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Una Bomba de Tiempo

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

El resto del día nos la pasamos en la cabina charlando. Ocasionalmente, yo echaba más carbón a la caldera, y Tália me miraba con cierta inquietud cada vez que abría la caldera con una mano y con la otra tiraba carbón con la pala.

Una de esas veces se me acercó con algo de timidez y temor, ofreciéndose a ayudarme a tirar carbón dentro de la caldera. No parecía tenerle miedo, algo claro dado el trabajo que tenía como operaria en el patio de trenes de Steinheim, pero sí parecía guardarle cierto respeto.

En un principio me recordó a las primeras veces que eché carbón en la caldera bajo la estricta guía de mi abuelo. Fue una de las primeras cosas que aprendí de él y una de las tantas enseñanzas que me quedaron luego de que me dejara. 

A diferencia de mí en ese momento, Tália parecía tener más entusiasmo con la caldera. Cuando le di la pala, la enterró con mucha fuerza, sacó una gran montaña de carbón y, casi sin pensarlo, la tiró dentro de la caldera...

No me quedó más que suspirar y reírme por dentro cuando vi cómo tiraba dos kilos y medio de carbón, así como así. Por suerte no afectó tanto al calor de la caldera. Como teníamos carbón de sobra y, además, no lo pagaba yo, la dejé practicar hasta que la noche cayó.

Cuando terminó de palear el carbón, me devolvió la pala y se sentó en mi asiento, dejando caer su cabeza sobre la mesita plegable, suspirando profusamente.

— ¿Te divertiste paleando carbón? —pregunté sarcásticamente, dejando la pala sobre el cajón de carbón.

— Recuérdame la siguiente vez... —Suspiró pesadamente, luchando por siquiera levantar su dedo índice—, que no lo vuelva a hacer. Me duelen los brazos y la espalda baja —comentó antes de enterrar su cara en sus brazos.

— Supongo que lo haré —murmuré antes de acercarme a la ventanilla.

Claramente estaba todo negro allá afuera, salvo por el perímetro de Edelweiss, que iluminaba ligeramente las vías por donde estábamos yendo. Bajo la amarillenta luz del foco frontal de Edelweiss, podía ver con claridad lo que había más adelante en las vías.

Cuando centré más mi vista, pude ver a lo lejos una de nuestras primeras paradas, una de las tantas estaciones de paso en las que íbamos a tener que detenernos en nuestro viaje a Ymir. Con la estación a la vista, me alejé de la ventanilla y comencé a cerrar poco a poco las válvulas de vapor de la caldera. En el proceso miré de reojo a Tália.

Ella estaba desplomada completamente sobre la mesita plegable de mi asiento. Sus orejas y cola estaban caídas mientras respiraba pesadamente.

— Parece que alguien se cansó bastante el día de hoy... —Suspiré satisfecho, con una pequeña sonrisa.

No parecía que se hubiera dormido. A pesar de que sus orejas estaban caídas, se movían en menor medida en las mismas direcciones que yo. Algo de energía le quedaba.

— Tália, sé que sigues despierta... —Esperé a ver si respondía.

— ... —No dijo nada, pero levantó sus orejas en respuesta.

— Bien, veo que no vas a levantar tu cabeza —comenté sarcásticamente—. Asumo que tendré que detener a Edelweiss solo...

Cuando oyó mi resolución, se levantó con pereza y, con una cara que se hallaba entre cansancio, felicidad y enojo, tomó la palanca de frenos que tenía en mi mano y suspiró.

Aunque parecía reacia a levantarse y ayudarme a frenar a Edelweiss, su cola se movía apenas, un leve gesto que interpreté como una señal de aceptación. Sin decir nada más, le di la orden de comenzar a tirar de la palanca, indicándole progresivamente mientras nos acercábamos cada vez más a la estación.

Una vez estuvimos muy cerca y reducimos casi totalmente la velocidad, unos grandes focos amarillos se encendieron de golpe, iluminándonos completamente en la oscura noche. 

Luego de cegarnos con la luz, la radio sonó. Tália ya se había movido nuevamente a mi asiento para recostarse como antes, incluso antes de que pudiera volver a mirarla.

Con molestia hacia la luz, levanté el micrófono y abrí un canal para hablar.

