Ezequiel pudo ver como Nashar movía su pie de forma nerviosa mientras jugaba con su baraja, pasando las cartas de mano en mano con ágiles movimientos, era tranquilizador el crujido rítmico de su baraja, hasta que el hombre soltó un chillido asustadizo, se cortó un poco la yema del pulgar.
La peste inundaba la estancia, daba igual cuantas flores perfumadas se le pusieran por encima a Chilia, un cadáver olía a cadáver. Retenidos por hacer su trabajo, al final del día un criminal siempre era tratado como tal, hasta tras acabar un buen contrato. Salieron vivos de milagro, aquello se tenía que admitir. «Un poco más y ese maldito Shakal Minero nos devora, suerte que no estábamos lo suficientemente muertos como para ser apetecibles».
Sonó el tintineo de una armadura, una vaina de cuero dando toques en la cadera de alguien. Nashar se enderezó, Chilia, atada de manos y pies, despojada de su armadura y solo vistiendo harapos viejos, se sacudió un poco. Ezequiel estaba como en casa, cómodo, con los brazos extendidos en el sillón de la pequeña sala donde solo había una mesa y unas velas apagadas delante de un sillón amplio, la luz de la mañana bastaba para iluminar la estancia. Sonó la manilla de la puerta y la voz melódicamente áspera de La caballera Espinada. Ezequiel notó una punzada terrible en su nuca, sentía peligro.
—¿Es que te has puesto elegante para la ocasión? —Ezequiel quiso sonar chulesco, no servía de nada, lo sabía, ella solo le miró con dureza y respondió sin mucha importancia.
—Suerte que no te han inculpado de ningún cargo aparte de alta traición. Como cazador, tienes derecho a aceptar cualquier encargo, pero no esperaría algo tan temerario. —Se sentó, no tenía maquillaje en su rostro, o se lo había puesto tan mal que no se notaba. Sus cicatrices la hacían parecer más aterradora, a juzgar por el rostro de Nashar, funcionaba.
—¿Nos vas a matar? ¿O nos vas a recompensar con vino del bueno? —Nasahr apostó su codo sobre la mesa, su apariencia de galán se veía interrumpida por polvo y mugre en sus ropas.
Ezequiel no pudo evitar sonreír, lo hacía a veces cuando tenía miedo, cuando se sentía acorralado, siempre desafiante, a excepción de aquella mazmorra en la que le encerraron. Se rascó el brazo marcado, aquella maldita tinta le escocía, sintió que su piel no era suya.
La caballera Espinada parecía algo confusa, siempre con algo en la punta de la lengua, pero que no sabía cómo expresar. Ella les encerró y marcó, pero nunca pensó en dirigirles de forma directa. Le gustaba dárselas de líder, pero ante aquellos criminales la cosa era distinta. Sin cadenas, mordaza, solo una espada en su cinto. Tuvo el coraje de hablar, volver a aquella actitud que mostró en las mazmorras.
—Como os he dicho, sois propiedad de Albanegra y nada más de Albanregra, así que se os obliga a inscribiros en un escuadrón privado del que yo soy líder. —Hizo una pausa, aquello lo debían de saber, pero en el fondo no se sentía tan preparada como para manejar a aquellas personas.
—¿Nos vas a llevar a las mazmorras los fines de semana por uso privado o…?—Nashar recibió un guantazo, Ezequiel se apartó pero sin mucha sorpresa.
—Se acabaron los juegos. Vosotros habéis entrado en La Mazmorra de los Deseos Muertos y regresado con vida, eso significa que sois de esos pocos elegidos para poder desentrañar de una vez los misterios de la mazmorra. Es un honor…
—Nadie sale con vida de allí. —advirtió Chilia con su voz ronca. —Es una temeridad, por mi parte estoy muerta y no me importa mucho volver si es por el honor y gloria de la orden, pero es trabajo para expertos de verdad.
