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Día 2 - La Advertencia

La última guardia · por Darthar · 17 de julio de 2026

« Kade... fue valiente, a veces la vida nos da papeles que nadie pide y él, sin saberlo, cargó con el suyo hasta el final ». Eso fue lo único que se me ocurrió decir mientras Rurik terminaba de cubrir la fosa junto al muro sur, con la tierra aún medio helada resistiéndose a la pala.

No soy hombre de discursos, y menos aún de despedidas. Pero algo había que decir, aunque fueran cuatro palabras, con los hombres detrás de mí, mirando el montículo de tierra en silencio.

Nadie añadió nada más. Sael, que el día anterior no paraba de hablar, se quedó con la mandíbula apretada, los ojos fijos en la fosa. Rurik clavó la pala en la tierra al terminar y se quedó de pie.

—En Drelkin decimos que un guerrero no muere del todo mientras alguien recuerde por qué cayó —pronunció Bertrand a mi lado, apoyado en su bastón —. Kade cayó por esta fortaleza. Que nadie lo olvide mientras quede uno de nosotros en pie.

Fue todo el funeral que pudimos darle. No había tiempo ni tantas manos como para más.

Los reuní después, junto a la fosa recién cerrada. Once rostros esperando órdenes que yo no estaba seguro de saber dar.

—Seis flechas —dije al fin—. Alguien quería que supiéramos que no fue el azar del camino ni una bestia. Fue un mensaje.

—¿Y cuál es el mensaje, comandante? —preguntó Draven.

No sabía muy bien qué decir sin asustar más de lo necesario. Que estabamos solos, que el paso se había vuelto una frontera que nadie iba a dejarnos cruzar, y que el Consejo, aunque quisiera ayudarnos, quizá no llegara a tiempo.

—El mensaje es que, a partir de hoy, nadie sale solo de estos muros —dije en su lugar—. Y que las provisiones se racionan desde ahora. No porque falten todavía, sino porque no sabemos cuánto vamos a tener que aguantar sin que llegue nada de fuera.

Hubo algunas reacciones negativas a esas palabras. Harlan masculló algo entre dientes sobre que un cubo menos de grano no iba a devolverle la vida a Kade. Marek cruzó los brazos y apartó la mirada, como si el racionamiento fuera una ofensa personal. Incluso Eldric, que rara vez se quejaba de nada, soltó un bufido y negó con la cabeza.

Pero todos estaban demasiado cansados, o demasiado asustados, para llevar la protesta más allá de un murmullo. Nadie me miró directamente al hablar. Se limitaron a aceptar la orden con resignación, discutir no iba a cambiar nada, y el hambre, tarde o temprano, nos habría dado la razón a todos por igual.

Repartí las tareas casi de memoria. Rurik y Sael volvieron a la madera, con menos bromas que el día anterior. Draven regresó a la muralla oeste, a terminar la lista de grietas que había empezado antes de todo esto. Eldric y Marek subieron a las almenas. Yo mismo ocupé el portón una hora, solo por tener las manos en algo que no fuera cerrarle los ojos a un muerto.

 
 

Fue Bertrand quien vino a buscarme a media mañana, mientras yo volvía a contar los sacos del granero por segunda vez.

—Deberíais enviarme fuera —dijo, apoyado en el marco de la puerta.

—El Consejo no moverá un dedo por una carta —siguió—. Pero un anciano plantado en su puerta es más difícil de ignorar.

—Después de lo de Kade, no —respondí—. No voy a enviar a nadie más al paso.

—A mí no me van a dedicar seis flechas, comandante. —Esbozó algo parecido a una sonrisa—. El camino no le teme tanto a un viejo que ya no sirve para las murallas ni para las guardias.

No supe qué contestar. Le dije que lo pensaría, aunque en realidad no tenía intención de mandarlo a ninguna parte. Simplemente no quería discutir con él en ese momento.

Más tarde, camino de las almenas, volví a pasar frente a la puerta de hierro del ala este. Los barriles vacíos seguían apilados delante, igual que el día anterior. Me detuve un momento y seguí caminando. Tenía once hombres, un anciano empeñado en salir de aquí, y una fortaleza sostenida con hielo donde debería haber piedra. No era el momento de ponerme a investigar puertas viejas.

Esa noche, antes de la guardia, me encerré en mis aposentos. No para escribir al Consejo, sino para escribirle a mi mujer, algo que llevaba posponiendo desde que salí de casa.

« Amor mio,

No sé si esto te va a llegar. Kade no llegó, lo encontraron con seis flechas clavadas y nadie sabe de dónde vinieron. Así que si lees esto, ya es un milagro, y si no lo lees, pues... al menos lo dije en algún lado.

Te echo de menos. Así de simple, no le voy a dar más vueltas. Echo de menos que estuvieras cerca, oírte trastear por ahí, el ruido de que estuvieras viva y cerca de mí. Aquí no hay nada de eso. Hay piedra y frío y gente que ya casi no habla.

No sé cuántos días más voy a poder escribir. No sé si voy a volver. Y eso me jode más de lo que pensaba que me iba a joder, porque uno cree que está preparado para esto hasta que le toca de verdad.

Si no vuelvo, quiero que sepas que pensé en ti hasta el final.

Siempre tuyo,

Kaelen »

La doblé y la guardé bajo el jubón, en el mismo sitio donde Kade había llevado la anterior. No sé por qué lo hice ahí exactamente. Quizá solo por costumbre.

