Contrario a lo que muchos piensan, no soy un hombre con pasado turbio, de esos que se alejaron de todos por perder a su familia en trágicas circunstancias. Tampoco soy “el último de su tribu” que va en busca de venganza o respuestas al sentido de la vida. La gente supone cosas de mi solo porque soy un leñador solitario, que vive en el bosque y prefiere escuchar a hablar.
Así es. Pasé gran parte de mi vida viajando, hasta que encontré un hermoso claro del bosque donde decidí construirme una cabaña. Con esfuerzo, logré crear un hogar con todo lo necesario para vivir cómodamente.
Cada tanto, voy al pueblo que linda con el límite del bosque a vender madera. Con el dinero recaudado, compro mis provisiones y me regreso a mi cabaña. Los pobladores ya me conocen y siempre me saludan cuando paso por las calles con mi leña. Pero los viajeros o recién llegados se sienten muy intimidados por mí, debido a que soy bastante alto y musculoso. Aparte, tengo una enorme barba que me hace lucir como aquel dios del trueno que tanto adoran los paganos.
Sin embargo, no desprecio mi apariencia dado que me ha ayudado a ahuyentar a los ladronzuelos que rondan por los alrededores. Nadie se atreve a contrariarme ni estafarme, debido a que creen que soy de esos tipos rudos capaces de partir a un humano por la mitad de un solo golpe.
Pese a todos los rumores que rondan sobre mí, soy un pacifista. Tengo todo lo que necesito para ser feliz, así es que no me veo en la necesidad de arruinar la vida de los demás. Sin embargo, eso no quiere decir que no sepa defenderme cuando algún loco intenta atacarme o cuando veo a personas en peligro.
Como buen habitante del bosque, tuve que saber lidiar con los depredadores y bandidos de baja calaña. A todos los vencí, tanto que en los pueblos vecinos me conocen como “la fiera salvaje” y tiemblan al escuchar mi nombre. Pero lo prefiero así, disfruto de mi soledad y lo que menos quiero es que nadie me moleste.
Por ese motivo, nunca creí que viviría esta extraña experiencia que dio un brusco cambio a mi vida.
Todo empezó cuando, luego de regresar del pueblo, me encontré con un joven desconocido arrojado a los pies de mi cabaña. Noté que estaba malherido y, por el traje de seda que llevaba, supuse que sería un adinerado que cayó en la mala suerte de toparse con asaltantes durante su viaje.
De inmediato, me acerqué a él y le dije:
— No temas. Te llevaré al hospital del pueblo para que te atiendan.
— ¡No! – me dijo el joven, tomándome del cuello de mi camisa y mirándome con súplica – No me lleves ahí, por favor. Me están acechando.
Al final, lo cargué y lo metí en mi cabaña.
Ahí noté que recibió un corte de espada en el brazo y la pierna, provocándole un profundo sangrado. Por suerte contaba con un botiquín de primeros auxilios, ya que siempre me lastimo con mis herramientas de trabajo y me ahorro tiempo en ir hasta el pueblo para curar mis heridas.
Procedí a revisar los cortes y limpiarle la sangre manchada por su ropa. Mientras, el joven me dijo:
— ¿No me harás preguntas?
— ¿Por qué lo haría? – le dije, con indiferencia – veo que eres un chico acomodado. ¿No? hiciste mal en elegir un traje de telas brillantes y sedosas, es como si pidieras a gritos que te asaltaran.
El joven sonrió, lo cual me molestó porque parecía que se burlaba de mí. Al final, cuando conseguí aplicarle los vendajes, él me explicó sin siquiera pedírselo:
— Soy el príncipe Ricardo, hijo del rey Sol y la reina Luna del reino Estrella. Sé que ahora mismo no luzco como alguien de la realeza, pero tengo un anillo que lo prueba.
Me mostró un anillo dorado, con una enorme piedra de jade, que tenía en su dedo anular izquierdo. Por un instante pensé que me estaba gastando una broma, ya que no podía creer que un príncipe estuviera andando solo por el bosque, sin siquiera un escolta. Éste, al intuir mi escepticismo, volvió a explicarme:
— Verás, estoy haciendo un viaje muy importante, ya que me encargaron la misión de encontrar la copa divina que salvará a mi madre de una enfermedad incurable. Al principio iba con mis escoltas y mi más grande amigo, pero unos bandidos nos atacaron. Mis escoltas lucharon conta ellos y mi confidente me sugirió que huyera por el bosque, que pronto me alcanzaría. Pero por más que anduve, no lo encontré. ¿Y si falleció?
