"Nadie sabe cuándo está viviendo el último día de una vida que ama. Quizá por eso los recuerdos más valiosos siempre nacen de momentos que parecían completamente ordinarios."
Los días continuaron sucediéndose con una tranquilidad casi perfecta.
El otoño había alcanzado su plenitud.
Las hojas rojizas cubrían los senderos que conducían hasta la pequeña casa de Aldren, formando una alfombra crujiente que Eryn disfrutaba recorrer mientras imaginaba que caminaba sobre los antiguos caminos de los grandes reyes.
Lyanna, en cambio, las recogía con infinita paciencia.
Escogía únicamente aquellas que conservaban su forma intacta.
Las guardaba dentro de un pequeño cesto de mimbre y corría hacia su madre.
—Esta parece una estrella.
—Y ésta un corazón.
—¡Mira! Ésta tiene forma de pájaro.
Líria observaba cada hoja como si realmente escondiera aquello que la niña veía.
Nunca destruía su imaginación.
La alimentaba.
Porque sabía que los niños no observaban el mundo con los ojos.
Lo observaban con el alma.
Aquella semana, el pueblo celebraría una antigua tradición conocida como La Fiesta de las Luces del Otoño.
No era una ceremonia dedicada a ningún dios en particular.
Era una costumbre mucho más antigua.
Había nacido siglos atrás, cuando los primeros habitantes de Arken encendían pequeñas lámparas de aceite para agradecer que un año más la tierra hubiera alimentado a sus familias.
Cada hogar colocaba una lámpara frente a su puerta.
No importaba la riqueza.
No importaba el linaje.
Todas las luces brillaban exactamente igual bajo la noche.
Según contaban los ancianos, aquella tradición recordaba que ningún hogar debía permanecer en la oscuridad mientras existiera otro dispuesto a compartir su fuego.
La mañana de la celebración comenzó con una agitación inusual.
Líria y Lyanna preparaban pequeñas coronas de flores secas.
Eryn ayudaba a Aldren a reparar la vieja mesa del jardín.
O, al menos...
Eso intentaba.
—Sujeta este tablón.
pidió Aldren.
Eryn lo sostuvo con todas sus fuerzas.
Durante exactamente tres segundos.
Después comenzó a mirar distraídamente una ardilla que corría sobre el viejo roble.
El tablón cayó.
Aldren logró apartar el pie por muy poco.
El niño bajó inmediatamente la cabeza.
—Lo siento...
El caballero dejó el martillo sobre la mesa.
Podía haberlo reprendido.
Muchos padres lo habrían hecho.
En cambio, se arrodilló frente a él.
—¿Sabes por qué construimos las cosas despacio?
Eryn negó con la cabeza.
—Porque las prisas hacen que olvidemos aquello que tenemos delante.
El niño comprendió inmediatamente.
Volvió a sujetar el tablón.
Esta vez sin apartar la vista.
Cuando terminaron, Aldren pasó una mano por su cabello.
—Mucho mejor.
Eryn sonrió orgulloso.
Aquella sonrisa valía más que cualquier victoria obtenida en una guerra.
Mientras tanto...
Lyanna permanecía completamente concentrada sobre una pequeña maceta.
La semilla que meses atrás había plantado junto a su madre comenzaba, por fin, a romper la tierra.
Un diminuto brote verde asomaba entre la tierra oscura.
La niña abrió enormemente los ojos.
—¡Mamá!
¡Está naciendo!
Líria se arrodilló a su lado.
Observó el pequeño brote.
Sonrió.
—Sí...
Ha llegado su momento.
Lyanna acarició cuidadosamente la tierra.
—¿Cómo se llamará?
Líria rió.
—Las flores no tienen nombres.
—Entonces ésta sí.
La llamaré...
Esperanza.
Aquella palabra quedó suspendida en el aire.
Aldren, que trabajaba a pocos metros, dejó lentamente el martillo.
Volvió el rostro hacia ellas.
No dijo nada.
Solo contempló a su hija sonriendo frente a una planta que apenas acababa de nacer.
Una imagen sencilla.
Cotidiana.
Hermosa.
Que el destino convertiría algún día en uno de los recuerdos más dolorosos de toda su existencia.
Al caer la tarde, la familia caminó hasta el pueblo.
Las calles parecían transformadas.
Cientos de pequeñas lámparas iluminaban ventanas, balcones y senderos.
Los niños corrían llevando faroles de papel.
Los ancianos compartían pan y vino con quienes no tenían familia.
Nadie quedaba solo aquella noche.
Era la costumbre.
Porque la luz solo adquiría sentido cuando era compartida.
En la plaza principal, un anciano sacerdote de Elarion levantó una lámpara hacia el cielo.
No pronunció un largo sermón.
Solo dijo unas pocas palabras.
—Que la luz jamás nazca del orgullo.
Que nazca del corazón.
Después, uno a uno, todos los habitantes encendieron sus propias lámparas.
El pueblo entero quedó cubierto por un mar de pequeñas llamas doradas.
Lyanna contempló la escena completamente maravillada.
—Parece que las estrellas bajaron del cielo.
susurró.
Aldren tomó suavemente su mano.
—No.
Creo que el cielo aprendió a parecerse a las personas.
Más tarde, los músicos comenzaron a tocar.
Los niños bailaban.
