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Capítulo 2: Prologo (parte 2): Calma tras la tormenta

Nido de Draconianos - Volumen 1 · por Pablo Jiménez Cubero · 20 de septiembre de 2026

Prologo parte 2: Calma tras la tormenta 

 

La mañana siguiente comenzó de forma abrupta. 

 

El sueño de Draco fue interrumpido por una voz. 

 

Una mujer alta, de dos finas trenzas estilo militar de cabello negro, había entrado en la taberna acompañada por otros tres hombres. 

 

-¡Aureeelioo! -dijo la mujer mirando alrededor, sobresaltándose al verlo sentado al lado de la puerta. 

 

Aurelio se levantó de inmediato. 

 

-¡Marla! Qué sorpresa tan encantadora -dijo incorporándose de sopetón y alejándose con una postura a la defensiva. 

 

La mujer soltó una carcajada robusta. 

 

-Veo que pudiste entrar bien, me alegro. Sobornar al guardia de la entrada no es barato, pero veo que cumple -comentó con sorna. 

 

Aurelio relajó ligeramente los hombros. 

 

-Ya sabes, el gobernante está muy paranoico con la tontería esa de la leyenda y eso... Pero bueno, basta de tanta charla, ¿dónde está lo mío? -preguntó Marla poniendo sus manos en la cintura. 

 

El ruido había despertado a Draco. 

 

Abrió los ojos lentamente. 

 

Su mirada todavía estaba apagada, pero, poco a poco, la curiosidad comenzó a regresar a ella. 

 

-Marla, aún no he vendido lo acordado, pero ¿cuándo he incumplido yo un trato contigo? -dijo Aurelio con una risa nerviosa. 

 

Marla rió. 

 

Después dejó de hacerlo, su expresión cambió radicalmente mientras clavaba los ojos en el mercader. 

 

El comerciante se tensó. 

 

-Tienes hasta mañana -sentenció ella, saliendo del local y cerrando de un portazo. 

 

Durante unos segundos reinó la calma.

 

Aurelio soltó un largo suspiro antes de retomar su positiva actitud forzada. 

 

-¡Ya lo has escuchado, chaval! -dijo acercándose a la mercancía-. Tenemos que ponernos las pilas -añadió mientras Draco se levantaba. 

 

Poco después, ambos volvieron al carro.

 

Draco se sentó junto a Aurelio con las alas guardadas. 

 

Durante un rato permaneció observando el suelo avanzar bajo las ruedas, hasta que finalmente habló. 

 

-¿Qué hay de ti, Aurelio? ¿Cuál es tu historia? -preguntó Draco con un tono de voz aún bajo. 

 

Aurelio se encogió de hombros. 

 

-¿Yo? Vengo de Noivond, una ciudad al norte. Soy hijo de mercaderes y tampoco tengo mucho que contar -respondió mientras movían el vehículo hacia una taberna cercana 

 

-¿Y por qué me ayudaste? -indagó el chico. 

 

-Verás, si estafo, soborno o me cuelo en las ciudades no es por placer... Pero no significa que sea mala persona. ¿Cómo va a dejar un hombre abandonado a un joven en medio del bosque?

 

Draco relajó los hombros al escuchar la última frase. 

 

La taberna a la que llegaron era distinta a la anterior. 

 

No estaba en buen estado; el polvo y el moho habían invadido buena parte del local, pero al menos estaba viva. 

 

Las voces llenaban el interior: algunos clientes reían y otros cantaban. 

 

Aurelio bajó del carro y se arremangó con decisión. 

 

-Venga, te voy a enseñar cómo trabaja un profesional. 

 

Draco lo siguió. El mercader se detuvo en la entrada y examinó rápidamente el lugar. 

 

-¡Jajaja! ¡Jackpot! 

 

La reacción de Aurelio hizo que Draco mirase con curiosidad a su compañero.

 

Acto seguido, Aurelio sacó una hoja de debajo de su chaqueta, escribió un par de cosas y volvió a guardarla. 

 

-Observa -susurró Aurelio, clavando la mirada en un cliente mientras le hacía una seña a Draco para que se quedara allí. 

 

El chico permaneció donde estaba.

 

Aurelio se acercó a un hombre que bebía apartado del resto. 