— Quizás se perdió y sigue buscándote – alegué – Pero no entiendo el porqué no quieres ir al pueblo. Seguro ahí te atenderán mejor.
— Es lo que me aconsejó mi confidente – respondió el príncipe – siempre me dice que en los pueblos la gente es muy interesada y querrá estafarme para dejarme desnudo. Como es mi mejor amigo, confío ciegamente en su palabra porque sabe muchas cosas que desconozco del mundo exterior. ¡Es un genio!
Di un largo suspiro, debido a que pensaba que su consejero fue muy imprudente al optar por mandarlo al bosque, cuando lo habitual sería que lo enviara a un lugar ocupado por personas. Sin embargo, no quería tenerlo en mi cabaña por varios días, porque algo me decía que no congeniaríamos para nada.
— Creo entender por lo que pasaste – le dije – pero no puedes confiar en tu “amigo”. El bosque es muy peligroso y quien sabe qué tipos de bestias encontrarás. Tuviste suerte de que hayas llegado hasta mi casa y te viera primero.
— ¿A esto le llamas casa? – me preguntó el príncipe, con desdén, mirando a su alrededor – Bueno, quizás para un plebeyo sea confortable, pero para mí esto es una finca de caballos.
— Si no tienes nada bueno que decir, será mejor que se largue – le dije, con frialdad, tras escuchar su comentario sobre mi hogar – acabo de tener una pesada jornada y no estoy para tolerar a niños mimados y prepotentes como tú.
— ¡Espera! – dijo el príncipe, tomándome del brazo - ¿De verdad serías capaz de dejarme a la merced del bosque? Sé que fui grosero, pero entiende que tengo mucho miedo. Eres fuerte, ¿verdad? ¿Por qué no me escoltas hasta el hospital del pueblo y te aseguras que nadie me haga daño?
— ¡No! – le dije, tajante – Si te preocupa, te indicaré el sendero seguro que puedes cruzar para llegar sin peligro.
— ¡No seas así! Si me proteges como mi guardaespaldas, prometo darte mucho dinero y una vida de lujos que ni el más pudiente ha logrado soñar.
— ¡No necesito eso! – le dije, ya con la paciencia acabada – Tengo todo lo que necesito y soy feliz así. Mejor váyase y no vuelva más.
El joven infló las mejillas de la indignación. Percibí que de verdad era un niño mimado, a quien se le acostumbró a mandar a la gente y hacer que éstos cumplan todos sus caprichos solo por ser un príncipe. Siempre detesté a esa clase de gente, ya que creen que están por encima del mundo y pueden hacer lo que se les antoja.
Fue entonces que me centré en sus heridas y juzgué que no llegaría muy lejos. Una parte de mí se apiadó de su estado y le dije:
— Está bien, te acompañaré hasta el pueblo y buscaré a un doctor que sea confiable. Yo conozco a los pobladores, son muy amables y siempre están dispuestos a ayudar a quien lo necesita.
— Gracias, señor – me dijo el príncipe, mostrándose conforme con mi propuesta - ¿Cuál es su nombre?
— Me llamo Morgan – le respondí.
— Está bien, Morgan. Te agradezco que me hayas socorrido y accedido a escoltarme hasta ese pueblo. Cuando termine con mi misión, me aseguraré de que mis padres sepan que…
Sus palabras fueron interrumpidas por una gran explosión que destruyó el techo de mi cabaña. Pronto la madera comenzó a consumirse por el fuego, por lo que el príncipe y yo nos vimos forzados a salir.
Fue así que vi a un par de sujetos encapuchados, portando un pequeño cañón con el cual dispararon a mi cabaña. El príncipe tembló, se colocó detrás de mi y murmuró con una voz temblorosa:
— ¡Son ellos!
Aún portaba mi hacha en la cintura, dado que no tuve tiempo de guardarla en mi depósito por la urgencia de auxiliar al príncipe herido. Así es que la tomé con ambas manos y les dije:
— ¿Quiénes son? ¿Por qué destruyeron mi cabaña?
