Las orejas de Tália se irguieron cuando mencioné la ciudad.
— ¡Allí vivo yo! —exclamó con alegría, señalando con énfasis a Steinheim en el mapa.
¡Mejor imposible! Esto me vendría bien más tarde. Podría pedirle a Tália que me mostrara un buen lugar para dormir... Aunque sería mucho pedir que me dejara quedarme en su casa...
— ¡Perfecto! Nos queda bien a ambos. Solo nos queda sentarnos y esperar... —suspiré, riéndome para mis adentros—. No tenemos nada más que hacer, salvo relamernos nuestras heridas como perros viejos —comenté, mirándola.
— ¿Se supone que era una broma porque soy mitad lupina? Porque, si no es así, no lo entendí —afirmó, interrogándome con la mirada. Sus cachetes inflamados la hacían ver como si estuviera haciendo pucheros...
— ¡Era una broma! —volví a suspirar, comprendiendo por las malas que mi sentido del humor, no era compartido—. Da igual, déjalo pasar. Ve a sentarte, aún nos queda un rato...
Me acerqué a mi asiento, y ella se volvió hacia las frazadas para sentarse, aunque esta vez se acomodó más cerca de la caldera. Por mi parte, aún recordando el sueño, miré por la ventanilla de la cabina, temeroso de lo que pudiera ver. Cerré los ojos, sintiendo mi corazón latir fuerte una vez más y tras unos segundos, los abrí de nuevo.
Para mi suerte y paz mental, lo que vi fue una infinidad de árboles que se extendían a lo largo de las vías. El oscuro color verde de las hojas de los pinos y el constante marrón de los troncos confluían en un inmenso mar de árboles de todas las formas y tamaños. Si me esforzaba, podía incluso oler el bosque a través de la ventanilla.
Por lo pronto, estábamos a escasos kilómetros de Steinheim. Más allá de eso, no hubo mucho más, salvo ver los arboles pasar y la ocasional montaña a la distancia. Solo el constante ruido de las ruedas y el suave viento pegando en las ventanillas de la cabina...
Pasado un tiempo, logré divisar la ciudad y, con ella a la vista, me comuniqué por radio con el oficial del patio de trenes para informar de nuestra llegada. Tras la llamada, comencé a reducir la velocidad de Edelweiss a medida que nos acercábamos.
Al salir del frondoso bosque, la ciudad se alzó a nuestra derecha. A lo lejos, las chimeneas humeaban y las luces de las casas pintaban una vista espléndida. El distrito de las forjas bullía con actividad; herreros y artesanos trabajaban sin descanso, creando productos con los lingotes recién forjados. Las calles estaban llenas de vida, con personas de un lado a otro, niños jugando en los callejones, y la avenida principal desbordaba de gente y comercios.
La arquitectura era peculiar. Las construcciones, mayormente de piedra extraída de las montañas cercanas, no alcanzaban grandes alturas, pero lo compensaban siendo anchas. Algunas se adentraban sorprendentemente en las montañas, lo que me pareció fascinante. Sin embargo, la mayoría ocupaba la llanura frente a las montañas, en lo que llamaban "El Corazón de la Ciudad".
Dos estructuras destacaban en la distancia: lo que parecía ser el Gremio Comercial con su estructura más ornamentada, cerca de la estación y el patio de trenes, y el Ayuntamiento, en el centro. Este último estaba rodeado por el mercado y los gremios, formando una especie de rotonda, de la cual nacían cuatro calles principales que desembocaban en un mar de callejones más pequeños.
Un lugar muy cálido, diría yo. Si piensas en un pueblo o ciudad de la Federación tan al norte, no se te ocurriría un lugar tan animado y lleno de vida, menos en pleno invierno, especialmente en las Regiones del Norte, donde el invierno azota con fuerza.
La población parecía casi no se darse cuenta de que fuera de la ciudad había un invierno permanente. De todos los lugares de las Regiones del Norte que he visitado, este ha sido, con diferencia, el más vivo, a excepción de Eichernberg, más al sur y unas pocas ciudades más. En contraste con una ciudad del Imperio, podría compararla con "Yggdrasil", mi ciudad natal. Salvo por la falta de montañas y los exuberantes bosques que la rodean, Yggdrasil tiene el mismo "espíritu" lleno de movimiento y vida que Steinheim.
Ahora que lo pienso, la última vez que estuve en Yggdrasil fue después de la Guerra Continental, cuando la ciudad estaba en plena reconstrucción.
— Me pregunto... —suspiré con pesadez—. ¿Cómo estarán ahora...?
— ¿En qué piensas? —De repente Tália, apareció en mi espalda con sus orejas erguidas, me miraba curiosa.
