Káeli y Lyontari habían comenzado a volver nuevamente al campamento, donde en la fogata estaban Likán y Jadeít. Los estaban esperando junto al calor del fuego.
–Pensé que os habíais perdido en el bosque –dijo el caballero.
–Sí, pensé que íbamos a tener que ir por vosotros –añadió la reina.
–No se preocupen por eso, estamos bien –respondió Káeli.
–Sí... Una pregunta: ¿saben qué es un zorrillo rojo? –les preguntó Lyontari.
–Esas cosas son de lo peor. Son una peste que se encarga de crear ilusiones a sus víctimas, adora jugar con ellas y hacerlas sufrir –aseveró Likán.
–Sí, creo que eso ya lo tengo en cuenta...
–¿Te encontraste uno acaso mientras ibas por el bosque?
–Sí, mientras buscaba a Káeli esa cosa se encargó de meterme un buen susto.
–No pensé que fuesen a haber de esas creaturas por aquí –dijo Jadeít. –Lo mejor será irnos cuanto antes; donde hay uno, hay cien.
Después de eso, todos se fueron a dormir y se levantaron apenas salió el sol para continuar su viaje. Al salir del bosque comenzaron a llegar nuevamente a la costa, y el calor se sentía en el ambiente. Conforme iban avanzando, una ciudad se vio a lo lejos: Se trataba de C'Ipérohos, uno de los lugares más populares de la región de la Jadetit Península.
La ciudad contaba con una de las mejores calidades de vida y una excepcional seguridad, más que nada por uno de sus mayores atractivos: CèTrigál, uno de los más grandes casinos de todo el reino. Tenían que cruzar por ahí si querían comprar provisiones para el viaje y continuar; aún quedaban otras dos ciudades antes de llegar a Poli de Emeralda.
Likán se encargó de comprar las provisiones, entre ellas fruta, mientras que Jadeít consiguió un hotel para pasar una noche. El hotel que había encontrado no era muy grande; se llamaba CèCeladón, contaba con una piscina y muy pocas habitaciones. Su mayor atractivo era que estaba cerca de la playa.
–Bueno, Káeli, ¿te gusta el hotel? –preguntó Jadeít.
–Sí, se ve espléndido.
–Sí, no está nada mal la habitación. Tiene dos habitaciones y dos camas en cada una, así que dos personas tendrán que dormir en un mismo cuarto, pero no necesariamente en la misma cama –dijo mientras entraba y dejaba su bolso en el sofá, después regresó a la puerta y volteó a ver a los demás –Voy a salir, quiero ir a la playa un rato.
–Está bien, nos veremos luego, vuestra merced Jadeít.
–Y dale con eso... Ya te dije que me trates solo de usted, aunque prefiero solo "Jadeít".
–¿Y por qué Likán sigue llamándote así?
–Pues... la verdad es que siempre le he dicho que es innecesario que se porte así. Se supone que deberíamos estar más en confianza, pero él se rehúsa a tratarme como las demás personas. Dice que para él yo siempre seré su reina.
–Pero qué ñoño, sin ofender –dijo Lyontari.
–Sí, la verdad es que sí, pero él es así. Se toma muy en serio su papel de caballero, viéndose a sí mismo como mi futuro salvador y yo su damisela en peligro.
–Sí, muy ñoño, no hay duda.
–¿Y qué tan cierto es eso? La verdad es que cuando nos emboscaron, de entre vos y él, la que más destacó fuiste vos –le preguntó Káeli a Lyontari.
–No deberías subestimarlo –sonrió Jadeít. –Él tiene un enorme potencial escondido y se toma tan en serio su entrenamiento que hay veces en que lo descuido un poco y me supera.
–Suena a una rivalidad algo vieja, ¿se conocen de hace mucho?
–Sí, desde niños. Solíamos jugar juntos todo el tiempo cuando nadie nos veía, en una ocasión jugando con juguetes él con su muñeco se le declaró a la mía pidiéndole ser su novia y por alguna tonta razón pensó que si nuestros muñecos eran novios nosotros también. Fue la relación más rara que he tenido.
–Y pensar que ese niño inmaduro es el Likán de ahora... No se parecen en nada la neta verdad.
–Y se puso aún más inmaduro durante la adolescencia, pero conforme fue creciendo, tras llegar a los once años y ser elegido como mi caballero, comenzó a portarse más y más maduro. Se convirtió en todo un hombre finalmente.
–La adultez, supongo que a todos nos llega, aunque a unos más tarde que a otros.
–Sí, aunque aún conserva mucha de su esencia, solo que no suele mostrarla a gente que no conoce de toda la vida –le dice Jadeít volteando hacia el exterior. –En fin, me voy a la playa, nos veremos luego –se retiró.
El transcurso del día sería muy aburrido y común. Solo llegó más tarde Likán con la comida, Jadeít llegó después quejándose que la playa estaba helada y Lyontari estuvo durmiendo casi todo el día. Y así, como el día fue muy aburrido, todo el mundo también estaba igual de aburrido. Jadeít se fue a dormir, pero a Lyontari, Káeli y Likán se les ocurrió una gran idea: ir al casino. Los tres se fueron al casino CèTrigál. Estaba iluminado, no completamente, y tenía un color amarillento como tonalidad principal en la habitación. Había muchos juegos de azar y mujerzuelas.