Salí a hacer la ronda antes de acostarme. Bertrand seguía despierto, sentado junto al fuego casi apagado del salón principal.

—¿Ya la habéis escrito? —preguntó, sin volverse.

Asentí. Él asintió también y no dijo nada más.

Me retiré poco después. El primer turno —Toren en las almenas, Iven en el portón— llevaba ya un par de horas cuando el grito rompió la noche.

No fue una campana esta vez. Fue la voz de Iven, cortada a media palabra.

Salí a medio vestir, con la espada en la mano, y crucé el patio corriendo. Cuando llegué al portón, Toren ya había bajado de las almenas y Marek sostenía una antorcha que le temblaba en la mano.

Iven estaba en el suelo, junto a la puerta, con un tajo limpio en la garganta. Esta vez no había flechas ni caballo. Solo el portón entreabierto unos palmos, lo justo para que alguien hubiera entrado y salido sin que nadie lo viera.

—Estaba aquí hace un momento —dijo Marek—. Le oí decir algo y luego...

Draven revisó el portón, la cerradura, las marcas en la madera. No encontró nada que explicara cómo había entrado alguien sin que sonara ninguna alarma.

—Diez —dije en voz alta, sin dirigirme a nadie en particular.

—¿Cómo entró alguien sin que Iven gritara antes? —preguntó Marek, y en su voz había algo más que miedo—. Tuvo que verlo venir.

—¿Qué insinúas? —Toren dio un paso al frente—. ¿Que se durmió? ¿Que dejó que le cortaran el cuello por gusto?

—Digo que algo no encaja —replicó Marek—. Nadie entra y sale de aquí sin que se note, a menos que alguien mirara para otro lado.

—Cuidado con lo que dices. —Rurik se puso entre los dos—. Aquí no hay traidores, hay diez hombres asustados y uno menos que ayer.

—Eso lo dices tú, que llevas dos días sin apartarte de la madera —masculló Sael—. Puede que sea más fácil vigilar leños que vigilar un portón.

—¿Qué has dicho? —Rurik se giró hacia él.

—¡Basta! —grité, más fuerte de lo que quería—. Nos atacan desde fuera y desde dentro, y lo único que vais a conseguir peleando entre vosotros es ponérselo más fácil a quien esté haciendo esto.

Nadie se movió, pero tampoco bajaron la mirada del todo. Draven fue el primero en hablar.

—El comandante tiene razón. Sospechar de los nuestros es justo lo que querría quien está detrás de esto.

—Puede que sea uno de los nuestros —insistió Marek, más bajo.

—Y puede que no —corté—. Hasta que no tengamos algo más que miedo, nadie va a señalar a nadie. ¿Está claro?

Hubo un murmullo de asentimiento, desganado. Rurik y Sael se quedaron mirándose un momento más de lo necesario antes de que el primero diera media vuelta hacia los barracones. Toren negó con la cabeza y escupió al suelo antes de seguirlo.

Bertrand esperó a que se dispersaran para acercarse.

—Esto no ha hecho más que empezar, comandante —dijo—. El hambre y el miedo no necesitan flechas para matar. A veces les basta con una mesa compartida y un plato de menos.

No respondí. No hacía falta.

No hubo tiempo de pensar mucho más en ello. Apenas una hora después, cuando el cielo empezaba a clarear y yo seguía junto al cuerpo de Iven, vi un resplandor anaranjado por la ventana de mis aposentos, donde no debería haber fuego encendido.

—¡El granero! —gritó Eldric desde las almenas.

Salí corriendo, y el resto detrás de mí. Las llamas ya trepaban por un lateral de madera, alimentadas por la paja seca que Rurik y Sael habían amontonado el día anterior para reforzar el tejado.

—¡Agua, rápido! —grité, aunque el pozo no iba a bastar para apagar aquello a tiempo.

Formamos una cadena de cubos mientras Draven y Toren intentaban derribar parte del muro con hachas, para cortar el avance del fuego antes de que llegara a los sacos del fondo. Sael se metió dentro entre el humo y salió tosiendo, con los brazos llenos de grano y las cejas chamuscadas.

Tardamos casi una hora en apagarlo. Cuando el humo se disipó lo suficiente para entrar a ver los daños, el panorama era peor de lo que esperaba.

Bertrand contó los sacos conmigo, los dos agachados entre las cenizas. Lo que antes alcanzaba para dos semanas ajustadas, ahora no llegaba ni a una.

—Menos de siete días —dijo—. Racionando al mínimo.

Reuní de nuevo a los hombres, frente a los restos humeantes del granero. Nadie necesitaba que le explicara lo que acababan de perder.

—¿Ha sido un accidente? —preguntó Harlan, aunque no sonaba muy convencido de su propia pregunta.

—No lo sabemos —respondí, y era verdad.

Draven inspeccionó los restos, apartando maderos con la bota.

—No hay indicios de un rayo ni de una chispa de la fragua. El fuego empezó por dentro, en la parte donde guardábamos la paja.

Nadie dijo la palabra que todos teníamos en la cabeza. No hacía falta.

Miré a los diez hombres que me quedaban, con la cara cubierta de hollín, y pensé que la fortaleza ya no se sostenía solo con hielo donde debería haber piedra. Empezaba a sostenerse con poco más que la voluntad de no rendirse todavía.

—A partir de ahora, un cubo de grano al día por cabeza, y nada más —dije—. Y quiero guardias también junto a lo que queda del granero. Si alguien intenta algo así otra vez, quiero que lo veamos venir.

Nadie protestó.

 
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