PALESTRA
Por: Roberto Chu
—¡Maldito animal, eres una basura, sí... basura como padre, basura como hombre, y te odio por todo eso!— le gritó a su marido en el impecable salón de su apartamento: amueblado, con sofás negros, rodeado de ventanas abiertas que dejaban entrar una brisa desagradable junto con ráfagas de viento que sacudían las cortinas mientras, afuera, los vecinos (atraídos primero por los gritos) dudaban entre intervenir o guardar silencio; dudaban detrás de ese muro que todo lo oía, incluyendo el golpe que se volvió inconfundible... ¡Pum! —¡Cierra la boca!—; y la cabeza de Ximena Gómez se había estrellado contra la superficie de hormigón blanco.

—¡Perra! ¡Asesina! — el corpulento hombre la lanzó con la misma violencia con la que se quiebra un huevo porque, en sus palabras, «lo había hecho enojar», y ella lo supo en el instante en que sintió el vértigo y la palpitación sorda.
«¿Por qué? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué me haces hacer esto?», en medio del torrente de dolor, la mujer ponderaba sobre sus inesperados arrebatos inconscientes. «Me lo gané, no debí permitirte faltarle el respeto... Solo fue un día… un maldito día de dar y recibir chingadazos, y ya me creo el maldito Santo. ¡Qué estúpida!». Las clases de autodefensa, hasta ese momento, no le había servido de nada.
El hombre se detuvo. La agarró del cuello y, con un aliento hirviente, le gritó:
—¡Inténtalo de nuevo! Vamos, hazme enojar otra vez.
—Lo haré, idiota. Hasta quemarte los nervios... ¡No! ¡Qué estoy diciendo! — a continuación, el hombre estrelló la palma abierta contra la mejilla de Ximena. El golpe la hizo girar sobre sí misma; el sonido se quedó atascado entre los muebles, vibró en las ventanas cuando la cabeza tocó la lona: un simple suelo embaldosado que sintió el choque bruto de un cráneo común. Y fue en esa breve conexión, en ese impacto doble, cuando Ximena recordó el origen de esos impulsos, de esa necesidad enfermiza de provocarlo, de desafiar a su esposo; —El idiota—, era la misma voz adolescente que siempre le pedía probar nuevas cosas (experiencias que podrían fracturarle uno o dos huesos); la misma voz que se presentó a ella hace poco.
Hace una semana, en aquella reunión de Alcohólicos Anónimos. Una señora hablaba de sus noches extraviadas: una adicción que la empujaba a perderse en los campos de maíz de Iztapalapa, o de algo así. Todos escuchaban atentos, respetuosos, con los ojos fijos en el piso encerado, en las paredes repletas de afiches de auto ayuda, en las sillas de madera que sostenían sus traseros adormecidos, en el monumental y monótono salón; y la conversación empezó a torcerse. La mujer, entre sollozos, dijo:
—Unos enanos verdes me tomaron… intentaron violarme.
«Dios, la virgen, ¿por qué no se la llevaron completa?» Pensó Ximena antes de sentir un pinchazo en la sien; su cerebro pedía salir del cráneo para buscar aire. —El baño. Debo ir al baño, señor Cotzomi— pidió permiso e ignoró los dislates de su compañera de rehabilitación, se levantó y caminó con las piernas flojas hacia el pasillo principal que llevaba también a la salida «hazlo, Ximena, hazlo», pero ella se dirigió al...
—Baño— uno bien sucio. Una vez dentro, hundió la cabeza en el lavabo. El agua corría, helada, golpeándole la cara y… castigo adicional: el golpeteo en la cabeza, ardiente.
—Debe de ser la resaca
—¿Una resaca de veinticuatro horas? ¿O las contusiones? —le preguntó otra voz en su cabeza.
—¿Ambas cosas?
Dejó la llave abierta durante minutos. El agua se desbordaba en pequeños remolinos. Intentó ahogarse en esa pequeña cascada, en la presión, en algo que no fuera su propia vida o en los traumas que venían de vez en cuando para revolverle el cerebro... —Mierda, ¡qué pinche dolor me has traido, intrusa!—. Un ataque de histeria, eso era. Por soportar dos horas de confesiones mal zurcidas, por hurgar llagas que no sabía que llevaba en la piel. Por creer, ingenua, que debía importarle. Por esperar que esa pequeña inundación la ahogara...
—Lo más estúpido que he intentado hoy.
—Somos guerreras… —susurró algo escondido en sus neuronas empañadas—. Diosas de la lucha. Y deberíamos resolver nuestros problemas como cualquier diosa: de pie...
