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VI. Los peregrinos

Los Príncipes Gemelos · por Cr0w · 28 de julio de 2026

La tercera campanada aún no había dejado de sonar cuando los arqueros y vigías se aglomeraron en los muros del pueblo exterior. Los ciudadanos dejaron sus tareas de lado, casi de forma mecánica, para buscar refugio en las casas que aún se mantuvieran en pie. A su vez, varios grupos de soldados se apresuraron hasta la entrada del sureste, donde, como todos imaginaban, una imagen de pesadilla aguardaba del otro lado.

Lanceros apuntaron hacia el gigantesco portón, mientras que el capitán de los vigías, en lo alto del muro, le señalaba a sus hombres que prepararan sus arcos. Las cuerdas se tensaron con opresiva lentitud, y varios tuvieron que voltear con tal de relajar sus nervios. Nadie quería disparar por accidente, y en el fondo, el capitán esperaba no tener que dar la orden de abrir fuego.

Temblaban, sudaban, algunos incluso gimoteaban a causa del pavor. Sin embargo, nadie habló o disparó. De alguna manera cada uno de los presentes fue capaz de evitar que el temblor de manos sacudiera las cuerdas de los arcos, o que el sudor de sus manos provocara que las flechas se deslizaran entre sus dedos. Más que su voluntad o valor, fue un aire opresor lo que evitó una catástrofe, casi como si sus cuerpos fueran incapaces de tomar acción, fuera intencionada o no.

La campana finalmente cesó su ruido, y con ello, el muro se sumió en el silencio.

Los lanceros aguardaron, los arqueros tensaron sus cuerdas, los ciudadanos se refugiaron dónde pudieron, mientras que unos pocos curiosos intentaban echar un vistazo. Ninguna orden fue pronunciada; sólo las respiraciones ansiosas de los soldados llenaban el silencio. Muchos incluso pudieron escuchar el palpitar de sus corazones con la claridad de un tambor.

Esos minutos casi parecieron una eternidad, y aun así, las múltiples figuras reunidas al exterior de la ciudad se mantuvieron allí, en absoluto silencio y quietud.

Todo Andross pareció haberse congelado en el tiempo. Así fue hasta que el rey Murok se apersonó en el lugar.

—¡Abran paso! —anunció una voz que intentó ser autoritaria, aunque fue incapaz de ocultar el temblor en sus palabras—. ¡Despejen el camino! ¡Abran paso a Su Majestad!

Murok llegó hasta la puerta del muro acompañado por la guardia real, y montado de Vik, su fiel vaip. La criatura cuadrúpeda y escamada avanzaba a ritmo mecánico, sin embargo, se detuvo varias veces antes de llegar al muro. Sacudió su alargado cuello entre gruñidos guturales, mientras que sus ojos saltones giraban de un lado a otro en señal de angustia. Mientras más se acercaban, más nervioso se ponía el animal, por lo que el rey intercaló entre caricias suaves en su cuello y zapateos firmes en su costado.

«Lo sabe —pensó el rey, con la mirada fija en el gran portón frente a él—. Sabe lo que aguarda del otro lado».

Murok apretó la mandíbula. Ocultó sus dudas tras su expresión firme y, sin despegar la mirada, bajó de su montura. Un vaip nervioso sólo supondría un estorbo, por lo que le entregó las riendas a Marcreed, quien retrocedió en silencio seguido de Vik.

Ante los murmullos nerviosos de los soldados y los gruñidos del vaip, Murok alzó una de sus manos. Varios de los presentes intercambiaron miradas ansiosas, para luego proceder a retroceder lentamente. La guardia se mantuvo detrás del rey, mientras que los lanceros (aún sin dejar de apuntar al portón) se repartieron a los lados. Se acabó formando un semicírculo alrededor del muro, en cuyo interior sólo se hallaba Murok.

Una vez se detuvo el movimiento, el rey cerró su puño levantado.

—¡Abran la puerta! —gritó uno de los vigías—. Repito: ¡Abran la puerta!

Tres soldados se necesitaron para tirar de la enorme pieza de madera, mientras que un cuarto se encargaba de levantar el rastrillo. En cuanto se abrió un hueco que conectó el exterior con el interior, un frío intenso estremeció a los presentes. Sólo esa pequeña apertura fue suficiente para que la moral de muchos decayera, casi como si las corrientes que se colaban anunciaran la cercanía de los peligros del desierto.

El aire se había vuelto tenso, y el silencio pesado, interrumpido únicamente por el estruendo del portón abriéndose. 

Murok, por su parte, se mantuvo en su lugar. La expresión de piedra y la mirada firme. Su postura erguida fue lo único que ofreció confort a aquellos guardias que rezaban porque las puertas se cerraran.

—Atentos, ya saben cómo es esto —dijo el rey sin temblor en su voz, lo suficientemente alto como para ser escuchado por todos—. Firmes, mis soldados. Ellos pueden sentir el miedo.

