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Capítulo 2. Una sombra al acecho

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Luego de perder a los bandidos de vista, cargué al príncipe por mi espalda y caminé en dirección al pueblo. Algunos de los habitantes me miraron asombrados, ya que no suelo acostumbrar a ir por ahí dos veces en un día. Pero al notar que traía a un hombre malherido, enseguida fueron a socorrerme y guiarme hasta el hospital.

Ahí, le expliqué al médico lo sucedido. Este se sorprendió por mi historia, pero igual decidió atender al príncipe para que se recuperara pronto

      ¿Qué piensas hacer ahora, Morgan? – me preguntó el médico – sé que usted prefiere arreglárselas solo, pero me preocupa su seguridad con esos bandidos acechándolo en el bosque. ¿Por qué no se queda en el pueblo por un tiempo?

      No quiero causarles molestias – le dije, incómodo por la amabilidad del doctor – sospecho que esos bandidos no dudarán en lastimar a alguien del pueblo para atraernos. En cuanto se sienta mejor el príncipe, nos iremos de aquí de inmediato.

      Morgan, deja que te ayudemos – insistió el médico – desde que llegaste aquí siempre nos has ayudado directa o indirectamente. Nunca olvidaré que rescataste a mi hijo de ser comido por un oso. ¿Cómo quieres que nos quedemos de brazos cruzados sabiendo que estás en peligro?

Era cierto que salvé a alguien más de una vez durante mis andadas por el bosque. Pero mi intención nunca fue el que me debieran el favor, ya que está en mí proteger a los débiles. Aun así, tras notar la persistencia del doctor, solo pude atinar a decir:

      Lo pensaré.

Esa noche, pasé en una posada cerca del hospital. El príncipe estaba en buenas manos, por lo que no debía preocuparme de nada.

Por la ventana me fijé que algunos hombres comenzaron a patrullar por las calles, usando armas improvisadas como rastrillos, machetes, cachiporras y hasta llegué a ver una paila. Me reí en el fondo, dado que si vieran a los bandidos acarreando un cañón huirían despavoridos.

Por suerte, la noche transcurrió tranquilamente y pude dormir aunque sea un par de horas. Pero estaba más que decidido a marcharme de ahí junto con el príncipe, con tal de preservar a personas tan gentiles y cordiales como los habitantes de ese pueblo.

Al amanecer, regresé al hospital y comprobé que el príncipe se sentía mejor. Sus heridas cerraron, así es que podría caminar sin complicaciones siempre que mantuviera los vendajes puestos.

Un grupo de hombres, de los que se pasaron patrullando la calle por la noche, se me acercaron. Uno de ellos dio un paso al frente y me dijo:

      Escuchamos que te marcharás, ¿verdad? Pensábamos mantenerte aquí porque eres bastante fuerte, podrás ayudarnos a proteger el pueblo. Pero si consideras que será un riesgo para nosotros, entonces te deseamos suerte en tu viaje.

      Cuando las cosas mejoren, siempre puedes regresar – dijo su compañero – pero no queremos dejarte ir con las manos vacías, por lo que te donaremos armas y provisiones que te servirán por el camino.

      Muchas gracias, señores – les dije, conmovido por la generosidad de la gente – solo necesito un hacha, un machete y algún puñal para estocadas rápidas. Siempre les recordaré, esté donde esté.

Cuando llegó la hora de partir, noté que muchos de los pobladores comenzaron a llorar. La verdad no entendía sus reacciones, ya que nunca había congeniado con ellos ni participado en ninguno de sus festivales o eventos sociales. Pese a todo, estaban dispuestos de equiparme con lo necesario para partir a un rumbo desconocido, solo porque alguna vez salvé sus vidas o las de algún ser querido durante mis paseos por el bosque.

      Te deseamos suerte en tu viaje.

      Espero que te vaya bien.

      ¿Regresarás? ¿Verdad? ¡Siempre serás bienvenido aquí!

Tras esa cálida despedida, el príncipe y yo emprendimos el viaje que nunca había pedido. Incluso a él le dieron provisiones, además de un cambio de ropa para que no luciera tanto como un “niño rico”. Llevaba un tosco sayo de color rojo oscuro, con una caperuza marrón y botas de cuero desgastadas. Él se miró sus ropas y murmuró:

      ¡Uf! No entiendo cómo los plebeyos pueden usar esto.