Sacó la cabeza del río que corría en el lavamanos; y la voz continuó:
—Así nos parece el agua helada... ¡Un cauce turbio que nos arrastra a actuar, no a olvidar! —y con las manos temblorosas, la mujer se amarró el cabello—. Así nos lleva la vida.
El chorro seguía abierto cuando ella...
—¡Ahhh! —un alarido animal. Y luego otra vez—. ¡Ahhh! — ahora más largo, más hosco, pretendía arrancar algo que llevaba dentro. Y solemne, dispuesta a salir, dio dos pasos hacia la puerta...
—¡Que se vaya a la puta mierda este lug...!
... Pero esta se abrió bruscamente y el borde le golpeó en la nariz. Cayó al suelo al Sentir un relámpago de dolor atravesándole la sien.
—¿Qué… qué hace aquí? —balbuceó, mirando hacia arriba, a la persona que había abierto. Era, físicamente, un hombre.
—¿Qué haces en el baño de mujeres?
Él la miró con calma, inexplicable, y dijo:
—Porque soy una mujer, muñeca, Me llamo Verónica.
Ximena se incorporó con torpeza, sobándose la frente. No respondió; no había palabras para eso. Salió tambaleante del baño, entregada a neuronas que se esforzaban en hacerla girar sobre su propio eje.
Atravesó el salón del grupo (ese lugar sin ventanas que llaman sala de juntas) y salió a la calle, dejando atrás el aroma a café recalentado y tabaco con:
—¡Sus estúpidas fantasías!
El aire nocturno la golpeó con un frescor áspero. Caminó sin rumbo fijo, llorosa. Con la palpitación en todo el rostro.
Fue ahí cuando lo vio.
Un edificio rectangular, luces blancas sobre un letrero que decía: Centro de Entrenamiento Deportivo y Artes Marciales. El cristal de la fachada devolvía destellos de cuerpos en movimiento: torsos que giraban, puños que caían cual martillos sobre maniquíes, piernas que trazaban curvas en el aire.
Algo se encendió en ella, algo aún por descubrir, una chispa que no recordaba haber sentido en esta vida… pero que estaba allí, reptando por los recovecos de su memoria:
—Son las contusiones… —murmuró, llevándose la mano a la frente—. Ay… ¿qué estoy haciendo?
Cuando llegó a la última palabra ya había empujado la puerta del gimnasio; había entrado.
***
Cuando regresó en sí, despertó de la memoria: era el presente: era su esposo sobre ella. Ximena se levantó del suelo, lo empujó levemente y corrió por el pasillo, directo a su cuarto sin mirar atrás. Llegó a la puerta: la empujó y la cerró de golpe. La recibió el pestillo en el suelo y los cajones desmantelados al borde de mochilas de viaje aún no terminadas. Todo olía a polvo y humedad de piel. El aire era pesado; había esperado mucho tiempo encerrado en los rincones.
—¡Ábreme la puerta, puta!
Se dejó caer sobre la cama. La colcha áspera le raspó las mejillas húmedas. Lloró con la cabeza hundida en la almohada; quería atravesarla. El líquido rojo escurría por las narices, por la boca, pero no le importó. Nada importaba.
Ni los golpes contra la puerta: primero suaves, luego violentos, un repiqueteo que hizo vibrar el marco.
—¡Ximena! —la voz del hombre era grave, furiosa—. ¡Abre la puerta!
Ella apretó los párpados.
—Lo siento… lo siento… —susurraba, una y otra vez, con la boca pegada al colchón—. No quería… no quería… lo siento.
Los golpes seguían, cada vez más fuertes.
Levantó la cabeza. Frente a ella, el espejo. Rajado en tres líneas oblicuas. Su reflejo se encontraba frente a ella, partido; un rompecabezas de ojos hinchados y labios temblorosos.
Se miró y murmuró, casi con rabia:
—¿Qué me pasa? ¿Qué he hecho? ¡¿Qué me estás haciendo hacer?!
El reflejo no respondió. Sólo parecía entregarse a ella; quería salir del marco.
—¿Acaso quieres que me quede sola?
Y su reflejo respondió:
—¡¿Sola?!
Un nuevo viejo recuerdo le atravesó la cabeza: la estación de buses y la lluvia cayendo, mezclándose con sus lágrimas. Ella sentada en una banca metálica que olía a una mezcla de tierra mojada, copal y gardenias. Esperando. Esperando a su hija.
—¿Dónde está? —gritaba —. ¿Dónde está? ¿¡Dónde está mi hija!?
Policías acercándose. Labios moviéndose. Palabras que no lograba recordar... Sólo preguntas. Y su voz, hecha añicos:
—¡Ay!… mi hija…
Pero nadie la trajo. Y siguió esperando. Bajo la lluvia, bajo la noche, esperando frente al teléfono:
—¡Se han llevado a nuestra hija, Erny!
