Mantuvieron el paso firme, sin realizar muchas preguntas o intercambiar palabras, solo caminaban una al lado de otra, disfrutando de una serenidad y tranquilidad que pocas veces se podían dar el lujo de permitirse.
La ciudad seguía su rutina, sus mismos habitantes, mismas preocupaciones. La luz del sol apenas y era visible en gran parte de Sköelger dado al vapor emanado de las calderas.
Humo, vapor, o niebla, a veces no se podía diferenciar.
Eventualmente tuvieron que caminar cerca de los barrios bajos, las reparaciones aún no habían terminado. Se podía ver tiendas de acampar ubicadas a lo largo de los lugares aledaños a la entrada y salida de los barrios bajos.
Personas soportando el frío del invierno, tapándose entre harapos sucios y cocidos. Ancianos utilizando bolsas de basura como almohadas, niños jugando con perros callejeros, personas intentando vivir con lo poco que aún tenían, esperando un día mejor.
Las miradas no tardaron en caer sobre ellas. Curiosidad, asombro o asco, no les importaba realmente. El ambiente comenzó a sentirse tenso, pesado.
Dalia desviaba la mirada, intentando no ver a las personas a los ojos.
Un anciano les cerró el paso, moviéndose de manera muy errática. Se acercó a Zinnia de una manera muy agresiva.
—¡Eh... ¡Fuiste tú! —gritó el anciano.
—¿Yo? ¿A qué se refiere? —contestó Zinnia mientras sus manos comenzaron a temblar.
El anciano parecía confundido.
—Ah... ¿eres tú? Dijeron que una cazadora fue la responsable de quemarlo todo... eso dijeron los de arriba.
Dalia desvió la mirada.
—Ah... no. No soy yo —contestó Zinnia mientras observaba a Dalia—. Nosotras no estábamos aquí cuando eso pasó.
Dalia guardó silencio.
El anciano se llevó la mano a la cabeza.
—Ah... ya veo.
Se rascó la nariz.
—Lamento haberlas confundido. Es solo que, bueno, no es la primera vez que mi hogar es reducido a cenizas por una mujer.
Zinnia levantó la ceja.
—Oh... ¿su esposa no era buena cocinando? —preguntó apenada.
—Ah, qué va. A decir verdad no era muy buena en muchas cosas, jeje —soltó una risa seca—. Pero no, no fue ella.
—Oh, ¿un accidente?
El anciano guardó silencio.
—Sí, algo así. Creo. Cuando nos dimos cuenta todo el bosque estaba siendo consumido en llamas, tuvimos que salir de ahí.
Zinnia se llevó la mano a la boca mientras sus ojos parpadeaban de par en par.
—Oh... qué horror. ¿Solo fueron daños materiales? Eso espero.
El anciano bajó la mirada.
Guardó silencio.
—No realmente —se llevó la mano a la nuca—. Las llamas consumieron una familia, el padre, la madre... y una niña pequeña. Solo sobrevivió un integrante.
Dalia apartó la mirada. El olor a ceniza y madera quemada le llenó las fosas nasales, transportándola a un lugar que no quería recordar.
Sin poder reaccionar, comenzó a sentir un enorme peso entre sus brazos. Sacudió su cabeza levemente, centrando la mirada en sus brazos. Parecía estar cargando algo, pero no había nada. Solo era un recuerdo, uno muy difuso. Tardó en recuperar la compostura.
El anciano la notó.
—Sí... pobre niña.
Dalia asintió sin ganas.
—Sí... pobre de ella —respondió sin verlo a los ojos.
Zinnia, sorprendida por la historia del anciano, parpadeó sin darse cuenta repetidas veces, se llevó las manos a sus muñecas, intentando controlar los nervios.
—Cielos... lamento lo que le pasó, señor. Y... bueno, lamento que tenga que volver a vivir algo así.
—Sí, es una lástima supongo. A veces las cosas simplemente pasan. Vaya suerte la mía —soltó una risa cansada—. Primero la Niña Carmesí y ahora un licántropo incinerado.
Dalia comenzó a caminar poco a poco.
—Niña... ¿Niña Carmesí? —preguntó Zinnia extrañada.
—Sí, ese fue el apodo que le dieron a la niña que sobrevivió.
—¿Por qué?
