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El Comienzo del Fin, Parte 4

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 19 de julio de 2026

Con apuro, corrí completamente la puerta de la cabina y entré, cerrándola con fuerza a mi paso.

Apenas entré, dejé que el calor de la cabina me sanara y revitalizara, relajando mi cuerpo mientras me quitaba el abrigo. 

Estando más ligero, agarré la pala y la hundí en el cajón de carbón que Tália me había ayudado a mover antes. Luego abrí con una mano la pesada puerta de la caldera y, con la otra, comencé a echar cuidadosamente carbón dentro.

El calor comenzó a emanar con más fuerza, gratificándome al ver cómo el carbón tomaba fuego dentro de la caldera antes de cerrar la puerta. 

Miré las válvulas y medidores, verifiqué que la presión de vapor fuera constante y anoté cada dato como era usual. Cuando no quedó nada que revisar, me volví hacia mi asiento y me senté a observar por la ventanilla.

El paisaje fuera del tren ya me era más que familiar. Hace un buen rato que dejamos Steinheim atrás. 

No me sorprendió cuando vi los alrededores levemente arbolado y las grandes montañas al fondo. Era un paisaje monótono; había visto mil y una veces los frondosos bosques de pinos, las montañas o lagos congelados. Nada era nuevo. 

Llegado un punto, me logré ver a mí mismo reflejado en el vidrio de la ventana.

Tenía la cara algo demacrada, con ojeras, manchas de carbón por toda la piel, los labios partidos por el frío y, lo que más resaltaba, la cicatriz de mi ojo. Parecía estar curándose bastante bien; casi no me ardía y apenas picaba, solo sentía una reminiscencia de la comezón de antes. Por suerte, se había curado lo suficiente como para poder rascarme con cuidado.

Mientras me rascaba delicadamente la cicatriz, vi varias partículas blancas caer fuera de la ventanilla. Al principio no les presté atención; pasaban desapercibidas, pero luego de un tiempo comenzaron a caer con mayor intensidad. 

Con los minutos, parte de los bordes de la ventanilla se llenaron de esas partículas, y poco después, las montañas que antes eran visibles desaparecieron tras una bruma blanca que no tardó en volverse una densa niebla.

— Está nevando... —comenté con desgana al ver la nieve caer—.  ¿Se aproxima una tormenta...? —teoricé, levantándome del asiento.

Por inercia, me acerqué a la cadena del silbato y tiré de ella con fuerza.

"¡¡¡Turuuuuuuuuuuufff!!!" El corto sonido del silbato resonó fuertemente dentro de la cabina hasta que el vapor del mismo se agotó. 

Solté la cadena y me dirigí a un pequeño panel con algunos botones e inscripciones. Bajo ellos había unas pequeñas luces, y, sin pensarlo mucho, comencé a apretar varios de ellos. 

Cada vez que presionaba uno, oía un pequeño sonido eléctrico, similar a un leve chispazo, lo que significaba que estaban funcionando.

Después de unos segundos, las luces bajo los botones se encendieron; teníamos electricidad.

Con un vistazo rápido, comprobé el contador de una de las válvulas de la caldera. La presión apenas había bajado y se mantenía estable. 

Ya con eso controlado, me asomé a la ventanilla para ver la parte delantera de Edelweiss.

La niebla ya había cubierto todo en el exterior. Apenas lograba ver la parte más alejada frente a la caldera. Lo que me interesaba era verificar si el foco de luz frontal se había encendido. Y, como esperaba, así fue. Podía ver cómo la luz del foco alumbraba fuertemente la niebla, dotándola de un lúgubre color amarillento. 

Una vez hecho eso, me quedé tranquilo y volví a mi asiento para mirar nuevamente por la ventanilla. La niebla lo había cubierto todo; ya no lograba ver prácticamente nada, salvo un metro, quizás dos, fuera de la cabina.

Aprovechando el momento de tranquilidad y silencio, me puse a pensar...

Habíamos salido de Steinheim hacía más o menos dos horas, y el velocímetro mecánico sobre la caldera de Edelweiss marcaba casi de forma constante los 90 km/h. 

Con ayuda de un papel que saqué del pequeño armario y la mesita, me puse a hacer algunos cálculos rutinarios.

— Ymir queda a ocho mil kilómetros... —pensé en voz alta—. Si nos movemos en turnos de doce horas a esta velocidad... —murmuré, escribiendo varias ecuaciones en la hoja—. Tomando en cuenta que viajemos libres de problemas... —seguí.

El rítmico sonido de las ruedas de Edelweiss acompañaba el ruido del lápiz escribiendo sobre el papel. Después de un rato de cálculos, confirmé nuevamente el tiempo que tardaríamos en llegar a Ymir: más o menos una semana, lo mismo que había estimado antes.

Una vez logré mi cometido con el papel y el lápiz, los dejé sobre la mesita y me levanté. Tenía que revisar los suministros que llevábamos. Antes de salir de Steinheim, no revisé lo que nos dio Lucius, un error de mi parte. Pero, con todo lo que quedaba del viaje, tomarme unos minutos para ello no costaba nada...