Dicho eso, Murok comenzó a avanzar. Nadie lo siguió, no podían hacerlo. Esas despreciables figuras sólo interactuaban con el rey, por lo que lo único que podían hacer era vigilar desde la distancia. Murok lo sabía; era su deber lidiar con los visitantes, así lo quisiera o no.

Avanzó decidido ante las miradas de sus hombres, cruzó el umbral, a través de las gruesas murallas, y cuando sus botas pisaron sobre la densa arena del exterior, notó por un instante que su respiración se cortaba. Aun así, siguió avanzando. Poco menos de veinte pasos lo separaron de la seguridad de su ciudad. De alguna forma el viento soplaba con más fuerza allí afuera, sacudiendo su cabello y empujando granos de arena contra su cuerpo. Tuvo que entrecerrar sus ojos para protegerlos, sin embargo, los volvió a abrir de golpe cuando esas siluetas oscuras se volvieron más claras.

Estáticas, como estatuas. Algunas encorvadas, otras ligeramente erguidas. Todas cubiertas con capuchas negras de aspecto andrajoso, tan amplias que no permitían ver rostro alguno. Sus ropajes ocultaban casi todos sus cuerpos, a excepción de aquellos que se ayudaban de un bastón para estar de pie. Sus manos, grisáceas y escuálidas, resultaban desagradables a la vista, y pese a ya haberlas visto antes, Murok no creía ser capaz de acostumbrarse.

«Peregrinos —pensó el rey, estudiándolos con la mirada. Contó a al menos diez—. Son menos que la última vez».

Tras un resoplido, Murok alzó la voz:

—Soy el rey Murok Lokthri, señor de las tierras blancas, defensor de los pueblos libres del Nueth y monarca del reino de Andross. Como representante y guardián de las vidas tras estos muros, me apersono para encarar a los visitantes de los desiertos salvajes.

Era extraño, y de cierta forma incómodo presentarse él mismo, pero dada la ausencia de algún guardia o mediador, no tuvo otra opción.

Los peregrinos se mantuvieron en sus lugares, sin responder. Aun así, pese a tener sus rostros ocultos, todos apuntaban sus miradas hacia Murok. Uno de ellos los encabezaba, y fue ese el que dio el primer paso, casi arrastrando los pies hacia el rey. Se detuvo a unos escasos metros, para luego recargarse sobre su bastón.

El peregrino se quedó así, sin decir nada.

—Soy el rey… —comenzó Murok, dispuesto a repetir su presentación. No obstante, el peregrino lo interrumpió.

Su voz, la cual sonaba más como un siseo agudo que como palabras, se deslizó entre los oídos de Murok. Su tono ahogado lo hacía sonar enfermo, y tras cada tantas palabras debía detenerse para tomar aire.

—Rey… —siseó la criatura—. Hemos venido… a ver al rey…

—Y el rey se ha apersonado, tal como se ha acordado por generaciones. ¿A qué se debe su visita, peregrino? Nos hemos mantenido lejos de su territorio según estipulan sus acuerdos con mis antecesores, y no guardamos intenciones hostiles contra ustedes, mientras que ustedes no las tengan con nosotros. Dudo que esta visita sea por mera cortesía.

El peregrino inclinó levemente la cabeza, como si estudiara a Murok. El resto se mantenía en sus lugares completamente quietos y en silencio.

—Hemos venido… a ver al… rey…

Murok frunció el ceño. Estuvo por responder cuando el dedo esquelético del peregrino le apuntó directamente.

—Usurpador… Falso rey… —dijo el peregrino—. Hemos venido… a ver al rey…

—Rey… —repitieron los demás peregrinos.

Murok sintió que su cuerpo se tensaba. Los peregrinos ya lo habían llamado así en visitas anteriores, y también lo hicieron con su padre y muchos de los reyes anteriores. En algún momento creyó que se debía al derrocamiento de la dinastía del rey Drurek III, sin embargo, él también fue acusado de usurpador por los peregrinos.

—Me llaman así —respondió Murok—, y sin embargo aquí están, respondiendo ante mí. Si ustedes solo intercambian palabras con el rey, ¿por qué le responden a este «usurpador»?

El peregrino no respondió al instante. Comenzó a arrastrar los pies nuevamente, dejando un rastro en la arena tras de sí. Ayudándose con su bastón, pasó junto a Murok con la vista fija en los muros de la ciudad. El rey se quedó quieto, sintiendo cómo el peregrino se arrastraba detrás de él, rodeándolo mientras que soltaba jadeos gangosos.

Finalmente, el peregrino terminó de rodear a Murok, marcando un círculo a su alrededor. Se detuvo nuevamente ante él, sin despegar todavía la mirada de los muros.

—Aún… no… —siseó—. El rey… no está… El tiempo… aún no ha llegado…

—El rey está justo delante de ustedes, criaturas heréticas. Por última vez, les ordeno que me digan a qué se debe su visita…

—¡Silencio!

