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I. Los príncipes

Los Príncipes Gemelos · por Cr0w · 19 de julio de 2026

Cuando los tambores dejaron de sonar, Muzlim se sintió abrumado por el silencio.

Así se sentía cada vez que la corte se reunía, fuera dentro del palacio real, o en la plaza de la ciudadela (como era el presente caso). Muzlim no disfrutaba el estruendo que los músicos emitían para dar inicio a las ceremonias, sin embargo, aquel silencio que le seguía era incluso peor. Un nudo en su garganta le hizo estremecer, por lo que se esforzó por mantener la expresión serena y la postura firme. Como príncipe de Andross, no podía permitirse mostrarse débil.

De pie, a la derecha del asiento del rey Murok, Muzlim y el resto de los miembros de la corte observaron cómo las sombras a la distancia se acercaban. Abriéndose paso, a través de un camino estrecho que cruzaba a la muchedumbre, una escolta guiaba a un único individuo; había sido privado de casi todas sus prendas, su cuerpo escuálido y reseco en sangre fue testimonio de los maltratos que sufrió en el calabozo, mientras que los grilletes en sus tobillos le hacían caminar con torpeza. Muchos de los espectadores observaron con furia reflejada en sus ojos, y muchos más expresaron su desprecio con alaridos hacia el prisionero. Para Muzlim, aquel era un actuar vulgar, aunque muy en el fondo, quería unirse.

El silencio entonces fue sustituido por los múltiples gritos cargados de veneno, y a aquello le siguió una carcajada conjunta, burlesca y cruel, en cuanto una piedra voló desde el público. No atinó a su objetivo, pero el susto que el prisionero se llevó fue tal que cayó sobre sus rodillas, en medio de un gimoteo lamentable.

Más personas tuvieron el impulso de seguir el ejemplo y arremeter con más piedras. La escolta tuvo que intervenir para controlar la situación, mientras que dos guardias levantaban al prisionero, agarrándolo de cada brazo, y lo arrastraban hasta el estrado, donde el rey Murok los esperaba.

Lo lanzaron sin cuidado a los pies del rey, y Muzlim lo observó con el rostro imperturbable; aunque por dentro sintió que sus tripas se revolvían por el asco. Y aquello era exactamente lo que ese prisionero le provocaba: asco.

Pese a su apariencia maltratada y temblorosa, el príncipe aún pudo reconocer a Maron, un antiguo capitán de la guardia real. Solía ser un guerrero decente, y contaba con los méritos suficientes como para considerarse un hombre de valor. Pese a eso, siempre mostraba una expresión altanera, mirando por encima a cualquiera que estuviera aunque fuera un poco por debajo de él. Así fue alguna vez, pero ahora su rostro hundido por la desnutrición era patético, y en su frente dos protuberancias rígidas presentaban rastros de ruptura, como si algo que debiera estar ahí hubiera sido arrancado por la fuerza.

Al parecer le habían quitado sus cuernos, y con eso, toda muestra de dignidad restante.

«Mírate ahora, tan encogido como un animalejo regañado por su amo. ¿Cómo se siente ser al que miran desde arriba? —pensó Muzlim, en un gran esfuerzo por no alzar la voz—. Eso pasa cuando pretendes actuar como un rey, siendo un zángano».

El desprecio por Maron le hizo arrugar el rostro, sin embargo, en cuanto el rey se levantó de su asiento, Muzlim recordó dónde estaba y lo que estaba a punto de suceder. Aquello pretendía simular un juicio, sin embargo, el príncipe sabía muy bien que la sentencia ya estaba decidida.

No era la primera vez que Muzlim presenciaba una ejecución. El príncipe recordaba haber sido testigo de casi media centena de ellas desde que tenía nueve ciclos, y ese día, a pocas semanas de cumplir su décimo quinto ciclo, se presentó en la plaza para el castigo de Maron.

