Para cuando volví a abrir los ojos, me sentía completamente descansado, tanto en cuerpo como en alma. Sin embargo, me quedé tumbado en la cama, disfrutando de su calidez y suavidad. Era raro tener la oportunidad de estar en un lugar tan cómodo, y no quería desperdiciarla. Me moví de un lado a otro, acurrucándome como un niño pequeño . Cada movimiento me hacía sonreír; era como si estuviera redescubriendo un pequeño placer que había perdido hace tiempo.
Después de un rato de actuar de forma infantil, decidí levantarme. Hoy iba a ser un día ocupado: debía ir al Gremio de Comercio por el mensaje de la radio y encontrarme con Lucius. Me estiré, desperezándome mientras mis pensamientos derivaban hacia Lucius.
— ¿Me pregunto cómo estarán ellos? —murmuré mientras comenzaba a vestirme.
Con la ropa ya ajustada y listo para salir, me acerqué a la puerta de la habitación de Tália. Golpeé varias veces, lo suficiente para hacerme escuchar pero no molestarla.
— ¿Tália? ¿Estás despierta? —pregunté, elevando un poco la voz—. ¡Voy al Gremio! ¿Quieres venir?
Esperé unos segundos, pero no obtuve respuesta. Golpeé de nuevo, esta vez más fuerte, pero no hubo respuesta.
— Asumo que ya se habrá levantado —murmuré para mí mismo, encogiéndome de hombros antes de dirigirme a las escaleras.
El eco de mis pasos resonó en la escalera de piedra mientras descendía hacia la recepción. El aire fresco que se filtraba por las ventanas entre abiertas me hizo cerrar un poco más mi chaqueta. Justo cuando pasé junto a una de las pocas puertas del pasillo, mi estómago rugió, recordándome que no había desayunado. Un aroma cálido y especiado me detuvo en seco. Provenía de detrás de una puerta con una inscripción en la Lengua del Norte: "Comedor".
— Asumo que de aquí viene ese olor —comenté, con una mezcla de ilusión y curiosidad, empujando la puerta para entrar.
Un chirrido agudo de la puerta me acompañó al entrar y el aroma a carne recién cocida y estofado de verduras sazonado con especias se hizo aún más intenso. Pude distinguir el ajo seco, el orégano y el curry. El olor me envolvía, generándome una extraña melancolía que no supe descifrar y aun así, permaneció en mi mente por unos instantes.
— Quien sea que esté cocinando, se nota que sabe lo que hace —dije en voz baja mientras escaneaba el comedor en busca del origen de tan delicioso aroma.
El lugar estaba impecable y completamente vacío, salvo por una gran estufa a leña en el centro, donde el fuego crepitaba con fuerza. Las mesas estaban alineadas contra las paredes, con las sillas volteadas sobre ellas, claramente no esperaban huéspedes. El calor de la estufa llenaba el ambiente, creando un contraste acogedor con el frío matutino que se colaba a través de los cristales de la ventana.
Mientras me acercaba más a la estufa, un ruido familiar rompió el silencio: cubiertos raspando platos de cerámica.
— ¡Bullet! ¿Eres tú? —preguntó una voz ligeramente atragantada detrás de la estufa.
Rodeé la estufa y encontré a Tália sentada en una mesa. Tenía frente a ella varios platos de carne sazonada y un curioso bol hecho de pan, rebosante de estofado. Sus orejas se movieron ligeramente cuando levantó la vista para mirarme.
—¡Tália, no sabía que cocinabas! —exclamé, sorprendido.
—Ni creas... —respondió con la boca llena, masticando rápidamente para continuar hablando—. Mi madre es quien cocina. Yo solo sé calentar la comida en los fogones... y hasta eso se me quema a veces —añadió con un tono algo desilusionado.
Había restos de grasa y salsa en sus mejillas, pero ella no parecía notarlo. Decidí ignorarlo y mantener el tono de la conversación lejos de su aspecto "salvaje y tierno".
— Tranquila, estamos en la misma. Tampoco soy muy bueno cocinando —comenté, intentando animarla con una sonrisa.
— Entonces no soy la única... —asintió, visiblemente aliviada. Luego desgarró un trozo de carne con las manos y me lo ofreció—. ¿Quieres? Mi madre siempre hace de más.
— Nunca se le dice que no a una comida —respondí, aceptando el grasiento pedazo de carne.
La mordí con entusiasmo, pero la carne estaba fibrosa y difícil de desgarrar. Me llevó varios intentos, pero finalmente, pude hacerlo. No pude evitar sorprenderme al recordar que Tália la había hecho con sus manos. Mientras comía, la observé devorar su comida con un apetito voraz. En cuestión de minutos, había acabado varias porciones de carne, el estofado y hasta el bol de pan, y aun parecía tener hambre...
