Faltaba exactamente una semana para el torneo. Tras meses de esfuerzo extremo, Kenji había logrado aprender a un nivel muy básico los movimientos de la armadura X, además de dominar los fundamentos del puño umbral.
Al ver los resultados al final de una de las últimas jornadas de práctica, Daichi esbozó una media sonrisa mientras se cruzaba de brazos.
-Así es, amiguito. Así es... -murmuró, observando al joven con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Kenji se detuvo en seco, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y diversión al escuchar ese término.
-Amiguito... Hace años no me llamas así.
Daichi soltó una carcajada suave, aunque una expresión fingidamente dramática cruzó su rostro mientras se llevaba una mano al pecho.
-Amiguito, Una tristeza invade mi corazón. Ya no tengo nada más que enseñarte. Aunque sigues siendo medio tonto por no aprender el tercer grado conmigo, pero bueno, el entrenamiento fue a base de pura práctica y error. Ya era momento de que aprendieras lo necesario. ¿Estás listo?
-Sí, listo -respondió Kenji con absoluta firmeza, cerrando los puños con determinación.
El ambiente se volvió un poco más sereno cuando la luz del atardecer comenzó a desvanecerse. Kenji miró el fuego parpadeante de una pequeña fogata antes de formular la duda que llevaba guardando en lo más hondo desde el primer día:
-Oye... antes que nada, te quiero preguntar: ¿qué crees que pasó con la Villa del Sol?
Daichi dejó caer la sonrisa, adoptando una postura mucho más seria y reflexiva. Se quedó callado unos segundos antes de responder.
-Mira, en la región sabemos que el emperador es el único encargado de poder mandar a destruir una villa o una ciudad. Aunque el emperador no creo que haya querido matar a tu abuelo o querido destruir la villa, ya que tu abuelo era conocido y respetado en toda la región... Sinceramente, es algo que tendrías que preguntarle en persona, pero para llegar a él es casi imposible.
Kenji abrió los ojos de par en par, sintiendo un golpeteo seco en el pecho.
-¿Qué? ¿Imposible?
-Así es -asintió Daichi con calma-. En la región hay guardianes y guerreros que se encargan de proteger los pueblos, las ciudades o toda la isla. Los llamamos los Siete Guerreros porque son exactamente siete, cada uno con una fuerza incomparable. El más cercano de aquí es al que llaman Nemea el Grande; lo consideran el más poderoso de ellos, y ni siquiera conocemos bien a los otros seis. Así que, si logras derrotarlos, te tendrás que enfrentar a los Guerreros Cardinales: Norte, Sur, Este y Oeste... y quizá así tengas una mínima oportunidad de hablar con el emperador o retarlo, lo que pase primero.
-¿Allá? ¿Todo eso tengo que atravesar?
-Si ganas el torneo, quizá tengas una posibilidad de ir más allá -concluyó Daichi.
Kenji apretó los puños, sintiendo la adrenalina recorrerle las venas, y lo miró fijamente con una sonrisa desafiante.
-¿Quieres apostar que lo gano?
Daichi arqueó una ceja, intrigado por el atrevimiento del joven.
-¿Qué quieres apostar, Kenji?
-Sabes que si pierdes, te quedas conmigo para el resto de mi vida. Me cuidaras, me cocinaras y hasta me cambiaras los pañales si yo quiero, no sé.
Kenji lo miró con absoluta determinación, sin apartar la mirada ni un solo segundo.
-¿Y si yo gano? Me dejas partir. Necesito saber la verdad.
Daichi se quedó en completo silencio. Analizó la seriedad en los ojos del joven -el mismo chico que un día llegó llorando y que ahora era un guerrero hecho y derecho- y, soltando un suspiro cargado de resignación y afecto, asintió lentamente.
-¿Estás seguro?
-Completamente -respondió Kenji sin titubear.