Capítulo 3: Doomús
El sol de finales de verano caía con fuerza sobre los interminables campos.
Un largo camino de tierra atravesaba la llanura hasta perderse en la distancia, donde una modesta puerta abierta rompía la muralla de madera que protegía el pueblo.
Draco avanzaba por el sendero sin apartar la vista del gran asentamiento que se alzaba tras aquellas murallas.
Durante un instante, la imagen despertó recuerdos amargos.
Recuerdos que, para él, ya pertenecían al pasado.
Sin detenerse, siguió caminando.
Tras varios minutos alcanzó la entrada.
Desde allí ya podía verse una amplia calle principal que cruzaba la ciudad.
Los edificios, levantados a ambos lados, proyectaban suficiente sombra para que el lugar rebosara vida incluso bajo aquel calor sofocante.
Draco dio un paso al interior. Sus ojos parecían recuperar parte del brillo que habían perdido.
Un guardia con armadura plateada, decorada con cruces azul celeste, pasó junto a él apoyando la lanza sobre el hombro.
-¡Bienvenido a Doomús, forastero! -lo saludó con una sonrisa sincera.
El contraste con Miraia era enorme.
Mientras que aquella ciudad parecía oprimirte con sus murallas, Doomús daba la impresión de recibir a todo el mundo con los brazos abiertos... o, en este caso, con las puertas abiertas.
Draco respondió con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa antes de continuar.
-Más que un pueblo de aventureros... parece un paraíso o un pueblo en paz -murmuró para sí.
Mientras caminaba, fue echando un vistazo a los comercios.
Muchos permanecían cerrados para evitar las horas de más calor, aunque aún podía verse gente conversando bajo los portales o descansando a la sombra.
Más adelante, siguiendo la calle principal, un edificio llamó su atención.
Era considerablemente más grande que el resto.
La fachada, completamente redondeada, estaba pintada de un intenso azul marino.
Las puertas abatibles recordaban a las de las antiguas historias de vaqueros.
Draco se detuvo frente a él.
Había algo en aquel lugar que lo invitaba a entrar.
Entonces levantó la vista. Sobre la entrada colgaba un enorme cartel que había pasado por alto hasta ese momento: *Gremio de Aventureros*.
-¡Jackpot! -murmuró con una sonrisa de lado.
Dudó apenas unos segundos.
Después, empujó las puertas.
Nada más entrar, se topó con una enorme taberna.
Las mesas estaban ocupadas por aventureros que bebían, reían y compartían historias entre carcajadas.
El edificio también disponía de un segundo piso, accesible mediante dos escaleras situadas a ambos extremos del salón.
Desde abajo, solo podían verse dos puertas que daban a un pasillo superior.
Draco dio apenas un paso.
Y todo cambió.
Las conversaciones cesaron de golpe.
Decenas de miradas se clavaron sobre él.
El silencio se hizo dueño del lugar.
Sin dejarse intimidar, avanzó con la cabeza ligeramente agachada, aunque su porte seguía transmitiendo una seguridad absoluta.
Se acercó hasta la barra, donde una mujer alta, de alrededor de cuarenta años y cabello moreno recogido en una abundante coleta, limpiaba unos vasos.
Draco se detuvo frente a ella.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Entonces, se giró de golpe hacia toda la taberna.
-¡¿Por qué estáis tan callados?! -exclamó, sacando una moneda de oro y levantándola bien alto-. ¡La siguiente ronda corre de mi cuenta!
Durante un instante, nadie reaccionó.
Después...
-¡¡OOOOOH!!
La taberna estalló en vítores y aplausos.
Las conversaciones regresaron al instante y el ambiente volvió a llenarse de risas.
La mujer de la barra soltó una pequeña carcajada mientras negaba con la cabeza.
-¿Andas buscando problemas o qué? -preguntó ella con gracia-. ¿Qué le pongo al agitador?
-Para mí, un aguardiente. ¿Tenéis?
Ella sonrió con cierta complicidad mientras cogía un vaso y una botella.
-Vaya entrada más de historia de vaqueros que te has marcado, ¿eh?
-Las primeras impresiones son importantes -respondió Draco, guiñándole un ojo-. La clave está en la confianza.