—Y vosotros sois esos expertos. —Rosalina se cruzó de brazos. —No es una oferta, es una obligación. Me pertenecéis, así que acataras mis órdenes. Actualmente, se está organizando todo para poder llevar a cabo una auténtica incursión a la mazmorra, pero no os quedaréis sin trabajo, tienes mucho qué demostrar.
Nasahr se frotó la mejilla, tan ofendido como extrañado, necesitaba una copa después de aquello.
—¿Qué garantiza nuestra supervivencia? —Dijo el vidente, volviendo a jugar con sus cartas.
Ezequiel se volvió a rascar el brazo, pero en aquel momento le picaba más la cicatriz en su cuello, todo aquello era un lío. ¿Les tenían en cuenta o eran escoria social? ¿Le querían vivo? ¿Le querían muerto?
—Nada garantiza vuestra supervivencia, pero los ducados necesitan de sangre nueva, estamos a las puertas de muchos conflictos y necesitamos las herramientas para evitarlos, vosotros, sois una de esas herramientas. ¿Ha quedado claro?
Nashar se cruzó de brazos.
—¿Y tú crees que voy a hacer algo al respecto? Estoy con este terrible tatuaje en la cara y encima vigilado, así que poco o nada puedo hacer. Será como trabajar en el gremio de asesinos del oeste, así que estoy acostumbrado al constante oficio. ¿Qué opinas, cazador de lobos?
Ezequiel alzó la cabeza con cara de pocos amigos.
—Te voy a ser sincero, como sabrás, me tienes harto tú y tu orden de las narices. Me torturas, me tiras a la calle como un desecho y ahora vienes a “hacer un equipo” como si nada pasará.
—Es que no tienes elección. —Recalcó ella. —Tu oportunidad ya pasó cuando decidiste romper el pacto y evitar al ejército como si fuera la peste. Te toca espabilar y aceptarlo.
Ezequiel no parecía tranquilo, ella le despertaba tanto curiosidad como odio, calma como miedo. Él era solo un secuaz, alguien que sería usado y tirado al fallar, la muerte no le sonaba tan tranquilizadora después de todo. Aún dudaba.
—¿Entonces? ¡¿Nos vas a mandar a la mazmorra sin equipamiento adecuado!? ¡Eres una muy mala jefa!
Rosalina reaccionó ante el comentario de Chilia, era verdad, necesitaba otorgar buen equipo a los cazadores marcados. No podía darles todo lo que quisieran, las reservas para el ejército estaban algo escasas, así que limitaron el suministro de acero por un buen tiempo a los cazadores. De todos modos, la unificación del grupo no estaba aún registrada, necesitarían a los dos miembros restantes. Estarían al llegar.
—Decidido, gastaos la recompensa de la expedición, por la información que habéis dado al gremio de cazadores y la criatura asesinada. Podéis mirar el mercado específico que hay no muy lejos del bastión.
Ezequiel se acordó del carcamal que le estafó, aquel vejestorio espantoso con un negocio nefasto.
—¡Paso de ir a comprarle nada al viejo! Utilizaré el mercado libre de cazadores, allí hay cosas que tienen mejor pinta.
—Es algo más caro, pero tú mismo. —La caballera espinada se levantó de su asiento, hizo un gesto austero para despedirse, las señas militares estaban reservadas a mejor chusma. —Suerte con la compra, algún contrato nuevo estará seguramente colgado en el tablón de misiones. Abundan las criaturas por estos pedruscos.
Y así como llegó se fue, cerró de un portazo. Nashar se preguntó si aquel comportamiento sería estrés o cualquier cosa, pero dejó de darle tanta importancia. Como le picaba la cara, menudo guantazo.
II
Después de aquella conversación ya tenían los asuntos claros, más o menos. No tenían ni idea de cuando les llamarían, parecía que todo aquello les quedaba de imprevisto, como una avalancha aleatoria. Otra pregunta que les surgió a los cazadores fue que hacer con la no-muerta.
