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ANANKAIA

Lecturas sibilinas a un Saturno nuevo · por Roberto Chu Maravi · 25 de agosto de 2026

ANANKAIA

Por: Roberto chu

 

¡Oh! Kaia, ¡Oh!¡Kaia! ¿Por qué ya no respiras como antes?

***

 

Hace mil años, yo tenía una estrella para ella. ¡Sí!, una estrella resguardada con recelo en la palma de mi mano. Lo recuerdo muy bien: en aquellos tiempos cuando el mundo no descifraba el lenguaje de los astros, ni el de los códigos de la sospecha.

¿Lágrimas?, ¡ja! mucho menos; guardar un par de secretos era, sencillamente, no-común. No hacía falta esconder tragedias ni celebraciones. Éramos solo inocencia en reposo, cabezas en cordajes y brazos y piernas en juegos de pelota; éramos niños escuchantes... Niños creyentes de que la tribu era ancha y que los sueños, al moverse, bastaban para hacer el mundo menos... no-extenso.¡Inmenso! Eso es. 

Guardé secretos cuando el mundo aún germinaba despacio, cuando aún no había prisa por cazar ni hablar. Y yo era pequeño. ¡Sí! Cinco años apenas. La edad en que el tiempo no se siente porque aún no sabemos sobre esa carga en los hombros. Ella tampoco lo sabía. Porque era ligera. Baldía de pesares. Y sin embargo, condenada. Pero era una condena  perfecta que podía secar las lágrimas de una madre con sus no-complejas sonrisas, no-complejos abrazos. Era condena de carne que detenía el riego de dolores... los de ella: Gena. Su madre Gena. ¡Mujer de vientre exhausto!¡Cinco veces visitado por la muerte! Cinco pérdidas que no le costaron la vida en un tiempo cuando la medicina no era más que hierbas y ensayo... y error. Ensayo y error. Todo fue un error antes de la última hija, antes de ella... Mi Kaia... mucho antes de comenzar a creer en milagros. Bendiciones. Comprendimos, por razonamiento primitivo, que tenerla viva era señal de bonanza...

¡Vaya bonanza! Acaso, si hubiéramos sabido lo que sabemos ahora... ¿habríamos terminado más rápido el suplicio?

No, por supuesto que no. Miles de pueblos lo saben; la historia se ha escrito para aprender de ella, no para ser conscientes de aqueos en caballos de madera. Ni del segundo, ni del minuto o las horas donde todo se convierte en un camino no-retornable... inexorable.

Apenas seis años pasaron cuando oculté el primer secreto... cuando incluso lo escondí de mi padre y de mis amigos. Y quizás... ¿esa palpitación en forma de arrebato de sentidos no era más que la tendencia de los jóvenes de antaño en su búsqueda instintiva de la mejor de las mujercitas para la procreación? Porque, tras preguntar muchas veces, nunca supimos ni encontramos una palabra para eso que ahora llamamos amor...

¡No! ¡No! ella tenía apenas once años y solo pensábamos en jugar. No pudo ser amor. Y, ciertas veces, yo veía en ella a una madre; no una destructora. Y aun así, para las demás sospechas, había tiempo de sobra para cultivarlas en paz. Nuestros padres rondaban, día y noche, arriesgando su vida para darnos ese tiempo, para poder hacernos esas preguntas, para... entender...

Pero, ella. Oh, ella lo hizo mucho antes, sí, comprendió aquello que no debía, aquello que llamábamos «Ananké, lo no-evitable» a temprana edad. Pues los accidentes siempre ocurren. ¡Malditos accidentes! Y, aunque este no fue tan grave. La derramó, ¿no es verdad?; derramó su sangre.

¡Su santa sangre! ¡Maldita sangre! ¡Maldita bendición!

En cuestión de segundos, del suelo —donde había caído tras una maniobra desmedida de su pie— nacieron flores... Frutos emergieron de su pintura roja y todos los niños temieron, y si quizás hubieran guardado el secreto —como yo guardo los míos—, todo habría sido diferente.