La mujer dejó el vaso completamente lleno frente a él.
-¿Con quién tengo el placer?
Draco lo vació de un solo trago antes de responder.
-Me llamo Draco, y pronto seré uno de vosotros -dejó el vaso sobre la madera-. ¿Y tú?
-Lorena -le dedicó una sonrisa profesional-. Te deseo suerte.
Draco permaneció unos instantes observando el gremio, saboreando el calor del aguardiente en su garganta.
-Vaya numerito has montado, ¿eh? -una voz grave llegó desde su espalda.
Al girarse, encontró a un hombre alto, de pelo corto y rubio y cubierto por una armadura llena de salientes metálicos. El hombre le tendió la mano.
-Soy Vanh. Encantado.
Draco aceptó el apretón con firmeza.
-Así que quieres unirte a nosotros, ¿eh?
-Seeh -respondió con su habitual actitud despreocupada.
Vanh dio un largo trago a su bebida.
-¿Tienes experiencia en esto, chaval?
-¿Experiencia?
-Si no has completado al menos tres misiones en otros gremios, lo tienes bastante complicado.
Draco guardó silencio. Su expresión se volvió pensativa, recordando los consejos de Aurelio.
Vanh soltó una leve risa.
-De todas formas, no pierdes nada por intentarlo. Tendrás que hablar con Silas -señaló con el mentón una de las puertas del piso superior.
Draco siguió la dirección con la mirada.
Sin pensárselo dos veces, bajó del taburete y subió las escaleras.
Llamó a la puerta.
Solo al apoyar los nudillos notó la diferencia; la madera era sólida, pesada y de una calidad que hacía mucho tiempo que no encontraba.
-Pasa -la voz llegó desde el interior.
Draco abrió con cautela.
Al fondo del despacho descansaba un elegante escritorio de madera oscura adornado con detalles dorados.
Tras él esperaba un hombre, de unos sesenta años. Su cabello comenzaba a encanecer, pero la serenidad que transmitía resultaba mucho más llamativa que su edad.
-¿A qué esperas? Entra.
Draco obedeció.
-Eres el que ha montado el pifostio ahí fuera, ¿verdad? -el joven asintió-. ¿Qué te trae a nuestro gremio?
Silas lo observaba por encima de las gafas.
No levantaba la voz.
No parecía enfadado.
Y precisamente por eso imponía tanto respeto.
Draco tragó saliva antes de enderezar la postura.
Era hora de usar la labia.
-Le traigo una propuesta que creo que le gustará -una sonrisa algo forzada apareció en su rostro-. Quiero unirme a vuestro gremio. Llevo un tiempo siendo aventurero en otros lugares y, al conocer Doomús, su reputación me llamó la atención. Además... estoy seguro de que un hombre de su calibre sabrá reconocer a alguien fuerte en cuanto lo vea.
Silas dejó escapar un largo suspiro mientras se quitaba las gafas.
Después, dio una palmada limpia.
-Magnífica actuación -hizo una pequeña pausa-. Ahora dejémonos de tonterías. Estás muy verde mintiendo, muchacho.
Draco dejó caer los hombros. La sonrisa desapareció al instante.
-Es verdad -respiró hondo-. Soy nuevo en esto de ser aventurero... pero le juro que soy fuerte. Póngame a prueba si quiere. Enfrénteme a cualquiera de sus hombres. Si gano, entraré en el gremio. Y si pierdo... me marcharé y volveré cuando tenga experiencia.
Silas sonrió con los ojos.
-Eso ya me gusta más -otra palmada resonó en el despacho-. ¿Andas buscando fama? ¿Honor?
-Dinero -respondió Draco sin dudar-. El juego no se paga solo... -bromeó, intentando aliviar el ambiente.
Silas siguió mirándolo con expresión completamente neutra.
-Así que un combate... -se levantó lentamente de la silla-. Muy bien. Sígueme.
Nada más salir al balcón que daba a la taberna, el bullicio de la planta baja desapareció.
El silencio abajo fue absoluto.
No por miedo, sino por puro respeto a Silas.
El maestro descendió las escaleras con calma.
