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Capítulo 1: Prólogo (parte 1): La tormenta

Nido de Draconianos - Volumen 1 · por Pablo Jiménez Cubero · 19 de septiembre de 2026

Prólogo parte 1: La tormenta

La noche era fría. 

Pero en Drascaria, el frío había dejado de importar. 

Una pareja de seres alados corría desesperadamente entre las ruinas de la ciudad, huyendo de un calor que no pertenecía a ninguna noche natural.

A sus espaldas, una tormenta de fuego devoraba cada edificio, cada hogar y cada recuerdo. 

Drascaria había sido una ciudad majestuosa. 

Ahora no era más que un cementerio. 
Las llamas se extendían por las calles y las plazas, iluminando los cuerpos sin vida de los miembros de su propia raza.

El aire estaba cargado de ceniza y sangre, tan denso que cada respiración se convertía en una tortura. 

En el centro de aquel infierno, una enorme figura rugía. 

Un dragón gigante agitaba sus alas envueltas en llamas, haciendo temblar el suelo bajo sus garras. 

Para cualquiera que hubiera contemplado la escena desde lejos, aquello habría parecido el ataque de una bestia monstruosa contra una ciudad indefensa. 

Pero aquella no era la historia real. 

De repente, el cielo nocturno se rasgó. 

Un haz de luz violeta neon descendió sobre el dragón. 

La energía que lo componía era tan violenta que parecía atravesar el aire y hacer vibrar los dientes de cualquiera que se encontrara cerca.

El impacto fue devastador. 

El enorme cuerpo del dragón cayó de golpe contra la plaza principal, quebrando las piedras bajo su peso. 

Durante unos segundos, solo quedaron el humo y las llamas. 

Después, la magia comenzó a disiparse. 

Las escamas del dragón se deshicieron como una ilusión y, bajo ellas, apareció el cuerpo debilitado de otro ser alado. 

No era una bestia. 

Era otra víctima. 

La cacería de draconianos había sido total. 

Sistemática. 

Despiadada. 

Mientras tanto, lejos de la plaza, la pareja estaba continuando avanzando por el bosque. 

Apenas podían mantenerse en pie. 

Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas y las ramas les arañaban el rostro cada vez que intentaban avanzar entre la vegetación. 

Además, ambos tenían un grupo de pequeñas heridas en el estómago que no paraban de sangrar

Pero ninguno de los dos se detenía. 

El dolor físico no era nada comparado con el terror que les oprimía el pecho. 

Entre ambos sostenían el cuerpo inconsciente de un joven de unos dieciocho años.

A simple vista, podía parecer humano. 

Sin embargo, la cola y las alas escamosas que sobresalían de su cuerpo dejaban claro que no lo era.

Tenía el pelo largo, de un rubio tostado, y un cuerpo trabajado por años de entrenamiento diario. 

Varias cicatrices recorrían su piel. 
Aquel joven había sido entrenado para luchar. 

Pero en ese momento no podía hacer nada. 

Solo podía ser cargado. 

Después de lo que pareció una eternidad, la pareja consiguió alcanzar un camino de tierra. 

Y justo entonces, como si el destino les hubiera concedido una última oportunidad... 

Un carro apareció entre la oscuridad. 

Un comerciante humano avanzaba con sus mercancías, intentando alejarse de la tormenta de fuego que se acercaba. 

Los cascos de los caballos resonaban sobre el suelo mientras el carro se aproximaba. 

La pareja no lo dudó.

Se plantaron en mitad del camino. 

El comerciante tiró de las riendas y los caballos se detuvieron bruscamente. 

Los dos draconianos apenas podían respirar. 

La mujer, escupía sangre sin parar

Aun así, se obligaron a mantenerse en pie. 

-¡Por favor! -gritó el padre, cayendo de rodillas mientras extendía sus manos temblorosas-. Lléveselo. No mire atrás. Salve a nuestro hijo. 

El comerciante era un hombre alto y de cabello castaño, cubierto por una pesada capa de lana. 