No obstante, se podía sentir un vacío junto a Muzlim, uno que no pasó desapercibido para nadie. No era algo novedoso, así que el príncipe creyó que el rey podría pasarlo por alto. No fue así. Justo antes de ponerse de pie, Murok volteó hacia su hijo por encima del hombro, y solo al ver su entrecejo fruncido, Muzlim supo lo que le quiso decir. Se encogió de hombros, y el rey entendió la respuesta. Suspiró y se levantó, no sin antes darle un rápido vistazo al lado izquierdo de su asiento, donde no había nadie.

El rey Murok entonces avanzó con firmeza hasta detenerse frente al prisionero, y en cuanto Maron lo reconoció intentó arrastrarse a él para besarle las botas. Los guardias lo detuvieron al instante, obligándolo a permanecer de rodillas ante Su Majestad. Y así fue como se quedó, temblando de forma lamentable, demasiado asustado como para levantar la mirada.

Generalmente, se le prohibía a la servidumbre o a los prisioneros mirar directamente al rey, a menos que él lo permitiera. Era precisamente en esos casos en que Murok le exigía a los condenados que lo miraran a la cara, como un último acto de dignidad antes de entregarles sus vidas. Por ello, Murok aguardó con paciencia, ejerciendo una presión silenciosa al hombre que alguna vez le sirvió. Maron temblaba sin control, demasiado asustado como para levantar la cabeza. Las voces del público se apagaron poco a poco, hasta que el silencio volvió a reinar en la plaza, aquel silencio que tanto estremecía a Muzlim.

Solamente los sollozos de aquel pobre diablo llegaron a sus oídos, junto con lo que parecían ser rezos desesperados. No se atrevía a levantar la mirada, sin embargo, pudo sentir la mirada del rey encima de él; firme y penetrante, aunque no cruel. No le habló, no lo presionó, no lo amenazó. Murok simplemente aguardó sin despegar la mirada, y al cabo de un rato, Maron por fin encontró el valor para ver a su rey a los ojos. Su rostro apagado y demacrado se encontró con la figura imponente del monarca: su cabello largo y blanco ondeaba suavemente ante la brisa, su frondosa barba ocultaba casi por completo sus labios, no obstante, sus ojos brillaban con claridad, siendo suficientes para expresar sus pensamientos. Un brillo celestino destacó entre la blancura de su cabello y de su piel, y al encontrarse con ello, Maron levantó sus brazos en un gesto suplicante. Quiso hablar, pero su voz carraspeó, acabando en un gruñido lastimoso.

Fue entonces cuando el rey se dirigió a la muchedumbre:

—Ante mí se encuentra Maron Lovik, antiguo capitán de la armada de la ciudadela exterior de Rakda, elemento jurado del reino de Andross. Este hombre ofreció su vida para servir y defender a nuestra tierra, y por muchos ciclos luchó con orgullo contra las amenazas que acechan en las llanuras. ¡Aun así, hoy Maron ha sido declarado culpable del atroz crimen de traición! Traición a sus votos. Traición a su pueblo. Traición a Andross.

Su voz resonó en un estruendo por toda la plaza, y cada persona presente sintió que les hablaban de frente. Muzlim notó un escalofrío, y no pudo evitar compadecerse del prisionero en cuanto lo vio encogerse. No quiso ni imaginar lo que se sentiría cargar con todo ese peso, sabiendo además que no se tenía escapatoria.

El rey Murok hizo a un lado la capa que envolvía su hombro, extendiendo su brazo derecho. Sus cuatro dedos, azabaches y puntiagudos, señalaron que daría inicio a la sentencia. Acto seguido, uno de los verdugos que esperaba en el fondo se acercó. El enorme sujeto (incluso más alto que el rey) arrastró los pies mientras que los pliegues de su capucha puntiaguda ondeaban tras cada paso.

