Las horas pasaron despacio. El viento golpeaba las contraventanas sueltas de los barracones con un ritmo que ya me sabía de memoria. Draven fumaba en silencio una pipa vacía, solo por tener algo entre los dedos. Toren se sentó con la espalda contra el brocal del pozo, mirando fijo hacia la muralla oeste, donde apenas se distinguían las tres siluetas de Rurik, Harlan y Sael a la luz de su antorcha.
Fue pasada la medianoche cuando sonó el primer cencerro.
Un tintineo breve, casi accidental, viniendo de algún punto entre el sótano viejo y la muralla oeste. Nos pusimos en pie a la vez.
—¡Bertrand! —grité, y eché a correr hacia el sótano sin terminar de pensarlo.
Los encontramos de pie, el libro caído a los pies de Bertrand, que se agarraba con las dos manos al bastón como si fuera un arma; Ossian se había puesto delante de él, medio cuerpo interpuesto entre el viejo y el rincón donde el muro tuerce, la antorcha en alto y el cuchillo listo, aunque le temblaba el pulso. No había nadie más allí. Pero el frío del aire, ese frío particular que ya empezábamos a reconocer, dejaba claro que sí lo había habido, hacía apenas un instante.
—Se acercó —dijo Bertrand, sin apartar la vista del rincón, la voz más firme de lo que esperaba dado el temblor de sus manos—. No dijo nada. Solo se quedó ahí, mirándonos, y luego se fue hacia la muralla.
—Iba a por él —dijo Ossian, sin bajar el cuchillo, mirándome como si necesitara que alguien más lo confirmara—. Se quedó mirándolo a él, comandante, no a mí. Como si lo estuviera... midiendo.
Un grito llegó entonces desde la muralla oeste. Reconocí la voz de Sael antes de distinguir las palabras.
—¡Aquí, está aquí, moveos!
No era un grito de terror paralizado, como las noches anteriores. Era un aviso, de alguien que la había visto venir y había tenido el tiempo justo de gritar antes de que llegara encima.
Corrimos todos hacia allí, y lo que encontramos al pie de la escalera del adarve no fue una cacería tranquila, sino una pelea ya en marcha.
Sael estaba contra la piedra, con un corte en el brazo y la espada caída a un par de pasos, arrastrándose hacia atrás. Rurik y Harlan se habían colocado uno a cada lado, cerrando el paso entre Nyx y el resto de la muralla, como si lo hubieran hablado sin palabras.
Ella ya estaba completamente formada esta vez: el rostro joven, los ojos viejos, el cabello oscuro suelto sobre los hombros.
Rurik atacó primero, un arco amplio que debería haber partido en dos cualquier cosa de carne y hueso. Nyx se apartó con un giro tan fluido que pareció un paso de baile, el pie plantado sobre el borde de la almena como si el vacío detrás no significara nada.
—¡Oh, esto sí que promete! —dijo, riendo, mientras Harlan aprovechaba el giro de Rurik para lanzar una estocada baja, buscando las piernas—. Un poco de deporte antes de la cena. Empezaba a pensar que en esta fortaleza solo sabíais temblar.
Esquivó a Harlan saltando hacia atrás, apoyando ambas manos en la piedra y usando el impulso para lanzarse de nuevo hacia el costado de Rurik. Él giró justo a tiempo, interponiendo el filo, y el golpe de Nyx —sin arma visible, solo la mano abierta, dedos curvados como garras— chocó contra el metal con un chasquido seco, como si su carne fuera más dura que hueso.
—Vaya, vaya —dijo, apartando la mano con gesto teatral—. El grandullón sabe usar eso. Qué agradable cambio.
—¡Cállate! —rugió Rurik, otra estocada que ella esquivó agachándose bajo su brazo, tan cerca que el filo le rozó un mechón de pelo.
—Ay, qué carácter —canturreó, ya detrás de él, y le propinó un golpe seco en la espalda que lo lanzó dos pasos hacia delante—. No hace falta ponerse así, cariño, si solo estamos jugando.