Los jóvenes reían.
Los ancianos observaban la escena con esa mezcla de nostalgia y felicidad propia de quienes han aprendido el verdadero valor del tiempo.
Líria miró a Aldren.
—Hace años que no bailamos.
Él levantó una ceja.
—¿Recuerdas lo mal que bailo?
Ella sonrió.
—Precisamente por eso.
Sin darle oportunidad de responder, tomó su mano.
Lo condujo hasta el centro de la plaza.
Aldren intentó resistirse.
Fue inútil.
Las primeras notas comenzaron a sonar.
El caballero, acostumbrado a la precisión del combate, parecía completamente perdido intentando seguir el ritmo.
Pisó accidentalmente el vestido de Líria.
Luego casi tropezó consigo mismo.
Los niños estallaron en carcajadas.
Incluso varios vecinos comenzaron a reír.
Aldren llevó una mano al pecho con fingida solemnidad.
—He derrotado generales.
He vencido campeones.
Pero este enemigo...
es invencible.
Líria no pudo contener la risa.
Apoyó la frente contra la suya.
—No tienes que bailar bien.
Solo tienes que bailar conmigo.
Aquellas palabras hicieron desaparecer toda vergüenza.
Aldren dejó de intentar seguir los pasos.
Simplemente la abrazó.
Y ambos comenzaron a moverse lentamente bajo la música.
Sin importarles las miradas.
Sin importarles el mundo.
Durante unos instantes...
Solo existían ellos.
Al regresar a casa, la luna iluminaba el sendero entre los árboles.
Eryn caminaba delante, sosteniendo orgullosamente su pequeño farol.
Lyanna se había quedado dormida en brazos de su padre.
Su cabeza descansaba sobre la armadura de cuero.
Su respiración era tranquila.
Aldren sintió el calor de aquella pequeña vida entre sus brazos.
Y pensó que no existía tesoro más grande en todo el reino.
Cuando llegaron al jardín, se detuvo.
Observó la casa.
Las flores.
El viejo roble.
La lámpara encendida junto a la puerta.
Líria lo miró.
—¿Qué ocurre?
Él tardó varios segundos en responder.
—Quisiera detener este momento.
Ella sonrió.
—No puedes detener el tiempo.
—Lo sé.
—Entonces...
Guárdalo.
Porque los recuerdos también pueden convertirse en un hogar.
Aldren contempló nuevamente a su familia.
Memorizó cada detalle.
El sonido del viento.
La fragancia del jardín.
La tibieza de la mano de Líria.
El peso de Lyanna dormida.
La voz de Eryn hablando sin descanso sobre cómo algún día construiría un castillo más grande que el del propio rey.
Sin saberlo...
Estaba guardando el recuerdo que lo sostendría cuando todo lo demás hubiera desaparecido.
Aquella noche...
Después de acostar a los niños...
Líria salió nuevamente al jardín.
Encontró a Aldren contemplando el cielo.
Ella se acercó sin hacer ruido.
Le entregó una pequeña caja de madera.
—¿Qué es?
preguntó él.
—Ábrela.
Dentro había cuatro pequeños objetos.
Un pétalo blanco.
Una pluma.
Una diminuta piedra lisa recogida junto al río.
Y una flor seca.
Aldren levantó la vista.
—¿Qué significa?
Líria sonrió con dulzura.
—Nuestra familia.
Él la observó sin comprender del todo.
Ella tomó el pétalo.
—Lyanna.
Porque es delicada...
Pero siempre encuentra la forma de florecer.
Después sostuvo la pequeña piedra.
—Eryn.
Porque parece inquieto...
Pero tiene un corazón firme.
Le mostró la pluma.
—Tú.
Porque siempre regresas.
Sin importar cuán lejos vueles.
Finalmente tomó la flor seca.
—Y yo...
Porque algún día envejeceré.
Pero espero seguir acompañándote incluso cuando mis flores ya no puedan abrirse.
Aldren sintió que los ojos comenzaban a humedecerse.
Cerró lentamente la caja.
La sostuvo contra su pecho.
—La conservaré toda la vida.
Líria apoyó una mano sobre la de él.
Y, con una serenidad que parecía provenir de un lugar más profundo que las palabras, respondió:
—No.
Conserva lo que representa.
Los objetos pueden perderse.
Los recuerdos...
Solo desaparecen cuando dejamos de amarlos.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Aldren.
Muchos años después...
Cuando caminara solo entre los vivos y los muertos...
Comprendería que aquella sencilla caja había sido mucho más que un regalo.
Había sido una enseñanza.
La última.
Y quizá la más importante de todas.
Porque esa noche, sin que ninguno de los dos pudiera imaginarlo, Líria había pronunciado la verdad que terminaría definiendo la existencia de Aldren.
—Mientras alguien recuerde... ninguna muerte será definitiva.
El viento recorrió el jardín.
Las cuatro lámparas de la casa permanecieron encendidas hasta el amanecer.
Como si incluso la propia noche se resistiera a apagarlas.
Muy lejos de allí...
En la oscuridad más profunda del bosque oriental...
Un cuervo emprendió el vuelo.
No graznó.
No agitó violentamente sus alas.
Simplemente desapareció entre la negrura.
Y con él...
La última noche de paz abandonó silenciosamente el reino de Arken.