-No lo condené, dale una vida porfavor!

La madre ni hablaba, parecía que caminaba por pura inercia 

Al principio, su mirada se dirigió hacia las columnas de humo que se alzaban sobre los árboles.

Después observó la sangre que cubría a la pareja. 

Finalmente, sus ojos se posaron sobre las alas escamosas que apenas podían mantenerse erguidas. 

Comprendió quiénes eran. 

Y también comprendió el peligro de acercarse a ellos. 

Sin embargo, cuando miró al joven inconsciente, algo dentro de él impidió abandonar al joven. 

-Subidlo rápido -masculló el comerciante, apartando unas lonas-. ¡Rápido! 

No parecía contento con la situación.

Pero ayudó.

Entre los dos consiguieron acomodar el cuerpo del joven entre las cajas de especias y telas.

Ya que la mujer había caído de rodillas

En cuanto estuvo dentro del carro, el comerciante tomó las riendas y azotó a los caballos.

El hombre se había quedado junto a la mujer al borde del camino mientras también se desangraba 

El vehículo se alejó a toda velocidad.

La niebla del bosque terminó tragándose el carro. 

Detrás de él, finalmente la pareja cayó sobre la tierra fría. 

Sus manos se encontraron una última vez. 

A lo lejos, las últimas luces de Drascaria desaparecían bajo las llamas. 

Aquella noche terminó la historia de un pueblo. 

No se sabe si más draconianos sobrevivieron o si la raza entera fue exterminada. 

Lo único seguro, por ahora, era que el joven dejó atrás su pueblo. 

-----

Horas más tarde, el traqueteo del carro comenzó a disminuir.

El joven abrió lentamente los ojos. 
Durante unos instantes no supo dónde se encontraba. 

Solo sentía dolor. 

El carro se detuvo. 

El movimiento terminó de despertarlo y se incorporó con dificultad, llevándose una mano a la frente. 

-¡Identifíquese! -se escuchó una voz a la lejanía. 

-¡Soy comerciante, me llamo Aurelio, vengo a vender objetos de colección! -respondió el comerciante. 

Al otro lado del camino, unas puertas de madera se abrieron. 

El carro volvió a moverse. 

El joven permaneció sentado entre las mercancías y miró hacia el exterior a través de una pequeña abertura entre las lonas. 

Lo que vio parecían ser los suburbios de una ciudad. 

-¿Hmm? ¿Ya estás despierto? -dijo el mercader, captando la atención del joven.

-¿Dónde estamos? -dijo el joven con un ligero tono amenazante y confundido. 

-Bienvenido a Ciudad Miraia, también conocida como Ciudad del Paraíso, aunque... desde que llegó el último gobernante está en declive -dijo el comerciante. 

-Para mí que está loco, cree en una loca leyenda de la ciudad que dice que más allá de los muros habitan orcos devora-humanos, pero como sabrás, son patrañas; eso sí, ha convencido a muchos ciuda... 

-Vale, ya sé la historia de la ciudad -interrumpió el joven-. Pero ¿qué tal si me cuentas mejor cómo te llamas? 

Aurelio dio un suspiro y dijo: 
-Soy comerciante, me llamo Aurelio y vengo a la ciudad a vender... 

-Reliquias... Es que solo tienes esa frase -interrumpió el joven. 

-Deberías de dejar de interrumpir a la gente, chaval -dijo esta vez Aurelio-. Yo vendo baratijas, solo añado un poco de historia -añadió el comerciante, girando la cabeza hacia el joven con una sonrisa cómplice y un guiño. 

Por primera vez desde que había despertado, el joven pareció reaccionar de verdad. 

La sorpresa apenas duró un instante. 

Después, su cuerpo se relajó. 

-¿Y tú? ¿Cómo te llamas? -preguntó de vuelta el comerciante girando una esquina. 

-Yo me llamo Draco. ¡Soy un soldado de Drascaria, y he sido entrenado para defenderla! -dijo el joven con orgullo. 