Hasta que él llegó. Con el auto. Con el rostro duro cual gárgola. La subió sin mirarla. Dijo:
—Es tu culpa.
Ella sólo secundó, como quien repite rezos guadalupanos:
—Mi culpa… mi culpa…
Siempre lo mismo.
—Mi culpa.
Despierta. Regresa en sí entre las sombras de su dormitorio, donde la voz aparece. Suena como ella. Pero no puede ser ella:
—¿Cuánto castigo mereces por eso? ¿Incluso el que recibías antes…? antes de perderla. Las heridas, los moretones... ¿Los merecías también? ¿Ver tu sangre en sus nudillos, lo merecías?
—¡Cállate! —gritó al espejo, con las uñas hundiéndose en la almohada—. ¡Cállate! ¡Cállate!
Y rugió el hombre detrás de la puerta:
—¡Perra!¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar!
Ella no respondió. Sólo se enterró bajo la colcha, con la cabeza partida por el dolor y el cuerpo hecho un ovillo. Esperó a que la mañana llegara, la pensó purificadora.
«Borrar todo, Jesús».
Borró todo menos a ella: la voz intrusa que volvió al rato, suave; una canción de cuna en el oído:
—Es su culpa también.
***
Días antes, en el centro deportivo, Ximena había caído tendida sobre la lona, derrumbada, con la sensación viva del topetazo. Su entrenador, firme y sin concesiones, se acercó y le ofreció una mano para recomponerla.
—Levántate, Ximena— la urgió con voz dura—. Me dijiste que no fuera dulce contigo. ¿O te vas a echar un coyotito1 ahora?
1. Expresión mexicana, tomar una siesta corta
Ella se incorporó con esfuerzo:
—De eso nada, Manuel, pendejo. Solo fue un tropezón— replicó, sin ceder un milímetro de orgullo. Rechazó la mano ofrecida por él; y luego, empezaron con los fundamentos: primero aprendió la guardia básica: manos altas, codos juntos, postura equilibrada. Practicó empujes frontales y laterales de cintura, protegiendo los ángulos vulnerables. Luego avanzaron a golpes con codazos y rodillazos, movimientos ideales en defensa personal a corta distancia, como lo enseña el Muay Thai.
—Manuel, —dijo Ximena con una voz que no reconocía suya— ¿qué generación de guerreros te han enseñado todo este arte bélico... ¿Espartanos? ¿Fenicios?
De ahí incorporaron patadas al frente y laterales, útiles para mantener al adversario a distancia y aprovechar la fuerza de las piernas.
—¿Espartanos?, ¿Como en 300? ¿el cómic de Frank Miller?
— ¿Franco quién?
—Ja, ja, ja. Eres muy graciosa, Ximena Gutiérrez.
Con los guantes puestos, Ximena sintió la forma en que cada choque se convertía en un mensaje al próximo movimiento. Lanzó combinaciones de jab, cross y gancho, luego pasaron a clinch y derribo básico: cómo desequilibrar al compañero y derribarlo al suelo controlando sus caderas, una técnica común en MMA para ganar ventaja.
También incluyeron un sencillo takedown de tobillo—ankle pick—: retroceder un poco mientras sujeta el tobillo y empujar hacia atrás para tumbar al oponente.
El entrenamiento era duro, el ritmo era el de subir y bajar una colina: fundamental para la respiración. Cada redoble del golpe sobre el saco, cada abrazo imperioso; resistencia, técnica, supervivencia, todo unido en una pequeña sesión matutina. Y cuando sonó la campana: sentados juntos en las esterillas, con botellas de suero isotónico en las manos; él le pasó una toalla; y ella inhaló el olor de su sudor..
—No sé qué es lo que... debería estar en casa... Pero... Me vale madres— fatigada pero enraizada en su propia fuerza.
—Chingón, Ximena —le dijo él—. Izquierda, derecha, clinch, derribo... lo hiciste padre.
Y ella entendió, por un instante, su renovación en la lona. Casi perfecta. Onírica. Idílica...
«Acaso... un ¿sueño?»
Ximena, en una parsimonia contenida, se levantó.
—¿Es mi culpa? — extendió la mano. Manuel la miró sin moverse, hasta que ella insistió con mirada desértica... Solemne. El hombre aceptó y subió al cuadrilátero. El sonido de la lona bajo sus pies fue lo único que se oyó por un momento. Ximena se ajustó las vendas con movimientos cortos:
—Sin guantes —dijo.
—No es necesario.
—Sin guantes —repitió.
—No voy a...
—Tranquila, Manuelita, no te golpearé tan fuerte.