Retrocedió un par de pasos y nos miró a los tres —a Rurik, a Harlan, a Sael, aún de rodillas— con una especie de cortesía burlona.
—Me llamo Nyx —dijo, ladeando la cabeza—. No os molestéis en buscarlo en ningún libro viejo, aunque vuestro amigo del sótano se esfuerce tanto con ese suyo. No pertenezco a los Arcontes ni a nada que él haya leído. Esa historia habla de otros, de niños con menos suerte que yo. Yo respondo a algo bastante más antiguo, y bastante más simple.
—¿Qué quieres de nosotros? —grité, todavía corriendo hacia la muralla junto a Draven y Toren.
No apartó los ojos de Rurik ni de Harlan al responder, como si contestarme a mí fuera solo un trámite mientras decidía a cuál atacar primero.
—Qué pregunta tan directa, comandante, para una noche tan entretenida. Está bien, os lo diré, porque hasta ahora habéis peleado mejor de lo que esperaba. Tengo un encargo. Muy sencillo: mataros a todos, uno por uno. O, si preferís la otra versión... impedir que esa puerta de hierro se abra. Lo que llegue primero.
—¿Qué hay detrás de esa puerta? —grité, ya casi en la escalera.
Se rió, un sonido bajo, casi cariñoso, que no encajaba con las garras que aún llevaba por dedos.
—Ay, comandante. Esa es la pregunta que de verdad me gustaría veros responder solos, antes de morir.
Harlan cargó por el flanco mientras ella hablaba, y por primera vez algo pareció costarle de verdad: tuvo que girarse a medio camino de la frase, torciendo el cuerpo en un ángulo que no debería haber sido posible sin romperse algo, y el filo de Harlan le abrió un corte en el antebrazo.
No sangró rojo. Sangró oscuro, casi negro, y la sonrisa de Nyx se torció un instante en algo parecido a una mueca real.
—Eso no debería haber pasado —dijo, más baja, mirando el corte con curiosidad ofendida—. Qué grosero, cortar a alguien en mitad de una presentación.
—¡Ahora! —gritó Rurik, ya recuperado, lanzándose de nuevo desde el lado contrario.
Por un momento pareció que de verdad la habían acorralado contra la almena. Draven llegó corriendo con la antorcha, gritando algo que no llegué a distinguir. Sael intentó incorporarse para ayudar, pero la herida del brazo lo mantuvo de rodillas.
Nyx se rió. No de miedo: una risa genuina, la de alguien que ve un truco de magia salirle exactamente como esperaba.
—«Ahora» —repitió, imitando el tono de Rurik—. Qué dramático. Me encanta cuando os ponéis dramáticos.
Y saltó. No hacia ellos, no hacia atrás: hacia arriba, por encima de las dos espadas cruzándose donde un segundo antes había estado su cuerpo, girando en el aire con una gracia que no tenía nada de humano, para caer de pie sobre la almena misma, el equilibrio perfecto sobre un borde de apenas un palmo, la caída mortal justo detrás de sus talones.
—Vuestro problema —dijo, sacudiéndose el polvo de la manga— es que peleáis como si yo fuera a quedarme quieta esperando el golpe. Qué anticuado.
Rurik cargó de nuevo, ciego de rabia, sin esperar a Harlan. Fue el error que ella llevaba toda la pelea esperando.
Se dejó caer hacia dentro del adarve, no hacia fuera, aterrizando justo detrás de él en un movimiento que ninguno de nosotros llegó a ver completo. Cuando quisimos entender qué pasaba, ya tenía los dos brazos alrededor de Rurik, y de cada uno le había brotado algo oscuro y afilado, como acero forjado de su propia carne: dos hojas gemelas que le atravesaron el costado, cruzándose casi a la altura del corazón.
Rurik se quedó rígido, la boca abierta en un grito que tardó un instante entero en salir. Nyx acercó los labios a su oído, y aunque el resto solo vimos el gesto —cómo le susurró algo, despacio, casi con ternura, mientras las hojas seguían clavadas— ninguno oyó las palabras. Solo el efecto: la mirada de Rurik, ya vidriosa de dolor, se fijó un instante en algo mucho más lejano que la propia muerte.
