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LÍBRAME, PADRE©

La palabra de Fobos: parábolas de terror · por Roberto Chu Maravi · 30 de agosto de 2026

LÍBRAME, PADRE

por: Roberto Chu

 

¡Señor mío! ¡Padre mío! El hedor a carne rajada se está aferrando, ¡cuelga de mi piel!, con la terquedad de un bautizo que ningún niño pidió. Hierro viejo, sangre densa, ceniza clavada en la lengua, todo enredado en el ambiente. ¿Lo hueles? Es un aroma que no se puede arrancar. ¿Oíste? ¡No puedo arrancarte, padre!, porque avanzas y avanzas frente a los ganchos sin ver los cuerpos que penden en una procesión callada; con esa atención fija en la pieza que el carnicero expone sobre la mesa... ¡con la reverencia de ese tal Herodes antes de proclamar el día de la inocencia! Y yo apenas aquí, logrando sostenerme en tu soberbia.

Y tus soldados estaban ahí.

Emergían entre los canales de viandas, tras los mostradores, entre las cajas apiladas en la bodega. Algunos sin piernas, otros sin brazos, sin ojos, sin lengua. Pero con la misma súplica en los labios:

—Corre. Aún puedes huir.

Lo sentí espejismo, pues el suelo temblaba, porque respiraba bajo mis pies mientras las teas vacilaban en un parpadeo enfermo que arrancaba destellos de los filos alineados en la pared. ¡Demasiados! Demasiado afilados, demasiado impacientes, amorosos... No podían ser guerreros, eran un engaño de la mente. Y pensé: «su miedo también».

—No tiembles —mi padre posó una mano en mi hombro. Cálida, firme. Más un grillete que un consuelo—. Mira. Esta carne es buena.

Quise apartar la vista. Contener el temblor en las piernas, tragar la aridez en la boca, la náusea que reptaba desde el estómago.

Pero miré. Vi el cuchillo hundirse. Un corte limpio en una  única línea; y la carne se abrió, reveló los hilos tensos del músculo, la capa blanca y amarilla, los nervios temblorosos. Rojos.

—Come.

Me ofreció un trozo.

Era pesado en mi mano. Caliente, palpitante y con la textura aún blanda... Padre, padre cruel, me lo llevé a la boca porque era todo un niño obediente. Tu niño obediente.

Mordí. Y entré en cuenta que no era res. No era nada que pudiera nombrar. Era algo más propio. Conocido. Masticar fue un suplicio más en mi tártaro...

Más aún cuando lo sentí.

Su sabor a miedo... Mi sabor a miedo...

¡Mi propia carne!

Intenté soltarla, pero la voz de la guerra y su mano firme en mi nuca me ancló. Me lastimó con esas manos que alguna vez me sostuvieron, que alguna vez me llevaron de la mano... Esas mismas manos me separarón, me arrancaron, me rebanaron.

Y quedé como sobras en la mesa... Disperso. Colgando de los ganchos con las cuencas vacías como los soldados que me advirtieron...

Huye, huye...

Pero no corrí. Nunca corrí.

Me enseñaste a no hacerlo.

Mi padre, tú lo hiciste.

Lo recuerdo, como te recuerdo tomar otro trozo, masticar despacio y decirme:

—Esta carne es buena— mientras sonreías—. Tú eres un buen chico, me has servido bien, buen chico. Pero llegaste a amar. Ya no eres un guerrero. Ahora, eres solo como tu madre.

¿Mi madre?

Cerré los ojos.

Parpadeé.

Estaba en casa.

Mis padres discutían en el gran salón:

Mi madre, ahí, siempre con el cauce ardiente en su boca, con una promesa de las pasiones más humanas; palabras que ardían, atrapadas en un sentimiento más ligero que la guerra. Más ligero que padre con su estruendo de botas que golpeaba el suelo y el reino de acero que chocaba contra mi cabeza... Para. Sus palabras, heridas de pólvora se abrían en cada una de sus sentencias. ¡Para! Y yo quería seguirla a ella:  a mi madre. Yo quería seguirla. Hundirme en la corriente de su tacto, dejar que sus brazos me arrastraran lejos, lejos de él, lejos del matadero, lejos de los campos cadavéricos. Rojos. Entripados. 