      Peor es estar desnudo – le dije, mientras le daba un saplé en la cabeza – si no querías pasar por estas cosas, debiste quedarte en el palacio en primer lugar.

      ¡Pero tenía que hacerlo! – dijo el príncipe, molesto con mi actitud con él – le prometí a mis padres que encontraría esa reliquia sagrada aunque me costara la vida. Por cierto, ¿has escuchado sobre ellos alguna vez?

      Sí, escuché algo – respondí – son los reyes del reino Estrella, donde se cree que el sol y la luna se unieron para crear la vida en la tierra. ¿No? Pues el palacio queda bastante lejos de aquí. ¿Verdad?

      Así es – dijo el príncipe – mi confidente dijo que tenía un mapa a quien le arrebató a un integrante del clan “Sombra”. Ese clan es el único que sabe dónde queda el templo en donde resguardan la copa divina, pero ni siquiera ellos pudieron tomarla porque dicen que tiene una barrera protectora contra intrusos.

      Eso sí que suena a una novela cliché de fantasía épica – comenté – Bueno, mientras no lo vea no lo creeré. Por cierto, ¿tienes ese mapa?

El príncipe se mantuvo en silencio. Yo rodé los ojos al percatarme de que no solo no lo tenía, sino que tampoco sabía adónde debía dirigirse. Pero él se justificó diciendo:

      ¡Pues podemos preguntar! ¿No? Ahora que comprobé que no todos los habitantes del pueblo son estafadores, seguro alguno sabe algo y nos guía. ¿O me equivoco?

      ¡Pues no nos acercaremos a ningún pueblo, majestá! – le dije, con un tono sarcástico y pronunciando mal a propósito su rango nobiliario – Por si no te has percatado, nos persiguen esos bandidos que no dudarán en atacar a personas inocentes con tal de capturarte. ¿O no te fue suficiente con lo sucedido con MI cabaña?

      Oh, vamos, no seas así – dijo el príncipe – te prometo que si me ayudas y me proteges de todos los peligros, te daré la mitad de mi fortuna. ¿Qué tal? ¡Vivirás como un rey y ya no tendrás que trabajar por el resto de tu vida!

      Mi respuesta es la misma, no me interesan esas cosas – le dije, dándole la espalda – en todo caso, usa todo ese dinero para ayudar a la gente del pueblo. Mejora su infraestructura, cámbiales de alcalde que el que tienen es un inepto, construye una escuela para que los niños estudien y aumenta la seguridad en los alrededores del bosque. Si me prometes que harás todo eso, accederé a protegerte hasta llegar al templo ese.

El príncipe hizo mala cara, pero no me reprochó nada. En el fondo me sentí satisfecho al contrariarlo, ya que sabía que estaba acostumbrado a que los demás le obedecieran. Aunque sentí lástima por la reina Luna, pensaba que el príncipe mimado tenía una percepción muy alterada de la realidad y por eso pretendía que la gente de afuera le rindiera pleitesía como si fueran subordinados.

Caminamos por un sendero por largo rato, hasta que el príncipe se detuvo, apoyó una mano sobre el tronco de un árbol y dijo:

      ¡Me niego a dar un paso más! ¡Tomemos un descanso!

      ¡No! – le dije - ¡Ni siquiera hemos recorrido tanto! Entiende que esos bandidos nos persiguen, no queda de otra que alejarnos lo más que podamos para perderles el rastro.

      Pues sigue caminando, si quieres. Yo me quedo aquí – dijo el príncipe, sentándose en el suelo mientras se cruzaba de brazos.

      ¡Bien! ¡Como quieras! ¡Me voy! – le dije.

Le di la espalda y comencé a alejarme. Tal como lo preví, el príncipe me dijo con tono de súplica:

      ¡Espera! ¿Lo dices en serio? ¿Me dejarás aquí sin más?

      Nunca he bromeado, majestá – le respondí – me harté de ti y de tu estúpido viaje por una cosa que ni sabemos si existe o no. ¿Por qué no te pierdes?

