados, tiempos mejores. Se nos prometió una suma de recompensas, honores más allá de la guerra, títulos elocuentes. —Hizo una pausa, buscó en el fondo de su memoria. —Al entrar nada sucedía, pero nos extrañamos al notar que todas las puertas permanecían cerradas, éramos como veinte soldados, por cierto, muy bien equipados. —Nashar miró a su alrededor, todos aquellos solados… —Me hicieron vigilar la puerta recién abierta, usamos… Creo que entre los veinte pudimos abrirla, haciendo palanca con nuestras armas desde un hueco mal cerrado, funcionó, pero perdí mi espada. La cosa es que pasaron las horas, puede que los días, no me acuerdo. —Hizo otra pausa, le tembló la voz gastada, era cavernosa, pero de alguna forma muy humana y cálida. Demasiado para estar muerta. —Los soldados volvieron enloquecidos, perdían la cabeza, se empujaban y sacaron las armas. Hubo un conflicto, dejaron al capitán superior en el fondo de la mazmorra y se echaban las culpas. Yo quise salir, pero los bandos ya estaban decididos, se empezaron a matar. Unos por el honor de Albanegra y su capitán, otros para mantener la mentira y fingir que tenían el tesoro prometido tomaron un candelabro y le inventaron una historia, interpondrían la mentira ante la verdad. La cosa es que… Cuando batallaban yo me arrimé hasta aquí, me cayeron los escombros encima y… Mis amigos murieron, los que estaban por escapar eran los lunáticos que dejaron morir a mi jefe. Yo era un problema para ellos. —Se incorporó, mío fijamente a las luciérnagas. —Clavaron la pica en mi estómago y se fueron, sin darse cuenta de que… La herida no fue lo suficientemente mortal.

 

Los dos cazadores otra vez en silencio, pudrirse en vida hasta dejar de respirar, y tal como presenciaban, la muerte no fue un final.

 

—No entiendo el proceso para que se genere un no muerto, pero has tenido la suerte de que hayamos sobrevivido hasta aquí. Creo que te mereces una recompensa justa.—Dijo Ezequiel.

—¡Vuestra mano en matrimonio! —Declaró la no muerta, arrodillada pesadamente ante los cazadores. Nashar estuvo a nada de desmayarse, Ezequiel se sorprendió ante la respuesta.

—Creo que es mejor volver a la ciudad, informar sobre la puerta y… —Hizo una pausa, aquella paranoia volvió. —¿Segura que no hay nadie más aquí?

—Está vacío, la mayoría de personas que mueren es en el piso más bajo del calabozo. Algunos escucharon voces, otros simplemente tenían malas intenciones desde antes de entrar a la mazmorra. Este lugar es una excusa para los ladrones y mercenarios, suelen hacer emboscadas en momentos de expedición. Pero como nadie acepta ya el encargo, pues aquí quedó. Es sorprendente la cantidad de cosas que puede escuchar una desde la distancia, aquí abajo, el eco resuena desde los túneles superiores, me da a mí.

—Pues es momento de irnos ¿Verdad? Es decir… Esa puerta es imposible de mover.

—El contrato habla de una brújula hecha de rubí, supongo que algún método para orientarse en la mazmorra. ¿Nadie la ha obtenido? —Preguntó Ezequiel a Chilia.

—Estas mazmorras han sido saqueadas por cientos de años, no hay nada de valor en teoría, ese artefacto lleva ya bajo búsqueda, pero se da por perdido. Creo que algún héroe habría intentado llegar hacia abajo del todo, donde debería de estar. Ustedes sabrán si avanzar o no, pero esa puerta… Estoy muerta, y aun así tengo la capacidad de sentir miedo al recordar esa puerta. ¡Llevadme a otro sitio! ¡No quiero estar aquí!

 

Su grito sonó semejante a una pataleta infantil, las libélulas se sacudieron en el aire y empezaron a volar por doquier, nerviosas. Era extraño, bajo las profundidades de la mazmorra, los únicos seres realmente a salvo, aquellos fosforescentes insectos.

 

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