Mas no callaron. Y toda la tribu lo gritó esa noche:

¡Bendita sea Anankaia! ¡Bendito sea su cuerpo, su alma y sus humores!

Cuando aún no sabíamos de dioses, ni de cultos ni de fiestas, ni de creadores... Esa noche, el alboroto ahuyentó a las bestias, a los animales. Quizás fue un presagio de lo innecesarios que resultarían para el futuro de la tribu; casi todos se fueron, y aunque regresaron, pocos murieron después.

Todo lo que nacía de su sangre crecía en poco tiempo: menos del que tomaba preparar las armas o recolectar frutos silvestres; Anankaia había domesticado la flora y la fauna.

La primera cosecha fue en su honor. En aquel tiempo aún existía eso que ahora llamamos justicia: si lo traías, la mayor parte era tuya.

¡Oh, creadora! ¡Santa mano que otorga! ¡Merecías todo! ¡Y nos volviste no-justos!

Entre cánticos y danzas despedimos la primera jornada sin jornada. Aquella noche, su madre durmió con su hija, en calma, en risas, mientras afuera, el jolgorio. El día siguiente fue igual. Y los días que siguieron, réplicas de buenos ayeres. Incluso se volvió agotador... o quizá era algo que solo yo sentía. ¿Acaso había conocido los celos?... porque la extrañaba cada vez más. Nada volvía a ser lo mismo. Nada volvió a ser… Ella y yo.

Y malditamente encerrado en lo que ahora llamamos cuarto, la vi. Estaba con los hombres mayores de la tribu, con los ancianos y con su madre, con esos ojos no-calmos. Intranquila. Quizás se preguntaba si sería igual todos los días. Pero su hija, ella… ¿estaba feliz? Yo la veía en sonrisas. Incluso cuando la cortaban para abrir el riego de sus venas…  arterias de estrellas. Tan bella, tan mía.

Su madre solo esperó su lluvia: una, dos, tres gotas… Y una semana de cultivo. Incluso dos brotes emergieron del suelo. Después de eso, el pedazo de piel en la mano… el arrullo, el abrazo. Y luego, el festín.

Lo intentaron nuevamente la semana siguiente. Con la carne de un jabalí degollado —uno de los pocos que lograron cazar esa semana—. Y otra vez: la preocupación, las lágrimas de… ¿felicidad?, ¿dolor? Sea lo que fuese, las lágrimas rojas trajeron todo lo bueno... La carne regenerada. La abundancia sin caza, sin esfuerzo. Guardaron algunas gotas, para perpetuar el no-trabajo.

Y el día siguiente, estuvo ahí y la vimos, todos los niños la vimos de nuevo de cerca... Tan cerca, tan acompañada. Los más jóvenes cazadores de la tribu habían dejado su labor para cuidar a Anankaia. Cuidar su riego, su sangre, su vida. Pero... Jugamos y me acerqué quizás mucho... muy cerca. Y sus guerreros, sus guardianes. Me arrojaron y quedé en el pedregal con un rasguño... un poco de rojo en mis brazos. Y no hice crecer la tierra, ¡no!, ni incrementar el caudal, ni los mares de pasto... Quedé en el suelo, no-divino, y ella intentó recomponerme... me necesitaba... Estoy seguro que lo pensó. Que quería sentirme con su pequeña mano... Y yo la quería tomar, en ese entonces (como ahora), la quería un latido mío, pero no fue mío. Solo de ellos. De los tambores de los guerreros.

La alejaron, de todos y de todo lo que ella necesitaba... cuando me necesitaba...

Pasaron lo que más tarde llamaríamos cinco años. No había calma en casa. Incluso cuando tenía todo y mi padre servía para el consejo de los ancianos. No había calma en ningún lado. No importaba si todos proclamaban tenerla. No importaba porque no movían ningún pie. Nadie la tenía. Solo falsa paz, falsa calma. Porque nadie creaba y ella no podía multiplicarse, no podía automutilarse más... ¿Acaso no entendimos a tiempo?

