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Capítulo 6: El cadáver de la Justicia

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 14 de septiembre de 2026

 

Aquella entrada cavernosa expulsaba una corriente fría, una advertencia de la temeridad de quienes entraban. Ezequiel pensó en que se abriría ante él un templo antiguo como los edificios reconstruidos de la ciudad, o al menos una bajada segura con peldaños, pero al aparecer estos se fundieron con las rocas de alguna manera creando una rampa deslizante hasta las profundidades.

 

Nashar cedió paso a Ezequiel, tan envalentonado parecía ser y con un poco de penumbras la gallardía que tanto parecía mostrarse en sí mismo se esfumaba en segundos. 

 

Ezequiel dio los primeros pasos con la espada bien puesta en la funda, no fuera a cortarse los dedos al resbalar, su visión e instinto era bastante bueno para poder ir casi a ciegas, le había pasado más de una vez aquello de no traer antorchas a una cueva donde anidaban monstruos. 

 

Pero Nashar no era un mutante, él tenía la visión de un simple hombre común, pero este se las apañó, hizo un movimiento hábil rascando una carta contra la roca y esta se prendió, iluminando en gran medida la estancia, la suerte estuvo a su favor para que se convocase el fuego y no cualquier otro elemento. Empezaron a descender, aún eran notables los bloques de roca que simulaban ser paredes.

 

Las ruinas eran semejantes a las de la ciudad, pero a su vez escondían algo mucho más arcaico. El aroma de la humedad y el sonido de las gotas resbalando por las estalactitas a una altura demasiado alta para apreciarlo. 

Por muy abandonado que estuviese el lugar, tenían que tener cuidado con no encontrar ningún nido extraño. “Mazmorra de los deseos muertos” la llamaban, por el momento parecía más una cueva ordinaria. No era como entrar en un templo, o un castillo ruinoso, era más la bajada hacia un conglomerado de pasadizos y calabozos, como una enorme cárcel. Las paredes eran increíblemente altas, como si estuviese a medida para gigantes.

 

—Me da a mí que no va a ser tan difícil como pensaba, creo que faltan hachas voladoras, pinchos saliendo del suelo… Quiero recordar que “la mazmorra de los deseos muertos” funcionó hace muchos siglos como una prisión, pero antes de eso, se cuenta el rumor de que una civilización anterior a la nuestra la usaba como laberinto funerario. —Nashar avivó la llama con un soplido suave.

—¿Una cripta funeraria ritual? Por eso apestaba a muerte. ¿De dónde sacas esa información? —Preguntó Ezequiel.

—Es un poco la cultura general de Saint Drux, a mí me va lo de leerme los sitios antes de entrar, me sorprende que a ti no se te haya ocurrido, “cazador de leyenda”.

—Soy una leyenda local, que es distinto.

—¿Y cómo es que no se te ha ocurrido venir más preparado? Sabías que te dirigías al norte ¿Cierto? No has estudiado nada al parecer, tampoco planeaste donde pararte muerto.

 

Llegaron a la primera profundidad de la mazmorra, el entorno parecía hablar por sí mismo, cráneos gigantes que una vez funcionaron como macabros faroles para minar en el espíritu de los prisioneros al llegar, un cartel de acero oxidado, en una lengua tan antigua que ninguno de los dos pudo entenderla. 

 

La oscuridad era tan profunda que el fondo del monumental corredor era imposible de precibir,  hasta Ezequiel se veía obligado a forzar la vista si quería apreciar alguna silueta misteriosa. Caminaron con el frío en sus cuerpos.

 

—Supongo que conoces mi historia, me he ganado una mala fama. —Ezequiel apartó una raíz del camino con las manos, muchas como aquellas estaban extendidas por las paredes hundiéndose unas con otras creando barreras.

—Pues no sé tu historia, sé que el tipo barbudo de hace horas quiso matarte, te llamaba “desertor” ¿Has escapado de las filas de Albanegra? Qué suerte.