 

Su cerveza era de la buena, de la cara. 

 

El hombre se limpió la espuma del bigote con un pañuelo. 

 

-Señor... déjeme decirle que no sé qué hace un hombre con su porte en una taberna como esta -comenzó Aurelio con tono adulador. 

 

-¿Le conozco? -preguntó aquel hombre secándose los labios. 

 

Aurelio sonrió de oreja a oreja. 

 

-Usted a mí no, pero yo reconozco a un hombre de gustos refinados en cuanto lo veo. 

 

El hombre pareció satisfecho con la respuesta y dio otro sorbo a su bebida. 

 

-Señor... -dijo con cierta intriga. 

 

-Aurelio, me llamo Aurelio -se presentó el mercader. 

 

-Señor Aurelio, vayamos al grano. ¿Qué es lo que quiere? -preguntó el hombre con seguridad. 

 

Aurelio esbozó una sonrisa cómplice. 

 

-Solo que eche un vistazo a esta lista. Soy comerciante, y estoy seguro de que un hombre de su calibre sabrá ver que lo que vendo tiene un valor único -dijo sacando el papel de la chaqueta. 

 

El hombre tomó la hoja sin demasiado interés y comenzó a leer. 

 

Al principio parecía aburrido, pero de repente sus ojos se abrieron de golpazo. 

 

-¡Aurelio! ¿Tiene usted una cantimplora de Vull el Recio? -preguntó asombrado, señalando el espacio en medio de la lista. 

 

Aurelio sonrió con astucia. 

 

-¡Por supuesto! La conseguimos de unas ruinas en medio de un campo, pero nadie la quiere -añadió fingiendo desinterés. 

 

El hombre soltó una carcajada. 

 

-¡Normal! Esa familia de mala sangre era odiada por todos. Por eso la familia Resner los destronamos. 

 

Aurelio abrió los ojos fingiendo sorpresa. 

 

-¡¿Es usted un Resner?! ¡Ya decía yo! ¡Con ese aspecto tan imponente debí haberlo deducido! 

 

El hombre volvió a reír, inflando el pecho. 

 

-¡Una cantimplora del viejo Recio irá genial en nuestro almacén de trofeos! -dijo dando un gran trago a su cerveza. 

 

Aurelio guardó la hoja, satisfecho. 

 

-Pues menos mal que he encontrado a alguien de su nivel en una taberna de mala muerte como esta. ¡Enseguida le traigo su cantimplora! 

 

La venta fue un éxito rotundo. 

 

Aurelio regresó junto a Draco con una bolsa llena de monedas. 

 

Ambos volvieron a subir al carro y se dirigieron hacia otra taberna. 

 

Durante el trayecto, Draco permaneció muy pensativo. 

 

-Justamente tenía lo que él quería... Qué suerte -comentó con la vista al frente. 

 

Aurelio soltó una carcajada limpia. 

 

-¡¿Tú también te lo has creído?! Jajaja. Solo he reconocido el anillo que llevaba de la casa Resner, así que anoté rápido en la hoja lo que él querría encontrar. Lo halagué para que bajase la guardia y listo. 

 

Draco permaneció en silencio, asimilando la lección. 

 

El mercader arreó a los caballos. 

 

-Confianza, seguridad y una sonrisa. Esa es la clave para ganarte a cualquiera -sentenció Aurelio. 

 

Poco después llegaron a otra taberna. Aurelio volvió a observar a los clientes y sus ojos recorrieron minuciosamente la sala. 

 

Entonces sonrió. 

 

-¡Chaval, tú no lo ves, pero aquí hay muchas minas de oro! -dijo casi salivando. 

 

Le lanzó una moneda de plata a Draco-. Ve a la barra y pídete lo que sea, que esto va para largo. 

 

Aurelio se dirigió hacia un joven que cargaba un escudo, mientras que Draco se acercó a la barra. 

 

El hombre que servía las bebidas era bastante desaliñado; tenía un ojo de cristal y llevaba ropa vieja llena de parches. 

 

-Ojito, tenemos a un jovenzuelo en la barra, y parece que ha crecido fuerte, qué sorpresa por estos lares -dijo el tabernero. 

 

Draco se limitó a asentir. 