— Nada, solo pensaba en mi ciudad natal, Yggdrasil —confesé, no tenía nada que esconder de ella. A su vez, seguí mirando a través de la ventanilla—. Comparaba ambas ciudades, nada más...
— ¿Tu ciudad natal se parece tanto a esta? —se acercó a mirar por la ventanilla, casi pegándose al cristal.
— Dependiendo de cómo lo mires... Yggdrasil es una ciudad frontera que conecta gran parte del Imperio con Ymir, un antiguo puerto estratégico del "Norte", anexado por el "Sur" durante la Guerra Continental — Por un momento me detuve, solo para contemplar a Tália. Aunque no me estaba mirando, sus peludas orejas apuntaban hacia mí, lo que me incitó a continuar.
— Steinheim, por su parte, es uno de los núcleos productivos más importantes de la Federación. Así que sí, guardan mucha similitud.
A pesar de estar de espaldas, ella seguía emanando esa dulce fragancia mentolada de las hierbas, que incluso parecía haberse impregnado en su pelo. El aroma me resultaba tan embriagador que me costaba concentrarme en las ciudades de las que yo mismo hablaba. Parecía que mi relato le había gustado bastante, porque, en su espalda baja, debajo del manchado overol de trabajo, había un bulto inquieto cuyos mechones pelirrojos sobresalían por momentos.
No pude detenerme a observar mucho más, ya que la interferencia de la radio llamó mi atención.
— ¿Aquí...? ción Norte... ¿recibe tren 600...?
Rápidamente levanté el micrófono y ajusté las perillas de la vieja radio, buscando eliminar las interferencias. Con cada pequeño movimiento, las voces y la estática se disipaban progresivamente, hasta que finalmente logré una conexión clara.
— Tren 602, le hablo desde la Estación Steinheim, cambio.
— Aquí tren 602 al habla, cambio.
— Tengo un mensaje del Gremio de Comercio para usted.
¿Un mensaje para mí? ¿Desde cuándo recibo mensajes del Gremio? ¿Será que se enteraron de la pelea en la estación de paso? Esa pelea me habrá metido en tantos problemas... De reojo, pude ver a Tália preocuparse, mirándome, casi como si se arrepintiera de haber sido salvada.
— Comprendo, comuníquemelo, por favor —respondí inercia, centrándome en mirar a Tália y transmitirle que se quedara tranquila. Ella asintió, aunque pude sentir que seguía incomoda por ello.
— "Al señor Bullet del tren 602 me dirijo. Se requiere que se presente en el Gremio de Comercio a la brevedad. Por la presente, se agradece su humilde cooperación como miembro de nuestra gran y vanagloriada institución."
Qué mensaje tan raro. Aunque más raro era que lo pidieran transmitir por radio en lugar de una carta, como normalmente se hace.
— 602, el mensaje tiene un inciso —agregó la voz en la radio, desglosando ruidosamente un papel — "Bullet, preséntate mañana por la mañana, tengo unas cosas que te pueden interesar. Atte. Lucius."
— Recibido, estación. Confirmen que recibí el mensaje. Cambio y corto.
Dejé el micrófono en su lugar y me levanté. Me sentía extrañado por recibir un mensaje así a través de la radio.
— Con que Lucius quiere verme... —pensé en voz baja —. ¿Qué querrá ese lupino conmigo ahora?
— ¿Quién es Lucius? —intervino Tália, observándome con curiosidad, aun cerca de la ventanilla.
— Después te cuento, Tália. Por ahora, ayúdame con los controles. Estamos ingresando a la ciudad, así que hay que reducir aún más la velocidad —le pedí mientras me acercaba a la caldera.
— ¡Bien! —asintió emocionada, acercándose al lado opuesto de la caldera —. ¿Qué necesitas que haga?
— Cuando te dé la orden, jala despacio la palanca de frenos y mantenla accionada —señalé una de las palancas horizontales de la cabina, por encima de la altura de su cintura.
Ella hizo un gran gesto de asentimiento con la cabeza y agarró la palanca que señalé. Ella no dejaba de moverse en el lugar, moviendo ansiosa sus dedos pero nunca soltando por completo la palanca.
Realmente no necesitaba su ayuda, pero ya que éramos dos, lo mejor era hacerlo en equipo. Luego de mirar el velocímetro y ver que marcaba 45 kilómetros por hora, consideré que era suficiente para comenzar a frenar...
En cuanto estuvimos más cerca de la ciudad y los primeros edificios industrial comenzaron a pasar a nuestro lado, quedando atrás, le di la orden.
— ¡Tália, la palanca! —grité.
