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Capitulo 2: Chatane el Chitarero.

La inercia de un Dios · por Moon · 27 de julio de 2026

Chatane y yo empezamos a caminar en dirección a su hogar; durante más de media hora estuvimos caminando por este valle. Ya me estaba aburriendo de la monotonía de este ambiente, algo que nunca me había pasado. Tal vez solo sea que ahora, con este cerebro y cuerpo de adolescente, me estoy provocando pensamientos raros; muchas cosas en esta situación no tienen sentido.

—Oye, Chatane —dije—. ¿Qué hacías tan lejos?

—¿Por qué preguntas?

—Ya llevamos rato caminando y ni una caseta veo.

—Suelo cazar por zonas que queden lejos de mi casa para conseguir mas presas.

—¿Acaso trabajas?

—Pues obvio, ni modo que coma aire —Chatane desvió su mirada hacia mí—. ¿Y qué hay de ti, Gabi?

Dudaba si decirle acerca de dónde vengo, ya que aún no comprendo bien la razón por la que fui arrastrado a este punto del tiempo o si mis acciones podrían borrarme de la historia. Debe haber algún modo de saber si puedo morir por alterar el tiempo, aunque puede que solo esté sobreanalizando. Maldigo a los libros de ficción sobre viajes en el tiempo.

—Bueno... digamos que soy un guerrero de tierras lejanas. Estaba en mitad de una batalla, pero de pronto deserté aquí.

—¿Por eso me hiciste todas esas preguntas extrañas?

—Exacto —chasqueé los dedos—. Era para saber exactamente dónde estaba. —¿Ok?—dijo Chatane con algo de duda—. Igual ya llegamos a mi casa.

Al ver hacia delante, vi una tienda de campaña en un claro. Intentaba mirar a los alrededores, pero no había nada más: solo una pequeña fogata aún encendida y unas herramientas rústicas apiladas.

—Te presento mi casa —dijo orgulloso Chatane, hinchando el pecho.

—Ni yo era tan miserable.

—¡Oye! Te voy a brindarte techo y me ofendes de este modo. ¿No tienes corazón?

—En términos de techos, tú no tienes techo. Tienes una tienda de campaña que, en otras palabras, son dos paredes sostenidas por su mismo peso y unas columnas.

Chatane solo me miraba con una cara que no tenia el como describirla literalmente, pero si se resumía en la frase: "tu y tus cosas raras". Pero, ahora que lo veo bien, la tienda es similar a las que solía usar en mis tiempos de santo y semidios. Supuestamente, la mayoría de las comunidades de Santander suelen cooperar entre ellas, y más entre familias ¿Sera que no tiene?

—Aunque sí tienes razón —comentó Chatane acercándose a mí—. Eres más alto que yo por unos cuatro palmos; será un problema a resolver más tarde.

—¿Ahora qué?

—Es hora de ganarte la vida —Chatane, al decir esa frase, se dirigió a la tienda, de donde sacó una canasta gigante y pesada—. En tu caso, llevarás esto.

La canasta que dejó en mis manos me dejó ver que estaba llena de carne. Posteriormente, Chatane me lanzó otras tres: la primera con huesos, la segunda con pieles y la última con hojas de plátano. Mientras tanto, él traía encima una manta y otra canasta de carne que estaba hasta la mitad.

Supongo que si quiero pasar la noche aquí, al menos le tengo que ayudar con algo. Pero la verdad me siento tentado a comer esta carne; incluso con las brochetas que me comí no me es suficiente. Mi hambre mental me pide devorarla, pero estuve resistiendo este impulso hasta llegar al mercado.

En un terreno plano, había vendedores alineados en filas y columnas quienes utilizaban el trueque e intercambio. Cada vendedor se valía únicamente de una manta en el suelo mostrando objetos, comida o tesoros. Empezamos a avanzar entre cada puesto; los vendedores se me quedaban mirando, quizás por mi altura y mis vestimentas agujereadas.

Chatane se detuvo delante de un puesto donde vendían hamacas. El vendedor, quien poco se inmutó de nuestra presencia, se acomodó un poco y dijo:

—Muy bien, mocoso arrogante, por fin vas a comprar algo.

—Nah, estoy excelente como estoy ahora —respondió Chatane para luego apuntarme—. Vengo a comprarle una de tus hamacas a mi amigo aquí, lo que quiere decir que no es para mi.

—Como que te va a salir caro. No tengo una tan grande para tu amigo. Lo que sí puedo es tener una lista para antes de la tarde, pero te va a costar el doble de lo que traes ahí.

—Viejo ladrón.

—Yo no soy ladrón si usted pob...

Hace tiempo que no hacía esto. Sinceramente, en mi estado actual incluso puede ser perjudicial, pero creo que por fin puede servir para algo. Espera, ¿acaso me estoy dejando llevar por el momento?

Aquel hombre empezó a sentir una presencia aterradora que me pertenecía. Esta técnica me la enseñaron a pesar de serme inútil por mi mutación; siendo casi como un adorno o una formalidad del sacerdote, sirve excelentemente bien para distraer o atemorizar.

—Uy, qué miedo —exclamó Chatane con burla, pasándose la mano por la boca mientras me miraba de reojo.

—Este mocoso venía con alguna jugarreta —pensaba aquel vendedor—. Tan raro se me hacía que viniera a comprar algo, y más con un forastero, pero es mi culpa por intentar hacerle la jugada.

—Muy bien, ¿en qué estábamos?

El vendedor suspiró y dijo:

—Bueno, te la haré por lo que tienes más palmo y medio de carne.

—Trato hecho viejo.

