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La verdad envenenada

LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · por Jennifer G · 22 de julio de 2026

Capítulo 9: 

 

El silencio en el departamento pesa como una losa. Elena sigue sentada en el sofá, con el pequeño dibujo en la mano y la mirada fija en él, sintiendo cómo cada latido suyo le grita que hay algo terriblemente mal en todo lo que le han contado. Cuando levanta la vista hacia Lucas, ya no ve al hombre que la cuidó en el hospital. Ve una sombra que se mueve con demasiada calma, con demasiada seguridad, como si supiera cada paso que ella va a dar antes de que ella misma lo decida.

 

Lucas nota esa duda en sus ojos y siente cómo el pánico se apodera de él, aunque no lo deja traslucir. Sabe que si ella sigue preguntando, si sigue buscando respuestas, todo se derrumbará. Así que sonríe con esa dulzura que ya no le parece real y se levanta despacio.

—Estás muy alterada, mi vida —dice con voz suave—. Tu mente sigue trabajando demasiado y te está jugando trucos. Déjame traerte un vaso de agua para que te calmes un poco.

 

Elena asiente sin decir nada, sintiéndose extraña, débil, como si la misma duda le estuviera quitando las fuerzas. Él va a la cocina, abre un pequeño frasco que tiene escondido en el fondo de un cajón, echa dos pastillas en el vaso y espera a que se disuelvan por completo. Lo hace con manos firmes, con la frialdad de quien ha planeado esto antes, convencido de que lo hace necesario para mantenerla a salvo con él. Vuelve al salón y se lo entrega con mucho cuidado.

—Bébelo despacio. Te ayudará a relajarte.

 

Ella toma el vaso y bebe todo el contenido sin sospechar nada. Al principio no siente nada, pero pasados unos minutos, sus párpados empiezan a pesarle como plomo. Sus extremidades se vuelven pesadas, y esa confusión que sentía se transforma en una niebla espesa que le nubla la mente. Intenta decir algo, intenta preguntarle qué le ha dado, pero solo emite un susurro ininteligible y su cabeza cae hacia un lado. Queda profundamente dormida, rendida por el efecto de lo que él le ha dado.

 

Lucas la mira un instante, con una mezcla de ternura enfermiza y determinación absoluta. La levanta en brazos con mucho cuidado y la lleva hasta la habitación, la acuesta en la cama y la tapa con una manta, acariciándole el rostro como si fuera lo más preciado del mundo.

—Descansa, mi amor —susurra—. Cuando despiertes, todo volverá a estar claro. Solo somos nosotros. Nada más.

 

Justo en ese instante, la campanilla de la puerta suena con fuerza, insistente. Lucas se tensa de golpe. Sabe quién es. Lo esperaba, pero no tan pronto. Cierra la puerta de la habitación con llave, se asegura de que ella no se mueva, y va hacia la entrada recuperando su máscara de calma aparente. Abre la puerta y allí está Mateo, con el aliento agitado, el rostro desencajado y los ojos llenos de rabia y dolor.

 

—¿Qué le has hecho? —grita Mateo entrando sin esperar permiso—. ¿Dónde está ella?

 

Lucas se mantiene firme, bloqueando el paso hacia la habitación, con una sonrisa fría y cruel que nunca antes le había mostrado.

—Tranquilo, amigo —dice con tono burlón—. Está descansando. Está muy cansada de tus historias absurdas y de tus mentiras.

 

—¿Mentiras? —responde Mateo acercándose peligrosamente—. ¡Tú eres el que miente todo el tiempo! ¡Tú eres quien conducía ese coche aquella tarde! ¡Tú fuiste quien provocó el accidente y ahora te quedas con ella como si nada hubiera pasado!

 

La expresión de Lucas cambia al instante. Ya no hay rastro de amabilidad.

—¿Y quién te lo ha dicho? —responde con voz cortante—. ¿Te lo ha dicho ella? No puede, porque no lo recuerda. Y te diré algo más: ni sus padres, ni los médicos, ni nadie quiere que te acerques a ella. Todos saben que lo que pasó fue culpa tuya. Que ibas demasiado rápido, que no te fijaste, y que por tu descuido ella perdió la memoria y casi la vida. Yo solo hice lo que cualquiera haría: quedarme a su lado cuando tú no pudiste.

 

—¡Eso es mentira! —ruge Mateo—. ¡Yo giré el volante para salvarla de ti! ¡Tú te saliste de carril!

 

—¿Y quién puede probarlo? —lo interrumpe Lucas acercándose a su cara—. ¿Tú? ¿Con tus recuerdos rotos? ¿O ella, que no sabe ni quién es ella misma? Escúchame bien, porque es la última vez que te lo digo: si te acercas a ella, si le dices una sola palabra más, le harás daño. Y sus padres me han dejado muy claro que prefieren que ella siga sin saber nada de ti antes que volver a pasar por lo mismo. Tú eres el pasado que debe quedar olvidado. Yo soy su presente y su futuro. Y si no te alejas, me encargaré de que nadie vuelva a saber de ti.

 

Mateo siente cómo la rabia le recorre todo el cuerpo, pero también la duda y el miedo. ¿Es verdad lo que dice? ¿Realmente la familia de ella piensa así? ¿Le culpan a él por todo? Y en medio de esa confusión, escucha un leve movimiento desde la habitación, y el miedo de que Lucas le haga algo peor lo detiene. Lucas nota su vacilación y aprovecha para empujarlo suavemente hacia la puerta.

—Vete —le dice con voz helada—. Olvídala. Por su bien y por el tuyo. Si vuelves a aparecer, te aseguro que te arrepentirás.

 

Mateo se queda un instante parado en el umbral, mirando hacia la habitación donde ella duerme bajo el efecto de algo que no debería haber tomado, mirando a quien fue su hermano y ahora es su peor enemigo. Y aunque su corazón le grita que se quede, que la rescate, sabe que no puede hacerlo a la fuerza, no ahora mismo. Da un paso atrás, y Lucas cierra la puerta con un golpe seco, dejándolo afuera, en la oscuridad, con la certeza de que la batalla apenas comienza y que él tendrá que jugar con inteligencia si quiere recuperar a la mujer que ama y desenmascarar la verdad.

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