"¡Plack-Plack! ¡¡¡Quiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!" Sin mediar palabra, ella la accionó y, al instante, se oyó el ligero chirrido de los frenos haciendo su trabajo. Mientras tanto, yo cerraba algunas válvulas de vapor. Nuestro trabajo en conjunto, por más sencillo que fuese, me hizo sentir nostálgico, mi corazón se sintió cálido por unos instantes. Hacía estas mismas cosas con mi abuelo... Una sonrisa se me escapó mientras veía la velocidad descender progresivamente desde los 45 a 10 kilómetros por hora.
Rápidamente le hice una señal a Tália y esta soltó el freno, dejando de oírse el "ligero lamento" de los frenos. La nube de humo negra de la chimenea al frente se volvió más densa, elevándose casi de forma vertical al nublado cielo.
Habíamos ingresado al patio de trenes sin ningún inconveniente. Mientras nos deslizábamos lentamente por el patio, pude ver la inmensidad de la infraestructura ferroviaria de la ciudad. Estaba repleto de trenes siendo enganchados a sus respectivos vagones: furgones cerrados, refrigerados, tanques de líquido, tolvas... Pero sobre todo abundaban los vagones abiertos, cargados con todo tipo de cosas: carbón, hierro, cobre e incluso piedras.
Por otro lado, el personal de a pie corría de un lado a otro entre las vías, esquivando ágilmente las locomotoras, que, aunque no iban muy rápido, podían causar mucho daño si los chocaban. Casi todas eran más pequeñas que Edelweiss, otro motivo más para sentir aquel melancólico orgullo hacia ella.
— Tália, ¿has trabajado alguna vez aquí? —La miré, y de reojo también vi a varios operarios con ropas similares a las de Tália, diferían en algún color nada más.
Apenas posé mis ojos en ella, vi que se había puesto una capucha que ocultaba fielmente sus grandes orejas, además de unos guantes que cubrían sus manos. Cuando escuchó mi pregunta, volteó confusa hacia mí.
— ¿Eh? —Arrugó la frente, intentando descifrar mis palabras—. Sí, de hecho trabajaba aquí mismo antes de ser trasladada a la estación donde me encontraste.
No pregunté sobre su vestimenta, mucho menos sobre la capucha, aunque algo podía intuir. Preferí seguir la conversación.
— Ya que trabajaste aquí, ¿podrías indicarme algún lugar para dejar a Edelweiss? —No me gustaba sentirla distante de repente, así que opté por mantenerla en un rol más activo, para hacerla pensar en otra cosa.
— Bueno... —respondió vagamente, pegándose a una de las ventanillas y comenzando a darme indicaciones claras. No era la primera vez que lo hacía al parecer.
Mientras avanzábamos, me di cuenta de lo caótico que debía ser trabajar y gestionar toda esa logística, con los trenes entrantes y salientes. El patio era un laberinto de conexiones y agujas que se movían de un lado al otro. Admiraba a quienes se encargaban de controlar y gestionar todo esto. Admiraba más que nada a Tália por ello...
Luego de varios cambios de aguja, llegamos a un galpón alejado del patio.El galpón era enorme, construido puramente en cemento y acero, iluminado en su totalidad por lámparas de aceite y algunas antorchas dispersas. No tenía mucho más que ofrecer, salvo que estaba repleto de maquinaria a ambos lados de la vía, seguramente para darle mantenimiento a los trenes.
Me tranquilizaba ver las condiciones del galpón; Edelweiss iba a estar bien resguardada. Siempre me preocupaba ese punto si tenía que dejarla por un tiempo. Edelweiss era demasiado importante, laboral y emocionalmente, para mí. No podía dejarla en un mal lugar.
Una vez que Edelweiss estuvo dentro, aplicamos los frenos, cerramos todas las válvulas de la caldera salvo la de emergencia y apagamos el fuego de la caldera. Finalmente, sellamos la cabina, no sin antes tomar mi vieja mochila, donde guardaba algunas cosas para mis salidas del tren...
— Así que... ¿Puedes guiarme a las oficinas? —le pregunté a Tália, mientras bajaba de la cabina.
— Claro. ¿Pero por qué necesitas ir a la oficina? —respondió ella, extrañada, pero ligeramente más calmada que antes.
— Para pagar por el uso del galpón. ¿Por qué más iría? —expliqué, como si fuera algo obvio.
— El galpón es de mi papá, no hace falta que pagues nada —afirmó para mi sorpresa, sonriendo y guiñándome un ojo mientras levantaba su pulgar.
— ¿Gracias, supongo? —le devolví el gesto, algo confundido. Intenté imitar su sonrisa, pero no pude. La suya era inigualable para mí en este momento.
