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La Gran Loba Tália, Parte 1

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 15 de julio de 2026

Al principio me costó abrir los ojos. Por algún motivo, la frazada estaba muy cálida; sentía como si alguien me hubiera tapado, pero no recordaba haberlo hecho. Alguien más lo había hecho...

Aún con los ojos cerrados, deliberé en mi cabeza qué iba a hacer. Estaba claro que quien me había tapado fue Tália. ¿Pero por qué? No es lógico que, si despiertas en un lugar desconocido con alguien al lado, lo tapes sin más. Lo más lógico sería, al menos, despertarlo y preguntar cómo llegaste ahí.

Aunque tampoco me libraba de culpa. Quisiera o no, había traído a una joven inconsciente a mi tren, lo que no me dejaba en buen lugar. Seguramente tendré que dar muchas explicaciones luego...

Con eso en mente, me armé de valor y decidí abrir lentamente los ojos. Poco a poco, a medida que los abría, vi un par de enormes ojos carmesí mirándome directamente a la cara. Mi corazón dio un salto apenas los vi, pero rápidamente se calmó cuando vi el resto de su cara.

Quise hablar, decir algo, pero las palabras no salían de mi boca. Estaba atónito por su aspecto. Ella tenía la cara magullada y llena de moretones. A pesar de eso, intentaba mostrarme una pequeña sonrisa, quizás para no incomodarme. De la misma forma, yo le devolví la sonrisa. Al verme sonreír, ella pareció relajarse un poco y se animó a hablar.

— ¿Quién eres? —preguntó, algo confundida, torciendo apenas su cabeza hacia un lado.

— Me llamo Bullet. ¿Y tú... eres? —Ya sabía su nombre, solo quería que se presentara.

— Tália... es un placer, Bullet —respondió, pareciendo relajarse un poco más después de saber mi nombre.

— El placer es todo mío, señorita Tália —dije con una sonrisa, intentando sonar confiado, pero no quería abrumarla tampoco—. ¿Sabes dónde te encuentras o qué fue lo que sucedió?

Después de mi pregunta, ella desvió un poco la mirada, observando la cabina entera, tal vez recordando lo sucedido. Pasados unos momentos, su expresión se estremeció.

— Asumo que recuerdas algo, ¿no? —deduje, basándome en su dolorosa expresión.

— Todo está bastante confuso, diría yo... —confesó, llevándose la mano a la frente—. Había entregado una locomotora y me estaba yendo... —se esforzó visiblemente por recordar—. Luego recuerdo que me agarraron y me tiraron al suelo mientras me insultaban... Luego, todo fue...

Quiso seguir recordando, pero no quería presionarla. Forzar esos recuerdos no era buena idea, además, ya sabía lo que había pasado. Preguntaba solo para ayudarla a recordar y romper el hielo.

— No te presiones, no ganarás nada tratando de recordar qué fue lo que sucedió —le pedí, haciendo un gesto con las manos para que se detuviera.

Ella me miró a la cara y luego hizo un pequeño gesto que no logré interpretar.

— Asumo que fuiste tú quien se peleó con esos tipos, ¿no? —señaló con el dedo mi ojo.

— Sí... —suspiré al recordarlo, la herida no había dejado de doler en ningún momento —. Te pido disculpas por no haber llegado a tiempo o darme cuenta antes —dije, señalando su pierna.

— ¿Mi pierna? ¿Qué tiene mi pierna? —preguntó preocupada mientras se levantaba el pantalón hasta la rodilla.

En cuanto se lo levantó, lo vi: un gran hematoma violeta en la pantorrilla. Uno más para la lista... La razón por la que cojeaba en la estación, o al menos cuando la vi cojear, era que esta no era la primera vez que le pegaban. Seguramente la habían golpeado antes y le habían dejado la pierna gravemente lastimada. De ahí el hematoma.

¡Malditos lupinos! Solo podía maldecirlos; cada hematoma de Tália era un nuevo insulto que se ganaban. Sin embargo, preferí seguir mostrándome tranquilo ante ella.

— Tália, déjate el pantalón levantado un momento, voy a ver si encuentro algo para ponerte ahí —le indiqué mientras me levantaba.

— ¡No hace falta! Siempre se curan solos. ¡No gastes en mí, por favor! —afirmó, intentando levantarse, pero cayendo apenas apoyó peso en la pierna herida.

—... —La miré en silencio, levantando ambas cejas.

Ella asintió, un poco avergonzada. Ya con su "permiso", me dirigí a unos viejos baúles en una de las esquinas de la cabina. Había varias cosas en ellos: herramientas, ropa, incluso algunas latas. En este caso, buscaba una caja donde mi abuelo guardaba hierbas y ungüentos. No seguí fielmente la "tradición", pero de vez en cuando la revisaba cuando me quemaba o algo por el estilo. Mientras buscaba, Tália seguía sentada sobre las frazadas, parecía una gran y fina muñeca. Lástima que la hubieran lastimado.

