Los años en las montañas no pasaron en vano. Nueve largos inviernos habían sepultado el dojo bajo mantos de nieve, y nueve veranos lo habían tostado bajo un sol implacable. Aquel niño frágil que un día tocó la puerta con los ojos hinchados de lágrimas ya había quedado atrás.
Ahora, Kenji tenía dieciséis años. Su físico se había forjado con el filo de la disciplina y el calor constante del fuego interno; sus hombros eran más anchos, sus manos callosas y su mirada desprendía una seguridad distinta, aunque todavía cargaba con sus propias limitaciones en el dominio de las llamas.
En el patio trasero del dojo, el aire vibraba con una tensión ardiente.
-A ver, torpe, concéntrate -se burló Daichi, cruzado de brazos mientras se recargaba perezosamente contra el marco de la puerta del doyo, sosteniendo una vara de madera con la que de vez en cuando le daba pequeños golpes en la espalda para corregirle la postura-.
Si sigues pisando así de mal, cualquier novato de la roca te va a barrer el suelo con los dientes en el primer minuto.
Kenji bufó, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo mientras trataba de mantener las llamas estables en sus manos.
Tras nueve años de práctica continua, su avance se había consolidado de manera firme hasta el segundo grado: ya lograba materializar el fuego directamente en su cuerpo y concentrarlo con fuerza en sus extremidades para dar puñetazos o patadas, cuidando siempre que las flamas no se extinguieran en pleno combate.
Sin embargo, el tercer grado, ese nivel avanzado donde las llamas lograban rodearlo por completo a modo de armadura ígnea, seguía resistiéndosele a pesar de sus múltiples intentos.
-Cállate y ven a pelear tú si tan fácil es, viejo -respondió Kenji con una sonrisa de medio lado, retándolo con la mirada mientras intentaba un despliegue de fuerza con sus puños encendidos.
-¿Viejo? Oye, oye, mocoso mal agradecido -soltó Daichi con una carcajada ligera, aunque en sus ojos brillaba un destello indisimulado de orgullo puro
.-Pero bueno, ya que insistes en probar el suelo otra vez.
Daichi se despojó de la pereza en un abrir y cerrar de ojos. Sin usar ningún elemento -porque al carecer por completo de ellos, su maestría dependía única y exclusivamente de la energía pura de su cuerpo, de la naturalidad y del dominio físico implacable que tantos años le costó perfeccionar-, se deslizó hacia adelante como una exhalación.
Kenji reaccionó por instinto, lanzando un golpe directo cargado con la fuerza de su segundo grado.
Daichi, utilizando solo sus ataques corporales y un movimiento fluido, activó una fracción de su *Defensa X*, haciendo que la energía verde destellara por milisegundos y desviara el impacto con un eco seco. Antes de que Kenji pudiera cubrirse o intentar forzar un paso más allá de sus límites, Daichi le dio una ligera llave física en el brazo y lo tiró al suelo de la arena, dejándolo boca arriba con la tierra pegada al rostro.
-Te falta velocidad en los giros y sigues queriendo correr antes de caminar -le regañó Daichi, extendiéndole una mano callosa para levantarlo con un movimiento firme.
- Tienes la fuerza del segundo grado bien dominada, te felicito por eso, pero pretendes alcanzar el tercer grado a la fuerza bruta sin respetar los tiempos del fuego.
Kenji tomó la mano de su maestro y se dejó incorporar de un tirón, sacudiéndose el polvo de los pantalones mientras sonreía de forma cómplice.
Durante esos nueve años, la línea entre el maestro y el alumno se había difuminado por completo. Daichi había sido el mentor severo cuando las llamas amenazaban con consumirlo, el hermano mayor burlón que se reía de sus torpezas, y la figura paterna que lo había anclado a la vida tras la pérdida del viejo Fuji.
-Oye... -murmuró Kenji, mirando de reojo el horizonte donde las montañas comenzaban a teñirse con el tono anaranjado del atardecer.
-Ya pasó el tiempo, ¿no? Nueve años exactos desde que llegué aquí.
Daichi dejó de caminar hacia el interior del doyo, deteniéndose en el umbral. Se quedó en silencio por unos segundos, mirando el cielo, y luego soltó un suspiro mientras se frota la nuca.