Aún su madre estaba con nosotros. Estaba ahí. Yo hablaba con ella, lo recuerdo, todavía había una salida, cuando su hija descansaba en esas infructíferas cuevas de curación de heridas y multiplicación de sangre. Existía otro camino para ella y su madre.

Su madre, en su soledad, era una mujer preocupada, no-tranquila, invisible. No tenía alma de soldado, ni de líder, ni de cazadora o recolectora... Solo de madre. ¿Madre? Lo más cercano que pude saber que es una, es cuando las veía a las dos saliendo del hogar de los sabios sacerdotes... Juntas, eran la calma de la que carecían todos. El reposo en ese abrazo que parecía perpetuo... Dulce, ¿maternal?

¿Y por qué se fue? ¿Por qué la dejó? Una noche estuvo con ella y el día siguiente... No había calma. Ya no más. El último pedazo de ella murió cuando dejaron de ser ellas contra la tribu y solo quedó... Nosotros y ella... Sola. Y lloré con ella, aunque no me escuchara... Porque era su madre, y quizás quería una, y si pudiera llorar la presencia perdida de la mía... Lo haría. Porque entre todos los profanos y haraganes, era yo él único que merecía ser su par.

Pero el tiempo pasa... Ya no me encuentra como un niño, ni un muchacho, tampoco lo suficientemente débil para ser solo un jovencito. Sí, era un hombre, y me sentí listo para ser de ella. Y la veía cada día. Porque luché por ello, para ser su escudo, su lanza... Porque quería que fuera mía.

Pero era de todos. Y había una docena de hombres para asegurar que fuera así. Incluso cuando quería respirar. Nuestra labor era mantenerla con nosotros y respirar por ella. Y por nuestras tierras, la riqueza, las sonrisas... Los festines y la carne podrida que se regeneraba y multiplicaba. ¿Podrida? Sí... porque ya no había cazadores. Podrida porque ya no había hombres, ni mujeres... Solo hombres de madera... Inmóviles. Quizás yo era uno de ellos... No se sentía mal, no se sentía ¿incorrecto? Había rezos aún por su nombre... Nosotros éramos felices y ella era feliz. ¿No lo eras?

Paseábamos juntos, hablábamos de la niñez, de tu madre... De mi padre. De la pérdida. Quizás yo olvidé los tiempos, pero tú la tenías siempre contigo. Como la tribu que tenía las flores que crecían con hemencia; con las hojas desordenadas y los tallos rotos que volvían a estructurarse. Eras una abeja que zumba sin descanso, con la esperanza de que el futuro de nuestro reino no sea tan... ¿Injusto? ¡Oh, Kaia!, querías evitar una premonición famélica.  Esa que conocimos alguna vez en las sequías: ¡el hambre! Tú eras la saciedad del estómago, del alma, del corazón.

Ellos, los ancianos que vinieron luego de los ancianos que prometieron cuidarte, dijeron que debíamos compartirte, comerte, y sus palabras debían ser ley. Lo sé porque lo decían. Pero ¿y si en ellas no había justicia? No te veían como yo. Para mí siempre habías sido niña con vida y deseo, porque siempre he sabido que eras más de lo que nos habías dado... Y por ello, a veces olvidaba cómo debería verte.

Y sucedió ese día en que... En que huiste, antes de pensarlo, de ponerlo en balanza. De contar las piedras, en ese sistema de elecciones ingenioso, novedoso... Muchos se negaron a escoger entre una y otra. Algunos dejaron el pueblo, pero volvieron luego... Cuando escucharon de tu huida... ¿Acaso fue tan cruel? ¿Acaso sabías que escogeríamos tu prisión antes que tu... no-prisión?