El príncipe, de inmediato, se puso de pie y se acercó, colocándose al lado mío mientras murmuraba:

      Te odio.

Solté una pequeña risa. No sé por qué, pero me fascinaba molestarlo, ya que así le enseñaba que el mundo no giraba a su alrededor.

Fue ahí que, de pronto, mis instintos de leñador solitario se activaron. Pronto sentí que alguien nos acechaba a los lejos y, tras escuchar al viento silbar, grité:

      ¡Al suelo!

El príncipe obedeció al instante. Una flecha pasó rozando sobre su cabeza, acertando directo al suelo. Yo me giré y vi a un hombre saltando desde lo alto de la copa de un árbol.

Era delgado, de cabellos rubios y ojos azules. El resto de su rostro estaba cubierto por un pañuelo rojo, el cual contrastaba con su conjunto de túnica corta azul oscuro, calzas negras y zapatos puntiagudos. Llevaba en sus manos un arco, con el cual ya estaba tensando otra flecha para dispararnos. Intuí que podría ser alguno de los bandidos, por lo que tomé mi hacha y le pregunté:

      ¿Quién eres y por qué nos persigues?

El sujeto no respondió y solo atinó a dispararme con más flechas. Yo las esquivé todas y me acerqué rápidamente a él, hasta lograr tomarlo de las muñecas y aprisionar su cuerpo contra el tronco grueso de un árbol. Forcejeamos un poco hasta que conseguí que soltara sus armas, dejándolo indefenso e inmovilizado.

Su pañuelo se le resbaló y reveló su rostro. Era un hombre más joven que yo, o eso parecía, ya que carecía de barba y patillas. Por su expresión de sorpresa, deduje que él juzgó mi enorme tamaño creyendo que sería demasiado lento para seguirle sus movimientos. Pero debido a mi capacidad de supervivencia, pude lidiar con toda clase de contrincantes y aprender a moverme rápido para evitar a los depredadores jodidos.

      ¡Espera! ¡No me mates! – me suplicó - ¡Yo solo quería robarles sus provisiones! ¡Necesito comer!

      ¡Pues debes trabajar para ganarte el pan, estúpido! – le dije, dándole un fuerte cabezazo en la frente y dejándolo atontado.

El príncipe se levantó, sacudió sus ropas y, con una voz engreída, me dijo:

      Bien, Morgan, hice bien en contratarte como mi guardaespaldas. Ahora mátalo.

      ¡No lo hagas! – me suplicó el ladrón - ¡Si perdonas mi vida, te guiaré al templo “Terra” donde se encuentra la copa divina! ¿No es eso lo que están buscando?

Tanto el príncipe como yo nos quedamos asombrados por sus palabras. No sabía si era uno de los bandidos o, simplemente, nos había seguido desde hacia rato. Así es que no quedaba de otra más que interrogarlo.

De inmediato, amarré sus muñecas por la rama de un árbol, mientras que el príncipe procedió a confiscarle las armas. Además del arco y la flecha, también tenía un cuchillo, un puñal, unos dardos con veneno, un par de dagas gemelas y una extraña granada. Me pareció bastante sospechoso, ya que iba demasiado equipado como para ser un simple ladronzuelo.

Aun así, decidí escucharlo para desechar cualquier idea de que fuera uno de los bandidos que nos estaban persiguiendo.

      ¿Para quién trabajas? – le pregunté.

      Para nadie. Soy independiente – me respondió.

      ¿Sabes quién es él? – continué, señalado al príncipe.

      Sí. Es el príncipe Ricardo, hijo de los reyes del reino Estrella.

      ¡Es de los bandidos que quieren matarme! ¡Estoy seguro! – señaló el príncipe, con furia - ¡No podemos mantener viva a esta escoria!

      ¿Pero de qué bandidos están hablando? – preguntó el ladrón – No sé de qué hablan, yo no trabajo para nadie ni con nadie. Solo los seguí porque me parecieron una dupla muy peculiar y no he comido hoy en todo el día. De casualidad escuché su conversación y se me hizo interesante, por eso no ataqué antes.

      ¿Desde qué parte comenzaste a seguirnos? – le pregunté.

      Apenas entrando al bosque – me respondió, con una media sonrisa.