—En el este reclutan a muchas personas, como es un lugar muy poblado, pero a la vez con unas islas tan variadas y pequeñas, van a reclutar personas con la excusa de reducir población. ¿En el desierto pasa igual?

—Pues sí, pasa igual. “Es un ducado muy pobre, más allá de las dunas hay una oportunidad” dicen los muy cretinos, así que te lo tragas porque los gobernantes del desierto son una catástrofe acojonada por los monstruos nocturnos y bueno, pasa lo que pasa. Niños marchando a la guerra contra los monstruos, o quienes sean. ¿No hay un enemigo común?

—Yo qué sé, perdí la cuenta de los enemigos hace años. —Ezequiel pateó una roca la cual rodó e impactó con un eco contra la pared. —Nos quieren fastidiar el futuro con tanta batalla. Que si los rebeldes de Pez Recio, las negociaciones con… ¿Con qué? ¿Muro del Khan? No sé ni dónde queda eso.

—Al extremo sur, una isla alejada o algo así, no lo sé, puede que sea eso.

 

Sus voces sonaban minúsculas ante la inmensidad de los pasadizos, parecían las cárceles de unos monstruos, mínimo las puertas podridas y celdas medían tres metros y medio. Siguieron hablando por un rato, algo más confiados, pero sin tocar ningún tema que se sintiese personal, después empezaron los indicios de que algo iba muy mal en el interior de la mazmorra. 

 

Una espada de hierro estaba clavada en la pared derecha, como si hubiese salido volando desde algún punto, el pasillo recto estaba ya dividido en cuatro caminos. Ezequiel fue avispado y se acercó a la espada, tenía una pequeña piedra cristalina en el comienzo de su hoja, cerca de la guarnición, era Rocánima, para conjurar magia falsa. Era el arma de un cazador experto. 

 

Nashar soltó un pequeño grito al encontrar dos brazos podridos en el suelo, al comienzo del pasillo izquierdo había sangre seca, restos de pelo, algún fragmento de hueso y cuero, pedazos de armadura. Todo un equipo de exploradores murió patéticamente en la mazmorra. Ezequiel se agachó e inspeccionó con cuidado los cuatro cadáveres que habían esparcidos por los adoquines, cuerpos agujereados por estocadas, destrozados algunos de ellos.

 

—Sureños, llevan la señal del gremio de héroes en sus armas y pañuelos, es de reconocer ese emblema, un mandoble cruzado con una guadaña, una estrella en su centro y de ese espantoso amarillo dorado, como odio el dorado… Esto es un tema…—Pensó en voz alta Ezequiel, Nashar le había escuchado.

—No sé sobre ese gremio.

—Publicidad de Albanegra, supuestamente héroes elegidos de las tierras exteriores o de orígenes semejantes. Si no eres de sangre limpia, blanco, y opcionalmente rubio, que lo prefieren, no entras. Es como una élite racial o algo así, creo que…

—Deben de ser de esos que cometen endogamia, como los elfos. Salvo que a los elfos les salió peor.

—No, la corte de los héroes no hacen esas cosas, tengo entendido que reclutan a gente nueva del norte, sur y extremo este. Lo siento por los orientales. 

—Pues… he de decir… que esos héroes pueden irse al cuerno ¡Al cuer…!

 

Un sonido atroz cortó las palabras de Nashar como un tajo a la cara, era de esperar que se avecinasen monstruos, pero no en una etapa tan temprana de la mazmorra. Estaban mal equipados, algo sorprendidos y sin mucha comida más que imaginársela. Pero al final del día, solo era una expedición, informar de cambios o salir con vida era suficiente como para ser recompensados.



Otra vez sonó el chillido animal, semejante al graznido de un cuervo, en aquel momento no supieron si llegaba del camino derecho o izquierdo, desde arriba o desde abajo. 