 

-¡Veo que tienes una moneda de plata bastante reluciente! Con eso puedes pagar cualquier bebida de la casa -añadió el hombre, comenzando a limpiar un vaso con un trapo ligeramente sucio. 

 

Draco observó las botellas y después volvió a mirar la moneda. 

 

Parecía no saber qué hacer con la posibilidad de elegir por sí mismo. 

 

-No sé... Dame... lo más fuerte que tengas -pidió Draco, echando un vistazo rápido a las estanterías del fondo que, al contrario que el resto del local, parecían llenas de botellas frescas y buenas. 

 

El hombre soltó una risa extraña. 

 

-¡Oh, jo, jo! Tenemos a un valiente. 

 

Tomó un vaso, sirvió un líquido totalmente transparente y lo colocó frente a Draco. 

 

-Todo tuyo, fiera -dijo el hombre, cobrándose la moneda. 

 

Draco miró el vaso. Durante unos segundos, pareció analizar el contenido; después lo levantó y se lo bebió todo de un solo trago. 

 

-¡Pero hombre! Que eso no es para bebérselo de un... -intentó advertirle el tabernero, pero sus palabras fueron sepultadas por una sonora carcajada a su lado. 

 

Draco dejó el vaso con fuerza sobre la barra. 

 

-¡Esto está buenísimo! -exclamó el joven, animándose por primera vez. 

 

El barman comenzó a reír y el hombre de al lado lo acompañó con fuerza. Era un anciano de pelo gris y aspecto descuidado. 

 

-shico, me llamo Fakto. Zi me gana' a las carta', te invito a má' tragos de aguardiente -propuso el viejo con un acento cerrado. 

 

Draco miró el vaso vacío. 

 

-¿Conque aguardiente se llama, eh? ¿Y si pierdo? -preguntó el joven desconfiado. 

 

El anciano tosió un poco. 

 

-No pasa na', siempre juego solo -respondió el hombre entre carraspeos. 

 

Así comenzó la partida. 

 

Fakto ganó la mayoría de las veces, pero mientras jugaban, le iba enseñando los trucos a Draco. 

 

El tiempo pasó sin que el joven se diera cuenta. 

 

Al caer la tarde, Aurelio regresó a la barra. 

 

-¿Qué, Draco? ¿Ganando? -preguntó como si nada. 

 

Draco seguía completamente concentrado en sus naipes. 

 

-Aprendo... -respondió sin apartar la vista de su mano. 

 

Aurelio y Fakto comenzaron a reír. El anciano colocó una última carta sobre la mesa, dando por terminada la partida mientras las risas aumentaban. 

 

El mercader se volvió hacia la salida. 

 

-Bueno, chaval, hay que volver. Yo no puedo descargar tan rápido sin ti. 

 

Fakto recogió las cartas con destreza. 

 

-Pázate mañana y volvemo' a jugar -le dijo el hombre mayor. 

 

Draco asintió. 

 

En sus ojos había algo distinto: aquel brillo tenue de la esperanza había crecido un poco. 

 

El camino de vuelta transcurrió en silencio, pero ya no era el mismo vacío de antes. 

 

La noche pasó. 

 

A la mañana siguiente, Draco y Aurelio utilizaron parte del dinero conseguido para desayunar en otra taberna. 

 

El mercader hablaba animadamente mientras comía. 

 

-¡Pues sí! Aquella vez le conseguí colar una pastilla de jabón a aquel noble y, por la tarde, una daga falsificada a una joven aventurera -contaba entre risas. 

 

Draco lo escuchaba con suma atención. 

 

-¿Qué es eso de aventurera? -preguntó con el tono curioso que iba recuperando. 

 

Aurelio terminó su zumo de naranja. 

 

-Son personas fuertes de un gremio que cumplen misiones peligrosas por dinero. ¡Ja! Esa sería una forma excelente para que te ganes la vida. 

 

Draco frunció ligeramente el ceño. 

 

-¿Gremio? -repitió Draco.

 

-Sí, es donde muchos aventureros se juntan, para buscar compañeros y eso -explicó Aurelio sin darle importancia.

 

La puerta de la taberna se abrió de golpe.

 

Marla entró acompañada por su séquito.-Aurelio, el buen hombre al que yo buscaba... Tendrás lo mío, ¿no? 

 

-dijo poniendo su brazo sobre su cuello con una falsa confianza.