La verdad es que me sorprendió, dado que eso fue hace un montón de rato y no había percibido su presencia. Por alguna razón, me recordó a los integrantes del clan “Sombra”, que está conformado por extraños bandidos involucrados con lo sobrenatural, tal así que pueden camuflarse en las sombras para atacar a los enemigos sin ser detectados.

      ¡Mientes! – insistió el príncipe - ¡Eres uno de esos bandidos que me atacó y quemó la choza de mi fiel servidor! ¡Ahora mismo nos dices quién los contrató o atente a las consecuencias!

Cansado de la prepotencia del príncipe, le dirigí una mirada de furia que lo hizo retroceder un par de pasos, lejos de mí. Luego, volví a mirar al ladrón y, tomándolo de la barbilla con una mano, le dije:

      Bien, dices que si te perdonamos la vida, nos guiarás a ese templo. ¿Verdad?

      Sí. Así es – me respondió, mientras intentaba mostrar una sonrisa que más bien se veía como una mueca.

      ¿Y cómo estoy seguro de que no nos degollarás cuando estemos durmiendo por las noches? – le cuestioné.

      Pueden mantenerme atado mientras descansan, si es que desconfían de mi – dijo el ladrón, mirándome fijamente a los ojos para demostrar que decía la verdad – pero algo me dice que tú no eres un hombre ordinario, pudiste leer mis movimientos con facilidad y ni tuve tiempo de reaccionar. Sería tonto intentar hacerte daño, aprecio mi vida más de lo que imagina.

      Haces bien – le dije, soltándole y sonriéndole, cosa que le intrigó – no me gusta la violencia, pero ten por seguro que te destrozaré si intentas hacernos algo.

Noté que el príncipe hizo un extraño gesto con la boca, como si estuviera en desacuerdo con perdonarle la vida al ladrón. De igual forma no me importó, por lo que desamarré al joven y le pregunté:

      ¿Cómo te llamas?

      Jason. A su servicio – me respondió el ladrón, inclinando ligeramente la cabeza – y tú eres…

      Morgan, un leñador – le dije – y NO estoy al servicio del principucho. Solo accedí a protegerlo con la condición de que ayude a unas personas que aprecio.

      ¡Qué grosero! – me espetó el príncipe Ricardo – Si sigues así, yo…

Volví a darle otra palmada en su cabeza, haciendo que gritara y lanzara sus rabietas. Escuché que Jason comenzó a reírse por la escena, pero apenas lo miré y detuvo sus risas. Al final, le dije:

      Caminarás delante de nosotros, donde te pueda ver. Cuidadito con intentar algo, porque si no… - tomé una rama del suelo y comencé a presionarla, hasta conseguir hacerla trizas con una mano.

      Sí, señor. Haré lo que usted diga – dijo Jason, manteniendo la calma mientras procedía a alejarse unos centímetros de mi – Por cierto, esos bandidos de los que hablaban, ¿saben que estamos aquí?

      No… por ahora – le respondí – conseguimos perderles el rastro, pero no sabemos si conseguirán localizarnos. Quizás alguien del pueblo se le suelte la lengua y revele nuestro paradero.

      ¿No que eran amables y les caías bien? – preguntó el príncipe, escéptico.

Estuve a punto de responderle, cuando Jason se me adelantó, diciéndole:

      Jovencito, la gente común es capaz de vender información a cambio de monedas… o su propia vida. ¡Todo es negociable! Será mejor que te acostumbres a eso.

Noté que el príncipe me tocó el hombro con un dedo, así es que me agaché y me habló al oído:

      Te daré diez monedas si matas a ese ladrón. ¡No me fío de él!

      Yo tampoco – le dije, también en voz baja – pero no conozco a nadie que pueda guiarnos hasta este lugar, es nuestra única esperanza. Salvo que nos encontremos con tu amigo y podamos recuperar el mapa que dices lo tiene en su poder, nos queda conformarnos con lo que venga. Confía en mí, lo mantendré vigilado para que no se salga con la suya.  

      Bueno, si tú lo dices.

El príncipe no volvió a hablar más del tema y yo me centré en Jason, quien caminaba delante de nosotros mientras tarareaba una extraña canción en otro idioma.

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