Bertrand me despertó antes del amanecer golpeando la puerta de los pequeños aposentos que me habían asignado cerca de los barracones. Los primeros golpes fueron secos, seguidos por otros que, sin duda, provenían de su bastón.
—Si vais a mandar aquí, será mejor que veáis esto con la luz del día —dijo, sin más saludo—. De noche, la fortaleza miente mejor.
Salí de los aposentos equipado con mi armadura de piel, el cincho y la espada enfundada en él. El primer lugar que inspeccionamos fueron las murallas. Desde el patio no parecían presentar problemas, pero al ascender a las almenas encontré tramos donde el hielo había sustituido a la piedra caída, sosteniendo el muro como si fuese mortero.
Bertrand golpeó uno de aquellos tramos con el bastón y un fragmento del tamaño de mi puño se desprendió, cayendo a trompicones hasta el foso seco.
—Lleva así cinco inviernos —dijo, como si aquello lo explicara todo.
El granero fue aún peor. El pergamino que me habían entregado en la capital hablaba de provisiones para cuarenta hombres durante seis meses. Conté los sacos dos veces. Alcanzaban, quizá, para doce hombres durante apenas dos.
—El Consejo cuenta lo que envió —dijo Bertrand al ver mi expresión—, no lo que llegó.
Le pregunté qué había ocurrido con el resto. Se limitó a señalar el camino por el que habíamos llegado, el mismo que serpenteaba durante días entre pasos de montaña donde nadie vigilaba nada.
De la herrería, de los establos y del pozo no esperaba maravillas, y no las encontré.
Sin embargo, fue frente a una puerta de hierro situada al fondo del ala este, medio oculta tras un montón de barriles vacíos, donde Bertrand se detuvo un instante.
—¿Y ahí? —pregunté, señalando la puerta.
—Una bodega vieja. Nada que os interese.
Miré a Bertrand, pero no insistí. Mi mente estaba demasiado ocupada pensando en cómo iba a alimentar siquiera a doce hombres. No tenía motivos para dudar de su palabra; al fin y al cabo, llevaba muchos más años que yo en Vhar'Kor.
Aun así, aquella puerta de hierro quedó grabada en mi memoria.
Para cuando terminamos el recorrido, ya conocía algo de cada uno de los doce, aunque solo fuera por cómo cargaban con el desastre. Draven trabajaba en silencio y rápido, como si la actividad lo mantuviera alejado de pensar en Ossian. Rurik cargaba el doble de lo que le correspondía sin que nadie se lo pidiera, quizá porque nadie le había pedido nada en toda su vida. Un hombre grande de manos torpes, que resultó llamarse Sael, sacó él solo tres sacos podridos del granero sin quejarse. Otro, más menudo y de mirada rápida, Kade, se pasó la mañana midiendo distancias con los ojos: de la torre al portón, del portón a los barracones, como si ya estuviera calculando cuánto tardaría en cruzarlas.
Al finalizar la inspección tenía una idea bastante clara de lo que necesitábamos hacer para evitar que la fortaleza se fuera al traste. Y pensar que, hacía apenas unos días, era optimista.
A mediodía, antes de reunir a los hombres para repartir las tareas de mantenimiento y organizar las guardias, me encerré en mis aposentos. Mi intención era escribir al Consejo: una carta sencilla, escueta, suplicando las provisiones que necesitábamos.
« Al Consejo de Drelkin.
Tras inspeccionar la fortaleza de Vhar'Kor, confirmo que las provisiones son insuficientes para mantener la guarnición durante el tiempo previsto.
Solicito el envío inmediato de grano, salazones, herramientas, hierro y madera para garantizar la defensa y el mantenimiento de la fortaleza.
La situación requiere una respuesta urgente.
Kaelen Voss.
Comandante de Vhar'Kor. »
Cuando terminé de escribirla, doblé la carta con cuidado, la cerré y la sellé con la poca cera que aún quedaba en mi escritorio.
Llamé a Kade. Apareció apenas unos instantes después.
—Necesito que esta carta llegue al Consejo de Drelkin. No te detengas salvo que sea imprescindible. Entrégala en mano y espera una respuesta.
—Así se hará, comandante —respondió Kade con un leve asentimiento.
Guardó la carta bajo el jubón, se ajustó la capa y abandonó la fortaleza por la puerta principal.
Después de despedir a Kade, reuní al resto de los hombres en el patio para repartir las tareas del día y organizar las guardias.
Los once formaron frente a mí en silencio. Algunos aún llevaban las manos cubiertas de polvo y tierra de la inspección. Bertrand permanecía a un lado, apoyado sobre su bastón.
—Kade ha partido hacia la capital con una carta para el Consejo —dije con voz firme—. Hasta nuevo aviso, somos once.
Nadie comentó nada. Todos sabían que atravesar el paso de montaña no era un viaje exento de riesgos.
—Escuchad bien. La prioridad es mantener esta fortaleza en pie. Las murallas, el granero y el pozo son lo primero. Todo lo demás puede esperar.
Se produjo un murmullo de asentimiento.
—Rurik y Sael, quiero toda la madera aprovechable del almacén antes del anochecer. Si encontráis algo útil, lo guardáis. Lo podrido, al fuego.
—Entendido, comandante —respondió Rurik con firmeza.
—Draven, revisarás la muralla oeste. Marca cada grieta y cada piedra suelta. No intentéis repararlas todavía; primero necesito saber exactamente en qué estado están.
—Así se hará —dijo Draven con seriedad.
Miré al resto.
—No somos suficientes para cubrir todos los puestos que esta fortaleza necesita. Así que dejaremos de fingir que lo somos.
Los hombres guardaron silencio.