Draco caminaba unos pasos detrás de él.
Cuando ambos llegaron al centro del salón, Silas habló con voz firme.
-Este joven desea unirse al gremio. Quiere demostrar su valía enfrentándose a uno de vosotros para ganarse su sitio.
Todos los presentes dirigieron la mirada hacia Draco.
Él los recorrió uno a uno con la vista, analizando sus posturas.
Cualquiera podía convertirse en su rival.
Silas cruzó las manos a la espalda.
-El que quiera enfrentarse a él... que dé un paso al frente.
Durante unos segundos nadie se movió, hasta que un hombre delgado, con hombreras y rodilleras cubiertas de pinchos, salió de entre la multitud.
-Yo me enfrentaré al criajo -los murmullos recorrieron la taberna-. ¡Ja! Espero que luego me paguéis por darle una paliza a este niñato -comentó entre risas mientras daba un codazo a una compañera.
Silas ignoró deliberadamente el comentario.
-Muy bien. Rathalius será tu oponente. El combate será en el campo de entrenamiento.
Toda la taberna comenzó a seguirlos hacia la puerta trasera.
El campo de entrenamiento era un amplio rectángulo de arena castigado por el sol.
Los aventureros formaron un círculo alrededor de la zona de combate.
Draco ocupó uno de los extremos. Rathalius, el otro.
Silas se situó entre ambos.
-En este lado tenemos a Rathalius, aventurero del gremio y miembro del grupo Las Garras Blancas. Y al otro... nuestro aspirante.
Rathalius sonrió con desprecio.
-Chaval... voy a enseñarte por qué aquí no aceptamos novatos como tú.
Draco tragó saliva.
Notaba el sudor recorrerle la espalda.
Tantas miradas
Tanta presión...
Silas levantó lentamente una mano. Y, con un simple gesto, dio comienzo al combate.
Los vítores envolvieron el lugar en cuanto se dio la señal.
Draco clavó la vista en su rival.
Sin dudarlo, dejó que sus alas y su cola escamosas brotaran de su espalda, revelando su naturaleza ante los ojos atónitos de la multitud.
Salió disparado hacia Rathalius, levantando una espesa nube de arena a su paso.
Los aventureros estallaron en murmullos de sorpresa al ver sus rasgos draconianos.
Rathalius sonrió.
Su cuerpo se volvió mucho más delgado de golpe y desapareció del camino de Draco en un abrir y cerrar de ojos.
El joven frenó en seco y giró sobre sí mismo, buscándolo.
Demasiado tarde.
Rathalius apareció a su derecha.
En el mismo instante, recuperó una complexión mucho más robusta y lanzó un puñetazo cargado de fuerza.
Draco apenas tuvo tiempo de cubrirse con ambos brazos.
El impacto lo obligó a deslizarse varios pasos sobre la arena.
Antes de que pudiera reaccionar, Rathalius volvió a adelgazar y desapareció otra vez.
Draco respiró hondo mientras buscaba desesperadamente su posición.
-Aguantas bien, ¿eh? -la voz llegó desde un lateral.
Otro destello.
Otro cambio de complexión.
Otro puñetazo.
Esta vez, sin embargo, Draco reaccionó.
Su cola ejecutó un rápido barrido.
El golpe alcanzó las piernas del aventurero justo cuando este recuperaba su forma robusta.
Rathalius perdió el equilibrio y cayó de espaldas, mostrando una mueca de pánico en el rostro.
Sin perder un segundo, el hombre volvió a adelgazar y se alejó varios metros con un movimiento fugaz.
-Buenos reflejos... -se crujió el cuello mientras sonreía.
Draco recuperó el aliento.
-Ya entiendo... -respiraba algo agitado-. Alternas entre una forma ligera, rápida y frágil... y otra mucho más fuerte y resistente, pero lenta.
Rathalius soltó una risa nerviosa.
-Chico listo...
Desapareció una vez más.
En un instante, volvió a situarse frente a Draco.
El joven repitió el barrido con la cola, pero falló; Rathalius ya no estaba allí.
Draco reaccionó por instinto y lanzó un zarpazo hacia atrás.
