Luego de salir de la posada, nos dirigimos rápidamente hacia la avenida principal.
Por suerte, en las horas de la mañana, la avenida no estaba tan concurrida. Muchas de las tiendas estaban cerradas, los escaparates vacíos y los puestos ambulantes apenas se estaban armando. Pocos trasuntes recorrían la calle, en su mayoría personal del ayuntamiento o algún policía patrullando.
Parecía que habíamos salido a una buena hora para no ser molestados... Extrañamente eso me hizo sentir más calmado, menos ansioso por las multitudes. En cambio Tália, cuando logré alcanzarla, caminaba animada a mi lado, moviendo su peluda cola enérgicamente, como si disfrutara extrañamente de salir a caminar en una mañana fría como esta.
El aire frio entraba a mis pulmones, generando incomodidad cada vez que respiraba. Me pareció extraño, estaba acostumbrado a tipos de frio mucho mayores, pero este parecía especial. No le preste demasiada atención. Una vez llegamos a la parada, esta estaba casi vacía. Los pocos presentes, en su mayoría adultos, parecían tener algún trabajo en el Gremio o en sus cercanías ya que cada uno vestía ropa elegante bajo las pesadas prendas de abrigo.
Tália y yo éramos los únicos cuyas ropas no iban acorde al resto. Eso hizo que nos lleváramos más de una mirada malintencionada, sin embargo, Tália sonreía, protegida por su aura de felicidad. Ambos nos sentamos en unos asientos de madera, lejos de los demás a esperar el tranvía.
— Así que, Tália, dime... tú... —Quise decir algo, para dejar atrás el silencio perpetuo que rodeaba extrañamente a la parada, pero pude pensar en nada. Ningún tema de conversación llegaba a mi mente.
Al dirigir mi mirada hacia Tália, noté que ella estaba igual de pensativa que yo, perdida en su mundo mientras miraba hacia todos lados, moviendo sus orejas debajo de su gorra pero sin enfocarse en nada en específico. Simplemente contemplaba la ciudad en calma.
— Asumo que somos dos —concluí, levantando ambas cejas mientras suspiraba ante la situación.
Al final, me quedé observando nuestros alrededores junto a Tália, en busca de algo interesante. Todo estaba realmente calmado. El viento fluía ligeramente entre los edificios, formando un canal por la avenida que parecía recorrer de punta a punta. De vez en cuando, una hoja cruzaba frente a mí, arrancada de la copa de un árbol más allá de los edificios que nos rodaban. Más allá de eso, todo permaneció en silencio, incluso la gente en la parada. Por consenso general, todos admiramos los alrededores en silencio.
El sol comenzó a salir con más fuerza, bañándonos con su cálida luz y su agradable calor. Esa sensación reconfortante era perfecta para esta fría mañana, tan plácida que fácilmente podría haberme quedado dormido bajo este suave sol.
En uno de mis vaivenes visuales, terminé posando los ojos en Tália. Sorprendentemente, ella había caído presa del cálido abrazo del sol: se había dormido sentada junto a mí. Apoyaba su cabeza en mi hombro, y no me había dado cuenta hasta ese momento. Yacía plácidamente dormida, su respiración suave, ajena a todo estimulo externo, lo confirmaba. No sabía qué estaría soñando, pero debía ser algo bonito, ya que su cola se movía apenas, de manera imperceptible, meciéndose al parecer con el viento. Sus sueños, al menos, no parecían albergar preocupaciones ni miedos.
Me quedé quieto, viéndola dormir tranquilamente. A pesar de lo nervioso que estaba antes, verla así me daba una extraña sensación de calma. Seguía sin entenderlo, pero cada vez me importaba menos. Podía sentir cómo los fuertes latidos de mi corazón se iban apaciguando en su presencia.
Al observarla más de cerca, noté que se había envuelto cuidadosamente en su poncho. Sonreí al intuir el por qué lo trajo; seguramente sabía que terminaría durmiéndose, o quizás era normal para ella volver a la cama tras levantarse demasiado temprano.