Gritó, un grito largo, desgarrado, y Nyx retiró las hojas con la misma facilidad con que las había clavado, dejándolo caer de rodillas.
Harlan se lanzó hacia ella, desesperado. Nyx giró hacia él con una velocidad que ya no tenía nada de juguetona. Lo que pasó después ocurrió demasiado rápido para que ninguno pudiera describirlo con precisión luego: un giro, un brazo que llegaba donde no debería, y Harlan cayendo contra las almenas con un corte que ya no era el rasguño de antes.
—Ups —dijo, incorporándose despacio, los bordes de su figura empezando a temblar y deshacerse otra vez en negrura, como si mantener aquella forma humana durante una pelea de verdad le pasara factura—. Se me fueron las ganas de esperar. Sois mejores de lo que pensaba. Hacía tiempo que nadie me hacía sangrar.
Draven se lanzó con la antorcha, más como amenaza que como arma. Toren corrió a sujetar a Rurik antes de que cayera del todo, la sangre oscureciéndole ya el costado entero. Sael, de rodillas, apretaba su propio corte sin apartar la vista de Nyx.
Nyx retrocedió hacia el borde de la muralla, la mitad del cuerpo ya disuelta en sombra.
—Contad bien esta noche, comandante —dijo—. Y decidle a vuestro guerrero, si sobrevive, que la próxima vez que quiera jugar así conmigo, que se prepare para que yo también juegue en serio desde el principio.
—¡Nyx! —grité—. ¿Por qué esta fortaleza? ¿Por qué nosotros?
Se detuvo un instante, ya casi disuelta, y giró lo que quedaba de rostro hacia mí.
—Esa, comandante, es la única pregunta de esta noche que de verdad merece respuesta. Lástima que no penséis dármela todavía.
Y se deshizo en la noche.
Bajamos a los heridos como pudimos. Bertrand, que había subido detrás de nosotros con Ossian a pesar de que le costaba las escaleras y de que le grité que se quedara abajo, improvisó vendajes de tela hervida con las manos temblando, primero para Sael, cuyo corte resultó aparatoso pero no profundo, y después para Rurik, cuya herida no dejaba de sangrar por más paños que se le pusieran encima. Ossian sostenía la antorcha y, cada pocos segundos, le preguntaba a Bertrand si necesitaba algo, agua, más tela, algo, incapaz de quedarse quieto sin hacer nada.
—No cierra como debería —murmuró Bertrand, con el ceño fruncido, presionando con fuerza—. Esto no es una herida corriente, comandante. No sé qué le clavó, pero no era acero normal.
Rurik, pálido, con los ojos entrecerrados de dolor, apenas parecía escuchar. Murmuraba cosas sueltas, entre gemidos. En un momento abrió los ojos de golpe, mirando a un punto vacío por encima de nuestras cabezas, y dijo, con una claridad que no encajaba con su estado:
—Dice que le gustó cómo grité.
Bertrand y yo cruzamos una mirada.
—¿Rurik? —lo llamé.
—Dice que fue sincero. Que aprecia la sinceridad. —Me miró entonces, de verdad, como si acabara de volver de algún sitio muy lejano—. ¿Qué me hizo, comandante? Sentí las dos espadas atravesándome a la vez, y ella... me habló al oído mientras lo hacía. No he podido dejar de oírla desde entonces.
—¿Qué te dijo? —pregunté, aunque algo en mí ya no quería saber la respuesta.
Cerró los ojos, y por un momento pensé que se había desmayado. Volvió a hablar, en un susurro que apenas alcancé a oír por encima del viento.
—Dijo que la sangre de un hombre orgulloso sabe distinta. Que por eso me eligió a mí primero, entre los dos. Dijo que volvería a buscarme cuando terminara con los demás, porque los orgullosos siempre tardan más en romperse del todo, y ella prefiere guardar lo mejor para el final.