Aurelio mantuvo la vista al frente. 

Después de unos segundos, suspiró. 

-Draco, Drascaria... Siendo dragones no os habéis currado mucho el nombre, ¿eh? -comentó intentando relajar la situación antes de continuar con la mala noticia.

La expresión de Draco cambió. 

Hasta ese momento había permanecido sentado. 

Ahora se levantó de golpe. 

-¿Qué ha pasado? ¿Y mis padres? ¿Mi ciudad? -gritó Draco poniéndose en pie. 

Aurelio tardó unos segundos en responder. 

Finalmente, suspiró. 

-Muertos. 

La palabra cayó sobre el joven con más fuerza que cualquier golpe. 

Draco perdió el equilibrio y cayó de culo. 

-¡No puede ser, mentira! -negó, disponiéndose a salir del carro. 

Aurelio reaccionó de inmediato. 

-¡Alto, chaval! -gritó Aurelio deteniendo al joven-. Yo de ti no saldría con las alas y la cola fuera, draconiano. 

Draco se quedó quieto. 

Después hizo desaparecer sus alas y su cola. 

Volvió a sentarse en un ligero estado de shock y confusión. 

Durante los siguientes minutos intentó reconstruir sus recuerdos. 

La ciudad. 

El fuego. 

Sus padres. 

La huida. 

Poco a poco, la verdad comenzó a asentarse en su mente. 

Sus padres estaban muertos. 

Drascaria había desaparecido.

Y él estaba solo. 

El carro continuó avanzando durante un rato más. 

Finalmente, se detuvo. 

Aurelio bajó del asiento del conductor y abrió las cortinas que cubrían el cargamento. 

-Bueno, ya estamos, muchacho -dijo mirando al joven que yacía sentado allí con la mirada perdida. 

El mercader se agachó y tomó una de las cajas más pesadas. 

-¿Me vas a ayudar o qué? 

Draco tardó unos segundos en reaccionar. 

Después agarró lo primero que encontró y bajó del carro. 

La luz del mediodía golpeó sus ojos con tanta fuerza que tuvo que entrecerrarlos. 

Cuando finalmente consiguió acostumbrarse, miró hacia delante. 

Una ciudad enorme se extendía ante él.

No se parecía en nada a Drascaria. 

Era más grande. 

Más ruidosa. 

Más viva. 

Por un instante, algo brilló en sus ojos. 

Una chispa diminuta. 

Una expresión que no había aparecido en su rostro desde que había despertado. 

Aurelio lo observó. 

-Bienvenido al centro de Miraia, memoriza bien la zona, no estaremos mucho aquí -dijo llevando la caja a una puerta de un local. 

Draco no respondió. 

-Nosotros nos movemos más por los suburbios, por aquí solo estamos de paso -añadió tocando la puerta trasera del local. 

La entrega terminó sin problemas. 

Después, ambos volvieron al carro. 

La chispa de los ojos de Draco, sin embargo, no duró demasiado. 

Mientras atravesaban la ciudad, su expresión volvió a apagarse. 

No parecía exactamente triste.

Era algo más vacío. 

-Se que está ciudad no es la más segura a la que llevar a un Draconiano, pero es que estoy en líos, y si no hago unas ventas ya estoy muerto!

El intento de conversación de Aurelio cayó en saco foto

Después de atravesar parte de la ciudad y de los suburbios, Aurelio volvió a detener el carro.

Esta vez, el lugar parecía mucho más apagado. 

-Bueno, ya estamos aquí, ayúdame a descargar, zagal -dijo Aurelio dejando entrar la luz del día al interior del carro. 

Draco bajó.

Echó un vistazo a las mercancías dentro del carro. 

Dentro había cosas variadas; jabones, varas de madera, cantimploras, correas... 

Todo tenía cierto aspecto deteriorado pero con encanto y misticismo. 

Después cargó dos cajas llenas de botellas. 

Aurelio lo observó con cierta sorpresa. 

