Amanecí con el cuerpo entumecido de dormir con la espada puesta, como llevaba haciendo desde la primera noche. Fuera, el cielo tenía ese gris sucio que no promete lluvia ni sol, solo más de lo mismo. Me quedé un rato tumbado, escuchando los pasos de alguien —Toren, por el ritmo— yendo y viniendo por la plaza, como si hubiera montado guardia toda la noche sin que nadie se lo pidiera.
Cuando salí, encontré a Draven sentado junto a los restos del hogar, mirando al vacío, con las manos todavía manchadas de la sangre seca de Marek aunque se las había lavado dos veces la noche anterior. No dijo nada al verme. Yo tampoco supe qué decirle.
Sael llegó poco después, los ojos hinchados de no dormir, y se sentó junto al fuego sin hablar, como si necesitara más el calor que la compañía. Toren volvió de su ronda arrastrando los pies, y entre los dos apenas cruzaron una mirada antes de sentarse cada uno en un extremo del hogar.
Reuní al grupo para el reparto de la ración, aunque cada vez costaba más llamarlo así. Bertrand repartió lo que quedaba entre los que estábamos: él mismo, Sael, Toren, Harlan, Rurik, Draven, Ossian y yo. Ocho, contándome. Le temblaban un poco las manos al medir las porciones, y tuvo que sentarse a hacerlo, con el saco entre las rodillas, porque llevaba media hora de pie y ya se le notaba en la espalda. Cada muerte alargaba un poco la comida de los que quedábamos, y todos hicimos esa cuenta espantosa sin decirla en voz alta. Ossian miró su ración un buen rato antes de tocarla, y luego, sin decir nada, empujó la mitad hacia Sael, que tenía el brazo peor que nadie esa mañana por el frío nocturno. Sael negó con la cabeza. Ossian volvió a empujarla. Al final Sael la aceptó, y fue lo más parecido a una conversación que tuvieron entre los dos.
—Cinco días —dijo Bertrand, después de revisar el granero pequeño otra vez—. Si nadie más muere.
Nadie contestó a eso. ¿Qué se podía decir?
Toren rompió el silencio con una pregunta que llevaba días rondando y que nadie se había atrevido a soltar así, de sopetón.
—Comandante, ¿de verdad creéis que el Consejo va a mandar ayuda? Han pasado cuatro días. Kade murió intentando llegar hasta ellos y ni siquiera sabemos si logró acercarse lo suficiente para que alguien supiera que estábamos aquí.
—No lo sé, Toren —respondí, porque mentirle a esas alturas me pareció peor que la verdad—. Pero seguimos vivos, y eso no cambia lo que tenemos que hacer hoy.
—¿Y qué tenemos que hacer hoy? —soltó Rurik, con ese tono cortante que se le había pegado desde la muerte de Marek—. ¿Esperar en fila a ver a quién le toca esta noche?
—Hoy vamos a estar preparados como no lo estuvimos anoche —dije, más fuerte de lo necesario para que quedara claro que no era una pregunta abierta a debate—. Y para eso necesito que me escuchéis, porque Bertrand descubrió algo esta mañana que cambia las cosas.
Todas las miradas se volvieron hacia él. Bertrand carraspeó, incómodo con la atención, y le costó sacarse del abrigo el librito de tapas oscuras que llevaba días cargando de un lado a otro; los dedos no le respondían bien con el frío.
—Lo recordé anoche —dijo, dirigiéndose a todos, no solo a mí, con esa voz un poco quebrada que tenía las mañanas—. Cuando la oí hablar. Hay algo en el tono, en cómo elige las palabras, que ya había oído hace muchos años, contado por un mercader que había cruzado media Drelkin y no sabía guardarse las historias que no le pertenecían. Perdonadme si me repito, a veces ya no sé qué os he contado y qué no.
—¿Qué es? —preguntó Sael, con la voz ronca de horas sin hablar.
—No lo sé bien, y no os voy a engañar diciendo que sí. Lo que tengo son fragmentos, cosas que se cuentan a media voz en las tabernas de allí, nunca igual dos veces. Hablan de engendros. Así los llaman, cuando los llaman de algún modo.
Ossian, que llevaba callado desde el reparto, habló por primera vez esa mañana:
—¿Engendros de qué? ¿De quién?
Bertrand se lo pensó, apoyándose en el bastón antes de contestar, como si necesitara el apoyo también para las palabras.
—Ahí es donde las historias ya no coinciden, muchacho. Unos dicen que los usan para matar a quien no se puede matar de otro modo. Otros dicen que ni siquiera hace falta un objetivo: que a veces los sueltan solo para que un lugar se pudra desde dentro, gente matándose entre sí antes de que llegue ningún ejército. —Bajó la voz—. Y cuando ya no hacen falta, no los matan. Los guardan. Encerrados, esperando. Hasta que vuelven a hacer falta.
Vi cambiar las caras. Harlan, que ya estaba pálido, se puso peor. Draven bajó la vista un instante, recordando sin querer que ya no había un Eldric al que preguntarle nada de esto.
—Entonces esto no es brujería de aldea —dijo Toren, despacio, como si necesitara oírselo decir para creérselo—. Es un arma. Alguien la hizo así, a propósito.
—Eso parece —admití—. Y eso significa que no es invencible. Que tiene una naturaleza, unas reglas, aunque no las conozcamos todavía.
No sé si me creyeron. No sé si yo mismo me creí del todo lo que decía. Pero necesitaban algo a lo que agarrarse que no fuera solo miedo.