Cuando terminó, tenía la boca llena de grasa, migas y salsa. Era una escena un poco grotesca, pero, de alguna manera, resultaba encantadora. Al darse cuenta de que la estaba observando, detuvo su frenético ritmo y me miró, visiblemente avergonzada, sus mejillas se enrojecieron y evitó mi mirada.
— ¡Disculpa! ¿Dónde están mis modales? —exclamó mientras buscaba apresuradamente algo en la mesa. Finalmente, tomó un pequeño plato con carne y ensalada y me lo ofreció—. Toma, seguro tienes hambre.
— Gracias —dije, aceptando la comida con una sonrisa.
La carne estaba fría y la ensalada sosa, pero no me importó. Estaba acostumbrado a comer cosas frías en el tren. Mientras comía, decidí cambiar el ambiente iniciando una conversación.
— Entonces... ¿Qué planeas hacer hoy? —pregunté entre bocado y bocado, levantando la vista hacia ella.
— Nada, supongo... —respondió con desgana, lamiendo su mano frente a mí, en un intento de limpiarse y saciar su hambre—. Después de lo de ayer, dudo que me llamen para volver a la estación. Al menos ya no tendré que recibir golpes...
Noté que se forzaba a sonreír, por eso decidí cambiar el enfoque de la conversación de inmediato, a uno más cálido y no tan falto de esperanza.
— Te recuerdo que ayer me pediste que te llevara a Ymir. Así que ahora tienes un nuevo propósito —dije, cortando un gran trozo de carne y ofreciéndoselo para animarla.
Ella lo tomó con algo de ilusión, pero pronto frunció el ceño.
— Está frío...
— Lo está —asentí calmadamente—. Pero te vas a acostumbrar. En los viajes no siempre tendrás la oportunidad de comer cosas calientes. Eso es parte de la aventura.
Dejé los cubiertos juntos sobre mi plato, en un ángulo de noventa grados, satisfecho, y me levanté.
— Recojamos esto. El tiempo apremia, y tengo mucho por hacer.
Nos levantamos al unísono, con Tália tomando los platos y yo ayudándola a apilar lo que habíamos usado. Su cola se movía de forma rítmica, reflejando cierta emoción contenida o como si tarareara algo en su mente. No pude evitar fijarme en cómo intentaba disimular su vergüenza mientras trabajábamos juntos. La seguí hasta una puerta al fondo del comedor, y para mi sorpresa, descendimos por una escalera que conducía a un sótano. La posada era mucho más grande de lo que parecía a simple vista.
El sótano resultó ser una cocina y despensa combinada. Aunque el espacio no era demasiado, estaba realmente organizado. Las estufas de leña estaban alineadas junto a un par de hornos de piedra ennegrecida, de los cuales emanaba un calor suave. Había un fregadero lleno de platos por lavar al otro lado, y sobre él, un viejo reloj mecánico marcaba las siete en punto, el sonido del "tic-tac" impedía el silencio absoluto. Al fondo, una cámara refrigerada mantenía carnes y otros alimentos frescos, gracias a bloques de hielo y un sistema eléctrico rudimentario.
Mientras colocábamos los platos en el fregadero, una pequeña puerta al fondo de la cocina llamó mi atención. Estaba cerca de unas cajas y tenía un aspecto inusual, con un mecanismo de engranajes y una manivela a un lado.
— ¿Qué es esa puerta de ahí, Tália? —pregunté, frunciendo el ceño con curiosidad.
Ella se detuvo un momento, mirándola de reojo. Su expresión cambió ligeramente, volviéndose más sombría.
— "Una puerta mágica", donde si pones comida, acaba en mi habitación —respondió con sarcasmo, esquivando la pregunta de forma evidente.
— Bien, "una puerta mágica" —dije, siguiendo su juego con una leve sonrisa—. ¿Y para qué necesitas algo así?
Su tono cambió. Dejó escapar un suspiro y bajó las orejas y la cola. Aunque intentó mantener una expresión neutra, era evidente que el tema la incomodaba. Finalmente, respondió, con una falsa sonrisa.
— Cuando volvía golpeada del trabajo y no quería salir de mi habitación por la vergüenza, mis padres me subían la comida por ahí —explicó, haciendo un gesto con la mano que simulaba girar la manivela.
Me quedé mirando la puerta en silencio, comprendiendo el trasfondo de sus palabras. El mecanismo era práctico, sin duda, pero la razón detrás de su existencia era deprimente. Era un recordatorio tangible de las dificultades que había enfrentado.