 

Aurelio no dudó.

 

-Soy un hombre de palabra, mi querida Marla -dijo acercando a ella una de las bolsas de monedas que había ganado ayer.

 

Marla ni siquiera se molestó en contar las monedas.

 

Soltó una carcajada y se las entregó a uno de sus hombres.

 

-Así me gusta, grandullón, con esto, sabes que tu entrada segura a esta mierda de ciudad está garantizada -añadió ella yéndose con su séquito.

 

Antes de salir se paró en la puerta y dijo -Cuida bien a tu crío, crecen rápido, los mios son un tormento -bromeo mientras cerraba la puerta

 

Durante los tres días siguientes, la vida transcurrió con cierta tranquilidad.

 

Aurelio siguió trabajando.

 

Draco siguió aprendiendo.

 

Y, poco a poco, el joven comenzó a acostumbrarse a aquella nueva vida.

 

Finalmente, llegó el momento de partir.

 

Aurelio se encontraba frente a la vieja taberna, luchando con la puerta mientras sostenía una bolsa de monedas.

 

-Esta es la última bolsa de oro, gracias por ayudarme a cargar de nuevo el material, Draco -dijo tirando de la puerta-. Ya no queda nada para irnos a la próxima ciudad -añadió.

 

Draco ya había salido del local.

 

-Aurelio... -dijo Draco-. Fakto me dijo ayer que si hoy me pasaba por la taberna me enseñaría el truco por el que casi siempre me gana... ¿Puedo ir? -preguntó con un atisbo de ilusión en su tono.

 

Aurelio lo miró.

 

Durante un instante pareció pensarlo.

 

Finalmente, asintió.

 

-Está bien, pero si puedes volver para esta noche a ayudarme a descargar, te lo agradecería -dijo aún peleando con la puerta.

 

Draco asintió.

 

Después se alejó corriendo por las calles sucias de los suburbios.

 

Aurelio volvió a concentrarse en la puerta.

 

-No te pierdas -remató Aurelio más para sí mismo.

 

Entonces escuchó un sonido metálico.

 

Antes de poder cerrar la puerta, una voz llamó su atención.

 

-¿Aurelio Kall? -preguntó un hombre.

 

Aurelio dejó la puerta.

 

Esta volvió a abrirse.

 

El mercader se giró lentamente.

 

Tres hombres armados lo esperaban.

 

Llevaban unas armaduras de metal grisáceas y oxidadas. 

 

Además portaban lanzas.

 

Las puntas de estas apuntaban directamente hacia él.

 

-¿En qué puedo ayudarles? -preguntó Aurelio con una sonrisa nerviosa y la bolsa de monedas en la mano.

 

El guardia de la izquierda habló.

 

-Hemos recibido un aviso de alguien de confianza del gobernante, diciendo no solo que usted es un estafador, sino que entra de manera ilegal a la ciudad -dijo el de la izquierda agitando levemente la lanza.

 

El hombre del centro dio un paso adelante.

 

-Somos la guardia real, el gobernante ha ordenado su expulsión inmediata. Se le acusa de entrar ilegalmente en la ciudad, sobornar a un guardia y comerciar sin autorización -dijo el del medio.

 

Aurelio intentó hablar.

 

-Caballeros, creo que ha habido una confusión, yo... -intentó decir Aurelio antes de ser interrumpido.

 

El tercer guardia levantó ligeramente la voz.

 

-¿Es que no has oído a mi compañero? -dijo el de la derecha-. ¡Inmediatamente! -gritó.

 

Aurelio cerró los ojos.

 

Suspiró.

 

-Está bien, está bien, lo último que quiero es problemas con tres hombres como vosotros.

 

Mientras hablaba, dejó caer la bolsa de monedas en el interior de la taberna.

 

Después subió al carro.

 

Los soldados hicieron lo mismo.

 

Sin darle opción, comenzaron a escoltarlo hacia la salida más cercana de la ciudad.

 

Las lanzas bastaban para dejar claro que no debía intentar nada.

 

Mientras tanto, Draco llegó a la taberna.

 

Fakto estaba allí.

 

El joven pasó el resto del día con él.

 

Cuando cayó la noche, finalmente se despidió.