Draven, sentado al otro lado del fuego con la mordedura todavía sin vendar, se tapó la boca con la mano libre. Sael, sin fuerza para levantarse, alargó el brazo bueno hacia Rurik como si con eso pudiera sujetarlo a este lado de lo que fuera que le estaba pasando, aunque no llegara a tocarlo. Toren no dejaba de repetir «aguanta, aguanta» en voz baja, más para sí mismo que para Rurik.
Durante un rato pareció calmarse, la respiración menos entrecortada, casi como si el sueño fuera a llevárselo a un lugar más tranquilo.
Duró poco.
Fue Ossian quien lo notó primero, agachado a su lado, vigilando de cerca porque no se fiaba de que aquello hubiera terminado.
—Comandante. —Su voz sonó rara, tensa—. Mirad sus ojos.
Me acerqué. Rurik tenía los ojos abiertos, fijos en el cielo nocturno, y por un instante, a la luz del fuego, me pareció que el color había cambiado. No del todo, no de forma que pudiera jurarlo. Pero había algo distinto en cómo reflejaban la luz.
—¿Rurik? —lo llamé de nuevo.
Giró la cabeza hacia mí, despacio, con una sonrisa que no era la suya.
—Contad bien esta noche, comandante —dijo, con su propia voz pero con una cadencia ajena—. Es lo único que os pido. Que contéis bien.
Se incorporó de golpe, más rápido de lo que su estado debería haberle permitido, y antes de que reaccionáramos ya tenía la daga de su cinto en la mano, buscando a Draven, que estaba más cerca, desprevenido, arrodillado junto al fuego.
—¡Rurik, no! —grité, lanzándome hacia él.
Llegué a tiempo de desviarle el brazo, la daga clavándose en la tierra junto a Draven en vez de en su cuello. Ossian se echó encima sin pensarlo, agarrándole el brazo de la daga con las dos manos, gritando algo que ni él mismo pareció entender. Rurik forcejeó con una fuerza que no tenía sentido en un hombre con esa herida, gruñendo, los dientes apretados, mientras algo detrás de sus ojos luchaba —de verdad luchaba, pude verlo— contra lo que se le había metido dentro.
—¡No puedo sujetarlo solo! —gritó Ossian, y Draven y Toren se lanzaron a ayudarlo entre los tres, pero Rurik, incluso reducido, seguía retorciéndose hacia la daga caída, hacia cualquiera de nosotros.
—Comandante. —La voz de Rurik cambió otra vez, más fría, más ajena—. Dejadme terminar lo que ella empezó. Es lo único que queda de bueno en mí a estas alturas.
Bertrand se acercó, tan deprisa como se lo permitían las piernas, apoyándose en el bastón con una mano y en el hombro de Sael con la otra.
—Es lo que temía —dijo, casi sin aliento por el esfuerzo—. No lo hirió solo para hacerle sangrar, comandante. Le dejó algo dentro. Un ancla. Y esa ancla tira de él hacia ella, aunque ya no esté aquí.
—¿Se puede detener?
Bertrand no respondió enseguida, y ese silencio me dijo más que cualquier palabra.
Rurik volvió a forcejear, con más fuerza, y Draven soltó un grito cuando los dientes de Rurik le alcanzaron el antebrazo, buscando cualquier forma de liberarse. Entre los tres apenas conseguían mantenerlo contra el suelo.
—¡Comandante! —gritó Ossian, con la voz rota—. ¡No aguantamos mucho más, decidid algo!
Miré a Rurik. Por un instante sus ojos volvieron a ser los suyos del todo, mirándome con una claridad desesperada.
—Comandante —dijo, con voz propia, temblorosa pero firme en lo que pedía—. No dejéis que os haga daño a través de mí. No dejéis que ella gane también esto.
—Rurik, aguanta, vamos a...
—No hay tiempo para eso, y los dos lo sabemos. —Una lágrima le resbaló por la sien, aunque el resto de su rostro seguía sereno—. Hacedlo vos. Con vuestras manos, no con las de ellos. No quiero que carguen con esto el resto de sus vidas. Vos ya cargáis con suficiente, un peso más no os va a hundir.