Él apretó la mandíbula. Se vendaron sin prisa. Entraron en guardia. Ximena avanzó primero, los brazos altos, buscando el centro. Manuel retrocedió. Ella lanzó un jab, uno más, el tercero golpeó apenas su hombro. Manuel bajó la guardia por un instante.
—No te hagas el caballero—Ximena respiraba rápido.
—No me hago nada.
—Te juro que, si lo haces, te mataré.
Manuel esquivó un derechazo, la tomó por la muñeca y giró. Ella soltó un golpe con la izquierda, lo rozó en la mejilla. Él no respondió.
—¡Sé lo que haces! —gritó ella—. ¡No lo hagas!
Un golpe al torso. Otro al costado. Ximena intentaba entrar, romper la defensa. Manuel bloqueaba con facilidad, sin intención de lastimar. Ella se abalanzó, lo empujó, lo obligó a retroceder hasta las cuerdas. Pero cuando intentó el gancho final, él la atrapó por los hombros, la giró y la lanzó al centro. Cayó de espaldas, la lona crujió bajo el peso.
—Carajo —escupió sangre, golpeando el piso con la palma.
Manuel dio un paso hacia ella:
—No quería.
—No es tu culpa —dijo Ximena levantando la mano—. No necesito tu compasión.
—No es eso, Ximena... ¡Ximena!
Se incorporó sola, bajó del cuadrilátero. Tomó la toalla, la arrojó sobre el hombro y caminó hacia la salida. Manuel la siguió unos metros, pero no insistió.
En el pasillo, los espejos mostraban trofeos antiguos. Ximena se detuvo frente a una vitrina. Entre los reflejos, una máscara de lucha libre colgaba, vacía, con la boca abierta en un gesto rígido. Ella se miró allí, deformada.
—¿Qué hacemos aquí? —murmuró—. ¿Qué quieres probar? Deberíamos estar buscándola. Hacer que esos policías inútiles hagan su trabajo. Recuperarla. O al menos... Recuperarlo... recuperar a nuestro esposo.
—¿¡Tu esposo!?—gritó su doppelgänger pintado en la vitrina, colérico.
Esa expresión bastó para asustar a Ximena, que sin pensarlo demasiado golpeó el vidrio hasta romperlo, y la sangre apareció en su mano casi al instante, como una fuga en una tubería.
Un chico corrió desde el fondo, frenó al verla. Detrás de él, Manuel...
—Una mosca... —dijo ella, casi sonriendo—. Yo lo pago. Lo siento. Lo siento.
Se envolvió la mano con la toalla, empujó la puerta y salió a la calle.
...
—Es verdad, Manuel, pinches moscas —agregó el niño.
***
En el presente, Ximena se incorporó en la cama con un movimiento de perro atolondrado. En el suelo, un pedazo de carne fría había quedado pegado a su mano. Lo dejó caer. El dolor se concentraba en la mejilla, latiendo. Caminó hasta el armario, sacó un saco oscuro, vetusto y lo colocó sobre los hombros.
—Erny… ¿Erny? —la voz salió temblante.
No hubo respuesta. Bajó a la cocina. Abrió un frasco y tragó dos tabletas de naproxeno con agua fría. El líquido le lastimó la garganta. Se miró en el reflejo del microondas: ojo violáceo, nariz torcida, piel llena de sombras. Tomó el maquillaje del baño. Cubrió lo que pudo. Después, los lentes grandes para ocultar el resto.
Salió de la casa.
El aire de la mañana se sentía hostil. El taxi la dejó frente a la jefatura de policía de la Ciudad de México. Entró como siempre: pasos firmes, cabeza erguida. Una visita semanal. Desde el secuestro, todos la conocían. La miraban con esa lástima envuelta en inacción que alguna vez le dio consuelo. Ese día no alcanzaba.
—Quiero hablar con el marica de tu jefe —dijo mirando al subagente tras el escritorio. Nunca lo había visto antes en la jefatura.
El muchacho parpadeó.
—Se… señora, el comisario Mendoza no se encuentra... Está ocupado.
—Pues me quedaré aquí hasta que regrese. ¿Dónde lo tienes? ¿Debajo del escritorio? ¿Debajo de tus pantalones?
—Señora, calme...
—Jodido mocoso meón. ¿Sabes cuántas veces vine ayer? ¿Crees que vengo a jugar matatena contigo? ¿O las escondidas? Porque eso hace tu jefe, jugar, como un niño en esta guardería.
—Señora Gutiérrez, por favor —intervino una mujer de uniforme impecable, pelo corto, voz sencilla—. Él no está al tanto de su caso.
—Pues parece el único que sabe dónde está tu pinche comisario. ¿Acaso no le contaron que debía ignorarme? Ignorar a la loca que solo ha querido que encuentren a su hija.
—Sé lo que debe estar sintiendo —respondió la oficial—, pero chingar a nuestros hombres no ayudará a encontrarla. Vamos. Sígame.