El resto de la mañana lo pasamos preparando lo que pudimos. Harlan y Draven revisaron cada antorcha del almacén, separando las que servían de las que la humedad se había comido. Sael afilaba espadas en silencio, una tras otra, con más cara de necesitarlo él mismo que la espada. Toren, con una maña para el trabajo manual que no le conocía, montó un sistema de cuerdas y cencerros viejos alrededor del sótano y de parte de la muralla oeste. Ossian se pasó la mañana cargando cubos de agua del pozo hasta los barracones y reforzando con cuñas de madera la puerta trasera del granero, sin que nadie se lo pidiera; era de los que prefería tener las manos ocupadas a hablar de lo que iba a pasar de noche. Cada vez que pasaba cerca del hogar donde estaba Rurik, aminoraba el paso un segundo, como buscando algo que decirle, y luego seguía sin decirlo.
—No va a detenerla —dijo Toren, ajustando el último cencerro—. Pero si se mueve rápido entre las sombras, esto sonará antes de que la veamos. Un segundo de aviso es mejor que ninguno.
Bertrand siguió releyendo el libro casi toda la mañana, acercándoselo mucho a la cara, porque a media luz ya no le daban las vistas para más. En un momento lo encontré sentado junto a la puerta de hierro del sótano viejo, más cerca de lo que me habría gustado, con el bastón cruzado sobre las piernas y la respiración un poco fatigada, como si le hubiera costado llegar hasta ahí.
—¿Buscando algo ahí dentro? —pregunté, tendiéndole una mano para que no tuviera que levantarse solo.
La aceptó, y por un momento pesó en mi brazo más de lo que me hubiera gustado admitir.
—Buscando el valor para no acercarme más de lo necesario —dijo, ya de pie, resoplando—. Comandante, cuanto más lo pienso, menos me gusta esta puerta. No sé qué guarda, pero sí sé que anoche la sombra la rodeó como quien rodea un fuego que teme. O como quien protege algo que le importa proteger.
—Puede que solo sea la ruta más rápida hacia el interior de la fortaleza, y la evitara por eso.
—Puede —dijo, sin sonar nada convencido, frotándose la rodilla mala con el pulgar—. Pero llevo muchos años viendo a hombres temer cosas por razones prácticas, y esto no tenía pinta de cálculo. Tenía pinta de límite.
No supe qué responder, así que lo dejé apoyado en su bastón, mirando la puerta, y seguí con la ronda.
Al mediodía, Rurik se acercó mientras yo revisaba la muralla este, la única que aún no habíamos comprobado a fondo desde lo de Eldric.
—Comandante, sobre lo de anoche. —Se detuvo, buscando las palabras con más cuidado del que solía gastar—. Sobre Marek. No debí llamarlo traidor delante de todos.
Lo miré, algo sorprendido de que fuera él quien sacara el tema.
—Tenía miedo, como todos —siguió—. Y ahora está muerto por proponer algo que, siendo sincero, cada vez me parece menos una locura.
—¿Sigues pensando que deberíamos intentar el paso del oeste?
Se quedó callado, mirando las montañas grises tras la muralla.
—Ya no sé qué pienso, comandante. Solo sé que éramos doce y ya no llegamos ni a la mitad, y que cada día que pasa aquí dentro parece acercarnos más a cero que a cualquier ayuda del Consejo. Pero también sé que salir ahí fuera de noche, sin saber qué nos espera en el camino... eso mató a Kade. Y puede que también matara a Marek, aunque muriera dentro de las murallas.
No tenía una respuesta que lo tranquilizara de verdad, así que no fingí tenerla.
—Aguanta un poco más, Rurik. Te lo pido a ti especialmente, porque sé que eres de los que más peso llevan encima ahora mismo.
Asintió y volvió a su puesto sin decir nada más.
La tarde pasó con esa lentitud pesada de los días en que todos esperan la noche y al mismo tiempo la temen más que a nada. Comimos temprano, en silencio, alrededor del fuego. Harlan, todavía tenso por lo de la muralla oeste dos noches atrás, apenas tocó su ración. Draven se la terminó de todos modos, como si desperdiciar comida fuera, en ese momento, el único pecado que aún podía permitirse no cometer.
Antes de que oscureciera del todo, reuní otra vez a todos para organizar la guardia.
—Nada de rondas sueltas —repetí, aunque ya lo habíamos hablado por la mañana—. Tres puntos: la plaza, la muralla oeste, el sótano viejo. Antorchas dobles en cada punto, y nadie se separa de su grupo bajo ningún concepto. Si veis algo, gritáis y esperáis. No os acercáis solos.
Repartí los puestos: Draven y Toren conmigo en la plaza, junto al pozo. Rurik, Harlan y Sael en la muralla oeste, con orden expresa de mantenerse a la vista unos de otros. Para el sótano pensé en dejar solo a Bertrand, como la noche anterior, pero fue Ossian el que se plantó delante de mí antes de que terminara de decirlo.
—No —dijo, sin más explicación. Y luego, viendo que yo esperaba algo más—: No va a quedarse ahí abajo solo otra vez, comandante. Con el frío que hace esta noche y las rodillas que tiene, como algo lo sorprenda no va a poder ni levantarse a tiempo. Voy con él.
Bertrand protestó, claro, dijo que no necesitaba niñera, que llevaba más años vigilando cosas de las que Ossian tenía de vida. Pero se le notaba en la cara que, en el fondo, se lo agradecía. Acabaron los dos junto a la puerta de hierro, Bertrand con el libro otra vez abierto sobre las rodillas, Ossian de pie a su lado con una antorcha en una mano y un cuchillo corto en la otra, sin apartar la vista del rincón donde el muro tuerce.
—Estaré bien, comandante —dijo el viejo, con media sonrisa cansada—. A mi edad ya no queda mucho que temer que no haya temido antes. Y ahora, además, tengo compañía.
No le creí del todo, pero los dejé allí y seguí con la ronda.