El grito del peregrino pareció vibrar incluso entre la arena. Fue como si múltiples voces hablaran a la vez, al tiempo que la criatura extendía el brazo en dirección a Murok. En ese momento tuvo la sensación de que el viento dejó de soplar. Ya no sentía la arena chocando contra su cuerpo, o su cabello sacudiéndose al son de las corrientes.

Con los ojos como platos, Murok mantuvo la vista fija en el peregrino. Esa muestra de hostilidad era motivo suficiente como para empuñar su arma contra el infractor, sin embargo, los peregrinos eran diferentes. No era miedo, o al menos a Murok no se lo parecía. Era cierto que existía un acuerdo de relativa paz entre Andross y los peregrinos, sin embargo, había algo más. En ciertos momentos, Murok se sentía incapaz de responder o levantar sus armas contra los peregrinos; cada vez que tenía la intención de hacerlo, su cuerpo no respondía.

—¿Heréticos…? Quienes se esconden… tras los muros… son los verdaderos herejes… —dijo el peregrino, acercándose más a Murok—. Falso rey… si hablamos con usted… es porque representa a los herejes… Y así lo hará… hasta la llegada del verdadero rey…

El peregrino alzó la mirada al cielo, en dirección al eclipse, y extendió los brazos a los lados.

—¡Nueth! —exclamó, y los demás peregrinos lo imitaron—. El único y verdadero… rey de este mundo…

—¡Nueth! —aullaron los peregrinos, sus voces agudas resonando en aquel páramo—. ¡Nueth!

Murok, por primera vez en todo ese encuentro, sintió que su fuerza flaqueaba. Tuvo el impulso de desviar la mirada, pero no fue capaz. No por voluntad propia, sino porque aquello que lo inmovilizó también lo forzó a mantener la vista al frente.

El peregrino entonces bajó los brazos, y los demás callaron de golpe. Se arrastró con ayuda de su bastón de vuelta hacia Murok, quien pudo sentir el pútrido hedor que esa criatura emanaba.

—Su reinado… será un pestañeo efímero… en la historia del mundo… —siseó, aparentemente más calmado—. Y lo sabe… sí… lo sabe muy bien… falso rey…

—No soy un falso rey.

Murok respondió con más dificultad de la que esperó. Aun así, sus palabras fueron claras, y el peregrino se inclinó hacia atrás al escucharlo. Ladeó la cabeza con aparente curiosidad, en un movimiento que a Murok le recordó a los vaips.

—Fuerte… el usurpador… es fuerte. —El peregrino se recargó sobre su bastón, deslizando su dedo sobre el mismo—. Lo respeto, falso rey… es digno de respeto… por eso debe saber… que el tiempo está llegando…

El peregrino se mantuvo en silencio por unos instantes. Levantó la mirada hacia los muros, y se quedó fijo en un punto concreto antes de continuar.

—Nos llama… oímos la voz del rey… del verdadero rey… Nosotros, sus fieles seguidores… escuchamos su llamado. Pronto volverá… pronto tomará lo que es suyo. —El peregrino apuntó su dedo hacia Murok, sin despegar la vista del muro—. Su ilusión llegará a su fin… falso rey… Usted lo sabe… sabe lo que ha hecho…

—¿Lo que he hecho?

—Está advertido, usurpador… —siseó el peregrino, para luego darle la espalda—. Su orgullo será su perdición… arrepiéntase mientras pueda… pues el verdadero rey… no perdonará a los herejes.

Todos los peregrinos comenzaron a alejarse a la vez, con movimientos lentos y tortuosos, arrastrando los pies como enfermos que a duras penas podían caminar. 

El líder entonces volteó por encima del hombro, dándole un último vistazo al muro, y luego al rey.

—Ya viene… —dijo con suavidad, casi en un susurro—. Él ya viene…

Dicho eso, el peregrino reanudó su marcha. No pasó mucho hasta que esas figuras se volvieron puntos negros en la distancia, perdiéndose poco a poco entre la arena.

Murok no estuvo seguro de cuánto tiempo se quedó allí, plantado en donde los peregrinos lo dejaron. Debió ser más del que él notó, pues se exaltó cuando algunos soldados se le acercaron para llevarlo de vuelta a la ciudad. Se vio a sí mismo jadeante, el abundante sudor le había pegado el cabello al rostro, y aunque intentó disimularlo, sus manos temblaban. Tuvo la sensación de que una enorme presión se le había quitado de encima, una que ni siquiera los knu salvajes podían provocar.

—¿Majestad? —murmuró uno de los soldados al ver que tenía dificultades para caminar.

Murok cerró los ojos, suspiró profundamente y se esforzó por enderezar su postura. Resguardó sus manos bajo su capa para ocultar su temblor, y, antes de emprender su camino, buscó con la mirada aquel punto que el peregrino observaba tan empedernidamente.

Sintió que su sangre se congelaba cuando notó que allí, en la cima del muro, se encontraban sus dos hijos.

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