Ximena giró la cabeza y miró al cabo, seguía sentado tras el escritorio, rígido, con el uniforme desordenado y las manos quietas sobre las rodillas. El muchacho le devolvió una sonrisa nerviosa.
—Lo siento —dijo ella, casi en un susurro de disculpas.
Extendió la mano hacia el frasco de caramelos en la orilla del escritorio. Tomó uno, lo abrió y se lo metió a la boca. El envoltorio quedó arrugado sobre la madera. Después caminó tras la oficial con el sabor dulce pegándosele a la lengua.
Entró a una oficina detrás de la oficial, Vásquez era su nombre. El lugar olía a café aromatizado y a papel húmedo. En la pared, un retrato del comisario de la jefatura parecía observarlas. Moverse... Cambiar de rostro, reflejar el de Ximena.
—Siéntese —dijo Vásquez, señalando la silla frente al escritorio.
Ximena se dejó caer, la mirada fija en un punto cualquiera.
—¿Qué te pasó en el rostro? —preguntó la oficial, sin rodeos.
Ximena no respondió. Se llevó la mano al cabello, como si pudiera esconder las marcas:
—Ya sabes por qué he venido, Vásquez. Mis opciones de maquillaje no son de su incumbencia.
La oficial asintió y abrió un expediente.
—Tenemos algo. Anoche nos confirmaron que localizaron el camión que pasó esa noche, cuando tu hija desapareció.
Ximena se inclinó hacia adelante.
—¿Dónde?
—En un lote abandonado, en Querétaro. No había nadie al principio. Lo rastreamos, conseguimos placas falsas. Lo revisamos todo. Encontramos al dueño, pero…
—¿Pero ¿qué? —la interrumpió.
Vásquez respiró hondo:
—Fue comprada. Tenemos testimonios de la compra. Varios testigos. Tenemos los nombres de los posibles vendedores. Pero... Ha pasado de dueño en dueño. Y...
—Entonces búsquenlos. Encuentren a todos. Hagan su trabajo.
—No es tan fácil. Tenemos nombres, lugar de residencia, pero ninguno con antecedentes. Ningún comprobante, ningún pago registrado. Solo suposiciones. Uno de ellos ni siquiera está en la ciudad. Y la alternación de la placa, lo hace complicado.
—Dame los nombres. Toda la información que tengan.
—No puedo.
Ximena cerró los puños sobre sus rodillas.
«Igual… ¿qué es lo que podría hacer?», pensó, mientras sentía su corazón quebrarse; y su reflejo en el retrato le mostraba un rostro ajeno; y ese mismo rostro sembraba en ella solo lástima... Dentro y fuera. Fuera y dentro...
Vásquez cerró el expediente y se levantó:
—Ven. Vamos.
La llevó hasta un callejón detrás del edificio, donde el aire olía a gasolina y basura quemada. Allí, Vásquez apoyó la espalda en la pared y habló con un tono más bajo.
—Vamos a seguir buscando. Pero tienes que cuidarte. Cuando la encontremos, tienes que estar viva. Alejarte de todo lo que no te lo permite.
Ximena no contestó. Mientras sacaba un cigarrillo de su bolsillo, Vásquez siguió hablando:
—Sé lo que es vivir con alguien que te rompe totalmente. Sé lo de la casa. Copropietarios. Sé qué crees que no tienes otro lugar adónde ir. Pero basta una denuncia. Solo una— le ofreció un cigarro a la mujer.
—No sabes nada —respondió Ximena, apática, apartando la mirada, rechazando de un manotazo el consuelo de la oficial.
—Sí sé. No sabes cuánto. Y no tienes por qué protegerlo. Déjame ayudarte.
—No hay nada que ayudar —dijo Ximena quien dio por terminada la conversación.
Vásquez la miró un momento. Como si se viera a sí misma, ahogada. Luego sacó algo de su chaqueta y se lo tendió: una pistola pequeña, negra, fría. Una Glock 26 9 mm Parabellum.
—Toma esto.
Ximena dio un paso atrás.
—¿Qué…?
—No tiene balas reales. Solo dos de salva. Una al techo para asustarlo. Después corres. Vienes aquí. Y haces lo que tienes que hacer. Te dará una oportunidad. Una que casi ninguna tiene.
Ximena dudó. No la quería tocar. Pero algo dentro de ella, la obligó a cerrar los dedos sobre el metal. No dijo nada.
Vásquez sonrió.
—Lo sé. No me lo vas a agradecer ahora. Pero algún día…
—Quizás hoy, mañana...—Ximena bajó la mirada, sintió la pistola arder en su mano y la guardó en el saco—. Gracias.
