Explorar novelas

Día 3 - Los que ya no se miran igual

La última guardia · por Darthar · 19 de julio de 2026

Amanecí antes de que sonara ninguna campana, algo que no me pasaba desde que llegué a Vhar'Kor. Me quedé un rato tumbado, escuchando el viento contra las contraventanas, pensando en cuánto grano quedaría exactamente después de lo de anoche, como si repetir la cuenta en mi cabeza fuera a cambiar el resultado.

Bertrand ya estaba en pie cuando salí, removiendo con un palo los restos fríos del hogar principal.

—Diez hombres y un cubo de grano cada uno —dijo, sin levantar la vista—. No va a alcanzar ni para que trabajen bien, comandante.

—Lo sé —respondí, y no añadí nada más porque no tenía nada mejor que decir.

Sael cogió su ración y se la comió de pie, en un par de bocados, en lugar de sentarse con el resto. Toren envolvió la mitad de la suya en un trozo de tela y se la guardó.

Fue Harlan quien vino a buscarme primero, antes incluso de empezar las tareas.

—Marek quiere hablar con vos —dijo, incómodo, como si le hubieran encargado un recado que no le gustaba—. Prefiere hacerlo delante de todos.

—¿Por qué delante de todos?

Harlan se encogió de hombros.

—Dice que si lo dice a solas, luego decís que se lo inventó.

Reuní a los hombres en el patio, junto a los restos aún negros del granero. Diez rostros: Marek en el centro, un paso adelantado del resto, como quien ya ha decidido que va a hablar pase lo que pase.

—Comandante —empezó, sin rodeos—, llevamos dos noches enterrando gente y una tarde apagando fuegos. Y todo eso mientras el Consejo, que sepamos, ni siquiera sabe que Kade murió intentando avisarles.

—¿Adónde quieres llegar, Marek?

—A que esto no tiene sentido. —Recorrió al grupo con la mirada antes de seguir—. Nos quedan seis días de comida racionando al mínimo. Y encima puede que tengamos algo, o alguien, matándonos desde dentro. ¿Por qué íbamos a quedarnos a esperar a ver quién es el próximo en caer?

Un par de hombres asintieron, despacio. Rurik, en cambio, negó con la cabeza.

—¿Y adónde propones ir? —pregunté—. El mismo camino que mató a Kade sigue ahí fuera.

—Hay otro paso. Más al oeste, más largo, pero menos vigilado. Lo usaba mi padre para comerciar antes de que esto fuera un puesto militar. —Marek dio otro paso hacia mí—. No os pido que abandonéis la fortaleza, comandante. Os pido que me dejéis intentarlo. Yo, y quien quiera venir.

—Y si no vuelves, ¿qué? —dijo Rurik, con la voz cargada de un desprecio que no se molestó en disimular—. ¿Contamos otro nombre menos y ya está?

—Mejor eso que diez de nosotros esperando aquí a que la sombra termine el trabajo que parece que está haciendo.

—Eso es traición —soltó Rurik, dando un paso hacia él—. Nosotros juramos defender este muro juntos.

—Nosotros juramos defenderlo, no morir por orgullo.

Draven se interpuso entre ambos antes de que la distancia se cerrara del todo, manteniendo la calma.

—Basta los dos. Esto lo decide el comandante, no vosotros a gritos.

Miré a Marek. Tenía razón en parte, y eso era lo peor de todo: no podía rebatirle con datos, solo con autoridad, y la autoridad ya empezaba a flaquear dentro de la fortaleza.

—Nadie sale hoy —dije al fin—. Ni tú, ni nadie. Dame tres días. Si para entonces no hay ninguna señal del Consejo ni forma de aguantar aquí dentro, hablamos de tu paso hacia el oeste. Con más de uno, con provisiones repartidas, y con mi permiso. No a escondidas.

Marek me sostuvo la mirada un momento, calculando, imagino, si valía la pena discutir más delante de todos.