 

Ezequiel tenía otra vez espada en mano, Nashar sostuvo su baraja con algo de temor, se adentraron hacia la derecha evitando los cadáveres podridos y esqueléticos. La mazmorra les estaba gritando que diesen media vuelta, que lo peor no estaba por llegar, pero aun así sería muy doloroso. 

 

El cazador de melena verde pudo sentir una peste conocida, la que se formaba en los nidos de un ave, pero a su vez un aroma carnoso y fétido, podrido. Sus botas tocaron algo duro en la oscuridad, un sonido crujiente bajo la suela, miró hacia abajo, tenía que quitarse la manía de pisar cosas raras, aquello era el cuerpo de una suerte de cucaracha gigante, del tamaño de un gato. Vio esas cosas por el campo en su tierra natal, pero era la excepción, no la norma.

 

Las paredes estaban manchadas por una sangre verdosa, abundaban los insectos, puede que los únicos habitantes con vida de toda la mazmorra. Apestaba a moho, a deducir por el aspecto de aquellos bichos, su único alimento. 

 

Estalló un picotazo en el suelo, se escuchó el pisar de unas garras afiladas sin saber en un principio que eran, Nashar ya tenía las cartas listas para la acción. Ezequiel entonces se llevó la espada a la funda desconcertando al vidente. De la oscuridad emergió un cuello largo y desprovisto de plumas, un pico ganchudo y unos ojos azules casi llorosos, aquello que aparecía ante ellos era un ave gigante, que al ahuecar sus alas mostró cuchillas tan afiladas como navajas, formadas de un hueso extraño.

 

—¡Vamos Ezequiel! —Ordenó Nashar con un timbre en la voz.

—No nos conviene pelear aquí, no hagas ningún movimiento brusco. —Ezequiel se notaba tenso, Nashar se preguntó el motivo de porque le temía a una gallina enorme.

 

El monstruo presentaba protuberancias rocosas entre su plumaje, así como un color oscuro en sus plumas, que más bien parecía cabello despechado, su piel poseía claros síntomas de infecciones y costras extrañas, había pasado mucho tiempo bajo la mazmorra.

 

—¿Qué hacemos? ¿Porqué no le atacamos? —Nasahr estaba muy tenso.

—Un picotazo puede infectarnos, fíjate bien, está machacado. He visto animales parecidos, pero no de un tamaño tan grande, debe de alimentarse de los restos que encuentra en la prisión.

 

Desde cerca su tamaño era considerablemente grande, Ezequiel tenía razón, un zarpazo de sus deformes uñas serían capaces de abrir a cualquiera en canal. Era intimidante, un ave enormemente espantosa, como los Shakal del desierto que tan bien conocía Nashar, pero deformado. 

 

El ánimal picoteo el suelo sin parar asta dejar una brecha, de allí saco un pedazo brillante y se lo tragó, eran restos de metal de una espada rota, aquel monstruo se comía el acero por alguna razón.

 

—¿Vamos a dejar que pase de largo? —Murmuró el vidente.

—En un pasillo así el monstruo va a tener ventaja, si ha roto la piedra con facilidad seguramente pueda comernos a nosotros de un picotazo. Quieto, muy quieto.

 

El ave parecía observar curiosa, se acercó a los dos cazadores y se quedó unos segundos mirando sin hacer nada. Por suerte se aburrió, estaban demasiado vivos como para estar sabrosos, en especial el hombre de pelaje verde, quien emanaba una pestilencia desagradable para la criatura. 

 

El animal pasó de largo para devorar a los cuerpos que aún estaban descomponiéndose, roer los huesos duros de los héroes al otro pasillo. El dúo de cazadores se dio a la tarea de salir por patas de forma discreta.

 

Después de una media hora explorando las mazmorras no avistaron ningún tipo de criatura más que aquellos insectos enormes que torpemente se chocaban con las paredes o succionaban musgo del hueco de los ladrillos. Las salas estaban vacías, solo había máquinas de tortura extrañas y oxidadas, descompuestas a tal punto que dejar una simple jarra de madera encima las haría derrumbarse. 