Alguien se les acercó para darles la bienvenida. –Buenas noches y sean bienvenidos a CèTrigál, el casino donde el azar es tu semilla que cosecharás de este trigal. Disfruten de las instalaciones y eviten la violencia. Recuerden que las apuestas son muy riesgosas, así que no entren si no están seguros y son menores de edad –dijo la encargada de recibir a los nuevos.
–Muchas gracias –respondió Likán, quien comenzó a entrar buscando dónde jugar.
–Eh, vos, el oxigenado, por aquí –dijo un señor a lo lejos.
–¿Eh, yo? –se señaló con el pulgar.
–No, vos no, el que está al lado de ti.
–¿Me habla a mí? –preguntó Lyontari.
–Sí, vos, ven aquí.
Lyontari se dirigió a jugar con aquel hombre, que estaba jugando póker. El dinero que llevaba Lyontari en realidad era muy poco... y prestado por Káeli, nada más ni nada menos que mil yenes, una cantidad muy pequeña para el valor de la moneda en el reino. Aun así, Lyontari logró ganar cada partida sin ninguna complicación: con un póker en la primera, una escalera de color en la segunda y, para rematar, una escalera real de corazones. Con ello sacó de quicio al sujeto, mientras que a Lyontari se le veía muy confiado: su habilidad no solo destacaba en robar y estafar a la gente; en realidad, también tenía un buen ingenio para los juegos de azar, donde gastaba muchas de las ganancias que conseguía de los robos y estafas que realizaba.
Las apuestas continuaron entre Lyontari y el sujeto, y Lyontari no cedía ni un poco. Su habilidad era indudable y estaba dejando en ridículo al hombre. Su cosecha del trigal estaba hecha: una ganancia de 35 000 000 librones, nada más; una cantidad bastante considerable que sí le hubiese molestado perder. Lyontari se levantó de la mesa de póker finalmente; quería ir al baño, pero un hombre lo siguió por detrás. Una vez ya en el baño, este hombre noqueó a Lyontari y lo dejó dentro de uno de los cubículos
Dieron las tres de la mañana y, finalmente, abrió los ojos y se sobó la cabeza –¿Qué carajos acaba de pasar? Eh… ¡mi dinero! –dijo Lyontari, revisándose los bolsillos, donde no tenía nada. –Con un demonio, el cabrón debió haberse ardido por perder… Tremendo perdedor. De todas formas, el dinero que gané en su partida no lo perdí, solo el poco que tenía en los bolsillos.
Mientras salía del baño, a Lyontari seguía el golpe en su cabeza doliéndole y tenía la vista un poco borrosa. Intentó buscar a sus compañeros y, aunque al principio no los encontró por ningún lado, los terminó encontrando en una esquina. Káeli estaba sentada, bastante incómoda, con un hombre, mostrando una mirada de ansiedad sin igual. Likán, por su parte, parecía estar jugando contra aquel hombre y estaba igual de desesperado. Lyontari fue hacia ellos.
–¡Maldita sea, maldita sea! –dijo Likán, viendo que iba a perder nuevamente contra ese tipo.
–Bueno, dijiste que esto ya era todo lo que tenías, así que, si me disculpas, ¿podrías retirarte ya del casino y dejarme a solas con esta preciosura? –le dijo el tipo a Likán, tomando de las mejillas a Káeli.
–¡Eh, ¿por qué la estás agarrando de esa manera‽! –reclamó Lyontari.
–No te metas donde no te llaman, niño. Solo son apuestas.
–⸘Káeli, qué demonios está pasando aquí‽
–Es una larga historia… pero la versión corta es que… apostamos todo lo que teníamos y, de alguna forma, terminé aceptando tener una cita con este tipo como premio.
–¡Maldita sea, pero si solo os dejé media hora solos! ⸘Cómo pudisteis llegar a tanto‽
–No es cierto, nosotros llegamos a las nueve… son las tres de la mañana –dijo Likán.
–¿Tres de la mañana? ¿Tanto tiempo estuve dormido? –pensó Lyontari. –Sea como sea, no voy a permitir que esto quede así –volteó a ver al hombre fijamente. –Déjame apostarte un todo o nada: si te gano, dejarás libre a Káeli y nos devolverás nuestro dinero; de otra forma… –se quedó pensando Likán, pues ya no le quedaba dinero.
–¿Cuánto piensas apostar, amiguito? –preguntó el sujeto.
–Yo tengo esto… –dijo Káeli, sacándose un lindo collar con una gema en forma de estrella amarilla que traía bajo su ropa.
–Se ve como una auténtica dragonites… Eso sin duda valdría mucho más de lo que me habéis apostado hasta ahora. Acepto –dijo Aleẋandras, mientras una sonrisa presumida se dibujaba en su rostro.