— Aquí estación de paso número (...), 602, estábamos esperando su llegada hace dos horas —dijo con enojo una voz áspera y cansada.

— La niebla no nos dejó avanzar a la velocidad que queríamos —respondí con la mejor excusa que se me ocurrió, tapándome los ojos con la mano para evitar la poderosa luz de los focos.

— Entendido, 602... —La voz hizo una pausa y poco después, los focos se apagaron—. Tienen vía libre para el andén dos. Una vez allí, un operario tomará nota de lo que necesiten para seguir el día de mañana.

— Comprendido, andén dos —repetí y cerré la comunicación.

Acto seguido, los grandes portones de la estación se abrieron con un fuerte chirrido, señal para que entráramos.

Luego de darle un poco de potencia a Edelweiss, entramos lentamente junto con el convoy de vagones dentro de la estación. 

Una vez el convoy pasó y las puertas se cerraron tras nosotros, el vivido ambiente colmó la vista a través de la ventanilla. Similar a la estación de paso donde conocí a Tália y a la estación de Steinheim, los operarios y personas deambulaban y corrían a través de los andenes. Algunos empujaban carros grandes llenos de cajas y barriles de todo tipo hacia los varios vagones de los andenes; otros simplemente corrían de un lado al otro, saltando de andén en andén mientras revisaban y comprobaban las cargas.

Me resultaba curioso pensar que Tália trabajaba haciendo esto todos los días.

Una vez nos detuvimos en el andén, un operario felinido se presentó y me entregó varias cartas y papeles. La mayoría tenían el emblema del Ejército y unos pocos del Gremio. Luego me entregó una tabla llena de papeles para rellenar, con el propósito de solicitar el reabastecimiento para Edelweiss y nuestros suministros.

Con bastante desgana firmé y rellené cada uno de los papeles que me dio el operario. No tenía muchas ganas en general de firmar, pero, luego de hacerlo, devolví la tabla con una sonrisa fingida al operario y esté se retiró.

Rápidamente desvié mi mirada hacia Tália y las cartas del Ejército.

Tália seguía postrada con la cabeza enterrada en sus brazos sobre mi asiento, simulando estar dormida. Como antes, sus orejas me seguían y su cola se mecía al ritmo de un martilleo lejano.

Por otro lado, estaban las cartas del Ejército. No eran muchas, pero no sabía qué podía encontrar dentro de ellas... 

Con cierta aversión a leerlas, abrí la puerta de la cabina y me senté en el espacio que había entre la carbonera y la cabina. Si bien estas estaban unidas por un pasaje parcialmente cerrado, había un espacio entre ellas donde podía sentarme y dejar colgar mis piernas.

Una vez me senté en el frío e irregular pasaje, me puse a abrir las cartas una a una, leyendo su contenido.

En un principio, la mayoría tenían escrito en su reverso "ERENOR" y mostraban varios mapas y predicciones climáticas para los siguientes días. Otras, curiosamente, eran instrucciones de emergencia por si el vagón acorazado se veía "comprometido" de alguna forma.

Detallaban concretamente las acciones a tomar en ese caso: desde avisar por radio al Ejército y abandonar el tren de forma inmediata, hasta medidas de emergencia como lo era volar la caldera del tren para "supuestamente" destruir la carga del vagón en caso de que esta escapase.

— ¿Escape...? —repetí, confundido—. ¿Qué demonios llevamos en ese vagón como para que se escape y tengamos que volar la caldera como medida de emergencia?

Intenté asomar la cabeza tras la carbonera para ver el vagón acorazado.

Esta no era la primera vez que realizaba encargos para el Ejército. Siempre que lo hice, tenía que llevar vagones de todo tipo llenos de equipo y esas cosas. Tampoco era la primera vez que llevaba un vagón acorazado, pero sí la primera vez que me decían que volara la caldera en caso de emergencia.

Con algo de temor a que mis miedos y recuerdos se volvieran a hacer realidad, dejé los papeles en la cabina y me dispuse a acercarme al vagón acorazado.

Recorrí el corto trayecto por el húmedo piso del andén de piedra hasta que estuve frente al susodicho vagón. Por impulso llevé mi mano a la pistolera bajo mi brazo. Me parecía que, si algo escapaba de allí, la munición de 10mm de mi pistola no funcionaría para parar lo que estuviera allí. Pero, aun así, cuando desenfundé la pistola, me sentí más tranquilo...