-Sí... El tiempo vuela cuando andas aguantando tus berrinches, mocoso. Y justo a tiempo, porque ya falta exactamente un año para que se celebre el gran torneo bicentenario. Las fechas están por cumplirse, y aunque el torneo principal está a la vuelta de la esquina, antes de eso tendremos que abrirnos paso y superar las rondas de clasificatorias si de verdad queremos un lugar ahí dentro.
Daichi se dio media vuelta, se acercó a Kenji y, con una mezcla de rudeza fingida y una profunda ternura que intentaba ocultar, le dio un fuerte manotazo cariñoso en la nuca que hizo tambalear al joven.
-Más te vale no hacer el ridículo, ¿eh? Porque si pierdes en las clasificatorias después de nueve años de soportar tu mala cocina y tus pucheros, te juro que yo mismo te voy a echar a patadas de las montañas. Y ya va siendo hora de que aprendas de verdad las técnicas avanzadas: los ataques con la armadura X y cómo canalizar el mismísimo Puño Umbral. Si vas a pelear contra los mejores del mundo, vas a necesitar más que solo chispas de segundo grado.
Kenji soltó una carcajada sincera, sintiendo el calor del afecto familiar llenándole el pecho ante la perspectiva de bajar por fin al gran torneo y dominar las técnicas definitivas.
-No te preocupes por eso, viejo. Voy a ganar esas clasificatorias y todo lo que venga -respondió Kenji con absoluta firmeza, encendiendo las llamas de sus puños con total control-. Por mí, por el abuelo... y por ti.
Daichi le devolvió una sonrisa genuina, inusualmente suave, y le dio un par de palmadas firmes en el hombro antes de entrar al dojo.
-Más te vale. Ahora entra a cenar, que mañana mismo empezamos a pulir esos movimientos.
Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a asomarse por las cumbres cuando el doyo ya resonaba con el sonido de los golpes. Kenji se esforzó al límite durante horas, intentando dominar las complejas posturas que su maestro le exigía y logrando generar solamente el **ataque X**. Ya exhaustos, al final de la noche durante la cena, Kenji lo miró fijamente y le preguntó:
-Daichi, ¿por qué dejaste de ser maestro? ¿Qué pasó?
Daichi dejó los palillos sobre la mesa.
Su expresión se ensombreció y, con la mirada perdida en el suelo, comenzó a contarle lo que había marcado su vida:
-Tras terminar mi entrenamiento con tu abuelo, lo terminé joven. Tenía solo 20 años . La gente no quería entrenar conmigo por no poseer ningún elemento o por ser joven. Perdí el ánimo. Me deprimí. Cuando tú llegaste estaba al borde del suicidio. Me sentía impotente y humillado...
Daichi levantó la vista, encontrándose con los ojos de su discípulo, y una suave y sincera sonrisa cruzó su rostro.
-Tú fuiste la chispa que me dio todo el ánimo de vivir. Gracias a ti supe lo bella que es la vida y lo maravilloso que es tener discípulos. Gracias, Kenji.
Kenji negó suavemente con la cabeza, con los ojos brillando de afecto.
-No... Gracias a ti, Daichi.
Tras un momento de cálido silencio, Daichi sacudió los hombros y retomó su tono habitual:
-Y bien, cada día es un día menos para llegar al torneo. Te apuesto que tu amigo Bruno va a estar ahí.
- ¿Qué será de él en este momento?
Mientras tanto, en la ciudad central, dentro del doyo del padre de Bruno, se encontraba Bruno recostado sobre el tatami, siendo golpeado e insultado sin piedad por un anciano de mirada severa.
-¡No seas idiota! ¡Tan inútil eres! Tu fuerza física y entrenamiento no te bastarán para derrotar a los mejores. ¡Deja de ser un inútil y ponte a entrenar cada día más! -le gritaba el anciano entre insultos constantes.
Bruno ya no era el mismo joven que antes se preocupaba por Kenji; ahora era una persona completamente arrogante y fría. Se puso de pie con brusquedad, escupió un hilo de sangre y miró al viejo con una furia helada.
-Cállate, anciano -respondió Bruno con voz cortante-. Ahora yo seré el que gane ese torneo. La fama y el reconocimiento llegarán a mí muy pronto y la venganza llegará también.