«Si vis pacem, para bellum1», pensó alguien más, desde de la cabeza de Ximena.
1. Del latín. Si quieres paz, prepárate para la guerra.
***
Ximena regresó al centro de artes marciales con el saco colgado al hombro. El compás de los golpes la guio hasta el cuadrilátero. Allí, Manuel entrenaba con un niño —era Chucho protegido de Manuel—; las manos pequeñas golpeaban con bisoñez los guantes de práctica. Él maestro sonrió pacientemente, corrigiendo la postura con un leve empujón. Cuando vio a Ximena, no dijo nada. Solo inclinó la cabeza en un gesto minúsculo, y el niño bajó los brazos.
El chico salió del cuadrilátero cargando sus vendas; Ximena subió sin prisa, se ajustó las suyas como quien se pone un par de zapatos y se colocó los guantes. Manuel no preguntó nada. Tampoco ella. Comenzaron a moverse. El sonido de los impactos llenó la sala; y las horas se extraviaron entre combinaciones, patadas, llaves que la arrojaban contra la lona sobre el sudor y bajo respiraciones cortas. Cuando terminaron, el sol se había ido. El gimnasio olía a esfuerzo. Y Ximena aún no había regresado a casa.
—Si te quedas aquí, tendré que cobrarte; convertiré este lugar en un hotel de cinco estrellas, eso haré —dijo Manuel, sonriendo, sin resuello.
—Este lugar no vale ni mil pesos, Manuel—dijo Ximena.
—Ella lo sabe —comentó el niño, riendo mientras se ponía la chamarra.
—Tú ni hables, Chucho. A ti ni te cobro.
—Y se lo agradezco mucho, señor Manuel. Yo no dije nada. Nos vemos mañana.
—A la misma hora, chuchito. Saludos a tu madre.
Cuando el niño se fue, Ximena se acercó al mostrador. Sacó una lata de cerveza de su mochila y la abrió. El gas estalló en suspiro metálico.
—¿No tienes heridas abiertas? —preguntó Manuel.
—No moriré por un par de sorbos.
—¿Qué celebramos? ¿Una semana de entrenamiento intensivo?
—Semana y media de humillarme.
—No seas dura contigo. Lo has hecho bien… Recuerda la perseverancia es...
—Lo sé, lo sé, señor Miyagi—bufó Ximena.
Se sentaron en el suelo, espalda contra la pared, y compartieron la cerveza. El líquido tibio no les importó. Conversaron. Sobre la hija de Ximena. Sobre sus moretones en el rostro. Sobre sus primeros amores. Sobre la nula distancia entre sus pieles. Después, el silencio tenso... cómodo, como tocar una mano suave ajena pero muy tuya. Manuel se inclinó despacio con esos labios invitantes. Ella los vio acercarse, cerca, muy cerca... con ese rosado carnoso de un dulce de fresa recién horneado. Y por un segundo, quiso morderlos. Pero no. Se apartó.
—No. No puede hacerlo.
Manuel retrocedió.
—Lo siento. Es por tu esposo… ¿verdad?
Ximena negó.
—No. Podría incluso ser mi olor a mierda una mejor excusa para no besarte… Pero no hay excusa. Solo no quiero arrastrarte a esta vida. Es todo, Manuel.
Él asintió, sonriendo con algo de tristeza.
—Puedes quedarte esta noche. Supongo que mañana…
—Te espero. Mismo entrenamiento de hoy.
—Vivo a tres calles. Puedes descansar en el sofá si deseas.
—¿Sabes? Creo que entrenaré un poco más. Me he acostumbrado a estas cuatro esquinas.
—Por supuesto… Nos vemos mañana. Cerraré con llave. El duplicado está debajo del mostrador.
Cuando Manuel se fue, el gimnasio era de Ximena y su lata de cerveza en mano... de donde una gota resbaló hasta precipitarse al suelo, dejando un reflejo húmedo por el cual su rostro, deformado por el cuerpo acuoso, pareció partirse en dos.
—¿Lista para el último round? —una voz brotó de la nada mientras la luchadora avanzaba hacia el pasillo. Allí, donde miró a través de la vitrina rota por su mano unos días antes. Allí donde colgaban las máscaras de lucha libre con lumbre inapagable, inmóviles, como guerreros que nunca dejan de mirar.
—Palestra. ¿Es ese tú nombre?
—Nuestro nombre—respondió alguien, o algo, desde la hendidura de una de las caretas.
Ximena apretó los puños. Corrió al ring. Frente al saco, comenzó a golpear. Uno, dos, tres. Rodillazos. Ganchos. Patadas. Siguió. Hasta que la noche se volvió sudor, y el cansancio, en otra forma de vida.