El vagón no parecía estar fuera de lo normal, salvo por las evidentes advertencias de peligro en varias lenguas que vi antes. Iban desde el Imperial, la Lengua del Norte, Élfico, las Lenguas de las Islas del Sur y algunas más que no logré distinguir, pero estaban presentes y escritas en letras rojas y negras.

A pesar de que no veía nada más raro en el vagón, decidí acercar mi cara a una de las paredes e intentar escuchar si había algo ahí adentro. 

Conforme acerqué mi cara a la pared del vagón, una extraña sensación de frío me erizó los pelos de las mejillas. La pared exterior estaba completamente húmeda y mojada, gotas gruesas caían en el espacio entre el andén y las vías, como si el frío que emanaba del vagón se condensara con el calor dentro de la estación.

A pesar del frío y la humedad del vagón, pegué mi oreja a la pared y me esforcé para ignorar los continuos ruidos de la estación y los andenes, intentando oír lo que se cernía dentro de las gruesas paredes de acero. 

Estuve así un rato, pero apenas oía algo, me era imposible ignorar del todo el chirrido de los trenes y los gritos ocasionales. Sin embargo, cuando me iba a rendir, el eco de un irregular y sutil golpeteo metálico provino desde el interior del vagón. No supe distinguirlo del todo, aun así, resonaba constantemente en mi cabeza, como un par de garras que se movían sobre el metal... lo había oído antes... 

Era extraño... lo sentía como un recuerdo muy lejano, pero a la vez, se sentía tan cerca... Tan personal...

Un violento escalofrió recorrió mi cuerpo de repente. Por instinto me separé del vagón, retrocediendo unos pasos. Sin quererlo, levanté la pistola hacia el vagón... temblaba, mi mano estaba entumecida por el frio, no sentía mis dedos y aun así se movían, como los espasmos de un cuerpo después de la muerte..

— Quizás son solo ideas mías... —murmuré, apretando con todas mis fuerzas mi mano, aferrándome a la empuñadura de la pistola, deteniendo por la fuerza aquel movimiento involuntario. Aun así, podía sentir un persistente cosquilleo recorrer mi brazo—. Quizás me estoy dejando llevar por mi imaginación.

Frustrado por no haber encontrado nada y lleno de un extraño temor hacia el vagón, enfundé torpemente mi pistola y volví a la cabina, donde Tália seguía recostada como antes.

Por algún motivo, no podía quitarme de la cabeza la curiosidad de lo que había en ese vagón.

Me generaba bastante inquietud. Era como una espina clavada en mi cerebro que no me podía sacar. Tália me dijo que confiaba en mí, pero cada vez que pensaba en ese vagón no podía más que recordar el último envío con mi abuelo, donde llevábamos un vagón igual al de ahora...

Justo cuando me estaba empezando a plantear comunicarme con la Mayor Grant para resolver mis dudas, la radio volvió a sonar. 

Agarré el micrófono por inercia y hablé sin pensarlo mucho.

— Tren 602 al habla, cambio.

— ¿Señor Bullet, es usted? —respondió una autoritaria voz femenina.

— El mismo. ¿Con quién tengo el placer? —respondí con ironía, imaginándome ya quién era.

Un suspiro de frustración se oyó a través de la radio antes de volver a emitir palabra alguna.

— Soy la Mayor Grant, del 4to Regimiento de Acorazados del Ejército del Norte. Tengo entendido que llegaron a la primera estación de paso. ¿Cómo se encuentra la carga?

— Fría y mojada. ¿Se la describo, Mayor? —aludí sarcásticamente. Mi mente me obligaba bromear sobre el asunto.

No pudo llamar en mejor momento que este; la usaré para aliviar mi estrés. ¿Qué mejor que hablarle mal a un oficial del Ejército, no es así?

La radio se silenció un momento, y aproveché para mirar a Tália. Cuando la vi, ella estaba desenterrando su cabeza de sus brazos. Tenía toda la cara marcada por la textura de su poncho. No pareció darse cuenta, dado que me sonrió como si nada y salió de la cabina con paso somnoliento.

