Capítulo 18:
El silencio ya no pesa. Ahora es un silencio suave, lleno de paz, el tipo de silencio que solo existe cuando dos personas saben que están exactamente donde deben estar. Estamos sentados en el mismo mirador donde todo volvió a empezar, mirando cómo el sol se esconde detrás de los cerros, pintando el cielo de colores que parecen sacados de un sueño. Mateo me rodea con su brazo, y yo recargo la cabeza en su hombro, sintiendo que por fin respiro con plenitud.
—¿Te acuerdas? —me pregunta muy bajito, señalando un pequeño árbol retorcido al borde del mirador—. Ahí fue donde te pedí que te casaras conmigo. No teníamos anillo, ni nada especial… solo el cielo y nosotros. Y tú me dijiste que sí, que te casarías conmigo mil veces, en mil vidas distintas.
Cierro los ojos al escucharlo. Y entonces sucede: no es una imagen clara, no es un recuerdo nítido como una foto. Es una sensación. Una ráfaga de viento cálido, el sonido de nuestras risas mezcladas, el latido desbocado de mi pecho, la certeza absoluta de que él era mi todo. Veo destellos: sus manos temblando mientras me agarra las mías, la luz en sus ojos, la promesa hecha con el alma desnuda. Abro los ojos con lágrimas en las mejillas, temblando de emoción.
—Lo sentí —susurro—. No lo vi todo… pero lo sentí. Fue aquí. Fue real.
Mateo me aprieta con más fuerza, besándome la coronilla.
—Sí, mi vida. Fue real. Y sigue siéndolo.
Pero la paz se quiebra un instante cuando suena mi teléfono. Es un número desconocido. Dudo antes de contestar, pero al hacerlo, solo escucho una respiración pesada y luego una voz que me hiela la sangre, aunque suene rota:
—No creas que ganaste. No creas que puedes borrar tres años así como así. Yo te encontré primero. Y no voy a dejar que te lleve.
Corta la llamada. Me quedo con el teléfono en la mano, sintiendo cómo el miedo antiguo intenta volver a apoderarse de mí. Pero entonces siento la mano de Mateo sobre la mía, firme y cálida.
—Fue él —digo con voz temblorosa.
—No te hará daño —responde él con una seguridad que me transmite calma—. Ya no tiene poder sobre ti. Lo que haga ahora solo lo hundirá más a él mismo. Pero nosotros no vamos a detenernos. No vamos a dejar que sus sombras nos alcancen.
Sin embargo, esa llamada rompe la burbuja en la que nos habíamos refugiado. Me doy cuenta de que la verdad ha salido a la luz, pero la historia está lejos de terminar. Hay consecuencias, hay juicios, hay heridas que sanar y preguntas que todavía no tienen respuesta. Y lo más importante: mis padres quieren hablar conmigo, quieren intentar arreglar lo que rompieron, y yo no sé si estoy lista para perdonar, o si siquiera sé cómo volver a confiar en ellos.
Pero entonces Mateo me toma la mano y me mira a los ojos.
—Sea lo que sea que venga, lo enfrentamos juntos. No tienes que decidir nada hoy. No tienes que perdonar a nadie si no quieres. Solo tienes que saber que yo estoy aquí, que no me voy a ir, y que tu felicidad es lo único que importa.
Y en ese momento, entre el miedo a lo que viene y la alegría de haberlo encontrado, siento que empiezo a comprender algo importante: el amor no borra el pasado, pero nos da la fuerza para reconstruirlo. Y aunque todavía queden tormentas por atravesar, ahora sé que no las voy a caminar sola.