—Es eficiente, pero... —comenté, pero me detuve, optando por no ahondar más—. Lo siento, no debería haber preguntado.
Ella negó con la cabeza, restándole importancia.
— Está bien. No me molesta que lo sepas, Bullet. Después de todo, vamos a viajar juntos. No tiene sentido ocultar cosas —dijo, con un tono más tranquilo, menos vergonzoso.
Asentí y, tras dejar los platos en el fregadero, me dirigí hacia las escaleras.
— Tengo algo de prisa, así que me voy. Gracias por el desayuno, y si necesitas algo, avísame —dije mientras comenzaba a subir.
Ella se limitó a asentir ligeramente, pero mientras subía las escaleras, mi mente no dejaba de dar vueltas a lo que había dicho. Cada vez que mencionaba los golpes o su vergüenza, sentía un peso en el pecho, algo me lo oprimía y el corazón me dolía. Parecía un recordatorio de que no era la única con un pasado difícil. Mientras yo me martirizaba por heridas de años atrás, ella lidiaba con un dolor mucho más reciente.
Al llegar a la cima de las escaleras, me detuve. Un pensamiento surgió en mi mente, uno que no pude ignorar: ¿Y si mi abuelo, desde el más allá, había tenido algo que ver con este encuentro? ¿Y si Tália era una señal, un recordatorio para ayudar a otros, como él lo había hecho conmigo? Quizás, al ayudarla, podría encontrar una especie de redención para mí mismo.
— Abuelo, me guiaré por mi instinto, así que no te enojes si no es lo que esperas —murmuré antes de darme la vuelta y bajar de nuevo.
Volví a la cocina, bajando los escalones de dos en dos, moviéndome entre las encimeras y las mesas llenas de platos y utensilios hasta detenerme detrás de Tália. Ella estaba de espaldas a mí, lavando los platos con un paño viejo. Aunque sabía que no me había ido, no se dio la vuelta. Parecía concentrada en su tarea, o tal vez evitaba otro momento incómodo.
—Tália —La llamé con un tono más suave esta vez—. Voy al Gremio de Comercio. ¿Quieres venir conmigo? Podríamos hablar un poco más. Creo que sería bueno conocernos mejor, ya que vamos a ser compañeros de viaje.
Ella se detuvo, dejando un plato y el trapo en el fregadero. Se giró lentamente, con agua sucia escurriendo de sus manos, y me miró con una expresión que mezclaba sorpresa y timidez. Sus orejas estaban ligeramente erguidas, pero su mirada parecía buscar palabras que no lograba encontrar.
— No pedí nada inapropiado... —dije, levantando las manos para calmarla—. Solo creo que... sería justo que habláramos más. Prometo no hacerte preguntas incómodas, y como señal de confianza, puedo contarte más sobre mí. Tú ya me has compartido algunas cosas, y siento que sería injusto no corresponderte.
Ella dejó escapar un suspiro y, para mi sorpresa, se acercó. Su expresión cambió a una pequeña sonrisa mientras sus ojos carmesí se fijaban en los míos.
— Bullet, tranquilo. Te entendí desde el principio —dijo, con un tono suave y cálido—. Es solo que... me sorprendió. Sin ser mis padres, eres la primera persona que quiere hablar conmigo así. Me hizo feliz, pero no sabía qué responder.
Sus palabras, combinadas con su cercanía y la fragancia mentolada que parecía envolverla, hicieron que mi corazón comenzara a latir con fuerza. No podía apartar la vista de su rostro, y por un breve instante, sentí que la felicidad que describía también me alcanzaba.
— Dame unos minutos para cambiarme. Espérame en las escaleras del pasillo —añadió, guiñándome un ojo antes de girarse y subir rápidamente las escaleras.
La observé irse, todavía procesando lo que acababa de pasar. Mi corazón seguía latiendo desbocado, y no pude evitar darme un leve cachetazo para centrarme.
— Céntrate, Bullet. Lo del corazón es irrelevante. Enfócate en lo que tienes que hacer —murmuré, subiendo tras ella hacia el comedor.
Cuando llegué al pasillo de la recepción, me detuve en las escaleras de caracol, intentando calmar mi mente y mi corazón aún agitado. A pesar de repetirme que debía centrarme en mis tareas, las palabras y la expresión de Tália seguían rondando mi cabeza. El simple recuerdo de su sonrisa y el brillo de sus ojos carmesí bastaban para hacerme sentir intranquilo.
— ¿Qué me está pasando? —murmuré en voz baja, llevando una mano al pecho—. No puedo perder la cabeza por algo tan... tan... ¡Aghhh! —gruñí. Intenté convencerme de que era solo el cansancio acumulado o los nervios del día, pero algo en el fondo de mi mente no estaba tan seguro. Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pasos apresurados.