Parecía haber golpeado al aire, pero en ese mismo momento, el aventurero apareció a su espalda con el puño ya preparado.
El impacto alcanzó el costado de Draco. El joven apretó los dientes y soportó el golpe sin caer.
Pero sonrió.
Su zarpazo no había fallado del todo: una fina marca de sangre apareció en la mejilla de Rathalius.
El aventurero pasó un dedo por el corte, miró el rastro rojo y volvió a fijar sus ojos en Draco.
-Se acabó el calentamiento.
Volvió a lanzarse, esta vez buscando las piernas.
Draco interceptó el ataque con la cola y ambos retrocedieron.
Es más rápido que yo, pensó Draco mientras analizaba cada movimiento del rival. Si sigo intentando alcanzarlo de frente, nunca le daré. Tengo que encerrarlo.
De un fuerte aleteo, salió disparado hacia una de las esquinas del campo.
Allí adoptó una postura completamente defensiva.
Rathalius sonrió.
-¡¿Ya te rindes?!
No perdió tiempo.
Su figura desapareció una y otra vez mientras descargaba una lluvia constante de golpes.
Puños, rodillazos, codazos.
Draco permanecía inmóvil, bloqueándolo todo con sus brazos y alas.
Gracias a esa postura, cada golpe era relativamente ligero, pero la suma de todos comenzaba a pasar factura.
Sus brazos ardían.
-Aun no... -Dijo para si mismo
Entonces, Rathalius volvió a recuperar su forma robusta y sonrió.
-¡Se acabó!
Concentró toda su fuerza en un único puñetazo, pretendiendo romper la guardia de Draco de un solo impacto.
Cuando lanzó el golpe, Draco se agachó y usó sus alas para impulsarse, saltando por encima de él.
Ahora era Rathalius quien estaba encerrado contra la esquina.
El aventurero giró rápidamente e intentó recuperar la presión lanzándose de nuevo hacia delante.
Y entonces, una densa nube de vapor brotó violentamente del cuerpo de Draco.
El aire abrasador golpeó de lleno a Rathalius, obligándolo a retroceder.
El vapor continuó expandiéndose.
Cinco metros.
Ocho.
Doce.
En pocos segundos, cubría casi todo el campo.
Los aventureros retrocedieron instintivamente.
Nadie decía una palabra.
Solo observaban.
Dentro de aquella nube, la silueta de Draco comenzaba a crecer.
Cada vez más, hasta que un rugido estremeció el aire.
El sonido recorrió el campo, las calles de Doomús y sacudió los cimientos del lugar.
Llegó un potente batir de alas.
La niebla se abrió de golpe y todos pudieron verlo.
Un gigantesco dragón ocupaba el centro del campo.
Escamas oscuras, dos enormes patas traseras, las alas apoyadas en el suelo como si fueran extremidades delanteras, una larga cola y dos imponentes cuernos coronando su cabeza.
Era la viva imagen de la destrucción.
Los gritos de emoción se transformaron en pánico.
Algunos dejaron escapar alaridos de terror; varios aventureros retrocedieron y otros se aferraron a sus armas sin apartar la vista de la criatura.
Rathalius permanecía completamente inmóvil.
Su rostro era un poema.
Cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde.
La gigantesca garra de Draco descendía hacia él.
Miró a los lados, pero estaba rodeado por el público.
No podía esquivar.
Solo le quedaba resistir.
Su cuerpo volvió a ensancharse hasta alcanzar el máximo grosor posible.
Cruzó los brazos y recibió el impacto.
¡¡BOOOM!!
El suelo tembló.
Una enorme nube de arena cubrió todo el campo.
Solo podían oírse los gruñidos de esfuerzo de Rathalius, seguidos de un segundo estruendo dentro de la polvareda.
Y después, el silencio.
El polvo comenzó a disiparse.
Draco levantó lentamente la garra.
Debajo de ella, Rathalius yacía inconsciente en el foso de arena.
El silencio resultaba ensordecedor.
Entonces el dragón alzó la cabeza y rugió, haciendo vibrar el aire.
Poco después, el enorme cuerpo empezó a desprender vapor con mucha más suavidad.
La imponente figura fue desapareciendo hasta que, del interior de la niebla, volvió a surgir Draco.