—Durante el día habrá un único centinela en el portón. El resto trabajará en las reparaciones y solo abandonará su tarea si suena la campana.
Bertrand asintió levemente.
—Al caer la noche será diferente. Dos hombres ocuparán las almenas mientras un tercero vigilará el portón. Os relevaréis cada cuatro horas. Las guardias rotarán cada día para que el cansancio no recaiga siempre sobre los mismos.
—Hace años que no se organizaban guardias así —comentó Bertrand con tono neutro.
—Hace años que esta fortaleza tampoco tenía un comandante dispuesto a cambiar las cosas —respondí con calma.
El anciano esbozó una leve sonrisa antes de asentir.
—Si alguien ve humo, movimiento en el paso o cualquier otra anomalía, hará sonar la campana. Prefiero levantar a toda la fortaleza por una falsa alarma que lamentar una verdadera.
Varios hombres asintieron.
—Y una última cosa —añadí, recorriéndolos con la mirada—. No quiero que nadie oculte un problema. Si una muralla cede, si desaparece comida o si encontráis cualquier desperfecto, vendréis a decírmelo de inmediato. No castigaré a quien traiga malas noticias, pero sí a quien decida esconderlas.
—Sí, comandante —respondieron al unísono.
Las tareas transcurrieron sin incidentes durante el resto del día. Cada hombre se entregó a su labor sin una sola queja, quizá porque todos comprendían que, si Vhar'Kor caía, ellos caerían con ella.
Cuando llegó la noche, Bertrand preparó la que sería nuestra primera cena como guarnición. Nos reunimos alrededor de una mesa de madera improvisada que Rurik y Sael habían conseguido restaurar con tablones rescatados de entre los escombros.
La comida era escasa: un guiso aguado con algunos trozos de carne salada y un mendrugo de pan para cada uno. No era un banquete, pero después de una jornada de trabajo nadie parecía dispuesto a quejarse.
Las horas pasaron entre risas apagadas y conversaciones que iba interceptando sin querer.
—Os digo que aquel jabalí era más grande que un caballo —insistía Sael, gesticulando con las manos.
—El jabalí no sé, pero el barril de cerveza que te bebiste antes de salir sí que era enorme —respondió Rurik entre carcajadas.
Al otro extremo de la mesa, un hombre de barba rojiza llamado Eldric negaba con la cabeza.
—No le hagáis caso. La última vez que contó esa historia el jabalí era del tamaño de una vaca.
Las risas recorrieron la mesa.
Junto a él, Toren, un veterano de nariz torcida, partía el pan con calma.
—Sea como sea, si el jabalí hubiera visto esta cena, se habría marchado por hambre —dijo con una media sonrisa.
Incluso Draven dejó escapar una leve risa antes de volver a guardar silencio.
Más allá, Marek y Harlan discutían sobre cuál era el mejor punto desde el que vigilar el paso de montaña, mientras Iven aseguraba que nunca había visto nevar tanto como en Vhar'Kor. Nadie parecía dispuesto a darle la razón.
Yo apenas intervenía. Me limitaba a escuchar.
Aquel puñado de hombres, olvidados por el Consejo en una fortaleza que se caía a pedazos, todavía encontraba motivos para bromear. Quizá era la única forma de no pensar en el invierno que se acercaba... ni en el compañero que, a esas horas, cabalgaba solo por el paso de montaña con una carta bajo el jubón.
Las conversaciones se fueron apagando hasta que solo quedó el crepitar del hogar.
Eldric y Marek cogieron las lanzas y subieron a las almenas para el primer turno. Harlan se envolvió en una capa de lana gruesa y se plantó junto al portón principal.
Los demás nos retiramos a descansar. No se cuanto tiempo pasó antes de que un galope frenético rompiera la noche.
—¡Caballo! —gritó alguien desde el muro, con la voz rota.
Luego sonó la campana. Clang. Clang. Clang.
Me incorporé de un salto, agarré la espada y salí medio vestido mientras los demás hacían lo mismo detrás de mí. Crucé el patio casi corriendo.
—¿Qué pasa? —pregunté, con el corazón yéndome a golpes.
Harlan señaló el camino del paso.
—Viene un jinete —dijo, sin aliento.
Entorné los ojos. No era un jinete. Era solo el caballo, avanzaba a trompicones, arrastrando lo que parecía ser una persona.
—Abrid el portón —dije.
Dos hombres abrieron las puertas de par en par. Rurik y Sael corrieron hacia el animal, que apenas tuvo fuerzas para desplomarse de costado antes de detenerse del todo.
Lo que arrastraba quedó tendido sobre la tierra helada.
Kade.
Nadie dijo nada durante un largo instante. La cuerda que lo había mantenido atado a la silla le había desgarrado parte del jubón de tanto arrastrarlo. Tenía el cuerpo cubierto de sangre seca y polvo del camino. Seis flechas sobresalían de su espalda y de un costado.
Me arrodillé junto a él. Tenía los ojos abiertos.
Mis manos recorrieron el interior de su jubón con la esperanza de encontrar la carta, pero no estaba.
Rurik se quitó el gorro despacio, casi sin darse cuenta de que lo hacía.
—Esto ha sido una ejecución —murmuró con la mandíbula tensa.
Bertrand se acercó apoyándose en el bastón. Observó las flechas durante unos segundos antes de hablar.
—No querían matarlo de inmediato —dijo con voz grave—. Querían que el caballo lo trajera de vuelta.
Le cerré los ojos con la palma de la mano.
Había abandonado Vhar'Kor apenas unas horas antes. Ni siquiera había alcanzado el paso principal.
Me puse en pie y miré a los hombres que me rodeaban. Ninguno pronunciaba una sola palabra.