 

Cada tanto encontraban esqueletos encadenados, muy altos y anchos, a veces encontraban los restos de algún cazador que presentó batalla con algo, pero no sabían el que. Parecía que estaban en un lugar sin salida, solo acompañados por el ave, que rara vez aparecía por los pasillos correteando, al final no presentaba ser un gran peligro si no se le atacaba, la norma del cazador era no atacar asta que te atacasen primero, porque dar un mal paso en el primer movimiento podría ser mortal.

 

Después de un rato cansino entraron a una sala aislada del resto, parecía ser un viejo despacho carente de sillas enteras y una mesa podrida hasta parecer más bien un montón de serrín, algún indicio de tela desteñida donde debió de haber banderas, armaduras de bronce oxidadas como decoración, sujetando espadas partidas en dos. 

 

Nashar se entró en el suelo, tendría que haber alguna entrada a los calabozos inferiores, alguna otra zona de referencia, pues solamente encontraron celdas y pasillos. 

Discutieron un momento sobre qué ruta tomar, al menos poseían una hoja donde mapear y con suerte, encontrar el piso bajo antes de volver a casa.

 

—Unos peldaños hacia abajo y nos vamos, me parece impresionante que tengan todo tan oculto. —Nashar se estiró, se quedó tumbado sobre el suelo frío.

—Creo que ocultan algún tesoro, o un santuario importante. La única sala con sentido es este despacho, no hay ni barracones para soldados. Era como… Un lugar de usar y tirar, dejabas a los prisioneros y te ibas tan tranquilo, total, nadie saldría ¿Verdad? —Ezequiel revisó las paredes.

—Puedo confirmártelo, pero no estoy muy seguro. —Nashar sacó unas notas. —Si, las evidencias indican que los aventureros desaparecen a partir de la parte más baja, es decir, dos pisos inferiores a este sitio. —Dijo con pereza el vidente.

—¿Por qué tantos cuerpos entonces? —Preguntó Ezequiel.

—Las evidencias indican que algo les sigue desde el piso más bajo. Pero… Sigo sin tener ni idea. Pocos han salido vivos, así que todo son teorías y suposiciones.

 

Ezequiel siempre se veía algo inquieto, obedeció a su instinto y empezó a dar una ojeada por la sala vacía, muy amplia y alta, lo que debería de ser una butaca tenía casi su tamaño entero. Cárceles para gigantes hechas por gigantes, le cuadraba, aunque no había avistado a ninguno en su vida. 

 

De aquellos seres a penas tenían entendimiento. Anduvo en silencio por la sala hasta dar con algún detalle de interés, y en efecto, encontró algo curioso. Rasguños en las paredes, tablas gastadas, los muebles estaban rotos a conciencia, y allí donde se encontraban unos barriles destrozados, pudo ver una marca blanca, algo se deslizó por el suelo.

 

Palpó los adoquines con las manos, empujó sin mucho éxito, así por toda la habitación. Nashar ya pensó que su compañero se le había ido la cabeza.

 

—Mira, a penas nos conocemos y eso… ¿Puedo preguntarte que haces? —Preguntó inquieto Nashar.

—Debe de haber una palanca, un botón, lo que sea. La pared no me cuadra, fíjate a la derecha. —Ezequiel señaló el muro, se apreciaba una diminuta apertura que no cualquiera podría haber visto. —Sean quienes sean los responsables de cerrar esto, estaban desesperados por hacerlo. Si han bajado y vuelto a subir significa que no es una mazmorra tan mortal.

—Eso dicen todos los exploradores hasta que se mueren de disentería —Nashar cambió de posición, sonó un chasquido que alerto a los dos.

 

La puerta de roca empezó a ceder lentamente dejando un rastro, las paredes se tambalearon y lo que quedó de mesa se derribó. Los dos miraron la puerta recién abierta.



Una luz azulada emanaba entre las penumbras acompañadas de los alaridos del aire cerrado, anunciado el primer paso para el más grande de los errores. 

 

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