—Tres días —repitió, como si quisiera dejarlo grabado en algún sitio donde no pudiera negarlo después—. Contad con que os lo voy a recordar, comandante.

—Cuento con ello.

Se dio la vuelta y se alejó hacia los barracones sin esperar a que lo relevaran de nada. Harlan lo siguió con la mirada, y por un instante creí que iba a ir tras él, pero se quedó donde estaba.

El grupo se dispersó despacio, sin el orden de otros días. Rurik pasó a mi lado sin decir nada, con la mandíbula apretada, y me quedó claro que aquello no había terminado, solo se había aplazado.

Bertrand se acercó cuando ya casi todos se habían ido, apoyado en su bastón, mirando hacia donde Marek había desaparecido.

—Tres días es mucho tiempo para gente que ya no confía los unos en los otros, comandante.

—Era eso o perderlo hoy mismo, delante de todos.

—Puede. —Se quedó callado un momento—. En Drelkin, cuando un clan empieza a mirar hacia la salida, ya no hay vuelta atrás del todo. Aunque se quede. La cabeza ya se fue antes que el cuerpo.

No supe qué contestarle. Me limité a mirar hacia los barracones, donde Marek se había encerrado, y a preguntarme cuántos de los diez que quedaban en el patio pensaban ya lo mismo que él, aunque no hubieran tenido el valor —o la necesidad— de decirlo en voz alta todavía.

El resto del día transcurrió en un silencio distinto al de ayer. No era el silencio del miedo compartido, sino algo más parecido a la desconfianza: hombres trabajando en parejas que antes no se buscaban, conversaciones que se cortaban en cuanto yo me acercaba, miradas que evitaban cruzarse por encima del fuego durante la cena.

Sael y Rurik ni siquiera se sentaron cerca. Toren comió en silencio, con la vista fija en su plato. Solo Draven y Eldric mantuvieron algo parecido a una conversación normal, hablando en voz baja sobre el estado de la muralla oeste, como si aferrarse al trabajo fuera la única forma de no pensar en lo demás.

Antes de retirarme, hice la ronda como cada noche. Marek montaba guardia en el portón, solo, con la vista fija en la oscuridad del paso de montaña. No dijo nada cuando pasé a su lado, y yo tampoco.

Yo fui hacia mi catre, acostándome sin quitarme la espada. El viento golpeaba las murallas constantemente, y durante un rato solo escuché el crepitar de las brasas.

Conseguí conciliar el sueño, no sé cuánto tiempo estuve durmiendo, pero un grito en la noche me despertó. Salí del barracón, encontré a varios hombres en la plaza, rodeando el pozo. Cuando por fin me hicieron sitio, pude ver con mis ojos a Eldric clavado con una estaca a un pequeño poste del pozo, con la boca abierta.

—¡Qué esperáis, mirar el campamento de arriba abajo en grupos de...! —un momento. Miré extrañado al grupo de hombres—. ¿Dónde está Marek?

Nadie respondió. Toren negó con la cabeza, despacio, como si el propio gesto le costara. Bertrand se apoyó más fuerte en su bastón y clavó la vista en la oscuridad, más allá del pozo, hacia los barracones.

—Draven, Sael, conmigo —dije—. El resto, en parejas, registrad la muralla y los graneros. Nadie sale solo esta noche, ¿entendido? Nadie.

Nos movimos deprisa, con las antorchas bajas, siguiendo el borde de la plaza hacia el portón donde Marek había hecho guardia. Estaba vacío. La lanza apoyada contra la piedra, tal como la había dejado, pero de él ni rastro.

Fue Sael quien la vio primero. Se detuvo en seco, sujetándome del brazo sin decir nada, y señaló hacia el rincón donde el muro tuerce junto a la puerta de hierro que cierra el paso al sótano viejo.

Había algo allí. No del todo una forma, sino más bien la ausencia de una, un pedazo de noche más denso que el resto, pegado a la piedra como si llevara tiempo esperando que alguien lo mirase. La antorcha de Draven tembló al acercarse, y por un instante creí que era solo la sombra de uno de nosotros, mal proyectada. Entonces se movió, y ninguno de nosotros se había movido.