—Bueno, cuando las llamas comenzaron a cesar, encontraron a la niña cargando los restos de un cuerpo —hizo una pausa—. Ella estaba llena de sangre y cenizas. Su cabello era rojo, carmesí.
Zinnia sintió un nudo en la garganta.
—Dijeron que se estaba riendo. Eso dicen.
Tragó saliva.
—De solo pensarlo me da miedo. Quizás no fue un accidente después de todo.
Zinnia relajó el rostro.
—Oh... mire. Creo que... bueno no sé qué decir.
Sacó una bolsa de monedas de su gabardina, extendió su mano al anciano.
—Esto... no va a arreglar nada, pero por favor úselo para que el invierno no sea tan cruel con usted... y tampoco con los niños que están aquí. Podría... ¿podría hacerlo? —preguntó nerviosa.
El anciano la observó extrañado, la observó con atención, de los pies a la cabeza. Soltó una risa.
—Es la primera vez que alguien hace algo así... qué amable.
Tomó la bolsa de monedas.
—¡Oh! —dijo mientras sentía el peso de la bolsa en sus manos.
Abrió la bolsa, era una cantidad de monedas muy generosa, comenzó a contarlas con una sonrisa.
—Esto es... —la miró a los ojos—. Gracias, señorita. No... no tenía que hacerlo.
—Bueno... usted tampoco tenía que perder su hogar. ¿No es así, Dalia?
Observó a su alrededor, Dalia ya se encontraba algunos metros adelante de ella, caminando sin mirar atrás.
Zinnia se despidió del anciano a las prisas, mientras apresuró el paso hasta alcanzar a Dalia.
—¡Oye! ¿Estás bien?
Dalia tardó en responder.
—Sí... creo. No quería dejar a todas esas personas sin hogar.
Bajó la mirada.
—No quería que ese anciano perdiera su hogar tampoco.
Zinnia relajó el rostro.
—Tranquila... es solo temporal. Es solo cuestión de tiempo para que terminen de reparar todo.
—Reparar todo —murmuró—. Sí, es cuestión de tiempo, supongo.
El frío del invierno se podía sentir en el rostro de ambas, dejando ver el vapor salir de sus bocas con cada respiración. Poco a poco, abandonaron las zonas cercanas a los barrios bajos, dejando toda esa experiencia atrás, al menos por ahora.
Llegaron a la catedral al cabo de un rato, no le dieron importancia a la magnitud de la estructura. Detrás de la catedral, a unos cuantos metros se podía observar el cementerio.
Abrieron el mapa, todo parecía indicar que la entrada a las cloacas estaba cerca de ahí.
Comenzaron a rebuscar entre callejones aledaños. Inspeccionaron también las tapas de alcantarillado cercanas, hasta que encontraron una con un diseño muy peculiar.
Una rosa, dibujada con una especie de lápiz labial.
Dalia pasó su mano sobre la rosa dibujada, manchando la yema de sus dedos con el lápiz labial, aún estaba fresco. Parecía que el dibujo lo habían hecho apenas.
Observó a su alrededor, no había nadie. Y sin embargo, de una otra forma sentía que La Rosa Negra las estaba observando.
Movió la tapa de la alcantarilla, indicando a Zinnia que entrara rápido.
Zinnia se sumergió por aquel hueco que dejaba descubierta la tapa de alcantarillado, bajó de un salto.
Cayó en las cloacas, a una altura de casi dos metros. Se puso debajo de la entrada.
—Salta, yo te atrapo —dijo a Dalia.
Dalia frunció la ceja, se acomodó junto con la tapa de la alcantarilla para bajar mientras la tapa cubría la entrada de nuevo.
Ahí abajo, todo estaba oscuro. Dalia sacó un mechero, iluminando apenas aquellos túneles abandonados.
Siguieron el único camino que había, el eco de sus pasos y las gotas de las tuberías cercanas eran lo único que les hacía compañía, de vez en cuando algunos roedores se hacían visibles.
Después de un tiempo finalmente vieron el final del túnel, marcado con una luz tenue en la lejanía.
Llegaron a la fuente de luz, la cual conducía a una tubería que indicaba el camino hacia el exterior. Se adentraron en la tubería, empapando sus atuendos con agua.
Siguieron el flujo del agua, hasta desembocar en un pequeño riachuelo, justo en las afueras de Sköelger. Finalmente, estaban afuera.