— Tália, ¿sabes por qué te pegaron? —pregunté mientras hundía mi mano en el baúl y revolvía.

— ¿No es evidente...? —hizo una pausa y me miró, triste, asqueada, como si la respuesta no fuese ya demasiado obvia para explicarla—. No soy como los demás... soy una mestiza. Eso nunca ha sido bien visto... La gente tiende a señalar, a hacer cosas. Como esto. —Pese a su expresión, su tono era calmado, seguro, y era lo que más me dolía—. Al menos es mejor que ser ignorado, ¿no crees? —Desvió su mirada a sus manos y tras unos segundos volvió a levantarla, mirandome con un atisbo de esperanza y miedo—. ¿Tú también piensas como ellos...?

Por un segundo, aquella pregunta me impidió responder ¿Cómo se respondía a eso? Nunca me lo había planteado...

— No —afirmé, negando con mi cabeza, volviendo a buscar en el baúl— ¿Estarías en este tren siquiera de ser así? —agregué sin darle mayor importancia.

— ¡Jeje! Tienes un punto ahí, supongo...

Aunque no la vi, intuí que debía de estar sonriendo en ese momento.

Tália parecía una joven muy peculiar. Por algún motivo, me había tomado confianza muy rápido. No me quejaba; mejor para mí, así me ahorraba charlas incómodas o momentos de silencio.

Mientras pensaba en ella, continué buscando en el baúl. Por suerte, estaba bastante ordenado, y la caja que buscaba era grande. Pero por alguna razón no la encontraba... Por más prendas y latas que sacara, no la encontraba... Cansado, me moví al siguiente baúl, abrí la tapa y comencé a hurgar, esta vez sin tanto cuidado. Saqué todo lo que había dentro, hasta la última media, pero nada. No recordaba dónde había dejado la caja la última vez que la usé. ¿La habré perdido? Me resigné a esa idea, seguramente estaba perdida o en algún lugar inaccesible. 

— ¿Te ayudo a buscar, Bullet? —se ofreció Tália desde atrás.

— No hace falta, tranquila... Ya encontré lo que buscaba —afirmé, levantando una pequeña bolsita de tela marrón.

Entre algunas latas, había una bolsita con hierbas. No era mucho, pero serviría. Rápidamente dejé la bolsita junto a Tália y me acerqué a la caldera para sacar algo de agua caliente. Puse un pequeño recipiente de metal en un orificio de la caldera y, tras girar una válvula, el agua hirviendo llenó el recipiente. Con eso, dejé el recipiente junto a Tália y agarré una cantimplora de agua fresca.

— ¿Para qué quieres todo esto? —preguntó, señalando el conjunto de cosas.

— Lamentablemente no encontré el ungüento que buscaba, pero igual voy a hervir estas hierbas y mojar un paño para pasarlo sobre los golpes y hematomas —expliqué con calma, colocando las hierbas en el agua hirviendo.

Luego mezclé el "caldo" con agua fría y coloqué un paño viejo en el recipiente.

— ¿Crees que vaya a funcionar? No me duele tanto, así que no hace falta que te preocupes —dijo Tália, extendiendo su mano hacia mi para detenerme.

— Hazme caso y no interrumpas, es por tu bien. Te vas a sentir mejor en poco tiempo —la animé mientras empapaba el paño.

Rápidamente saqué el paño del agua y lo pasé con delicadeza sobre la pantorrilla de Tália. Mientras lo hacía, me di cuenta de que ella tenía una especie de fino pelaje pelirrojo en gran parte de la pierna. Asumo que es normal para un mestizo tener estas características, pero era raro de ver.

Mientras le pasaba el paño, miraba de reojo su rostro. Seguramente le dolía mucho que le tocaran el moretón, pero no parecía querer admitirlo, así que observaba su cara en busca de alguna señal de dolor. Por momentos, podía notar que apretaba los labios o que hacia algún movimiento brusco como reacción al dolor.

— ¡Jiiiii! ¡Está caliente! ¡Está caliente, Bullet! ¡Y no me mires tanto la pierna, por favor! —gimió, incómoda, mientras sus orejas se contraían.

— Lo siento, Tália, pero no puedo verte así de lastimada, es instinto. Te pido que aguantes un poco más, ¿sí? Aunque sea a tu pierna y tu cara tengo que pasarles esto —afirmé sin dejar de pasar el paño—. Hazme caso, te vas a sentir mejor.

Ante mi propuesta, Tália me escudriño apenas con su mirada, pero no dijo nada. Pasados unos minutos, terminé de pasar el paño por su pierna. Antes de pasar a su cara, agarré otro paño de tela vieja, lo sumergí en el agua y luego envolví su pantorrilla con él, con la esperanza de que ayudara a reducir la inflamación.

— ¿Te duele menos la pierna? —pregunté, mirando sus adorables reacciones de reojo, terminando de atar el paño.