Se giró hacia mí. No tenía rostro que girar, y aun así supe que me miraba.

—Comandante —dijo, y la voz no venía de ningún lugar en concreto, sonaba dentro del oído más que fuera de él—. Ese lloraba mientras se lo llevaba, ¿sabéis? Lloraba como un crío, y aun así pedía perdón, como si fuera él quien os hubiera fallado a vos. Me gustó eso. Me gustó mucho. Contad bien esta noche, comandante, y disfrutad contando, porque yo pienso disfrutar mucho más restando.

Draven levantó la antorcha, dio un paso al frente. La sombra no se apartó del muro, pero sí de la puerta de hierro, como quien rodea algo que le repugna tanto como le teme.

—Esa puerta seguirá cerrada —añadió, y algo parecido a una risa se arrastró detrás de las palabras—. Por ahora. Y cuando se abra, comandante, rezad por que sea yo quien entre primero. Lo que hay al otro lado no sabe pedir perdón como el vuestro.

Y entonces, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo, se deslizó por la piedra y se deshizo en la oscuridad del rincón, dejando tras de sí solo el frío y el silencio de los tres que la habíamos visto, ninguno con valor todavía para decir en voz alta lo que acababa de ocurrir.

Tardamos en movernos. Cuando por fin reunimos al resto en la plaza, la noche seguía cerrada sobre la fortaleza, sin un solo rastro de claridad por el este. Registramos la muralla entera, los graneros, el pozo dos veces, incluso el sótano viejo por fuera, sin acercarnos a la puerta de hierro más de lo necesario. De Marek, nada. Ni rastro de pisadas, ni sangre, ni la lanza movida de donde la había dejado.

—Puede que se marchara —dijo Bertrand, sin sonar muy convencido de sus propias palabras—. Adelantó el paso hacia el oeste tres días antes de lo pactado.

Nadie contestó. Ninguno quería decir en voz alta que aquello no explicaba lo que habíamos visto junto a la puerta de hierro, ni que una sombra que habla no necesita que nadie desaparezca para hacerte sentir que ya ha ganado.

Bajar a Eldric del poste nos llevó un buen rato. Nadie quería tocar la estaca, así que al final fue Draven quien se obligó, con la mandíbula apretada y sin decir palabra, mientras Bertrand sostenía el cuerpo para que no cayera de golpe. Lo tendimos junto al muro, cubierto con una manta, y ahí se quedaron todos un rato, sin moverse, como si irse fuera abandonarlo otra vez.

Fue Harlan quien rompió el silencio, para recordar que Marek había huido y que alguien tenía que ocupar su puesto. Sael se ofreció; creo que necesitaba tener las manos ocupadas en algo, lo que fuera.

Cuando Sael por fin se acercó al portón, gritó con todas sus fuerzas.

Marek estaba allí, contra la piedra. De pie, casi, sostenido más por la lanza que por sus propias piernas: su propia lanza, la misma que había dejado apoyada contra el muro, ahora clavada de parte a parte y hundida en la piedra de detrás, como si alguien hubiera querido dejarlo fijado ahí, mirando para siempre hacia el paso de montaña.

Nadie se acercó de inmediato. Toren fue el primero en moverse, y también el primero en apartar la vista.

La oímos otra vez, sin verla, viniendo de algún punto por encima de la muralla oeste. O de ningún sitio.

—Ese ni siquiera gritó, comandante. Se lo llevé antes de que le diera tiempo, y qué pena, porque los gritos son la mejor parte. No me gustan los desertores, ¿sabéis? Este estaba de camino al paso del oeste. Le enseñé lo que pasa cuando alguien intenta irse sin permiso. Contad bien esta noche. O debería decir, que quedan ocho ahora. Os prometo que a vos, comandante, os voy a dejar para el final, para poder hacerlo despacio.

 
Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Darthar en el lector de Culto de Papel. Es gratis.