Pasaron horas caminando, atravesando el terreno pantanoso de los alrededores. Esta vez no había nadie esperándolas en el lago para ayudarlas a atravesarlo. Tuvieron que caminar bordeando la orilla del lago, cuidando de no resbalar con el fango de los alrededores. Los vientos provenientes de las montañas cercanas solo hacían que la temperatura del lugar se sintiera más gélida.
Dalia comenzó a toser, llevándose la mano a la boca. Zinnia se llevó las manos a los hombros. Continuaron el camino, tuvieron que soportar el frío por unos kilómetros más, hasta llegar a Finisterra.
No tardaron en ver el asentamiento en el horizonte.
Al llegar todo parecía estar igual a la última vez que estuvieron ahí. Notaron algo peculiar, un nuevo edificio estaba siendo construido cerca de las murallas, cerca de los graneros y la taberna local.
Sreten las vio acercarse, se acercó con entusiasmo mientras hacía un gesto con la mano.
—¡Zinnia! ¡Orquídea! ¡¿Cómo están?! —exclamó Sreten mientras abrazaba a Zinnia, sacudiéndola de un lado a otro.
Zinnia no pudo hacer nada para detenerlo, no pudo evitar sonreír y soltar una risa.
Dalia por su parte, solo se dedicó a observar.
—¿Me llamaste Orquídea? —preguntó Dalia extrañada.
—¡Sí! —contestó Sreten. Continuó sacudiendo a Zinnia, hasta que notó el rostro de Dalia.
—Oh... lo... lo siento.
Dejó a Zinnia en el suelo.
—Soy malo recordando nombres —dijo Sreten agachando la mirada.
Dalia resopló.
—Da igual. ¿Qué están construyendo? —preguntó sin ganas.
—Ah. ¡Estamos construyendo un gremio de cazadores!
—¿Ah? —exclamaron Dalia y Zinnia al mismo tiempo.
—¡Sí! Pero, ¡descuiden! ¡No intentamos ser competencia con ustedes! Es solo que no siempre nos van a poder ayudar, así que decidimos comenzar a tomar cartas en el asunto.
Comenzó a jugar con su barba.
—Obviamente sería en casos... bueno no tan complejos. Enraizadas vienen y van, algunas de ellas no quieren estar en grandes ciudades, quizás podamos convencer a algunas —exclamó con entusiasmo.
—¿Enraizadas? —preguntó Zinnia.
—Sí, de los pueblos cercanos, algunas son muy... silvestres. De pocos amigos —siguió jugando con su barba—. Pero estoy segura de que ellas podrán ayudar, o espero que lo hagan.
—Mmm —murmuró Dalia—. ¿Ya tienen prospectos en mente?
—Oh, ¿quieres ser parte?
Dalia soltó una risa seca.
—No, aunque quisiera no podría. Al menos no ahora. Es solo... bueno. Curiosidad.
—Mmm —murmuró Sreten sin soltar su barba—. Hace poco pasaron tres hermanas por aquí, una de ellas era muy... explosiva tal vez.
Dalia frunció las cejas.
—¿Tres hermanas? —preguntó.
—Sí, déjame intentar recordar sus nombres.
Se llevó las manos a la cabeza, frunció la nariz. Comenzó a mover los labios de un lado a otro, mientras intentaba balbucear.
—Mmm... Faye... Lavu... mmm... Tabu...
Sreten se rindió al cabo de unos segundos.
Dalia afiló la mirada.
—LeFay, Laveau, Tituba —dijo Dalia mientras torcía los labios.
—¡Eso! ¡Eran ellas! —exclamó Sreten con alegría.
—¿Las conoces? —preguntó con curiosidad.
Dalia tardó en responder.
—Quisiera decirte que no, pero sí.
—Oh... ¿se llevan mal?
Dalia negó con la cabeza.
—No, pero LeFay... es todo un caso.
—Sí... explota fácilmente.
Zinnia escuchó con atención, sin decir una sola palabra.
—Laveau... —murmuró Zinnia.
Se llevó un dedo a la boca, comenzó a morderlo. Ese nombre le parecía familiar, pero no podía recordar exactamente la razón.
La conversación y el reencuentro con Sreten se extendió más de lo que a Dalia le hubiese gustado. Se permitió soportar las horas y horas de conversación entre Zinnia y Sreten solo porque Zinnia parecía estar entretenida.