Muzlim dejó de respirar cuando el verdugo empuñó una espada casi tan larga como el propio prisionero. La alzó por sobre el cuerpo del condenado, con la punta solo unos dedos por encima de su nuca. Al menos le darían una muerte rápida. Maron quiso suplicar, pero las palabras no le salieron; no había defensa alguna que pudiera salvarlo. Los guardias lo sujetaron con firmeza, obligándolo a bajar la cabeza, exponiendo su nuca.

—Que el Nueth se apiade de su alma.

Y tras esas palabras del rey, el verdugo asestó el golpe.

La hoja penetró limpiamente en su nuca, atravesó su torso hasta salir por debajo del ombligo. Se clavó en el suelo con firmeza, y tras un gimoteo ahogado, Maron dejó de moverse. Su sangre negra, tan oscura como el cielo, brotó con suavidad desde la herida, goteando a los pies del rey. Él, por su parte, cerró los ojos por un momento antes de dar la vuelta. Los guardias soltaron el cuerpo, que cayó en seco, con la mirada vacía apuntando hacia Muzlim. El joven príncipe lo miró con aparente calma, aunque ciertamente intrigado. Su miedo, sus súplicas, su temblor incontrolable... todo había terminado en un instante, y ahora no quedaba más que un cascarón vacío, algo que alguna vez tuvo nombre y apellido, y un futuro prometedor.

En lugar de eso, obtuvo un final humillante, patético y, a los ojos de Muzlim, merecido.

Lo que siguió a la ejecución fue casi rutinario. La guardia se movió para desplegar a los ciudadanos, y el resto se preparó para la limpieza. Movieron el cadáver mientras que el rey bajaba del estrado. Muzlim lo observó en silencio. Quiso acercarse y hablarle, pero una mano sobre su hombro lo detuvo.

—Lo hizo bien, Alteza. No desvió la mirada en ningún momento.

Era Marcreed, el gigantesco líder de la guardia real. Muzlim volteó la cabeza, teniendo que estirar un poco el cuello. Su cuerpo era grande y musculoso, y su pesada mano incomodó un poco al príncipe.

—Yo nunca volteo la mirada —se quejó, intentando sonar autoritario.

—Claro que no —respondió Marcreed, y algo en su tono disgustó a Muzlim.

—Al menos yo sí me presenté.

Marcreed se encogió de hombros, y ambos miraron el lado izquierdo del asiento, el cual estuvo vacío durante toda la ejecución.

—A su padre no le gustará esto —terminó por decir el guardia—. Espero que tenga una buena excusa, si me permite mi atrevimiento.

Y aunque Muzlim no respondió, estuvo de acuerdo.


Ejecuciones como esas fueron usuales durante los últimos ciclos. La gente perdió interés apenas el traidor murió, y en frío silencio volvieron a sus quehaceres. La escolta del rey, por su parte, se encargó del cuerpo mientras que Murok, Muzlim y parte de la guardia subían a sus vaips, emprendiendo el camino de regreso a la Torre Blanca.

El trayecto fue rápido y silencioso. El rey mantuvo la vista al frente en todo momento, y aunque Muzlim quiso acercarse, no encontró la forma. Le costaba trabajo leer a su padre, sin embargo, en ese momento, creyó tener una idea de lo que cruzaba su mente.

En ese instante, el vaip que usaba de montura soltó un gruñido grave, al tiempo que sacudía su cuello escamoso con nerviosismo. Las monturas de los demás actuaron igual, y tras jalar de las riendas para intentar calmarlo, Muzlim miró a la distancia. Sintió que su sangre se helaba cuando, desde los lejanos muros exteriores, dos estruendosas campanadas hicieron vibrar la arena.

—¡Una tormenta! —escuchó decir a Marcreed—. ¡Será mejor apresurarse!

El muro de arena blanca ya podía verse, y su tamaño aumentaba segundo a segundo. El grupo apresuró el paso, y aunque sabían que podrían resguardarse sin complicaciones, el miedo de quedarse afuera no cesó.