— Alguien no durmió anoche, supongo... —dije con un bostezo, reduciendo mi voz a un susurro para no despertarla.
Por un instante sentí el impulso de dormir también, pero me resistí. Por más que quisiera, alguien debía estar atento al tranvía y proteger a Tália en caso de que algún imprevisto pasara.
El tiempo transcurrió lentamente. Incluso cuando vi al tranvía asomarse a lo lejos, parecía que nunca iba a llegar. Solo podía oír el ligero traqueteo y el sonido de su campana, que se acercaban muy despacio. Cuando finalmente llegó a la parada, me encontré dudando si debía despertar a Tália. No quería interrumpir su paz; después de todo, yo tampoco querría que me despertaran en un momento tan tranquilo. Decidí recostarla más cómodamente sobre mi hombro y subirla cuando el tranvía se detuvo frente a nosotros. La mayoría de gente se subió primero, abalanzándose disimuladamente hacia la puerta antes que nosotros. No le presté atención, simplemente esperé a subir junto a Tália.
Arriba, hice una seña al maquinista para que supiera que volvería en un momento, acomodé a Tália en uno de los asientos del medio, junto a la ventana y luego pagué el pasaje, para finalmente regresar junto a ella. Me senté a su lado y tras unos segundos, el tranvía partió.
A medida que avanzábamos, el tranvía dejaba una pequeña estela de humo. El traqueteo de las ruedas y el sonido irregular pero melódico de la campanilla creaban un ambiente agradable. Mirando por la ventana, vi cómo la ciudad comenzaba a despertar. Las personas salían de sus hogares, algunas de las tiendas abiertas ya tenían clientes, mientras que otras parecían indiferentes a la prisa de la mañana. Todo estaba mucho más tranquilo en comparación con el ajetreo del día anterior.
Un recuerdo afloró cuando vi aquellas imágenes a través del cristal: Hace años, mi abuelo me llevó a un pueblo, al sur de la ciudad de Melug. Fue por un envió, transportábamos comida desde el pueblo a Melug. Había nevado la noche anterior pero teníamos que salir en la mañana, por esa misma razón, mi abuelo me hizo levantarme temprano. Recuerdo vívidamente el frio que caló mis huesos esa mañana tras dejar la cama barata de la posada. Caminamos por un rato por la calle principal del pueblo. Igual que ahora, aquella calle presentaba un caudal similar de gente en las calles y negocios comenzando la jornada.
— Espero que no tengas frio, Tália... —murmuré, pensativo, girándome hacia ella para comprobarlo.
De pronto, apenas apoyé mi mano en la lana de su poncho, el tranvía giró en una esquina. La maniobra pareció brusca, seguramente torpeza del maquinista. La maniobra me hizo caer ligeramente sobre Tália. Para mi sorpresa, ella cruzó un brazo sobre mi torso y me apretó contra ella, aún dormida.
—No... no... off... Fiuuu... no... off... Fiuuu... —balbuceaba mientras me abrazaba con fuerza, apenas refregándose contra mí.
Cada vez que decía "no", me apretaba más, como si temiera que fuera a escapar. Su calor atravesaba el tejido del poncho, llenándome de una extraña mezcla de calma y nerviosismo. Mi corazón se agitó, y una vorágine de emociones se arremolinó en mi estómago. Me gustaba esa sensación de ser abrazado con tanto "fervor", de sentirme querido, pero al mismo tiempo sentía que me estaba aprovechando de su vulnerabilidad.
Con cuidado, me separé de ella. No quería dejarla sin nada que abrazar, así que tomé su cola mullida y la coloqué entre sus brazos, esperando que no notara la diferencia y así fue, al instante se abrazó de ella, recostándose contra la ventana. Me sentí en paz cuando volvió a murmurar cosas dormida.
Después de un rato de viaje y algunos giros mucho más leves, pude vislumbrar el gran edificio del Gremio de Comercio.