-Sabía que los draconianos eran fuertes, ¿Pero tanto? -dijo con una leve mirada compasiva mientras Draco se acercaba a una puerta astillosa y polvorienta.

La puerta conducía a una antigua taberna.

El lugar estaba abandonado.

El polvo cubría el suelo, las paredes y los pocos muebles que aún permanecían en pie.

Había señales de saqueo por todas partes.

Era pequeña.

Decrépita.

Pero, si uno observaba con suficiente atención, todavía podía distinguir las marcas dejadas por las jarras y los vasos que alguna vez habían llenado aquel lugar de vida.

-Bueno, pasaremos un tiempo aquí y luego yo me marcharé a otra ciudad -dijo Aurelio dejando una pesada caja con baratijas.

Draco levantó la mirada hacia él buscando una respuesta.

-¿Y yo? -preguntó con un tono vacío.

Aurelio se rascó la cabeza.

-Tú... No sé, puedes hacer lo que quieras -dijo con un ligero tono despreocupado.

Draco volvió a mirar el suelo.

-Lo que quiera...

Las siguientes horas transcurrieron en silencio.

Aunque por la mente de Draco lo último que había era silencio.

Había dejado atrás a sus padres.

Había fallado en la misión de proteger a su aldea.

Una misión para la que fue criado, privado de una juventud normal con ese objetivo.

Un silencio incómodo para Aurelio.

Draco, en cambio, parecía no darse cuenta.

Al caer la noche, Aurelio sacó una gruesa sábana y la extendió en el suelo.

Al hacerlo, levantó una gran polvareda.

-Úsalo de colchón, es lo mejor que puedo ofrecerte... -dijo Aurelio sentandose en el suelo.

El silencio se alargó.

Draco permanecía inmóvil.

Sus ojos estaban abiertos, pero parecía no estar mirando nada.

Aurelio observó al muchacho durante unos instantes.

Después decidió hablar.

-Chaval, no te he visto llorar ni una sola vez... ¿Es que no te dan pena tus padres? -dijo sin preocuparse del impacto de sus palabras.

Draco levantó lentamente la mirada.

-No sé cómo se hace -dijo con un tono vacío.

Aurelio permaneció callado.

Después desvió la mirada hacia la barra.

Botellas rotas.

Manchas de líquidos secos.

Madera deteriorada.

Eso era todo lo que quedaba del antiguo corazón de la taberna.

-Sabes que no volverán, ¿eso no te pone triste? -dijo Aurelio sin quitar la mirada de la deplorable barra.

-No lo sé -dijo Draco sorprendiendo a Aurelio.

Draco volvió a bajar la mirada.

-Solo los veía 2 veces al día... Al despertar, desayunaba y me llevaban a entrenar con el instructor, y al volver cenaba y me acostaba... Así cada día... -continuó Draco mirando el suelo.

Durante unos segundos, el joven permaneció en silencio.

-Además, mis últimos recuerdos de ellos son riendo... -terminó el joven.

Aurelio no respondió inmediatamente.

Se quedó pensativo.

Después, miró al muchacho.

-Entonces... ¿Qué te atrapa en el pasado? ¿La venganza? -preguntó con un tono enigmático.

Draco alzó la cabeza.

La expresión de su rostro cambió.

Ya no parecía confundido.

Tampoco triste.

Solo había una seriedad profunda en sus ojos.

-Ya no tengo pasado, presente ni futuro... Lo he perdido todo, mi familia, mi clan, mi objetivo... Ya no tengo nada por lo que luchar...

Aurelio cerró los ojos.

-Entonces encuentra por lo que luchar o algo... -dijo cerrando los ojos-. Por fin puedes decidir por ti mismo, decide tu próximo objetivo -sentenció antes de sellar la taberna en un profundo silencio.

Durante unos instantes, Draco no se movió.

Después, algo apareció en sus ojos.

Un brillo pequeño.

Tenue.

Pero real.

Poco después, cerró los ojos.

Los murmullos desoladores de su cabeza habían hecho silencio.

Y por fin.

Se quedó dormido.

 

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