— Solo es un mensaje de advertencia, leñador – me respondió uno de los bandidos – entréganos al príncipe por las buenas y te dejaremos en paz.
— ¿Y si me rehúso? – les pregunté, agravando mi voz.
— Seguiremos destruyendo tu cabaña – respondió el otro bandido, quien procedió a cargar el cañón – no importa qué tan fuerte seas, sigues siendo un simple mortal que no puede con esta máquina.
Noté que las manos del príncipe se apoyaron por mi espalda, arrugándome la ropa. Para mí, sería sencillo entregárselo a esos sujetos y deslindarme del problema. Pero algo me decía que no cumplirían su parte del trato, debido a que me convertí en el testigo de un atentado contra un miembro de la realeza y preferirían borrarme del mapa por miedo a delatarlos.
Así es que reuní mis fuerzas y arrojé mi hacha en dirección al bandido más cercano. Éste esquivó mi ataque y mi herramienta de trabajo se incrustó sobre el tronco de un árbol.
Su compañero intentó mover el cañón hacia mi dirección, pero era una máquina muy pesada. Eso me dio tiempo para tomar la mano del príncipe y escapar juntos del lugar.
— ¡Atrápalos mientras yo destruyo esta choza! – escuché que le decía el bandido del cañón a su compañero.
Sabía que eso pasaría, pero estaba seguro de que ellos no conocían el bosque en su totalidad, por lo que me daría tiempo para improvisar un plan de escape basándome en la zona geográfica. Sin embargo, tenía la duda de saber si eran los únicos bandidos que acecharon al príncipe, por lo que pregunté:
— ¿Cuántos eran los que te atacaron?
— Ocho… creo – me respondió.
— ¡Uf! ¡Esto será duro!
— ¡Espera, Morgan! ¡No puedo seguirte el ritmo!
El príncipe Ricardo tropezó, por lo que decidí tomarlo de la cintura y cargarlo por mi hombro.
— ¡Así será más rápido! – me justifiqué, sin dejar de correr.
— ¡Esto es tan humillante! – se quejó el príncipe, al sentirse cargado como un saco de papas.
Mientras corría, vi que comenzaron a tirar flechas en diferentes direcciones. Al final, sabía que la mejor manera de perderlos era yendo por la cascada, ya que nadie en su sano juicio transitaría por una zona peligrosa donde, con un paso en falso, se estrellaría entre las rocas.
Mis pies me llevaron hasta lo más alto de la cascada. El príncipe dio un grito y murmuró:
— ¿No pensarás tirarte? ¿O sí, Morgan?
Di media vuelta y me percaté de que cuatro de los bandidos encapuchados nos estaban acorralando. Ya con eso contaba seis. ¿Pero dónde estaban los otros restantes?
Sin dudarlo, di un salto y caímos juntos en la cascada. El príncipe dio un grito agudo. Los bandidos siguieron tirando flechas, pero dejaron de hacerlo cuando la neblina causada por el golpeteo del agua entre las rocas nos cubrió por completo.
“Ahora pensarán que estamos muertos”, me dije a mi mismo. “Ya podré dirigirme al pueblo para descansar y tratar mejor las heridas del príncipe”.
Miré la pendiente de la roca, donde había aterrizado de pie, sin hacerme daño. La superficie estaba resbalosa, pero era lo suficientemente ancha como para evitar caerme por el borde. Había practicado ese tipo de saltos desde la primera vez que llegué a esa región, luego de que unos jóvenes alocados me mostraron el truco para saltar por la cascada como una suerte de “desafío peligroso”. No sabía por qué lo hice, pero supuse que algún día me sería de ayuda para cuando tuviera que escapar de un enemigo a quien no podría enfrentar con solo mi fuerza.
Sentí que el príncipe se desmayó en mis hombros. Así es que lo bajé al suelo y lo contemplé por unos instantes. Era un joven de cachetes rellenos y cabellos enrulados y negros, una apariencia que no intimidaba para nada y que, de seguro, le habría causado más de un problema.
Noté que la herida de su brazo se abrió y el vendaje se manchó con sangre. Me sentí culpable por no prestar atención a ese detalle por lo que, por primera vez en mi vida, tuve que renunciar a mi tranquila vida de leñador para proteger a un completo desconocido que se cruzó en mi camino.