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Capítulo 8: Últimos informes

Quien caza en las sombras · por HomerWorld · 21 de septiembre de 2026

 

Rosalina caminaba firme por el oscuro pasillo del bastión de Albanegra, rodeada siempre por espadas y todo tipo de armas, cuadros deshonores batallas, gloria, violencia sobre violencia, eso era lo que veía y se había forzado a admirar desde su primer día en tierra. La caballera no llevaba su armadura, no le dieron tiempo a vestirse como el reglamento indicaba para una dama como ella, en su lugar llevaba un gabesón negro con el símbolo tribal triangular y punzante como una zarza, rodeando lo que se asemejaba a un sol retorcido, una vez más aquel emblema que la asfixiaba, pero la absolvía de toda culpa o error.

 

Los soldados la respetaban, hacían formación allí donde ella pisaba con sus botas negras enceradas, con una postura marcial perfectamente recta sin demostrar debilidad alguna. Abrió puertas e hizo esquinazo para perder de vista a unos molestos burócratas que estarían por darle un sermón sobre la situación militar de Pez Recio, aquella no era su responsabilidad en aquel momento. Algo más importante que una guerra había acontecido aquella semana.

 

Abrió el portón negro de manillas doradas mientras expiraba una bocanada de aire en respuesta a su estrés, esperaba una montaña de documentos sobre una mesa redonda y un montón de miembros del parlamento interior perdiendo la cabeza por asuntos administrativos; sin embargo, se encontró de frente a un montón de señores y señoras pomposamente vestidos de negro y dorado, rojo y oscuro, gris y blanco, nada más de variedad. La caballera anduvo hasta su hueco en la mesa redonda, típico entre los interiores nobles, si, pero eficaz para verse las caras y saber quién mentía o quien no.

 

La sala de los administradores era una maravilla, fruta fresca, vino de calidad y comida bien elaborada servida en la mesa mientras todos podían dedicarse a su oficio burocrático. Las estanterías altas pagadas rollos color crema hacían que el papel viejo se uniese con los olores perfumados del consejo administrativo, aquello se le hacía irritante a Rosalina, odiaba los olores mezclados.

 

Para iluminar toda la estancia solo necesitaban de una única lámpara de araña gigantesca, con un sistema de autoencendido, cortesía élfica birlada por los humanos, era de lo más útil. Tenía aunque ceñirse a la conversación, el no haber descansado correctamente durante su turno libre la había perjudicado. ¿Cuántos papeles tenía que firmar para la próxima campaña de caza? ¿Dónde quedaron los planos para la máquina de asedio nueva? ¡De seguro los tenía el anciano de antes!

 

—Caballera Espinada, le estoy preguntando sobre si ha terminado con la reinserción del nuevo recluta. —La voz del terrateniente Dromux era gruesa, delgado y pálido, cabello recortado por los lados y melena grisácea suelta, tenía un bigote muy bien perfilado. —¿Qué ha sido del popular prisionero? ¿Se ha portado bien?

—Los informes dicen que no ha causado molestias salvo una pelea en el gremio de cazadores, pero todo quedó resuelto. No se sabe mucho más, no pasó la noche en un hostal o durmió en algún lugar de hospedaje. Sospecho que fue a un encargo y no ha regresado desde entonces. —La respuesta de Rosalina fue exacta y medida, sincera ante todo.

—Ha de estar aterrado, nadie aguanta las prisiones de Albanegra ni un solo día por muy duro que seas. —El administrador de justicia Eldrich, ex verdugo, cortó hábilmente su filete grueso. La carne sangró. —¿Aún conserva las uñas en sus manos? ¿Puede parpadear de lo morado que le han dejado la cara?

—Con el proceso del tatuaje sirvió. —Respondió Rosalina.

—Espero que sea más manso que el chico de las dunas, ese es una causa perdida, se le ha denunciado de robos y ha pagado su deuda exitosamente. No le permiten acercarse a las joyerías de la ciudad a estas alturas, malditos orientales… —La administradora del tesoro ciudadano, Regalia Seur, limpio su monóculo, quitó las arrugas de su estrecho uniforme y sacó un puro, pero a juzgar por la mirada de sus compañeros detuvo la acción. —¿Han sido muy caros esos tatuadores profesionales del sur?

—Han hecho su oficio como debe de ser, pulcro y doloroso para la víctima.—Rosalina tomó una uva, no quería arriesgarse a mancharse el uniforme con el plato de pato con salsa que tenía en frente, apartó un poco el plato.

—Tener al “Cazador de lobos” entre nuestro repertorio de cazabestias puede ser una buena estrategia, es alguien icónico al ser un mutante. —El administrador de publicidad y arte Lucaris era un noble estirado y pálido, cató el vino y prosiguió su palabrería. —¿Es apuesto ese cazador de monstruos? ¿Es un adefesio? Esos detalles importan por si el gremio de héroes nos quiere contactar para añadirlo en su repertorio si es que hay éxito. —Sus ojos rojos, color otorgado por sus lentillas, miraron con soberbia a la caballera. Esta no respondió.

—Creo que nos estamos desviando del tema al que teníamos que tratar. —El terrateniente Dromux se levantó de su sulla, necesitaba la atención del consejo lo antes posible. —La administradora de Guerra ha venido con malas noticias en el frente norte de Pez Recio, el Muro del Khan y las ruinas de Visstolé. La caza de monstruos es insuficiente, actualmente ha pedido guerreros más específicos para librar tanta batalla contra los revolucionarios. Pide audiencia con los marcados que tenemos en Saint Drux.

 

Rosalina se puso nerviosa, levantó la mano sin poder ocultar su estado.