Después de reabastecerse de provisiones, y de conseguir atuendos adecuados para soportar el clima gélido de Friegsbourgh, tomaron la primera diligencia disponible.
Tardarían unas cinco horas en llegar, justo antes del anochecer.
La diligencia no tenía más pasajeros, solo ellas dos. Disfrutaron el tiempo que tenían, mientras se preparaban mentalmente para ver a la viuda.
Zinnia se encontraba nerviosa, sentía un vacío en el estómago. Por alguna razón, a pesar de hacer lo correcto, sentía que iba a destruir la vida de una persona. Ese sentimiento la perseguía desde que salieron de Sköelger.
Dalia observó que Zinnia estaba inquieta, pudo notar cómo las manos de Zinnia temblaban de forma errática mientras sostenía el colgante.
—Oye... y... ¿te gusta la música? —preguntó Dalia.
Zinnia la observó, extrañada.
—Am... ¿por qué preguntas eso ahora? —preguntó Zinnia, sin apartar la mirada de Dalia.
—Bueno... te ves nerviosa. Y creo que es algo que nunca te he preguntado... ¿está mal preguntarlo ahora?
Zinnia relajó el rostro, soltó una sonrisa.
—Está bien... gracias por... bueno romper el hielo.
Guardó el colgante en su bolsillo.
—Sí, me gusta la música.
—¿Música clásica? —preguntó Dalia con una risa burlona.
—¡No! A decir verdad... me gusta mucho Hywha —contestó apenada.
—¿Esa rockstar? Wow... no me lo esperaba.
—¡Oye! ¡Es muy buena con la guitarra!
Soltó una risa.
—Y canta bien, muchas personas incluyéndome pensamos que tiene una de las mejores voces en toda la región —contestó con autoridad.
—Sí... y por eso los elfos la quieren mandar a una correccional —añadió Dalia.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Zinnia.
—Lo único que podía hacer en el hospital era leer periódicos, cortesía de Vic. Era eso o hablar conmigo misma.
Agachó la mirada.
—Y no tengo ganas de eso honestamente.
—Ya veo, bueno... no sabía eso de Hywha. Entonces es una elfa problemática.
—Sí... toda una rockstar.
La diligencia continuó la ruta sin ningún problema, el viento se colaba por algunos huecos que tenía la madera del techo, apenas y sentían el frío en sus mejillas.
Las dos durmieron un rato, decidieron descansar lo que quedaba del trayecto.
Las ruedas de la diligencia se detuvieron, el conductor las despertó, indicándoles que habían llegado a su destino.
Ya estaba anocheciendo, las calles de Friegsbourgh se encontraban casi vacías, apenas y había algunas personas caminando.
Dalia y Zinnia comenzaron a caminar por las calles del pueblo, era la primera vez que Zinnia estaba ahí. A medida que caminaban, Zinnia no despegaba la vista del Monte Yurdir, el cual se podía ver al norte. El viento comenzó a aullar, trayendo consigo una disminución en la temperatura del pueblo, las corrientes heladas provenientes del Monte Yurdir ocasionaban que el invierno en Friegsbourgh se sintiera más frío que en cualquier otro pueblo de toda la región sureste de la Aphalatia.
—Mocosa de... —hizo una pausa—. Cabrona —murmuró Dalia, mientras observaba el Monte Yurdir.
—¿A dónde iremos? —preguntó Zinnia.
—Al ayuntamiento, iremos con el alcalde —respondió Dalia.
—¿Ayuntamiento?
—Sí, si alguien conoce a esa tal Maxwell, debe de ser el alcalde. Aparte, me debe un favor.
Dalia marcó el camino con sus pasos, Zinnia no se despegaba de ella.
Poco a poco, la noche llegó. Las luminarias de la ciudad apenas servían, algunas calles estaban casi a oscuras, otras eran iluminadas a ratos.
Los comercios comenzaron a cerrar, los comerciantes parecían estar apresurados por cerrar cuanto antes.
Una mujer chocó con Dalia, justo después de haber cerrado un local cercano. Ambas cayeron en la banqueta.
—¡Oh! Lo siento... mi error. No me fije —dijo la mujer—. Tengo que darme prisa.
—¿Prisa? ¿Qué pasa? —preguntó Zinnia mientras ayudaba a Dalia a ponerse de pie.
—Hay toque de queda en la ciudad, órdenes del alcalde —contestó la señora.