 

-Tengo que irme a ayudar a Aurelio, nos vemos otro día -dijo saliendo corriendo de nuevo por las calles.

 

Cuando Draco regresó, la puerta de la taberna estaba entreabierta.

 

El carro de Aurelio había desaparecido.

 

El joven entró.

 

En el suelo encontró la bolsa.

 

La tomó.

 

Entonces comprendió.

 

-Parece que la confianza y la sonrisa me engañaron incluso a mí... -dijo con ironía.

 

Draco caminó hasta el fondo de la taberna.

 

Aquel era el lugar donde solía dormir.

 

Se sentó en la oscuridad, mirando hacia la puerta.

 

Esperó.

 

Tal vez Aurelio regresaría.

 

Tal vez aparecería en cualquier momento.

 

Pero el tiempo pasó.

 

Y nunca lo hizo.

 

-Me ibas a llevar a otras ciudades... -dijo para sí mismo cerrando los ojos.

 

Al día siguiente, Draco comprendió que volvía a estar solo.

 

Y esta vez no había nadie que pudiera cargarlo.

 

Así que comenzó a moverse.

 

De taberna en taberna, fue buscando cualquier trabajo que pudiera encontrar.

 

Y, cuando tenía tiempo, volvía a visitar a Fakto.

 

-Te noto desanimao -dijo Fakto.

 

Draco permaneció sentado.

 

-Sí, esto es más complicado de lo que parecía... -respondió.

 

Fakto rió.

 

Después tosió.

 

Entonces sacó su baraja.

 

-¿Quieres que te enseñe algo muy chulo?

 

Comenzó a mezclar las cartas.

 

-Escoge una carta -dijo ofreciéndole la baraja.

 

Draco dudó.

 

-Que escoja... -dijo el joven dubitativo para acto seguido coger una carta aleatoria del mazo.

 

-Mu' bien, memorízala -dijo mientras tosía.

 

Draco observó la carta.

 

Después la memorizó.

 

Fakto le indicó que la devolviera al mazo.

 

-Muy bien, ahora vamos a mezclar -dijo mientras mezclaba las cartas.

 

El anciano sonrió.

 

-Tú ahora penzarías que yo la voy a zacar der mazo, ¿no? -intentó adivinar con confianza el hombre mayor.

 

Fakto señaló el vaso vacío de Draco.

 

Allí había una carta doblada.

 

Draco se sorprendió ¿cuando la había colocado allí?

 

-Mira cuál es -dijo el hombre recogiendo las cartas.

 

Draco miró el vaso.

 

La carta era el as de tréboles.

 

Estaba cuidadosamente doblada y las esquinas húmedas con olor a aguardiente.

 

El joven se quedó inmóvil.

 

Después frunció el ceño.

 

-¿Qué tipo de magia es esta? ¿Es el poder que te tocó a ti?

 

Fakto rió.

 

Guardó el as en el bolsillo descosido.

 

-¡Ze llama iluzionimo'! -respondió dejando la intriga en el aire.

 

-¡Er arte der engaño! -remató

 

Entonces volvió a toser.

 

Esta vez no se detuvo.

 

Su cuerpo comenzó a sacudirse.

 

Fakto cayó al suelo.

 

Las cartas salieron volando y se esparcieron por la taberna.

 

Draco se levantó de inmediato.

 

-¡Fakto! -gritó Draco mientras se agachaba a socorrerlo.

 

El anciano dejó de moverse bruscamente.

 

-¡No te preocupe', chavar! Estoy bien -dijo intentando levantarse sin éxito.

 

Draco no le creyó.

 

Lo ayudó a levantarse y lo llevó hasta su habitación.

 

El lugar era un pequeño ático.

 

Estaba oscuro y cubierto de polvo.

 

La única fuente de luz era una vela.

 

En las estanterías había fotografías.

 

Personas.

 

Una familia.

 

Una vida que había existido antes.

 

Draco ayudó a Fakto a meterse en la cama.

 

Después se quedó allí.

 

Esperando.

 

Unas semanas después, Draco se volvió a pasar por la taberna donde solía pasar el tiempo.

 

-¿Cómo está el viejo loco? -preguntó el hombre tras la barra.

 

-Está bien, supongo, pero no creo que pueda volver a levantarse -dijo desanimado el joven.