Cuando amaneció, Manuel entró al gimnasio acompañado de Chucho. El lugar estaba vacío. Sin rastro de Ximena. Manuel avanzó hasta la sala de entrenamiento y, encima del mostrador, un sobre cerrado lo detuvo. Lo abrió. Embutidos ahí, un fajo de billetes y una nota breve:
«Por las clases, la noche de 5 estrellas y…»
Antes de terminar de leer, la voz de Chucho interrumpió:
—Falta una máscara en la vitrina, Manuel…
Manuel levantó la vista, sonrió apenas. Guardó la carta y el dinero en el cajón, despeinó al muchacho con una palmada.
—A trabajar, enano.
No dijo nada más. Se puso los guantes y siguió con la rutina.
***
Esa misma tarde, Ximena regresó a casa y subió a la habitación de su hija. La puerta, cerrada desde hacía meses, se abrió con un sollozo; el aire escapó impregnado de polvo; y las paredes seguían llenas de recortes, dibujos torcidos hechos con plumones y crayones descontinuados. Ximena se dejó caer en la cama pequeña, hundió la cara en la colcha y lloró. Lloró sin medir el tiempo, hasta que el llanto se volvió un gritó, —¡Alma, mamá te encontrará! — cuando el temblor de su cuerpo cesó, bajó al salón. Ató su cabello y empezó a moverse: flexiones, abdominales, planchas. El cuerpo, dolorido, crujía bajo el peso de cada repetición, pero ella insistió. Luego, sentada en el suelo, respiró hondo y se quedó mirando el armario abierto. Preparó una mochila de viaje: ropa ligera, botiquín, una botella de agua. Antes de cerrarla, buscó algo más. Lo encontró en el cuarto de la niña: un jaguar de peluche, gastado en las costuras, todavía con la mirada fija y el hocico hundido por los años. Lo metió al fondo de la bolsa.
Esperó así, paciente, hasta escuchar el motor del coche. Las llaves, el portazo, los pasos.
Erny entró con la voz hundida en marcha belicosa:
—Por fin te apareces, maldita zorra… ¿Con quién has estado ayer? Estuve preocupado por ti… Vamos, ven aquí ahora.
Ximena se levantó sin responder. Ajustó la mochila sobre el hombro. Sabía que el gesto bastaría para encenderlo.
—¿Dónde crees que vas? No te irás… —gritó, con saliva en la comisura de los labios—. No puedes huir de tus errores, abandonarme a mí es abandonar a tu hija.
Ella lo miró, y por primera vez, no tembló.
—No, estúpido… Tú la abandonaste primero. Ella te odiaba, al igual que yo. Ahora iré a buscarla. Y nos iremos. Como debió haber sido mucho antes de perderla. Como lo queríamos.
Erny se lanzó sobre ella. Ximena retrocedió, dejó la mochila en el suelo, y esquivó el primer golpe. Él era más alto, más fuerte. Si la atrapaba, no habría salida. Ella lo sabía. Movió el cuerpo hacia un lado, golpeó con la rodilla en el abdomen, lo empujó con el hombro. Erny cayó contra la mesa, derribó una botella. Se incorporó furioso.
Ximena mantuvo la distancia, respiró rápido mientras recordaba los entrenamientos. Guardia alta. Movimientos cortos. Él avanzó hacia ella y lanzó un golpe al aire. Ella esquivó y conectó con el codo en su mandíbula, se sintió como romper madera endeble. —¡Perra! — Erny retrocedió un paso, pero volvió. La tomó del brazo, intentó arrastrarla hacia el suelo. Ximena giró, le golpeó las costillas con la pierna, se soltó; y eso, lo hizo gruñir: —¡Te mataré, juro que lo haré! — se abalanzó de nuevo. Ximena bloqueó, lo empujó con ambas palmas al pecho, lo tiró contra la pared. Cayó sentado, respirando con rabia. Ella creyó haberlo vencido. Se acercó, lo miró. Erny levantó la cabeza, con la voz llena de furia:
—Maldita perra… Después de todo lo que hice para conseguir el informe de nuestra hija… ¿Crees que no quiero rescatarla? ¿Que no quiero tenerla en mis brazos?
«¡Miente!» habló la voz en la cabeza de la mujer.
Ximena se quedó inmóvil; bajó la guardia un segundo. Erny lo aprovechó. Se lanzó y la sujetó del cuello con ambas manos, empujándola contra la pared. La presión le cortó el aire.
Ximena intentó zafarse. Recordó la técnica. Brazos pegados al pecho, giro rápido, un paso adelante. Bajó el mentón, levantó el hombro derecho y golpeó con fuerza el pliegue de su codo contra su muñeca. Una y dos veces. Erny aflojó. Ella giró y escapó de su agarre.