Pero el resto regresó... ¿Son igual de culpables? ¿Son criminales por quedarse o son mejores por irse? ¿Y si...? ¿Éramos más los que queríamos que no estuvieras en esa celda? ¿Hubiéramos hecho lo... correcto?

Oh, diosa Anankaia. Ese es mi secreto... Lo siento, lo siento. Quizás por eso te saqué de esas rejas, pero no porque quisiera que estuvieras fuera... Sino porque te quería conmigo, cerca. Muy cerca. Tenía incluso una estrella... Y la verdad es que... Yo cogí esa roca y la equilibré en contra de tu ligereza... ¡Maldita la tribu que me hizo escoger la voluntad de la misma para que te encerrara! ... Porque no te quería lejos. Incluso aunque pudieras haber huido con nuestro permiso... No te hubiéramos dejado ir. Yo no lo hubiera hecho, y ese es mi último secreto, oh, Anankaia. Solo te quiero para mí... ¿Es eso justo? ¿Es justo siquiera que todos te quieran para ellos? Pero yo te quiero más... ¡Contéstame!

Cuando tomaste mi rostro y me dijiste que debías huir... A pesar de haberme tenido ahí contigo. Pensé que era mi sangre lo que hacía crecer en ti lo que tú necesitabas. Quizás no lo entendiste en ese entonces... ¿Lo recuerdas ahora?

¿Recuerdas a nuestros padres? ¿Recuerdas el cariño de la tuya? Esa preocupación que veía por la puerta de mi casa y por la salida de la casa de los sacerdotes...

¡Háblame! Solo te hice un pequeño corte... Tú puedes con todo, incluso con la muerte. ¡Contéstame! Sé que tu sangre sigue aquí en el suelo, en mis manos... Y puedes escucharme, sé que has crecido de nuevo en alguna parte nueva y eres «no-prisión». Incluso en esas palabras nuevas que las gentes de las tribus que visito me enseñan... Sé que tienen una palabra para ti. Porque eres eso que falta. Eso que duele cuando no lo tienes. Porque me dolió en el momento en que no te tuve. Cuando me hiciste exento de tu justicia, de tu consumo...  Y si no te tenía, no era... ¿justo? que otros te tuvieran. NO, NO ERA JUSTO. NO ERA JUSTO, NO ERA JUSTO...

¡Ah! ¿¡Y fue justo!? ¿Sonreíste? ¿Estabas feliz? ¿Te sentiste más ligera? Significa que... ¿Sí me necesitaste? Cuando me dijiste: «Si me hubieras necesitado más en aquellos viles ayeres, apenas me herían y perdí a mi madre... Cuando necesitaba justicia, ¿hubieras terminado más rápido mi suplicio?». Significa que... ¿Fui yo tu Ananké?

 

***

 

¿Suplicio? Aun no entiendo de suplicios, pero... te pregunto ahora, bendita Anankaia, porque cuando llevé tu cuerpo fuera de las tierras santas de nuestra tribu y luego regresé y vi que todo era un caos... suplicio, te pregunté otrora, en nombre de ellos: ¿y si nunca hubieras sangrado? ¿Hubieras terminado más rápido con el nuestro, con nuestro suplicio? Últimamente he vuelto a pensar en ti, porque siempre pienso en ti... Y me pregunté de nuevo si todo el dolor de las tribus viene por destruir solo la inocencia de una sola pequeña creadora como tú. ¿Diosa? A veces con más palabras todo es más enredado... Era más sencillo cuando nuestros padres, en esos tiempos, rondaban día y noche arriesgando su vida para satisfacer aquello que aún no estábamos listos para comprender. ¿Por qué tuviste que entenderlo antes que todos? Ahora, te he perdido y soy infeliz. Y solo tengo nuevas palabras. Palabras de tribus en decadencia. Palabras de lágrimas para hablar de ti mientras bebo de tu fruto y lloro tu ausencia.

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