Apenas unos segundos de que ella cruzara la puerta, la Mayor Grant volvió a hablar.

— Bullet —su voz sonaba algo preocupada—. Requerimos que salgan mañana en el mismo horario que lo hicieron hoy y se dirijan por las vías del sur, evadiendo lo más posible las montañas.

Eso me resultó raro, dado que las vías del sur son uno de los trayectos más largos para llegar a Ymir. Principalmente porque eluden las montañas y las rodean, no las atraviesan como las demás rutas. 

Si bien es una opción más segura y factible en algunos casos, cualquier ejército y, sobre todo, el ERENOR, utilizan las rutas directas y rápidas. No se pueden dar el lujo de que sus suministros lleguen tarde, aunque no estén en guerra.

— ¿Las vías del sur? —pregunté, incrédulo—. Eso nos haría retrasarnos dos días como mínimo. ¿Están seguros de eso?

— Completamente —respondió al instante—. Los planes han cambiado ligeramente, y no podemos permitir que se acerquen a las montañas. Hagan lo que hagan, aléjense de ellas. Por el bien del envío y su seguridad, háganlo.

— ¡Mayor! —grité, pero al instante me calmé, reduciendo el tono de mi voz—. ¿Qué estamos llevando en ese vagón? ¿Cómo es eso de alejarse de las montañas? ¡Las Regiones del Norte están llenas de ellas! —afirmé, recordando todos y cada uno de los mapas que había visto en mi vida.

— Lo que tiene que saber, señor Bullet, es que ese vagón es vital para las Regiones del Norte. Si no llegan a tiempo, le puedo asegurar que usted no será el único perjudicado en todo esto... —Se oyeron sonidos de hojas pasando—. Y, leyendo su expediente, considero que usted sabrá mejor que nadie a lo que nos enfrentaremos si esa carga no llega.

Cuando oí que mencionaba "su expediente", otro fuerte escalofrío me recorrió todo el cuerpo. 

Lo que está escrito ahí, como le dije a Lucius en el Gremio, es una hazaña digna de un héroe. Pero es digna de uno porque fue un milagro que la hiciera. Si está leyendo mi expediente, quiere decir que tiene conocimiento del incidente de hace años. Y si se refiere puntualmente a "ese" incidente, quiere decir que lo que llevamos en el vagón acorazado es el mismo monstruo que me quitó a mi abuelo una vez.

— La carga que llevamos... —Por más que me pesara, iba a preguntarlo, tenía que hacerlo—. ¿Tiene alguna relación con los "Gran Colmillos"? Dígame, ¿estoy llevando un Gran Colmillo en mi tren? —pregunté por fin, tragando saliva , apretando mi puño sobre la radio.

— ... —No respondió; simplemente guardó silencio.

El canal seguía abierto, así que ella seguía allí, escuchando.

— Ya me lo olía. El vagón era casi igual al de esa vez... Aquellos ancianos también sospechaban de estos vagones... ¡Fui un ingenuo por no pensar demasiado en eso!

El silencio siguió llenando la radio. Oía fuertes respiraciones tras el micrófono mientras alguien pasaba varias hojas de un libro en poco tiempo. Luego de unos gélidos instantes, respondió.

— No, no llevan un Gran Colmillo... "adulto". —Hizo otra pausa y movió un par de hojas más—. Lo que llevan son... sus crías. Crías de Gran Colmillo. Y antes de que diga algo, no, no son peligrosas en sí. Lo peligroso son sus padres, que duermen en las montañas.

— ¿Por eso piden que vayamos lejos de ellas? —pregunté, apretando con fuerza el micrófono—. Si nos mantenemos lejos, vamos a estar bien, ¿verdad?

— Sí. La razón por la que el vagón está frío es que las crías están llamando a sus padres. Cuando lo hacen, sus cuerpos se enfrían de forma extrema al punto de que el propio vagón acorazado se ve afectado por ello...

— Llevamos una bomba de tiempo, básicamente, ¿correcto? —deduje temeroso. Sentía mi garganta seca, incapaz de dejar pasar el aire.