 

—¿Queréis decir que necesitamos a más soldados? He organizado toda la capacidad militar de la ciudad para este año y el siguiente, a no ser que tomemos alianza con otros poblados…

—Por eso te vamos a pedir un favor, no, una misión. —El administrador de comercio Caín, de profundas entradas y rostro estrecho, curtido a cicatrices como antiguo coronel naval que fue. —Has de tener a Ezequiel y a Nashar listos para cuando algo suceda, los marcados han de cumplir con su destino de criminales. Los mandaremos al ejército en cuanto estén preparados por ti.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué sea mentora de unos profesionales del asesinato?

—No, que les guíes y tengas responsabilidad sobre ellos. Hemos pactado una alianza con el pueblo de Aqualia y el torreón de Garos, nos van a enviar a dos marcados a la ciudad para resolver un problema que llevamos tiempo evitando.

Aquel problema… Sí, era sin duda aquella condenada cuestión que llevaban generaciones evitando. Era un muy mal día para ser miembro de un consejo.

—Como jefa de la milicia de esta ciudad, vas a estar al cargo de un escuadrón especial dedicado plenamente a la mejoría de esta sociedad. Necesitamos dar el paso con algo contundente, como entenderá usted.

 

La postura recta de Rosalina se encorvó por la incredulidad, esperaba responsabilidades grandes para su cargo, pero aquella idea sonaba tan extraña que era imposible de pasar por alto. Se tranquilizó, algo lógico tendrían que mencionar.

 

—Veamos… —La caballera espinada ordenó los documentos que tenía en frente, una horda de papeleo pendiente que solo ojeaba cada tanto. —¿Ezequiel y Nashar, junto a los dos recién ingresados, serán el nuevo grupo de marcados? ¡Pero si esa tradición es ya una tontería! ¿Tan desesperados estamos?

—El ministerio de magia de Garos exige más que soldados para la batalla que tendremos con los Meromantes a futuro, no podemos perder la oportunidad de una alianza. Los ducados al rededor del archipiélago lo han decidido, necesitamos los tesoros ocultos de las mazmorras. —El administrador Lucaris dejó su copa a un lado, con un semblante algo más serio. —La situación es grave, tenemos que volver a las viejas tradiciones para intentar… Mantener un orden superior ¿Comprendes?

 

La caballera dudó. Regresar a las viejas raíces significaba un orden militar mucho más estricto, productividad con menos salario, un orden más distinguido de lo que ya estaba entre la clase guerrera y trabajadora.

 

Aquello supondría una mejoría en la vida de Rosalia, honores especiales, libertad de maniobras estratégicas, puede que una armada propia fuera de la ciudad, el control de todo un equipo especializado. Era la idea perfecta, arriesgada, pero perfecta para ella. En sus adentros deseaba con fuerza que todo aquello se hiciese realidad, pero por fuera tenía que mostrar preocupación ante el pueblo, los nuevos cadetes, su “honor”.

 

—Se ha pactado varios planes útiles, como los marcados no tienen capacidad de decisión, pueden ser unos peones importantes. Cada uno es excepcional a su modo, bien lo sabemos. Rumores, leyendas, pero todos esos mitos convergen aquí. —Caín puso su grueso índice contra el mantel rojo, tenía las uñas poco cuidadas. —Un grupo poderoso es lo que se necesita, pero antes, tenemos que saber de qué son capaces.

—Todo esto es muy precipitado. —Criticó Rosalina. —¡No tenemos casi nada en su historial excepto sus delitos! ¿Hasta dónde creéis que pueden llegar?

 

Las puertas se abrieron de par en par sin previo aviso, las velas sobre la lámpara de araña se sacudieron, todos se volvieron a la entrada con urgencia. Dos ancianos nerviosos vestidos con jubones oscuros se miraron al uno al otro, sosteniendo papeles arrugados. Se quedaron en silencio por un momento.

 

—¿Hay algo muy importante que deben saber ustedes…? Esto… —El anciano de la derecha lleva lentes ajustadas y una cara huesuda, el otro era rechoncho como una cebolla. Eran los mismos señores que Rosalia quiso evitar aquella misma mañana.

—¡Hablad! —Ordenó el terrateniente Dromux. —¿Se os ha caído la lengua o que? ¿Nos atacan bandidos? ¿Monstruos? ¿Las dos cosas?

—Los dos… Los dos marcados… Han… Bueno…. ¿Qué puedo deciros? Han aceptado el contrato de la mazmorra de los deseos muertos, salieron por patas de la ciudad y avanzaron por los bosques hasta dar con las catacumbas. Regresaron con información y… Esto…

—¡¿Qué?! ¿Esos dos? —Dromux se inclinó en la silla pensativo.

—El cazador de lobos y el vidente, o vidente, como sea. —Dijo nervioso el anciano ancho.

 

Rosalina evitó saltar de la silla, aquellos dos se habían unido demasiado temprano, como una muy extraña casualidad. Los miembros del consejo se miraron unos a otros intentando llegar a alguna conclusión. Pero Dromux levantó su mentón afilado, se puso de pie y se llevó las manos a la espalda con dignidad. Esbozó una sonrisa profunda.

 

—Caballera espinada, es momento de hacer un interrogatorio rápido. Esos dos prometen, creo que hemos dado en el clavo con los elegidos.

—¡Si señor! —Rosalia se levantó y caminó rápidamente hasta la salida.

—Por cierto… Hay una tercera persona en la sala de interrogatorios, hemos tenido que traer flores aromáticas para ocultar su peste.



Rosalia se paró en seco. «¿Peste? ¿Flores? ¿¡Sala de mazmorras!? ¡Maldita sea!». Pensó. 

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