Muzlim miró hacia atrás, notando movimiento en la ya lejana plaza. Por supuesto que el pueblo estaba preparado, y los miembros de la guardia que dejaron atrás seguramente lograrían llegar a los refugios designados. Muzlim no se preocupó por ellos. De hecho, tuvo el fugaz deseo de que Maron hubiera vivido un poco más para así quedarse fuera durante la tormenta.

—¡Alteza! —llamó uno de los guardias, y Muzlim apresuró la marcha en silencio.

Los primeros granos de arena chocaron contra su frente cuando las puertas de la Torre Blanca se abrieron frente a ellos. Aquella gigantesca estructura vertical, tan alta como el cielo mismo, le dio la bienvenida a su rey. Muzlim sintió un cosquilleo de emoción. Siempre se sentía así cuando volvía a su hogar, pues la idea de que tal muestra de poder pertenecía a su familia lo llenaba de orgullo.

Gruesas cadenas a los extremos de la entrada jalaron el puente levadizo, a la vez que el rastrillo descendía y la puerta compuesta se cerraba. La seguridad era perfecta, y así estuvieron a salvo de la tormenta que ya casi los envolvía.

El rey Murok desmontó de un salto, dio la orden de que resguardaran a los vaips y se encaminó a la escalera espiral. No dijo mucho más, ni tampoco miró a Muzlim. El príncipe lo notó cansado, y aunque él también lo estaba, decidió no dejar su molestia pasar. Siguió el ejemplo de su padre, y le entregó las riendas del vaip a uno de los sirvientes antes de correr hasta la escalera sureña, contraria a la que usó su padre. No prestó atención a las voces que lo saludaron al pasar; avanzó por medio de zancadas ansiosas por la escalera, en dirección a las terrazas del quinto nivel. Aquella era una de las muchas que estaban distribuidas en toda la torre, sin embargo, Muzlim supo que allí era donde debía ir.

Y al cruzar la puerta vio a su hermano.

Sentado ante la mesa central, con nada más que un farol iluminando, Lyubik, el príncipe mayor, mantenía su atención en un libro.

Muzlim se acercó con pasos exageradamente pesados, haciéndose notar. Lyubik no lo miró, pero sí se dio cuenta de su presencia; fue evidente por cómo cambió su postura.

El príncipe menor se quedó de pie, a su lado, luciendo molesto.

—Una tormenta empezó.

—Lo sé —respondió Lyubik, sin levantar la mirada—. Puedo notarlo.

Muzlim le dio un vistazo al borde de la terraza. La barrera traslúcida ya se había activado, por lo que la tormenta de arena no podía alcanzarlos.

Allí, iluminado por la pequeña llama, Muzlim pensó en su padre. Lyubik se le parecía demasiado: su cabello blanco, cuidadosamente amarrado, lucía impecable, y sus ojos celestes proyectaban la misma expresión que la del rey; una mirada dura, firme, pero no cruel. Muzlim a veces lo envidiaba por eso, pues aunque compartían el mismo rostro, se sentía muy diferente. Su cabello negro era tan solo uno de los motivos.

—¿Está hecho? —preguntó Lyubik, pasando de página.

—Así es —gruñó Muzlim, sentándose a su lado—. Te lo perdiste. De nuevo.

—¿Perderme qué? ¿Otra ejecución pública?

—Como alto príncipe de Andross, tienes el deber de estar presente en un evento de tal índole.

—No me necesitaban ahí.

—¡Tu puesto junto a nuestro padre estaba vacío! —dijo Muzlim, cerrando su puño contra la mesa—. ¿Cómo piensas explicárselo?

Lyubik cerró los ojos y suspiró. Sólo entonces levantó la mirada.

—Le diré la verdad. No quise ir... No quise ver a otro miembro de la guardia morir.

Muzlim frunció los labios, tan molesto como confundido.

—Estás hablando de un traidor.

—Sí...

—Sus propios subordinados testificaron en su contra. Un desertor no merece que lo compadezcan.