Corrió hacia la mochila. La abrió de un tirón. Sacó el arma. Apuntó con las manos temblando.
—Mientes. No tienes ningún archivo. Eso solo lo tiene Vásquez. Y nunca te lo daría a ti.
Erny respiraba agitado. Levantó las manos despacio.
—Vásquez es una tira de quinta… —dijo—. Hablé con el mismo comisario Mendoza. Me dio el archivo. Lo tengo en el auto. Solo dame el arma e iremos a buscar a nuestra Alma. Solos. Igual que los viejos tiempos. Vamos.
El hombre dio un paso. Ximena retrocedió. Bajó el seguro. El clic cantó la advertencia.
—Ni un paso más.
Erny se detuvo. La miró. Y sonrió apenas.
—Sé que no vas a disparar. Hemos vivido por mucho tiempo juntos. Sé que me amas. Sé que podemos resolver esto. Juntos...
—Tienes razón— dijo Ximena mientras bajaba la pistola—. No voy a disparar.
Arrojó el arma lejos. El metal golpeó el suelo con un sonido breve. Erny dio un paso hacia ella, complaciente, seguro de haber ganado.
—Pero te equivocas —continuó Ximena con voz firme—. No necesito un arma para demostrarte que me importas una mierda.
Avanzó antes de que él pudiera reaccionar. El primer porrazo fue al rostro. Erny, tambaleante, chocó contra la pared y cayó sentado, como perro sangrante. Ximena se abalanzó sobre él y lo derribó por completo. Incluso se escuchó un chasquido al golpear la cabeza contra el piso.
El primer puñetazo lo acompañó con un grito:
—¡Tú nunca amaste a NUESTRA hija!
Otro golpe, contra la mandíbula.
—¡Solo la usaste para que me quedara A TU LADO!
Siguió golpeando, el aliento... los nudillos ardientes.
—¡NO TIENES ESOS PAPELES!
Otro golpe.
—¡Y si los tuvieras, solo sería para atarme a ESTA MIERDA DE VIDA!
Sangre en el labio de Erny. Su risa empezó a mezclarse con un quejido.
—¡YA NO QUIERO CASTIGARME!
Otro golpe, más fuerte.
—¡Nunca me volverás a tocar! ¿Está claro?
Lo miró a los ojos, jadeando.
—Nunca.
Erny se echó a reír. Tosió, escupiendo sangre:
—Eres una estúpida… si crees que encontrarás a tu maldita hija sola.
Ximena se incorporó apenas, respirando como si el aire doliera.
—Mejor sola que contigo, imbécil.
Se puso de pie y continuó:
—Ahora escucha: me darás la llave del auto. Y el auto. Quédate con la casa. Ya no la quiero.
—¿Y si no qué, perra? —Erny sonrió, aunque le faltaba un diente.
Ximena no dudó. Caminó hacia el arma. La levantó. Regresó despacio. Apuntó a la frente de Erny.
—Si no lo haces, te vuelo la puta cabeza.
Él tragó saliva. Buscó algo en el bolsillo con manos temblorosas. La llave cayó al suelo. Ximena la tomó. No lo miró más.
Salió de la casa sin prisa. Cruzó el jardín. Abrió el auto, dejó la mochila en el asiento trasero. Erny gritaba desde la puerta:
—¡No te vayas, Ximena! ¡Podemos arreglar esto! ¡Lo siento! ¿Está bien? ¡Lo siento! ¡Es mi hija! ¡La amo! ¡Claro que la amo, carajo! ¡No te vayas, no me dejes!
Ximena encendió el motor. Él siguió gritando:
—¡No durarás una hora sin mí! ¡Me necesitas! ¿Oíste? ¡Me necesitas! ¡Maldita perra! ¡No me dejes! ¡Por favor!
Ella no respondió. Metió primera. El auto salió a la calle. La casa quedó atrás.
En un semáforo en rojo, vio unos documentos en el asiento del copiloto. Los tomó. Eran papeles con nombres, datos, fotos borrosas. Información sobre sospechosos. Los hojeó rápido. Los dejó a un lado. Abrió su mochila de viaje, sacó un espejo pequeño. Se miró. El ojo morado, el labio roto. Habló en voz baja, apenas un cuchicheo:
—No sé si estoy loca o no… pero donde quiera que vayamos, estamos juntas en esto. Ayúdame a encontrar a mi hija. Por favor.
Buscó dentro del bolso. Sus dedos tocaron la máscara que había tomado del gimnasio. La sacó. La miró por un momento. Inexpresiva.
—¿Dónde empezamos? — una voz surgió, clara, como si alguien estuviera sentado a su lado. Era Palestra.
El semáforo a verde. Ximena pisó el acelerador. El auto avanzó hacia la madrugada, directo a su próximo destino.