— Siento un hormigueo raro, pero quitando eso, creo que me duele menos —respondió feliz, bajándose con cuidado el pantalón.

— ¡Te dije que te aliviaría! —me jacté, volviendo a mojar otro paño—. Ahora acércate un poco, así te paso el paño en la cara.

Ella obedeció y acercó su magullada cara hacia mí. Escurrí bien el paño y comencé a pasarlo por su cachete inflamado. No me di cuenta hasta poco después de comenzar a pasar el paño, pero ella estaba muy cerca de mí...

— ¡Ji! ¡Duele...! —se quejó, contrayendo más sus orejas y alejándose apenas de mí.

— ¡Lo siento! Solo aguanta un poco más —le pedí, intentando ser más delicado para terminar rápido.

El cachete de Tália estaba muy inflamado; no entendía cómo lograba hablar bien. Era como si tuviera una pelota dentro de la boca, sobresalía demasiado. Mojaba, escurría y pasaba el paño. Esa era mi rutina en ese momento, intentando presionar lo menos posible para no lastimarla. Debido a nuestra cercanía, podía sentir el aroma mentolado que emanaba del paño y la piel de Tália, generando un olor dulce. No recordaba que estas hierbas olieran así. De igual forma, ella no parecía preocuparse mucho; estaba absorta mirándome a la cara por algún motivo, con sus grandes ojos fijos en mí. Se sentía incómodo, pero a la vez agradable, era la primera vez que estaba tan cerca de alguien.

— Bullet, ¿después me vas a dejar pasarte el paño por tu cara, verdad? —preguntó, tocando delicadamente mi mejilla—. Me da cosa verte con esa herida llena de sangre seca. Me siento mal de verte así.

— Tengo otro paño si te sirve —le ofrecí, estirando la mano hacia uno.

Ella lo agarró con entusiasmo y lo empapó en el agua mentolada, comenzando a refregármelo por la cara sin mucho cuidado, como si estuviera limpiando un vidrio. No era brusca, pero tampoco delicada; parecía preocupada por mi herida y eso me obligo a ceder ante ella.

El paño mal escurrido hacía que el agua entrara en la herida, ¡y ardía! Por respeto a la buena voluntad de Tália, no me quejé, pero ardía peor que cuando me arañó el lupino...

Dicen que si te arde mientras te curan, es porque lo están haciendo bien. No sé si creerlo, pero en ese caso, Tália sería una excelente enfermera. Luego de unos instantes, alejó el paño y me miró en silencio, escudriñando sus ojos como el que mira una obra de arte.

— ¿Qué sucede? ¿No me digas que empezó a sangrar de nuevo? —dije, llevándome rápidamente la mano a la herida.

— No pasa nada, solo miraba tu cara. Te ves mejor sin las manchas de sangre, aunque me siento mal por esa herida... —sus orejas se cayeron ligeramente, aun así, estiró su dedo y acarició mi piel—. Es culpa mía que te la hicieras. Solo espero que no te deje una cicatriz.

— ¡No te preocupes! —insistí, intentando alejar su dedo—. No me he visto en un espejo, pero creo que me veré más rudo con la cicatriz —fingí una cara de enojo, para tranquilizarla.

— ¡Jajajaja! —rio ella—. ¡Definitivamente no te queda esa cara! —afirmó, señalando mi expresión.

Ignoré su risa y esperé a que parara en silencio. No es que me molestara que se burlara de mí, es solo que no soy muy de reírme, no soy tan alegre como Tália. Unos instantes más tarde, ella dejó de reír y se calmó, notando que yo no me reí. Adoptó una actitud más seria.

Asentí con la cabeza y me levanté un momento. Ella siguió sentada, con sus profundos ojos rojos y sus características orejas siguiéndome en cada movimiento.

Me levanté para buscar un mapa, quería saber más o menos en qué parte de la vía estábamos. Cerca de mi asiento, tenía una pequeña mesita plegable en la pared de la cabina donde apoyaba varios papeles y lápices, principalmente para escribir notas o cartas. Bajo la mesita, tenía un pequeño armario donde guardaba varios mapas. Luego de meter la mano y rebuscar un poco, saqué un mapa numerado que extendí sobre la mesa plegable.

Tália se acercó, curiosa, emocionada.

— ¿Nunca has visto un mapa en tu vida? —pregunté, al ver su expresión.

— ¡Sí he visto! Una vez le pinté uno a mi padre. ¡Tienes que verlo, es enorme! —afirmó, extendiendo los brazos para enfatizar el tamaño.

— ¿Eres pintora además de operaria? —la miré sorprendido, aunque rápidamente me centré—. Igual ese no es el punto. ¿Sabes cuál era nuestro destino, Tália?

— Ehhh... —se rascó la cabeza—. No, no lo sé.

— Steinheim, allí es a donde nos dirigimos...

 

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