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Prólogo: Vhar-Kor

La última guardia · por Darthar · 15 de julio de 2026

El viento batía la nieve contra mi capa, empujándome de vuelta. Delante, entre la niebla densa, apenas se distinguía la silueta de la fortaleza. Los caballos resoplaban, extenuados tras doce días de marcha forzada. A mi espalda caminaban doce hombres. Nadie hablaba; el silencio dejaba claro que cualquiera de ellos habría preferido estar en otro lugar.

Me habían enviado a tomar el mando de Vhar-Kor. En el pergamino sellado que llevaba contra el pecho, mi nombre iba seguido de un título: Comandante.

Dicho sin rodeos: mi trabajo consistía en convertir a doce hombres que se odiaban a muerte en una fuerza capaz de defender una muralla vieja y helada. Una ruina olvidada por casi todos que, sin embargo, seguía siendo la frontera del reino.

Al Consejo le había parecido una idea brillante mezclar a las distintas tribus sobre el mapa para demostrar la unidad de Drelkin. Pero sobre una muralla, a veinte grados bajo cero, esa brillantez se traducía en obligar a un soldado a compartir guardia con el hombre que tal vez había matado a su padre. Los juramentos ante los nobles no borraban el odio; el rencor seguía ahí, enterrado bajo años de sangre, esperando la primera chispa para salir a la superficie.

Mientras el enemigo permaneciera al otro lado de la frontera, quedaba una oportunidad. Pero si la pelea estallaba dentro, Vhar-Kor caería mucho antes de que el primer soldado imperial avistara los muros.

No conocía a la tropa. Solo había tenido tiempo de memorizar un puñado de nombres y notas durante el viaje. Tenía veteranos, cazadores y proscritos. Uno había sobrevivido a tres campañas; otro arrastraba el destierro por asesinar al hijo de su propio jefe tribal; dos eran hermanos que llevaban años sin hablarse bajo el mismo estandarte. Esos eran mis hombres. De mí dependía que se cubrieran las espaldas cuando llegara el momento, en lugar de hundirse un cuchillo entre las costillas.

Cuando por fin entramos, Vhar-Kor resultó ser peor de lo imaginado. Las murallas mostraban grietas burdamente remendadas con piedra de otro color. Los estandartes colgaban deshilachados, tan gastados que costaba adivinar sus emblemas. Conté las antorchas de las almenas dos veces, convencido de haber visto mal. No llegaban a diez.

Las puertas de madera ni siquiera estaban cerradas. Una de ellas, carcomida, permanecía entornada, apuntalada por un tronco ennegrecido. Al empujarla, el chirrido rasgó el patio como si el lugar llevara años sin escuchar un alma.

De las caballerizas emergió una sombra. Cuando cruzó el haz de luz de una antorcha, distinguimos a un anciano que se apoyaba en un bastón de madera y cargaba una funda de espada desgastada.

—Habéis tardado —dijo con voz áspera. Miró a los hombres, luego a los caballos y, finalmente, el estandarte de Drelkin—. Creí que el Consejo se había olvidado de estas piedras.

—Soy Kaelen Voss —respondí—. Vengo a tomar el mando de la guarnición.

El viejo me sostuvo la mirada, sopesando si valía la pena responder.

—Bertrand —soltó al fin—. Llevo aquí más inviernos de los que tú tienes de vida. —Desvió los ojos hacia los doce jinetes—. Doce... Antes necesitábamos un centenar para dormir tranquilos.

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el interior.

—Entrad. El frío de estas montañas mata más despacio que los hombres, pero es igual de eficaz.

Lo seguimos a paso lento por el patio, rompiendo la nieve bajo las botas mientras el viento silbaba entre las grietas. A cada paso, la fortaleza mostraba una nueva herida. El patio de armas estaba desierto, jalonado por muñecos de práctica podridos y soportes de lanzas vacíos. El pozo tenía una gruesa capa de hielo y la fragua llevaba tanto tiempo apagada que la nieve cubría el yunque.

Bertrand señaló un edificio alargado.

—Los barracones.

Empujó la puerta y nos recibió un vaho de humedad y polvo. Filas de literas vacías se alineaban hasta el fondo. Muchas estaban rotas; otras seguían hechas, como si sus dueños hubieran salido a hacer la guardia para no regresar jamás. En un rincón quedaban escudos carcomidos; en otro, un casco oxidado sobre una mesa.

—Aquí dormían más de cien soldados —murmuró Bertrand—. Ahora el silencio ocupa sus camas.

Avanzamos hasta el patio central. Allí, en un mástil torcido, ondeaba el trapo viejo que alguna vez fue el estandarte de Drelkin. El clima lo había reducido a jirones grises.

Me acerqué al mástil. A sus pies había una caja de madera para el grano. Me subí a ella y miré a los doce hombres que me habían seguido hasta el fin del mundo. Vi desconfianza. Vi a guerreros que habrían preferido combatir junto a un enemigo antes que al lado del compañero que tenían a la par.

Alcé la voz:

—Sé por qué estáis aquí. No os voy a pedir que os tratéis como hermanos. Tampoco que os caigáis bien. Sé quiénes sois y sé de dónde venís. Sé que algunos habéis perdido sangre y familia por culpa de la tribu del que tenéis al lado. No soy tan imbécil como para creer que un discurso va a borrar años de matanzas.

Sostuve la mirada del grupo antes de continuar.

—Pero os exijo una cosa. Mirad esas murallas. Cuando el enemigo llame a las puertas, olvidad el nombre de vuestro clan. Al imperial que intente abriros la cabeza le dará exactamente igual si sois kharun o sendai. Y cuando os atraviese con el hierro, tampoco le importará al hombre que tenga que arrastrar vuestro cadáver para que no lo devoren los lobos.

Bajé de la caja y caminé entre ellos, despacio.

—Mirad al que tenéis al lado. Puede que lo odiéis. Puede que lo sigáis odiando dentro de diez años.

Pero si atacan Vhar-Kor, él será quien os cubra el flanco. Él os sacará de la melé si caéis heridos. Y él morirá con vosotros si la posición cae. No os pido confianza; eso se gana. Lo único que os exijo es que, mientras llevéis esta armadura, ningún hombre de Vhar-Kor abandone a otro. Juradlo.

Bertrand golpeó con fuerza el suelo con su bastón.

—Juradlo —repitió el anciano, con voz firme.

Rurik dio un paso al frente.

—Lo juro —dijo, con la rudeza de quien aún duda pero no ve otra salida.

Daven fue el segundo. Luego Ossian. Uno a uno, los demás repitieron la palabra hasta que las doce voces se fundieron con la ventisca. Por un instante, fue imposible distinguir a qué tribu pertenecía cada hombre.

Cuando el último calló, el viento volvió a adueñarse del patio. Pero por primera vez desde que cruzamos la puerta, ya no soplaba entre doce rivales.

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