— Correcto... —afirmó con un sutil deje de preocupación— Si no llegan a tiempo, no solo tendrán a los padres de las criaturas sobre ustedes, sino a la manada entera. Y esta vez no habrá milagro que te salve, Bullet. No habrá alguien que muera en tu lugar... Así que apúrense si quieren resguardar sus vidas...

Solo podía reírme de esto para no llorar. Llevamos una camada entera de crías de Gran Colmillo en un vagón. Además, gracias a eso nos persiguen al menos dos Gran Colmillos. 

Acabo de cavar mi propia tumba y seguramente la de Tália, por una estupidez como esta. Nos saldrá barata si llegamos antes de tiempo.

— Dime que las balas de 10mm de pistola pueden matar a un Gran Colmillo —cerré los ojos con todas mis fuerzas, cruzando además mis dedos.

Su respuesta no fue diferente a la que esperaba.

— ¿Funcionó la última vez?

— No...  —confesé, apretando los dientes solo con el fugaz recuerdo de las balas impactando inútilmente contra aquel pelaje blanco—. Apenas sufrió rasguño alguno...

— El rifle que les di, el Grant RF Experimental, y la munición Kaido 7.8x42mm experimental se crearon específicamente para atravesar su grueso pelaje. Pero ni así puedo asegurarles certeza alguna. Es la mejor baza que tienen en este momento. Si es necesario, puedo enviar otro rifle con munición Kaido para quien no use el rifle que les di.

— Hazlo... —le pedí, consciente de que cualquier cosa era mejor que nada—. Envíalo a la siguiente estación. Seguiremos la ruta marcada, así que ya sabes dónde enviarlo. Cambio y corto.

Cuando fui a dejar el micrófono en su lugar, vi cómo mis manos volvían a temblar. Me sudaba todo el cuerpo y no podía dejar de pensar en la palabra "Gran Colmillo". 

Cada vez que visualizaba una letra en mi cabeza, un recuerdo doloroso regresaba con fuerza, como una avalancha. Recuerdos de aquel fatídico día... recuerdos que juré no se volverían a repetir y que ahora poblaban mi mente como pesadillas constantes. 

Sangre por todos lados, miedo, desesperación, lagrimas, todo eso condensado en la imagen de aquella poderosa bestia de pelaje blanco.

Mil y una ideas vinieron a mi mente para evitar "ese suceso" de nuevo. Por un lado, pensaba en desenganchar el vagón y alejarme lo más posible de él; por otro, en tomar el rifle que me dio Grant y eliminar de una vez por todas a esas malditas crías.

El rifle yacía parado en una de las esquinas de la cabina, junto con una cajita con el nombre "Kaido" escrito en la Lengua del Norte...

Era como si alguien lo hubiera planeado todo para que lo hiciera. Lo miré por quién sabe cuánto tiempo, pensando en lo fácil que sería agarrarlo y acabar con esas criaturas. Podría librarme del peso que llevo en la espalda y ser libre. 

Esa idea era muy atractiva, como lo es la carne para un lupino o una joya para un dragón.

Algo dentro de mí quería dejarse endulzar por ese "dulce caramelo". Pero, por otro lado, una minúscula parte de mí sabía que no era lo correcto, que así no iba a resolver nada. Todo seguiría igual. Nada cambiaría salvo el efímero número de Gran Colmillos que quedaban en las Regiones del Norte.

No sabía qué hacer. Había recibido tanta información que no me sentía capaz de actuar de ninguna manera. Por un lado, intuía que si tomaba el rifle e iba, a la hora de disparar, probablemente no recordaría siquiera cómo usar un arma como esa. Por otro lado, esa necesidad de ir ahora mismo y acabar con esas cosas antes de que fueran un problema mayor seguía latiendo en mi interior. 

No quería perder a nadie más. Menos quería que Tália o cualquier otra persona salieran heridas o, peor aún, murieran por mi mal actuar...

Debía pensarlo muy bien de aquí en adelante. Sentía que lo que yo hiciera podría cambiarlo todo: desde simplemente un número, hasta el destino del mundo entero...

Finalmente, le di un último vistazo al rifle y, mientras apretaba fuertemente los dientes, abrí la puerta de la cabina.

— Esta noche el rifle dormirá en la cabina... —me dije a mí mismo mientras salía y atravesaba el oscuro y frío túnel de la carbonera.

 

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