—Eso dice la ley. —Lyubik suspiró, volteando los ojos en dirección a la llama—. Pero la deserción ha sido una constante en los últimos ciclos. ¿Eso no te dice nada?

—Me dice que hay demasiados cobardes entre nuestras filas.

—¿Y los culpas? Mira al exterior, Muzlim... o hazlo cuando termine la tormenta. El cielo oscuro, las arenas blancas, los monstruos aumentando su población ciclo tras ciclo, y sin mencionar el aire tóxico que cada vez envenena más y más nuestro territorio. Eso aterrorizaría a cualquiera.

—¿Para ti eso justifica la deserción?

—No —respondió—, pero no la condeno. No de esa forma. El hambre y el miedo debilitan los corazones. Los horrores del exterior son algo que ni tú ni yo conocemos con certeza, pero ellos sí. Vivimos tiempos inciertos, y, sinceramente, no juzgo a esos tipos por querer escapar, incluso si no hay un lugar a dónde huir.

Ahí estaba de nuevo, esa mirada condescendiente, distante, como si él pudiera ver algo que el resto no. Muzlim detestaba esa expresión, especialmente porque era similar a la que su padre puso cuando ejecutaron a Maron. Era como si ambos, padre e hijo, pensaran lo mismo, y aun así no pudieran evitar las consecuencias.

Muzlim no respondió, y Lyubik pasó de página.

—Ese es nuevo. ¿Qué es?

—Una crónica, escrita por el abuelo —dijo Lyubik—. Trata sobre la segunda expedición, y el contacto con los seres del otro mundo.

Muzlim bufó, pretendiendo desinterés, aunque mirando de reojo el libro.

—Aún me cuesta imaginarlo, por mucho que lo lea —continuó Lyubik, de pronto sonando más entusiasmado—. Cielos despejados, tierras fértiles, aire limpio, y los nativos... ¡Vaya, los nativos! Criaturas como nosotros, pero más pequeñas, con brazos rosados, como el resto de su piel. Aquí incluso dice que tienen cinco dedos en cada mano.

Muzlim extendió su mano negra, escamosa, y estiró los dedos. Contó hasta cuatro.

—Increíble... —soltó Muzlim, poniendo los ojos en blanco.

—El contacto fue breve, y al parecer, muy distinto a la primera expedición. Un poco más pacífico, pero la calma fue efímera. Tuvieron que irse muy pronto —Lyubik alzó la mirada, con un brillo inusual en sus pupilas—. Fue hace ya casi veinte ciclos, es demasiado tiempo. Me pregunto si se aprobará una tercera expedición... y si se me dejará participar.

Había ilusión en su mirada, una que Muzlim casi desconocía. El interés de su hermano por el otro mundo era algo que no terminaba de comprender.

—¿Te digo algo? Creo que estás pasando demasiado tiempo con el señor Koma —murmuró Muzlim—. Ese brujo te está llenando la cabeza de locuras. Y déjame decirte que, si sigues faltando a tus responsabilidades, nuestro padre ni en sueños te lo permitirá.

Lyubik lo miró de reojo, sin perder el fuego en su mirada. Apretó los labios, y para sorpresa de su hermano, se echó a reír.

—¡Y tú pasas demasiado tiempo en la sala de armas! —respondió Lyubik—. ¡Tienes ideas demasiado radicales!

Muzlim se le quedó mirando un rato, pero no se molestó. En su lugar, también comenzó a reír. Las carcajadas de ambos llenaron la terraza, silenciando incluso a la tormenta del exterior.

Pasó poco menos de un minuto así, y cuando finalmente se agotaron, Lyubik cerró su libro.

—Aún debo dar la cara, ¿no? —dijo mientras se ponía de pie—. ¿Me acompañas a hablar con nuestro padre?

Muzlim hizo un esfuerzo por contenerse, pero al final, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Por supuesto, hermano.

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