Para mi grata sorpresa, al darme la vuelta, me encontré con Tália apoyada contra la puerta de la cabina. Tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre su voluptuoso pecho. Su mirada no parecía enfocarse en nada en específico, y sus orejas tampoco parecían estar atentas a ningún sonido.

— ¿Y esa cara, Tália? —pregunté, confundido, escudriñando apenas los ojos.

Apenas mis palabras llegaron a ella, sus peludas orejas se movieron y con un brusco parpadeo pareció volver en sí, retomando repentinamente su sonrisa habitual, enfocando sus enormes ojos carmesíes en mí.

— ¡Nada! —respondió al instante, moviendo las manos frente a mí como si tratara de desviar el tema—. Solo te quería preguntar unas cosas sobre lo que me dijiste antes. Nada feo, de hecho —indicó, acercándose.

— Te dije que eres libre de preguntar lo que quieras —Se lo había dicho antes, no entendía por qué se preocupaba—. Adelante, pregunta.

Ella se sobresaltó un poco ante la nula resistencia que opuse, torció apenas la cabeza, entrecerrando sus ojos, moviendo sus orejas en busca de algo, quizás oculto en el aire. Tras unos instantes de silenciosa confusión, volvió a su actitud alegre, acercándose con una honesta sonrisa. 

— Como te dije antes, no es nada muy feo. Pero dime, ¿de casualidad te acuerdas del nombre o el número del campamento de refugiados en el que estuviste hasta la llegada del regimiento de la Federación?

Era una pregunta extraña y difícil de responder en mi situación. No recordaba el número del campamento. Solo recuerdo lo que viví allí; el recuerdo del lugar en sí está borroso, y mucho más el nombre o el número. 

Siquiera podía centrarme en el color del barro que pisé o la rigidez de la comida de allí.

— Realmente no me acuerdo —Crucé ambos brazos y con una mano me agarré el mentón—, pero si te sirve de algo, me acuerdo de que estaba cerca de un pueblo imperial, cerca de Ymir.

Aunque yo mismo dudaba incluso de ese dato, a ella pareció bastarle. Sacó una libreta similar a la que llevo en mi chaqueta y, con un carboncillo, se puso a escribir lo que le dije.

— Campamento... Cerca de pueblo imperial... Ymir... —murmuró mientras escribía. Sus manos se iban llenando de polvo negro del carbón—. ¡Bien! Lo tengo —celebró para sí misma.

Tenía serias dudas sobre por qué me estaba pidiendo esa información, pero no me costaba nada responder. Además, se me movía el corazón al verla escribir con ese carboncillo, era tan extraño como encantador...

— Tália, ¿por qué te interesa el nombre del campamento? —Levanté una ceja, mostrándole un sonrisa—. ¿Y por qué lo anotas? —señalé la libreta en sus manos—. Por cierto, si necesitas lápiz o pluma, solo pídeme. No hace falta que uses carbón para escribir —le indiqué los lápices sobre la mesita plegable.

— ¿Qué por qué, dices? —Levantó la mirada de la libreta—. Es simple: después de que te fuiste del vagón, me quedé pensando en lo que me contaste, sobre todo en el campamento de refugiados.

— ¿Y qué tiene de especial el campamento? —Incliné ligeramente la cabeza.

— ¡Mi padre participó en la Guerra Continental! —comentó con orgullo—. Lo desplegaron en las zonas aledañas a Ymir. Pensaba que tal vez supiera algo de ese campamento... Quizás hasta te haya visto —dijo emocionada.

Era una hipótesis interesante. Quizás fuese cierta y me haya cruzado con su padre en el pasado. O quizás solo fueran delirios esperanzados sin fundamentos...

Pero no le quitaría mérito por pensar en una idea tan impactante. Incluso, me gustaría creerlo: que su padre fue aquel soldado que me dio la comida y el agua que me mantuvieron vivo durante semanas. Si así fuera, cuando lo viera tendría que agradecerle mucho. 

Sin él, no estaría aquí ahora mismo. De igual forma, Tália parecía muy feliz con esa idea. Seguía escribiendo en la libreta con mucho entusiasmo. Su cola se movía de un lado al otro con fuerza.

— ¡Es por eso que quiero escribirle una carta a mi padre para averiguar más cosas! —exclamó, sin dejar de escribir.

Por impulso, levanté mi mano sobre su cabeza y le di unas palmaditas con una sonrisa.

— Si eso te hace feliz, hazlo —dije, moviendo mi mano entre sus peludas orejas, viéndola sonreír y mover la cola—. Si vas a escribir la carta, utiliza la mesita de mi asiento. Te quedará más práctico —le indiqué.

Tália asintió varias veces, feliz, y se sentó en mi asiento para seguir escribiendo. 

Luego de eso, el silencio de nuestras voces llenó de nuevo la cabina. El sonido del lápiz de Tália escribiendo sobre el papel, acompasado por el ruido y las vibraciones de las ruedas de Edelweiss era lo único capaz de romper aquel nuestro mutismo...