Seguimos nuestro camino hasta una parte desocupada, donde Chatane se acomodó y, de los sacos que llevaba encima, sacó también una manta. Sobre ella dejó las hojas de plátano y encima de estas la carne, mientras que los huesos y las pieles los acomodó a un lado.

—Eso estuvo chimba—dijo Chatane.

—¿Expandir mi alma? sería más impresionante si otro santo lo hubiera hecho. Pero ahora que lo pienso, ¿no te afectó?

—No. Se sentía incómodo, es casi como la presencia que tienen Xue y Fiz cuando se enojan.

—¿El dios del sol?

—Ese mismo, de las veces que nos visita. Una vez se enojó porque lo apuñalaron por la espalda pensando que era un intruso, y ahí se sintió su furia en todas las montañas.

Que yo recuerde, la primera y última vez que vi a una encarnación de Xue fue en una ceremonia, ya estaba mas cucho que yo. No estaría mal saber cómo se veía cuando aún no era un dios por completo. Aunque también me hubiera gustado conocer a la siguiente encarnación de Xue... pero, ¿quién será Fiz?

—Hola, Chatane ¿que haces?—una voz suave y tierna surgió delante de nosotros.

El hombre que estaba frente al puesto de Chatane tenía una mirada entrecerrada y decaída, vestimentas coloridas y un bastón. Emitía un aura similar a la de un chamán o un nahual; lo que estaba claro es que su presencia rozaba una tranquilidad que se podía confundir con la de un verdadero dios. Chatane lo reconoció al instante y dijo:

—Hola, Fiz.

—Veo que tienes un amigo.

—Es un vagabundo que me encontré por ahí que me cayó bien. Me lo traje para que me ayudara a traer las canastas.

—Sabes que los otros caciques están en contra de meter gente

—exclamó el hombre llamado Fiz dulcemente, para después dirigir una mirada afilada hacia mí—, pero te lo dejaré pasar porque te encontraste a alguien sumamente curioso.

El hombre se arrodilló y se acercó demasiado a mi cara, por lo que retrocedí un poco en cuanto pude. Ese hombre tenía una mirada que estaba seguro de que me atravesaba el cráneo por completo. Un terror particular: aquellos ojos eran similares a los del sacerdote, unos ojos capaces de darme la vuelta al corazón cada vez que los veía, incluso cuando yo estaba por encima de él como semidios. Aquellos ojos de sacerdote no dejaron de asustarme, y ahora estaban los ojos de este hombre... el mismo terror en dos hombres distintos.

—¿Acaso eres un chamán?

—No, solo soy un forastero.

—Bueno —Fiz se levantó y se quitó la suciedad de la ropa—. Me llamo Fizcotachao, pero me dicen Fiz. Un gusto.

—Yo soy Gabriel, un gusto, Fiz.

Fiz, sin más, se fue en el mismo silencio y tranquilidad con la que llego. Chatane, con una sonrisa presumida, dijo:

—No me digas que en serio te asustó Fiz.

—No fue eso —respondí—. Solo me hizo recordar, nada más.

—No tienes por qué asustarte, la primera vez que me miró con sus ojos de odio o de decepción me hizo caer tieso al suelo.

Durante el resto de la tarde, Chatane estuvo intercambiando distintas cosas de su puesto, además de lograr cambiar la mayoría de sus pieles por ropa para mí. Aunque ya me tocará ajustar un poco la talla, esto es simplemente para pasar desapercibido entre los miembros de esta villa.

No he dejado de preguntarme: ¿qué hacer con mi vida ahora? Incluso en la modernidad este milagro sería algo imposible, así que no tengo escapatoria de mi nueva realidad independientemente de lo que haga. Solo me queda aceptarla, pero eso sigue sin responder mi pregunta: ¿acaso quiero seguir aquel objetivo que condicionó mi vida pasada?

Chatane y yo empezamos a marcharnos del mercado al atardecer, llevando todo lo que no se había vendido y lo que habíamos intercambiado. Siento alivio por tener dónde dormir, pero la verdad creo que entre más me quede, puede que le genere problemas; lo mejor es desaparecer.

—¿Qué tienes? —preguntó Chatane.

—Nada, solo estoy pensando.

—Bueno.

—¡Oigan, mocosos!—a lo lejos se acercaba aquel mercader al que habíamos extorsionado—. ¡Aquí les tengo lo que pidieron!

El mercader traía envuelta una hamaca que parecía costarle un poco llevar bajo el brazo, supongo que por el peso. Nos acercamos para recibir la hamaca y Chatane le dio la canasta de carne con lo que le sobró de los intercambios. Al recibirla, al mercader se le notó contento.

—Es un gusto hacer un trato con ustedes —dijo, viendo fijamente a la canasta—. Esta carne sí que es de calidad.

Discretamente me acerqué a la oreja de Chatane y dije en voz baja:

—¿Una insignificante y curiosa pregunta?

—Diga.

—Sin la intención de ofender... ¿ustedes no tienen algún método para transportar eficazmente las cosas o eres tan pobre que no te puedes permitir uno?

—Forastero descarado, es que a usted le encanta burlarse de la miseria de alguien tan humilde como yo —dijo Chatane a la vez que me agarraba del cabello.

—Ugh, lo dije sin ofender. Además, de pobre a humilde le falta mucho.

—Bueno —dijo el mercader—. Ya es momento de que me vaya. Ustedes váyanse de una vez antes de que anochezca y no anden asustando.

—Está bien —respondimos mientras a nuestro costado el solo se iba cubriendo con el horizonte y las montañas.

 

 

 

 

 

No matar, no hurtar, no mentir y ayudarse los unos a los otros.

—El que nos enseña.

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