—No te voy a... —Aparté la mirada.
—Comandante. —Su voz se quebró, pero no la mirada—. Os lo pido como un favor. El último. Fui de los que dudó de vos, de los que casi se marcha con Marek, de los que os llamó necio delante de todos más de una vez. Dejadme, al menos, elegir cómo termino esto.
Sael dijo «no» en voz baja, como para sí mismo, sin fuerza para decir nada más. Draven, todavía sujetándole el brazo, negaba con la cabeza sin soltarlo, la cara mojada, murmurando que tenía que haber otra forma, que aguantara un poco, que Bertrand pensara en algo. Bertrand no dijo nada. Se quedó mirando a Rurik con los ojos brillantes, y por primera vez desde que yo lo conocía pareció verdaderamente cansado, no de sueño, sino de años.
Sentí que algo se me rompía por dentro, algo que llevaba días sosteniendo a base de pura terquedad. Desenvainé la espada, con las manos más firmes de lo que tenía derecho a esperar.
—Rurik —dije, con la voz apenas sostenida—, has sido de los mejores hombres que he tenido bajo mi mando. Quiero que lo sepas antes de nada más.
Sonrió, con su propio rostro, sin rastro ya de lo que había estado luchando por salir.
—Contadle al Consejo, si algún día lográis hablar con ellos, que Rurik de la guarnición de Vhar'Kor murió de pie, comandante. No arrastrado por ninguna sombra. De pie, y por su propia voluntad.
—Lo haré.
—Entonces estoy listo.
Ossian y Toren lo sujetaron una última vez —Draven no pudo, se apartó dos pasos con las manos en la cabeza— y hundí la espada de un solo golpe, limpio, directo al corazón. Rurik no gritó. Solo suspiró, un sonido casi de alivio, y sus ojos —sus propios ojos, hasta el final— se quedaron fijos en algún punto por encima de mi hombro.
Murió con una expresión que no tenía nada de terror. Tenía algo mucho más parecido al orgullo.
Nadie dijo nada durante un rato largo. Draven se sentó en el suelo con la cabeza entre las manos, la mordedura sangrando sin que pareciera importarle, hasta que Ossian, con las manos aún temblando, se arrodilló a su lado y empezó a vendársela él mismo, sin preguntar, solo por hacer algo. Toren se quedó de pie, inmóvil, mirando el cuerpo de Rurik como si esperara que se levantara de nuevo. Sael no dijo una palabra; se santiguó despacio, con la mano buena, y luego se quedó con la cabeza apoyada contra la piedra, agotado. Bertrand se dejó caer sentado junto al fuego, más que sentarse, como si las piernas hubieran dejado de sostenerlo de golpe, y se quedó ahí, con el libro cerrado sobre el regazo, sin abrirlo.
Fue el único que se acercó a mí después.
—Hicisteis lo que él os pidió, comandante. Eso cuenta para algo.
—No sé si cuenta para algo —respondí, con la voz vacía—. Solo sé que la maté yo mismo, con mis propias manos, y que ella lo sabía. Sabía que esto pasaría desde el momento en que le clavó esas dos espadas.
—Sí —dijo Bertrand, en voz baja, mirando hacia la oscuridad más allá de las murallas—. Lo sabía. Y por eso lo hizo así. No para matarlo esa noche. Para que lo mataseis vosotros, después, con vuestras propias manos. Ese es el juego, ¿no lo veis? No solo quiere que contemos los muertos. Quiere que carguemos con ellos.
No respondí. Me quedé mirando el cuerpo de Rurik, ya cubierto con una manta, pensando en su última sonrisa, en el «de pie, comandante» que se había llevado con él, y preguntándome cuánto tiempo más podría yo seguir contando bien, como ella pedía, antes de que el propio contar me destrozara por dentro tanto como a cualquiera de ellos.
El amanecer llegó gris, como el día anterior, sin que ninguno de nosotros hubiera dormido un minuto.
Quedábamos seis.