Tália pasó toda la mañana y parte de la tarde sentada, escribiendo la carta. Mientras tanto, yo hice lo que mejor sé hacer: controlar a Edelweiss. 

De vez en cuando, Tália levantaba la vista del papel y me miraba, sonreía y volvía a escribir. Cuando no lo hacía, sus orejas me seguían; podía verlas de reojo moverse cada vez que yo lo hacía, siempre apuntando hacia mí.

Me daba curiosidad saber qué estaba escribiendo. Pasó tanto tiempo redactando esa carta que algo interesante debía estar plasmando en esas hojas. 

En un momento, disimuladamente me acerqué a ella, fingiendo recostarme al lado de la ventanilla, aprovechando para dar un vistazo rápido a la carta:

"Buenos días, papá, mamá:

¿Cómo se encuentran? Espero que bien y que hayan llegado sanos y salvos a Ymir. Nosotros ya estamos en camino. Según Bullet, llegaremos en una semana, pero está indeciso sobre si llegaremos en la mañana o la tarde del séptimo día. 

¡Pero a mí me da igual! ¡Me está gustando mucho viajar con él!

Me trata realmente bien. No me molesta ni me pega siquiera. ¡Incluso parece gustarle mis orejas y mi cola! Lo he visto muchas veces observándomelas de reojo. Hasta le gusta acariciarme la cabeza... Es muy buena persona conmigo, pero, por algún motivo, siento que no lo es consigo mismo. Ya se los conté en la carta anterior: parece que tiene sus propios problemas...

Hoy me contó un fragmento de su vida. Me dijo que perdió a sus padres al inicio de la Guerra Continental, que abandonó Yggdrasil solo y que tuvo que sobrevivir mendigando en un campo de refugiados hasta que llegó el Ejército del Norte. 

Curiosamente, me dijo que antes de irse del campamento, los soldados le dieron pan y agua...

Lo vi muy distante por momentos mientras me contaba esas cosas. Aunque a ratos, volvía en sí y trataba de relajar el ambiente, desviando un poco el tema o bromeando.

Me puso muy triste escuchar lo que tuvo que pasar. Fue diferente a lo que vivimos nosotros. Nosotros pudimos huir juntos de Ymir, aunque papá fue llamado al servicio poco después. 

Me dio bastante pena. 

Bullet vivió solo siendo un niño. Vio toda la desgracia que provocó la guerra, y aun así siguió adelante. Sé que no me contó todo, y no quise preguntar tampoco. Siento que guarda muchas cosas que le duelen y le hacen sufrir.

Quiero ayudarlo. Realmente quiero hacerlo, como una forma de compensar lo que está haciendo por mí y por cómo me trata...

Papá, si sabes algo de ese campamento de refugiados donde estuvo él, por favor, escríbemelo en la siguiente carta. Según me dijo, el campamento estaba cerca de un pueblo imperial, cerca de Ymir. Quizás, en alguna de las escaramuzas que luchaste, pasaste cerca de allí.

Espero saber de ustedes pronto.
Con cariño, su querida hija,

Tália."

La carta me dejó anonadado. No podía pensar más allá de lo que estaba escrito ahí. Me resultaba conmovedora y, al mismo tiempo, extraña. Era una mescolanza de sentimientos encontrados.

Sin embargo, de alguna forma, me sentía feliz. Era la primera persona en mucho, mucho tiempo que se preocupaba así por mí. Pero me resultaba extraño que quisiera ayudarme. La he tratado bien porque así me gusta que me traten. Además, gracias a ella, pude obtener ciertos beneficios en Steinheim; como el galpón o la habitación en la posada completamente gratis. También actué en retribución a eso.

Tenía muchos sentimientos encontrados hacia ella. A duras penas podía canalizarlos, pero diría que me sentía realmente feliz de tenerla conmigo en este momento... 

Con ese sentimiento abrumándome, me acerqué a la caldera, abriendo su pesada puerta, echando una gran palada de carbón, intentando quitarme la ansiedad. 

El fuego dentro de la caldera reverberó y la presión volvió a aumentar tanto que tuve que acercarme a la cadena del silbato, las tuberías parecían chirriar, el vapor en su interior quería escapar tanto como mi corazón de mi pecho. 

Apenas sin mirar a Tália, noté cómo reaccionó, tapándose las orejas en consecuencia.

Una vez que vi sus orejas aplastadas, jalé con fuerza la cadena, sintiendo un extraño sentimiento de liberación al hacerlo.

"¡¡¡Turuuuuuuuuufff-Turuuuuufff-Turuuuuuuuuuuuuuuuufff...!!!" El ruido del silbato se perdió en la gran espesura blanca, mientras nosotros seguíamos ingenuos nuestro viaje, sin saber lo que estábamos guiando hacia nosotros... 

Sin saber que algo nos acechaba desde la extensa bruma, dispuesto a quitarme otra cosa más...

 

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