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El arbusto©

La palabra de Fobos: parábolas de terror · por Roberto Chu Maravi · 22 de agosto de 2026

EL ARBUSTO

POR: Roberto Chu

 

Caminaba de vuelta a casa; en mi sendero polvoriento que se desliza entre tumbas abiertas y mausoleos decrépitos. El cementerio era una multitud de raíces y piedras, donde la maleza crecía en descuido y lo muerto se confundía con lo que aún luchaba por vivir. No era extraño ver tierra removida sin razón aparente o escuchar el crujido de hojas sin viento. Pero aquella tarde, mientras avanzaba entre las grietas del camino, lo vi.

Un arbusto.

Era un arbusto estúpido. O eso pensé al principio. Lo vi moverse. No sacudirse como cuando el viento lo mece, no. Caminaba. Me seguía. No dije nada. Ni cuando llegué a casa y lo vi desde la ventana, inmóvil, pero presente, con sus ramas torcidas y su follaje irregular, como si intentara encajar en la maleza del patio. Mi padre podaba siempre todo lo que sobresalía; la tierra debía permanecer desnuda y expuesta. Ese arbusto no pertenecía ahí. Ni ayer, ni ahora, ni nunca.

No lo mencioné en la cena con mis amigas. Lo veía postrado junto a la puerta, fingiendo que no lo notaba. Pero lo hacía. Hasta que, una tarde, mientras tomaba mi leche fresca, decidí verlo de cerca. Dentro de sus ramas, los gusanos se retorcían. Pero eso no fue lo que me inquietó. Entre las hojas podridas, la piel era humana, tersa y enferma. Y luego, había ojos. Seis de ellos. Me miraban, brillando como pupilas anegadas en fiebre. Aquella noche, salí con un poco de gasolina y un cerillo. Encendí la llama, la acerqué, le compartí su calor y el arbusto se hizo fogata. Se retorció en llamas y huyó del patio, avanzando por la calle principal, hasta que su fuego se extinguió en la carretera.

Al amanecer, ya no quedaba nada. Dejó de ser acumulación y ahora era: simples cenizas.

Desde que los niños tomamos el pueblo, no habíamos visto arbustos como ese. Pero yo sabía que vendría uno por mí. Algún día. Porque, después de todo, nunca encontramos a mi madre.

A veces los adultos se presentan de otras formas. Electrodomésticos con dientes, piel que respira, órganos entre la basura. Cerebros.

Cuando son cerebros, se mueven. Aprendimos a lidiar con ellos hace mucho tiempo. No tuvimos opción.

Un tal Fobos llegó en una caja un día, en brazos de una niña. Nos habló de nuestros padres. Nos dijo que nos querían muertos. Que nos lastimaban las cabecitas. Que nuestros traumas nacían de ellos... Y entendimos el verdadero evangelio. La niña era un mesías, y la caja, Dios, un regalo del cielo para detener la opresión. Nos dio su palabra. Nos otorgó la palabra del miedo.

La pronunciamos, y nuestros padres se deshicieron con el viento. En trozos de carne, huesos y piel ambulante. Se mezclaron con la tierra, con los juguetes, con la maleza. Se confunden entre las cosas que un día fueron suyas. Y cuando se mezclan con los cerebros, siempre regresan.

¿Por qué regresan?

A veces me pregunto si algunas partes de mi madre también regresarán. Si su seno volverá a ofrecerme la leche tibia que aún recuerdo en mis dientes de bebé. Hace algunos años, fue hace algunos años. Pero espero que no regrese en un arbusto. Porque es difícil separar el cuerpo de la maleza. A veces, como el día de hoy, es más fácil quemarlo.

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