¡Para!

...

Cuando la vigilia me devolvió, ya no quedaba cuerpo materno...

¡No había una Venus, solo Marte!

Y esta cabeza sin remos.

Estaba ahí, en el contorno del mundo del abeto, llenó de cráneos sin nombre, de huesos que se curvaban y quebraban, desvaneciéndose en agonía.

Una cabeza en la mesa, apilada en desorden con el resto de sus soldados...

«Fuiste muy débil, llegaste a amar, como todos aquí».

Quise gritar, pero el grito murió antes de nacer. La carne de mi boca era un plomo inerte. Mi lengua, una roca.

Parpadeo. Quiero despertar de este mal sueño. Pero allí está él. De rodillas con ¿lágrimas?  que descienden por su piel... pero su gesto, ese maldito gesto, sigue siendo el de un dios impasible.

—No así —susurra.

Me alza. Me guarda en una caja antigua, me aleja de mis compañeros condenados...

Y es ahí cuando mi murmullo araña la madera:

—No me hagas esto. No me dejes aquí. ¡Papá! ¡Papá!¡papá!

Pero ya no escucha.

El golpe apático de la tapa y el himno marcial en sus pasos que me llevaron a un lugar sin nombre y sin camaradería, es su despedida.

Piedra. Frío. La humedad de la gruta se hace una con mi piel, mi armazón que ya no existe.

Y no sé cuánto tiempo transcurre hasta que la marcha cesa.

La caja se abre.

Me deja. Se inclina; mi ser amado se aleja sin volver la vista...

¿Y la respuesta en mi lengua, cuál fue?

—Padre. —Padre. —Padre.

—Padre. —Padre. —Padre.

—Padre. —Padre. —Madre.

—Madre. —Madre. —Amor.

Encerrado en la caja, devoro la negrura. No hay parpadeo. No hay rostros. No hay boca, no hay nombres. Solo la certeza de que mi madre no vendrá. Mi padre ya no pronunciará mi nombre, no escuchará mi voz, porque ya tiene mi cuerpo, mis manos. Y las manos; ya tienen el miedo...

Me devora, me carcome el tiempo.

Días, semanas, años, ¡siglos!

—Padre. —Padre. —Guerra.

—Odio. —Odio. —Odio.

Y la gruta devuelve mi voz:

—Padre. —Padre. —Padre.

Los minutos suceden, aunque no puedo contarlos. No hay fuego. No hay sombras. Solo el crujido de la madera que se hincha, que se pliega, que me aprisiona en su abrazo de corteza infantil. Y con cada nueva caricia, otra voz se une al coro...

Son hombres, dos, y la que me sostiene, una niña. Me rodea. Me absorbe. Su voz se desliza por mi oído de cera. Se aferra a mí...

«¡Papá, basta, hermano, basta! Devuélvemela, papá».

Quiero cerrar los ojos. Quiero olvidar. Pero el sueño no llega. Fui arrebatado de sus manos cálidas, amorosas y he regresado a las manos del odio, la guerra. Pero son diferentes. No son divinas; son animales.

Mientras las horas pasan, el hermano se va y el padre se acerca y...

Algo cambia. Un sonido. Sus pasos. Ha abierto mi caja. Me mira... como si fueran los mismos ojos que me vieron nacer...

Esta vez no cometo el error de madre Venus...

Le susurro...

—«Un padre, un padre ha vuelto. Ahora, quiero que te mates con los cuchillos del carnicero, con los que me rebanaste; quiero que te cuelgues en un gancho en algún marco en una puerta. Haz que duela, no importa si la muerte te reclama antes, que no te detenga. Te quiero ver colgado... que duela. ¡QUÉ DUELA MUCHO! Como duele aquí».

Y él me responde:

—Haré que duela, que duela, como duele allí.

Padre, oh, padre... tu hijo ha regresado. Con tu guerra, con el miedo y el odio. Ese será mi evangelio. Y te veo en un cuerpo ajeno, muerto, muy muerto... y muy pronto, ese cuerpo ajeno serás tú.

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