— ¡Bullet, ya estoy lista! —exclamó Tália mientras bajaba las escaleras apresurada.
Allí estaba ella, vestida con un poncho de lana blanca con bordados rojos que le cubría el torso y los brazos. Sus orejas de lobo asomaban apenas bajo un gorro estilo boina, y llevaba un par de guantes grises que parecían haber sido hechos a medida. Al dar un pequeño giro sobre sí misma para mostrarse, pareció una muñeca de trapo, delicada y hermosa. Su cola rojiza con mechones grises se movía con entusiasmo, delatando su emoción.
Me quedé mirándola por un momento, incapaz de formular una frase coherente. Finalmente, murmuré algo sencillo:
— Bonito... Muy bonito poncho, Tália. ¿Lo hiciste tú? —pregunté, aunque apenas podía mantenerle la mirada.
— No, lo hizo mi madre. ¿Te gusta? —respondió con una inocente curiosidad, dando otra vuelta sobre sí misma para mostrar los detalles del bordado.
No era alguien que entendiera de ropa o moda, pero el poncho le quedaba perfectamente. Resaltaba el color rojizo de su cabello y hacía que sus ojos carmesí brillaran aún más intensamente.
— Te queda muy bien. Combina con tu pelo y tus ojos —dije, desviando la mirada al sentir cómo el calor subía a mi rostro.
Para mi sorpresa, mi comentario pareció encantarle. Su cola comenzó a moverse con más rapidez, barriendo el piso, reflejando una mezcla de felicidad y emoción.
— ¿¡De verdad!? No pensé que me quedaría tan bien. Nunca suelo usar estas cosas —dijo, mirando el poncho como si intentara convencerse a sí misma.
— Te lo digo en serio. Confía en mí. Y quien diga lo contrario no tiene idea de lo que habla. Tente más confianza —le animé con una sonrisa. Sin darme cuenta, murmuré algo más para mí mismo—. Aunque no puedo decir lo mismo de mí...
— ¿Qué dijiste? No te escuché —preguntó mientras terminaba de bajar las escaleras, acercándose a mí.
— ¡Nada! —respondí rápidamente, intentando ocultar mi nerviosismo—. Solo vamos, ¿sí? Si no, llegaré tarde a mi reunión en el Gremio.
Me giré hacia la puerta de la recepción, pero antes de que pudiera dar más de dos pasos, Tália me detuvo agarrándome de la chaqueta con firmeza.
— ¡Espera, Bullet! —exclamó, tirando suavemente de mí. Mi corazón dio un vuelco y me preparé para lo extremo. Ella me empujó hacia la pared y se acercó más hasta que sentí su fragancia mentolada llenar mis pulmones—. ¿Sabes siquiera cómo llegar al Gremio de Comercio?
Su pregunta me dejó en blanco. Tantas cosas habían pasado por mi mente y de la nada, esa pregunta... Había visto el edificio desde el tren, sí, pero orientarse a pie, sumado al estado en el que estaba, era completamente diferente. El silencio que siguió a su pregunta fue suficiente para que ella suspirara, llevándose una mano a la frente, alejándose por fin.
— Jajaja... ¿Dónde quedó el Bullet decidido que me rescató ayer de esos lupinos? —preguntó entre risas, aunque su tono era más juguetón que crítico.
— ¡Sigo siendo el mismo de ayer! Solo que... estoy evaluando ciertas cosas en mi interior —respondí, intentando no parecer tan perdido—. ¡Vamos! Tú primero.
Le abrí la puerta, invitándola a pasar. Antes de salir, Tália ajustó su boina y los guantes con cuidado, como si se asegurara de estar completamente lista. Luego, salió con paso seguro, y yo la seguí, intentando calmar los pensamientos que aún se arremolinaban en mi mente.
El aire frío de la mañana nos recibió con un abrazo helado, pero Tália parecía inmune a él. Caminaba con una energía envidiable, su cola se movía con cada uno de sus pasos. Yo, en cambio, intentaba despejar mi mente, centrándome en el suave crujir de la nieve bajo nuestras botas.
— El tranvía nos deja justo en la puerta del Gremio —dijo, rompiendo el silencio mientras señalaba hacia la avenida—. Lo tomamos allí. Serán unos diez minutos de viaje. Hasta tienen un lugar para comer si te interesa.
— Perfecto... —murmuré, observándola alejarse por la calle. Su felicidad y emoción eran contagiosas. Poco tardé en apurar mi paso y seguirla de cerca.