Pensé que tendría que desenfundar decenas de monedas de plata para pagar el galpón, pero resulta que no. El padre de Tália era el dueño. Aunque me sentía un poco mal por usarlo sin permiso, como dice el dicho: "A centauro regalado no se le mira la dentadura".
Tras pensar ese ultimo punto, ambos salimos rápidamente por una puerta secundaria y llegamos a un gran pasillo de ladrillo lleno de ventanas. Las hendiduras entre ladrillo presentaban una extraña mezcla de hollín y moho que hacían parecer al pasillo más viejo. A través de las ventanas se podía ver una parte del patio de trenes y cómo algunos de estos pasaban a escasos metros, mientras los operarios los esquivaban con agilidad.
El eco de los silbatos y los mismos trenes, resonaban en el pasillo como susurros en una cueva angosta.
— Tália, ¿Cómo hacen ustedes los operarios para esquivar tan bien los trenes? Acabo de ver cómo uno pasó a un pelo del tren que tenía detrás —Sinceramente estaba impresionado, apenas era capaz de imaginar a Tália corriendo y saltando de esa forma las vías.
— Te adaptas, es instinto y costumbre —respondió, apenas dándole importancia. Se encogió de hombros y siguió caminando—. Mientras estés atento, estarás bien.
— No suena muy seguro ese trabajo... Dime que al menos la paga es buena...
— Un par de monedas de cobre grandes, tampoco creas que es mucho. Me parece mucho más emocionante y divertido tu trabajo, manejar trenes y ver lugares nuevos —Su tono se volvió más alegre y optimista —Eso sí que es atractivo, no esto de esquivar trenes y que me peguen por ser mestiza —agregó en tono jocoso.
Mientras me decía eso, observé cómo un operario se lanzaba frente a un tren en movimiento, para luego aparecer al otro lado. Ver aquello me hacía apreciar aún más tener a Edelweiss, pero sobre todo, las capacidades de Tália.
Después de cruzar un par de puertas y pasillos cada vez más decorados, llegamos a la entrada de la estación.
Había una puerta enorme, flanqueada por cubículos con paneles de vidrio, donde algunas recepcionistas atendían al público. Por suerte, estábamos en la estación de mercancías, así que no había demasiada gente.
Aun así, Tália seguía cubriendo su cabeza con la capucha y sus manos con los guantes, casi como si se ocultara de algo o de alguien. Podía sentir su nerviosismo; bajo la capucha, se notaba cómo sus orejas se movían inquietas, buscando cualquier posible amenaza.
Lentamente me acerqué y le puse la mano en el hombro para calmarla, pero fue todo lo contrario.
— ¡Ji! —dio un salto del susto, escondiéndose sobre si misma.
— Tália, ¿Qué pasa? —Al instante tomé distancia, dejándola recuperarse mientras yo vigilaba los alrededores—. ¿Por qué estás tan nerviosa ahora? —pregunté, poniéndome frente a ella.
— ¡Lo siento, Bullet! Es la costumbre. Como entenderás, no lo paso muy bien por "mi condición" —respondió con timidez, observando también los alrededores pero al mismo tiempo, más tranquila al ver que era yo.
Su condición de mestiza... No pensé que llegara a este punto de nerviosismo. Me daba pena y tristeza verla así. De lo poco que la conocía, parecía ser alegre y despreocupada. Pero verla en esa posición me partía el corazón.
Tenía que hacer algo; no podía dejarla sola aquí en medio de la estación.
— ¡Tália! —me acerqué con cuidado, tomándola de las manos para tener su atención—. Dime, ¿conoces algún lugar donde pueda hospedarme?
Intenté desviar su atención a otra cosa, con la esperanza de que se relajara al pensar en algo diferente, y de paso, yo encontraría un lugar donde quedarme, al menos hasta la mañana, cuando debía ir al Gremio.
— ¿Un lugar para hospedarse? —repitió, distante una vez más —. Si lo pones así, mi madre tiene una posada cerca de la estación. Puedes quedarte ahí, si quieres.
— ¡Perfecto! Llévame ahí, por favor —le pedí, mientras le apretaba un poco las manos y la guiaba hacia la puerta.
Las pocas personas que estaban en la entrada nos miraron extrañados, pero no les presté atención. Sentía que, si Tália seguía ahí mucho tiempo, algo malo podría pasarle.
Tampoco me molestaba agarrar sus manos, y ella no mostró resistencia alguna. Mientras nos acercábamos a la puerta, llegué a pensar: "Es hora de que mi pequeña aventura con Tália en Steinheim comience..."