Respiraba con dificultad, pero intentaba ocultarlo manteniendo una expresión seria.
Nadie habló durante unos largos segundos.
Entonces, alguien en la multitud empezó a aplaudir.
Otro se unió.
Y otro.
En cuestión de segundos, todo el gremio estalló en aplausos, vítores y gritos de admiración.
El ambiente recordaba al de un coliseo.
Aquella demostración de fuerza bruta había despertado el espíritu competitivo de todos.
Draco observó a la multitud y, finalmente, dejó escapar una sonrisa nerviosa mientras replegaba sus alas.
-¿Esto era lo mejor que tenían? -bromeó en voz alta-. Creo que he pasado la prueba...
Su comentario provocó varias carcajadas.
Atravesó el círculo de aventureros mientras todos lo observaban con una mezcla de respeto y temor.
Sin embargo, hubo alguien que no desprendía ninguna de las dos cosas: Silas.
El maestro del gremio seguía observándolo con absoluta serenidad. Draco asintió en su dirección y Silas respondió con una leve sonrisa.
-Supongo que... bienvenido al gremio.
Al regresar a la taberna, Draco se convirtió inmediatamente en el centro de atención.
-¡Oye! ¿Te interesa unirte a mi grupo?
-¡¿De verdad eres un draconiano?!
-Tú... tú no nos comerás, ¿verdad?
Draco acabó acorralado contra la barra, sonriendo con rigidez mientras el sudor frío le bajaba por la nuca.
-¡Atención, por favor! -la voz de Silas hizo que toda la taberna guardara silencio al instante-. Como ya habéis visto, este joven ha demostrado su valía. Me complace presentaros oficialmente a vuestro nuevo compañero.
Los aplausos volvieron a llenar el salón, pero Silas levantó una mano para pedir calma.
-Sin embargo, tendremos que dejar la celebración para después. Necesito hablar con él en privado para asignarle un grupo yo mismo!
Con un gesto, le indicó a Draco que lo siguiera a la planta superior.
Cuando la puerta del despacho se cerró, la fiesta volvió a estallar abajo.
-Bienvenido, draconiano -Silas dejó una hoja de registro y una pluma sobre la mesa.
-Muchas gracias -el brillo carismático regresó a los ojos de Draco mientras tomaba la pluma.
Mientras firmaba, Silas se acercó lentamente a la ventana.
Los últimos rayos de sol teñían el despacho de un cálido color anaranjado.
-Una mirada dice mucho de una persona, muchacho. Y la tuya me indica que, aunque buscas dinero, hay algo más pesado en tu interior.
Draco guardó silencio, dejando la pluma a un lado.
-La verdad es que he mentido ahí abajo-Silas volvió a mirarlo-. Todavía no tengo un equipo asignado para ti. Puedes elegir uno tú mismo... o dejar que lo haga yo.
El joven desvió la mirada hacia la ventana, observando los tejados de la ciudad que ahora sería su nuevo hogar.
-Prefiero dejarlo en tus manos, maestro.
Silas suspiró con una leve sonrisa.
-Muy bien... Como quieras. Nos vemos mañana aquí mismo para presentarte a tus compañeros. Ahora ve a descansar, te lo has ganado.
Cuando se dirigía de vuelta abajo con sus nuevos compañeros se detuvo
Silas suspiró -Otra cosa que me decís tú mirada es que no te sentías muy cómodo ahí abajo...
Draco se giró
Silas, sin decir nada abrió la ventana de su despacho
El aire que entró era fresco y tranquilo, todo lo contra
rio al acalorado fuego de la planta inferior
Draco asintió.
Se despidió con respeto y, en lugar de bajar a la ruidosa taberna, decidió aprovechar la altura del despacho.
Se apoyó en el marco de la ventana, dejó que sus alas se extendieran con libertad y se lanzó al exterior, planeando con elegancia bajo el cielo del atardecer.
Silas siguió su vuelo con la mirada hasta que el joven se perdió entre los tejados de Doomús.
Sólo entonces, el anciano habló para sí mismo en el silencio del despacho:
-Bienvenido al gremio Fogár... Draco.