 

Draco permaneció unos instantes en silencio.

 

Después miró hacia el interior del local.

 

-Bueno, pasaba a saludar, que en nada me toca turno otra vez... -dijo el joven saliendo por la puerta.

 

El tiempo continuó avanzando.

 

Al principio, Draco pudo mantenerse gracias al dinero que Aurelio había dejado atrás.

 

Pero incluso una bolsa llena de monedas termina vaciándose.

 

Con el paso de los días, las monedas comenzaron a escasear.

 

Draco tuvo que empezar a ganarse la vida como podía.

 

Pensó en hablar con Marla, unirse a ella, pero la idea no le convencía 

 

Vendía.

 

Ayudaba.

 

Negociaba.

 

Aprendía.

 

Y, poco a poco, comenzó a adoptar las enseñanzas que Aurelio le había dejado.

 

Una sonrisa.

 

Seguridad.

 

Confianza.

 

Aquella forma de hablar con la gente que, al principio, le había parecido tan extraña.

 

Con el tiempo, comenzó a formar parte de él.

 

Pasaron los años.

 

Y, finalmente, llegó el día en que Fakto murió.

 

El anciano no había recibido atención médica.

 

En los suburbios, eso no era algo que todos pudieran permitirse.

 

Draco fue a presentar sus respetos.

 

El funeral fue sobrio y desertico

 

No lloró.

 

Simplemente apoyó una mano sobre la pobre tumba maltrecha del anciano.

 

Después le dedicó una última sonrisa.

 

Una sonrisa poco natural.

 

Finalmente, dejó una baraja de cartas sobre la tumba.

 

Fakto le había dejado algo.

 

Un gusto por las apuestas.

 

Por las cartas.

 

Por el ilusionismo.

 

Y Draco lo conservaría.

 

Pasaron más años.

 

Un día, Draco se encontraba sentado en una taberna, bebiendo un vaso de aguardiente.

 

Después de contemplar el líquido durante unos segundos, habló con el hombre que le había servido su primera bebida.

 

-Bah... Me falta el dinero, me faltan objetivos, no sé qué puedo hacer... -Dijo rodando un vaso vacío por la barra

 

El hombre rió.

 

-Parece que la ciudad se te queda pequeña con esas murallas tan opresivas.

 

Draco levantó la mirada.

 

La frase lo sorprendió.

 

El hombre no parecía alguien especialmente profundo.

 

Sin embargo, aquella idea había conseguido llamar su atención.

 

Draco se dejó caer sobre la barra.

 

-Una vez un hombre me dijo que en los gremios dan dinero, y que me iría bien en uno... -dijo Draco buscando una gota de aguardiente en su vaso.

 

Durante unos instantes, continuó mirando el fondo del vaso.

 

Después levantó la cabeza.

 

-¿Dónde están los gremios en esta ciudad? -preguntó golpeando el vaso contra la barra decidido.

 

El camarero rió.

 

-Con estas murallas, los aventureros no podrían salir en busca de aventuras... -dijo negando con la cabeza.

 

Draco permaneció en silencio.

 

El camarero pareció recordar algo.

 

-Pero mi hermano tiene una hija muy guapa, muy guapa, muy guapa, que yo me acuerdo de que cuando era pequeña... -empezó a desvariar el hombre.

 

Draco lo miró.

 

-Ve al punto, abuelo -dijo con cierto tono carismático.

 

-Sí, sí, perdón. Decía que la hija de mi hermano también sirve bebidas a la gente, pero ella lo hace en un gremio. Es en un pueblo aquí cerca, fuera de las murallas, para que luego digan que fuera hay orcos -dijo riendo al final.

 

Draco se quedó pensativo.

 

Su mirada se perdió durante unos segundos.

 

Después, lentamente, volvio rodar el vaso por la barra pensativo.

 

Finalmente, se incorporó.

 

El vaso golpeó la madera.

 

-¡Lo tengo! Iré al gremio ese, ganaré dinero, todo al rojo y me haré millonario, y así, por fin podré hacer lo que quiera. ¡Seré libre! -dijo como si hubiese descubierto el fuego.

 

Draco extendió la mano.

 

El hombre la estrechó.

 

Y con aquel apretón, el joven selló el comienzo de una nueva

 etapa de su vida.

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