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Prólogo: El diario de una vampira

Memorias Ancestrales · por Vane C. Tubón · 21 de julio de 2026

La puerta se abrió con un leve crujido. Nicholai entró en la habitación con esa elegancia natural que lo caracterizaba. Su larga cabellera de un blanco puro le caía lacia hasta la cintura, brillando incluso en la penumbra de la mañana. Traía un ramo de rosas blancas. Al ver a Vail, la tensión de su rostro se suavizó; ella era la única capaz de ablandar su expresión fría.

Vail permanecía inmóvil en la cama, casi tan pálida como la almohada. Se veía frágil, consumida por un peso que Nicholai intentaba aliviar cada día. Él se acercó sin hacer ruido y dejó las flores en la mesa de noche antes de tomarle la mano con una delicadeza extrema.

 —Despierta, mi amor —susurró—. Te he traído tus favoritas.

Vail abrió los ojos. Eran grises y estaban vacíos. Nicholai se inclinó hacia ella, rozando su mano en un gesto protector.

 —Escribe, cariño —insistió él—. Libera ese dolor. Recuerda que es lo que sugirió el médico.

 Él retrocedió para darle espacio, dejándola sola con su introspección. Vail se sentó frente al escritorio. Sus dedos, que antes volaban sobre las teclas del piano, ahora parecían débiles al tocar el cuero del diario. Su cabello, de un blanco puro igual al de su esposo, se derramaba sobre sus hombros como un recordatorio constante. Tomó la pluma y la dejó deslizarse sobre el papel.

 <<Las memorias son parte de nuestra vida. Está en nosotros si dejamos que nos afecten o si las tomamos como una lección para no repetir los mismos errores.>>

 Hizo una pausa. El nombre de Caleb quemaba en su mente, aunque no se atreviera a escribirlo.

<<Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi. Ahora él solo vive en mis recuerdos.>>

 <<Cuánto desearía volver atrás, a esa época donde mi único temor era saber si sería la mejor de la clase.>>

 Imágenes de su madre y de Zen caminando por los pasillos de su hogar la golpearon. Un suspiro se escapó de sus labios. Aquella niña de sueños grandes se había esfumado, reemplazada por una mujer exiliada.

 <<Aún soy muy débil para enfrentarme al mundo. Solo pensar en la reacción de mi padre hace que tiemble de miedo. Ahora estoy casada con el hombre que él escogió para mí e intento ser feliz. Nicholai es atento, me hace reír y dice que me ayudará a olvidar la tristeza... pero lo veo imposible.>>

 Una lágrima resbaló por su mejilla, manchando la tinta fresca. El amor por Caleb, en lugar de morir, se hacía más fuerte con cada día de encierro.

 <<Al final, fui yo quien tuvo la culpa de todo por no poder enfrentarme a mi padre. Espero que algún día puedas perdonarme. Ya escribí demasiado; no sirve de nada lamentarse cuando es tarde.>>

Cerró el diario con un golpe seco. Se puso de pie y se acercó a la ventana, mirando el vasto cielo de Vesperholt.

 —La vida sigue —murmuró para sí misma—... y esto apenas comienza.

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