—Parece que no le han dado mucha importancia a lo del cadáver parlante, al testificar que era de la orden simplemente la han inscrito al grupo… Hacernos cargo de esa cosa… No sé yo Ezequiel. —Comentó Nashar susurrando.
—Eso lo decidiremos después, no nos está dando molestias de momento.
La calle principal del sector para cazadores tenía un bullicio impresionante, en especial el mercado de armas y repuestos donde se encontraban ellos tres. Chilia miraba con curiosidad los artefactos modernos de caza, casi le dio un ictus al intentar entender lo que era un mosquetón.
Nashar se compró una daga tirada de precio, algo barato que le apañase el combate a corta distancia, Ezequiel, sin embargo, tardaba en decidirse, la sección de alquimia era la menos poblada y casi parecía ser él el único comprador de pócimas, no había mucho que elegir. Veneno dorado para defenderse, Néctar púrpura para los reflejos y Sangre Revitalizadora para evitar morir por heridas internas. El precio había subido, muy probablemente los recursos naturales empezaban a escasear, los pantanos Exodainos escaseaban cada vez más.
El afable tendedero revivió diecisiete Ocasos con una sonrisa, Ezequiel no entendía el porqué de tanta alegría si aquellas pociones eran el equivalente a vender Belladona enfrascada. Con el resto del equipo iba mejor, se compró unos pantalones con mejor protección, guantes que no estén rotos y una correa nueva para su espada, la que usaba estaba a nada de romperse. Aún le faltaba comprar alguna trampa para monstruos, siempre entra útil tener una encima.
—¿Y sabes donde dejar a la muerta? ¿La lanzamos a un río con piedras?
Chilia tomó un yelmo pesado, con unos cuernos de acero muy aparatosos y una cadena pequeña colgando del lateral.
—¿Nos llevamos uno de estos? Ya que me he quedado sin armadura, al menos elijo algo elegante.
Nashar se alejó de no-muerta y se puso tras Ezequiel por puro instinto.
—Déjalo, que parece caro. Hablando de precios… —El cazador miró con severidad a Nashar. —¿En qué te has gastado el dinero?
—Una exquisita botella de reserva, una mesa de calidad y una habitación de calidad para mucho tiempo. —Ezequiel se rascó el mentón incrédulo.
—¿Y el dinero que usarás para comprar comida, armas, y todo eso? —El cazador sonó algo dístente, entretenido en comprobar lo que compro antes, sin imperfecciones.
—Yo me encargo de lo divertido, tú de las armas y la comida.
—¿Perdona? ¿Te crees que me voy a quedar contigo a beber vino y pasarla en la taberna jugando a los dardos? ¡Mucho menos…! ¡No jodas!
—Si, el cuarto es para dos, en este caso, dos y medio. —Dijo mirando a la no-muerta, con algo de desilusión.
—Eres raro. —Dijo Ezequiel. —Pero ya que somos un grupo y no nos queda de otra, pues saldrá más económico que vivamos todos bajo un mismo techo. ¿Hay algo más que no sepa?
—No me han podido reparar la baraja. —Nashar enseñó aquella caja de metal, la gema roja en su centro parecía opaca. —Desde hace tiempo que esta así, me piden de llevarla a las tierras orientales, aquí no hay gente que sea tan sofisticada. Acabar en el norte… Que tema.
—¿Y me puedo comprar una armadura entonces? —Dijo Chilia, los dos cazadores miraron a la chica con extrañeza.
—No nos da el dinero, pero hay algo de un contrato no muy lejos. —Nashar se guardó la baraja metálica. —Vamos a comer y vuelta al trabajo. —Nashar empezó a andar dirección a la sede de cazadores. —¿Tú te vas al cementerio a comer gusanos? —Le dijo a Chilia.