–Bien, Aleẋandras, ¿qué vamos a jugar? –preguntó Lyontari.
–Vamos a jugar shōgi, ¿lo conoces? –le preguntó Aleẋandras a Lyontari.
–Claro que sí, es similar al ajedrez, pero cuenta con la particularidad de que las piezas que hayas derrotado puedes adquirirlas como tuyas y usarlas contra tu oponente.
–Muy bien, me alegra que te sepas la definición de la enciclopedia. Solo espero que sepas aplicar tu teoría en la práctica.
La partida había comenzado. En este juego, similar al ajedrez, no existen blancos, negros, rojos o azules: todas las piezas son del mismo color; solo se sabe cuál pertenece a quién por la dirección hacia la que apuntan. La partida había comenzado. Lyontari empezó a mover sus piezas sin éxito: su contrincante era verdaderamente bueno, su habilidad era tan grande que parecía saber todo lo que iba a hacer Lyontari. El problema era que, con cada movimiento, Aleẋandras adquiría más piezas. Entonces, Lyontari se dio cuenta de algo que no había tomado en consideración y, sin pensárselo dos veces, movió su pieza principal hacia la izquierda y pronunció unas palabras que hicieron que Aleẋandras apartara rápidamente su mano del tablero.
–…ⳋⲇⲣⲓⲧⲯⲀ –dijo Lyontari. Al pronunciar dichas palabras, el tablero ardió, dejando todo en claro. –Este tablero estaba trucado con magia.
–Eso no es cierto, e incluso así no sé de qué serviría la magia en un juego así –respondió Aleẋandras ante la acusación.
–Estás usando magia del tiempo, por eso sabías qué pieza iba a mover y qué estrategia usar para ganarme.
–Absurdo. Poseo magia, sí, pero es una simple magia de metal.
–Da igual. Es una regla general que todo juego debe ser inmune a la magia, por lo que no debió arder el tablero de todas formas.
–Eso no es verdad… ¡seguro usaste un hechizo para romper el sello mágico!
–Está bien, no tienes que buscar más excusas. Voy a olvidar esta partida y asumir que no hiciste trampa en las otras partidas. Sin embargo, si de verdad no hiciste trampa, tendrás que demostrármelo –dijo Lyontari, sacando una baraja. –En la marca de mi reino están prohibidos los juegos de azar, por lo que este juego está prohibido también. Sin embargo, algunas personas lo siguen jugando fuera de su Estado de origen o a escondidas. Su nombre es maisir. Si de verdad eres tan bueno, no tendrás dificultad en este juego.
–Por supuesto que no… Es un juego que frecuento muy seguido, así que será pan comido.
–ⳋⲇⲣⲓⲧⲯⲀ –dijo Lyontari, haciendo arder la baraja. Pero estas no fueron afectadas por tal hechizo, pues al apagarse el fuego se veían intactas. –Este juego fue hecho por personas sin magia, por lo que está diseñado para que ningún tipo de magia afecte su resultadoLyontari comenzó a barajar las cartas y colocó el burro en una esquina. Después de repartir diez cartas para cada uno, la partida dio comienzo. Ambos iniciaron poniendo una carta azul, a lo que Aleẋandras respondió colocando un maisir.
–Verde.
Lyontari observó sus cartas. Aquella carta especial le prohibía jugar cualquier carta verde hasta haberse deshecho del resto de su mano, así que no tuvo más opción que continuar con una carta morada. Aleẋandras respondió con otra morada y Lyontari colocó una segunda, esta vez de cuatro puntos. Como Aleẋandras no tenía una carta del mismo color ni con la misma cantidad de puntos, tomó una del burro. Era una verde de un punto. Sacó otra más y esta vez pudo responder con una roja de cuatro.
Ambos continuaron reduciendo sus manos. El juego consistía simplemente en ir colocando cartas del mismo color o del mismo valor que la anterior, robando del burro cuando no fuese posible jugar. Poco a poco, Aleẋandras comenzó a quedarse con ventaja. Mientras Lyontari parecía estancado sin poder desprenderse de varias cartas, a su rival solo le quedaban dos: la verde de un punto y una morada de cero. Lyontari colocó entonces una amarilla de ocho puntos. Aleẋandras no tenía ninguna carta amarilla ni de ocho puntos, por lo que volvió a robar del burro y obtuvo una roja de seis. Lyontari respondió con una roja de tres; Aleẋandras volvió a robar y consiguió una azul de tres.
Ahora ambos tenían únicamente dos cartas en la mano. Aleẋandras jugó finalmente aquella verde de un punto que había robado al principio de la partida. Lyontari sonrió levemente y dejó sobre la mesa una verde de cero: la carta que había conservado desde el inicio porque el maisir le había impedido jugarla durante toda la partida. Aleẋandras había perdido por una sola carta. La última que le quedaba en la mano era una morada de uno.
–Adunáy, adunáy, ¿ẇay dom vos abandonadme? –dijo Aleẋandras, mientras no podía creerse que había perdido todo por una carta.