Grandes paredes de piedra se alzaban en toda su fachada exterior, adornadas con finos tallados en mármol blanco. Aunque no mostraban ninguna escena específica, ayudaban a transmitir una sensación de lujo y riqueza. Los enormes ventanales de cristal translúcido, transparente como el agua pura, destacaban a lo lejos, reflejando la luz de la mañana como un faro para todo aquel que quisiera hacer negocios. Su brillo me encandiló y desde la distancia no pude apreciar mucho más, pero lo poco que vi fue suficiente para saber que en ese lugar podría hacer buenos negocios.
La dulce campanilla del tranvía sonó varias veces cuando este se detuvo frente al Gremio, marcando así el final de nuestro viaje. Era momento de bajar, pero antes debía despertar a Tália. Aunque no quería interrumpir su sueño, tampoco podía quedarme esperando. Con la mayor delicadeza posible, apoyé mi mano en su hombro y la moví ligeramente mientras le hablaba.
— Tália... Tália, despierta. Ya estamos en el Gremio... ¡Tália!
— ... —Ella seguía con los ojos cerrados, aferrada a su cola y aquel sueño que se negaba a devolvérmela.
Parecía que no tenía intención de despertarse. Estaba acurrucada en el asiento, luciendo completamente cómoda. Dudaba sobre qué hacer; no quería ser brusco, pero tampoco tenía muchas opciones.
"¿Será como en esos cuentos donde la princesa se despierta con un beso del príncipe?", pensé, dejando que mi corazón empezara a latir con fuerza y mi mente navegara alrededor de aquella extraña idea, hasta que me di cuenta era absurda. No podía hacer algo así; sería un abuso de confianza y, además, estaba demasiado nervioso como para siquiera considerarlo.
— Lo siento, Tália... —murmuré, afirmando mi agarre sobre su hombro y moviéndola con más fuerza, elevando el tono de mi voz en el proceso—. ¡Tália, despierta! ¡Ya llegamos! —insistí, mirando de reojo al maquinista, que parecía observarnos con curiosidad—. ¡Vamos, despierta de una vez!
Por unos momentos, pensé que no funcionaría. A pesar de moverla cada vez más, no mostraba señales de querer despertar. Pero finalmente, bajo su boina, sus grandes orejas comenzaron a moverse inquietas. Con un esfuerzo más que evidente, abrió apenas un ojo, luchando por mantener el otro cerrado.
— Bullet... quiero dormir... solo cinco minutos más... por favor... —dijo con una voz adormilada, más en su sueño que en el mundo real.
— ¡Que no, Tália! —protesté, sacudiéndola con más fuerza—. ¡Despierta ya!
Después de unos cuantos balbuceos y forcejeos entre ambos, finalmente comenzó a incorporarse.
— ¡Está bien, me voy a levantar! —exclamó, empujándome hacia atrás mientras abría por fin los ojos—. Pero deja de moverme así, me estás mareando.
— ¡Lo siento! No era mi intención. Solo... ¡despierta de una vez! El maquinista nos está mirando raro —señalé al conductor con la mano.
Tália se tomó unos instantes para volver completamente a la realidad. Lucía más descansada que cuando salimos de la posada, eso era seguro. La ayudé a levantarse del asiento, y juntos nos dirigimos lentamente hacia la puerta del tranvía. Antes de salir, me acerqué al maquinista para disculparme por el retraso.
Cuando lo vi de cerca, noté que era un elfo. "Espero que las historias sean ciertas y tenga una paciencia casi infinita", recé en silencio antes de hablar.
— Discúlpenos. No era nuestra intención retrasarlo —dije, forzando una sonrisa lo más honesta posible. Luego me giré hacia Tália—. Tália, discúlpate tú también con el caballero.
Ella parecía sorprendida por mi petición. Su rostro se ruborizó ligeramente, pero su cola comenzó a moverse de un lado a otro, como si estuviera nerviosa.
— Discúlpeme... no quería molestar... ¡pero en mi defensa! —levantó un dedo, como si fuera a presentar un argumento sólido—. El asiento estaba muy cómodo y el traqueteo me ayudó mucho a dormirme.