—¡No! Me quedaré con vosotros, que por eso os he prometido mi eterna gratitud y matrimonio. No puedo quitaros el ojo de encima.
—Me lo tomaré como un “No”. —Ezequiel avanzó. —Al menos te vamos a dar algo mejor que unos harapos. Te compramos algo y vamos a cenar. Si es que los muertos pueden sentir hambre.
—No, no puedo. Si como creo que se quedaría en el estómago descomponiéndose; no es muy agradable.
III
La cena había sido muy agradable, la carne de Oso Kaizu era toda una exquisitez, en especial porque cazarlos necesitaba de mucha fuerza bruta y una estrategia muy ingeniosa. La carne era dura, como las piedras aún cocinada al punto, pero el sabor era expectacular, revitalizaba hasta a los muertos, aunque no era el caso de Chilia, quien no sabía que hacer con el plato, le habían puesto sitio en la mesa por simple costumbre.
La gene no se escandalizaba tanto al ver un cadáver parlante, aquello reflejaba lo extraño que era norte a comparación de muchos otros reinos, claro, echaban miradas extrañadas o gestos desagradables, pero por ley un no-muerto se consideraba casi tan importante como un civil trabajador común, si es que ejercía algún oficio.
Chilia pinchaba de vez en cuando la carne, removía los espárragos que tenía como acompañamiento de forma tímida sin saber que hacer, en el fondo echaba de menos aquella sensación tan concreta del hambre, pero no el hambre mortal, el hambre que generaba el capricho de querer comer algo en un momento en especial. Dio un bocado, no notó sabor, textura, nada, hecho la comida sobre una servilleta y lo enrolló. El pedazo de carne salío seco, no generaba saliva. Estaba muerta y algo tan simple la hacía desmotivarse.
Después de una buena comida y algo de descanso jugando a los dardos o a las cartas, se pusieron manos a la obra para rebuscar entre el tablón de misiones local. De capturar ovejas hasta matar un perro rabioso suelto, cada encargo necesario para mantener el orden, bien redactado por algún pueblerino estudioso.
Era impresionante ver como volaban los carteles, el reponedor llegaba con nuevos folios para añadir los problemas locales a la extensa lista de problemas y ya alguien había tomado el contrato y recogido una buena recompensa. Pero debajo del todo quedaban los restos, aquellos trabajos demasiado complejos o sucios, los que a Ezequiel le gustaba de aceptar. “Contrato del Arrancapieles”, eso era lo que estaba buscando.
—Dejadme a solas, me encargaré de ir aceptando el contrato mientras os preparáis algo de ropa nueva y equipáis nuestras armas. —Ezequiel arrancó la hoja colgada del tablero. —Nashar, encárgate de preparar a Chilia, más vale que sepa las cosas por su cuenta. —El cazador entregó una pesada bolsa de cuero al vidente, se le hundieron los brazos hacia abajo.
—Claro, si ya… —Contesto Nashar con sorpresa, ¡Cómo pesaba aquella bolsa!
—¿Dónde está la habitación? —Preguntó Chilia.
—Cuarto piso… ¡Hay que joderse! ¿¡Cómo he podido elegir el cuarto piso!?—Exclamo el vidente haciendo fuerza para que no se le cayesen las armas.
—Haber elegido algo más barato entre los primeros pasillos. —Ezequiel se alejó.—Voy a aceptar esto, son muchos ocasos para tan poco trabajo. Aquí hay una trampa, pero sabremos apañarnos muy bien. ¿Verdad?
—¡No! —Nashar estuvo a nada de tropezar, solo quería un buen alcohol, no trabajo.
—¡Si! —Exclamo emocionada Chilia, que tuvo que agarrar su mandíbula en el aire para que no se le desprendiese del todo.
Menudo grupo tenía montado el cazador, Ezequiel solía trabajar en solitario para evitar posibles muertes por accidente, pero no había más remedio. Albanegra le tenía atrapado.