Aunque lo que decía podía ser cierto, no era el momento ni el lugar para justificarse.
— ¡Tália, no es momento de "defensas"! Discúlpate bien, por favor. Mira la cara del pobre hombre, solo quiere trabajar —señalé al confundido maquinista, que nos miraba, moviendo sus ojos azulados entre yo y Tália.
Las orejas de Tália cayeron bajo su boina al oír mi reprimenda, reflejando tristemente su arrepentimiento.
— Lo siento mucho... —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza.
— ¿Y qué más? —la presioné, con una mirada inquisitiva.
Ella suspiró y me miró, luego miró al maquinista. Tras tomar aire, añadió con más calma y sinceridad:
— Siento haberme quedado dormida y retrasarlo. Le ruego que me disculpe.
— Eso ya suena mejor —dije, palmeándole suavemente la cabeza a través de su gorra. Tampoco quería tratarla mal. Simplemente quería que se disculpara de forma sincera.
Bajo la boina, su cabello era cálido y suave, y sus orejas peludas ofrecían una textura única, como un guante caro de piel. Era una sensación curiosamente reconfortante.
Antes de bajar del tranvía, el maquinista rompió el silencio con una risa inesperada y habló con voz elegante, digna de un elfo.
— ¡Jajajaja! ¡Chico, nunca hizo falta que se disculparan! Solo los miraba porque me recordaron a mí y a mi esposa cuando nos conocimos. Cuando los vi subir, me hicieron acordar a nosotros. ¡Hacen una muy bonita pareja!
Sus palabras me dejaron al instante sin aliento. ¿Pareja? Apenas nos conocíamos. ¿Cómo podía alguien pensar algo así? Mi mente comenzó a formular ideas, cada una más alejada de la realidad que la anterior, pero rápidamente regresé a la realidad cuando escuché a Tália responder con firmeza:
— ¡Somos compañeros! —dijo con una confianza que jamás pensé que tendría. Estaba erguida y con las orejas en alto, sus ojos fijos en los del maquinista.
Su cambio de actitud me sorprendió. Apenas unos minutos atrás estaba apenada, y ahora respondía con determinación. Quién diría lo rápido que pueden cambiar las cosas.
El maquinista esbozó una sonrisa pícara apenas oyó la firme declaración de Tália.
— Conque "compañeros"... —repitió, con un tono juguetón, casi burlesco—. Déjenme decirles algo: alguien que ha vivido casi doscientos años sabe reconocer estas cosas. Les doy unos meses, como mucho, antes de que eso cambie... Ahora vayan, que parece que tienen prisa.
Intenté no darle demasiadas vueltas a sus palabras, convenciéndome de que eran solo divagaciones de un elfo viejo. Pero sus comentarios dejaron una pequeña semilla en mi mente, una idea que no podía ignorar del todo y que una parte de mí quería explorar, aunque fuese un poco. Por un instante miré a Tália. Ella seguía desafiando con la mirada al maquinista.
Extrañamente sonreí al verla así. La tomé del brazo por instinto, listo para dejar el tranvía. Por suerte el resto de gente ya se había bajado hace un tiempo.
— Gracias por el viaje... y por el consejo, supongo —agradecí, acompañando con un gesto de mi cabeza.
Sin esperar respuesta, miré a Tália otra vez y le indiqué que me siguiera. Ella me miró extrañamente ofuscada, siguiéndome sin decir nada.
El elfo nos saludó con la mano, riendo para si mismo mientras nos miraba bajar. Antes de volver a poner en marcha el tranvía, nos miró a ambos. Una sonrisa blanca le recorría de mejilla a mejilla.
— Les deseo suerte, chicos, en serio... —afirmó, melancólico. Nos miró por ultima vez, resopló con cansancio y finalmente, puso en marcha el tranvía —. Suerte... — Su elegante voz se perdió entre el traqueto del tranvía y la dulce campanilla. Alejándose de nosotros hasta desaparecer en la siguiente esquina...