—¿Ocurrió algo malo? —preguntó Dalia mientras terminaba de ponerse de pie.
—No realmente, el alcalde a veces exagera. Hace unas semanas encontraron a unas personas en medio de la noche en el cementerio, parecía que estaban profanando tumbas o algo así.
—¿Profanando tumbas? —preguntó Zinnia preocupada.
—Sí, honestamente no sabemos realmente qué estaban haciendo. Cuando los descubrieron salieron corriendo, menudos cobardes —exclamó la mujer—. Y como no hay responsables, pues no podemos saber qué era lo que tramaban. Así que cualquier persona que esté afuera a altas horas de la noche es sospechoso... así que si me disculpan tengo que retirarme. No me apetece pagar multas.
Afiló la mirada.
—Quizás es solo un plan del alcalde para conseguir más dinero. Qué más da.
Torció los labios mientras apresuraba el paso, despidiéndose con un gesto rápido con las manos.
—¡Cuídense!
Ambas vieron cómo la mujer se alejaba entre las calles solitarias, la observaron extrañadas.
—Toque de queda. Mmm. Walter tiene muchas cosas que explicar —pensó Dalia.
Continuaron caminando por un par de calles más, hasta que se encontraron con un edificio, el más alto de todo el pueblo. Enfrente de él, había una placa con la leyenda: "Ayuntamiento de Friegsbourgh".
—Hemos llegado. Walter debe de estar ahí adentro.
—¿Cómo estás segura de eso? —preguntó Zinnia.
—Siempre está ahí. Es prácticamente su casa.
Se acercó a la puerta del ayuntamiento, dio un par de golpes en la puerta. Al cabo de unos segundos se escucharon pasos provenientes del interior acercándose a la puerta.
—Soy yo, Walter. Dalia. Abre la puerta.
El picaporte de la puerta comenzó a girar, Walter había abierto la puerta con cuidado.
—Ah, eres tú. Qué sorpresa.
Se llevó la mano a la nariz.
—¿Qué haces aquí? —se acomodó el cuello de su camiseta—. Ya es de noche, hay toque de queda. ¿Quieres que te multe?
Centró su mirada en Zinnia.
—¿Y quién es ella? ¿Volviste a ser niñera? —dijo con tono cansado.
—Haces muchas preguntas, Walter, y no estás en posición de hacerlas. Me debes una.
Walter suspiró.
—Eres muy molesta, Dalia. Creí que tardaría en volver a verte. Pero te di mi palabra. Pasen.
Las invitó a entrar.
Ambas entraron al ayuntamiento, Walter cerró la puerta acto seguido.
Las dirigió a la sala de espera. Les ofreció tomar asiento mientras él encendía un cigarrillo. Dalia y Zinnia se sentaron en un sofá, nada ostentoso. Lo suficiente cómodo para conversar por un rato.
—Ahora explícame qué haces aquí.
Dalia le pidió el colgante a Zinnia, Zinnia lo sacó de su bolsillo.
Se acercó a Walter, entregando el colgante.
—La estamos buscando, Maxwell —exclamó Dalia.
—Mmm, ¿quieren profanar su tumba o algo así?
—¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso?
—Ella lleva muerta quince años. Falleció en el 289. Mira, aquí está la fecha de su defunción. Es la misma que está en su lápida.
Le mostró el colgante a Dalia, señalando la fecha grabada en él:
"13 de Febrero, 289 después del brote"
Zinnia bajó la mirada, mientras intentaba concentrarse para poder hablar. Se llevó la mano a la cabeza.
—Entonces... ella está muerta —observó a Dalia—. Creíamos... que estaba viva.
—Pues creyeron mal. ¿Dónde consiguieron esto?
Dalia estaba a punto de responder, pero Zinnia se le adelantó.
—Fue todo lo que quedó de un hombre, fue víctima de... bueno solo digamos que ya está en un lugar mejor. Lo traía él en sus pertenencias —dijo Zinnia sin apartar la vista del colgante.
Dalia observó a Zinnia, sorprendida de ver cómo había respondido sin titubear. Por alguna razón, una sonrisa leve se dibujó en su rostro. Después bajó la mirada lentamente.
—Oh... pobre Kenway. Nunca pudo superar la muerte de Lorelain —añadió mientras le daba una calada a su cigarrillo—. Bueno, finalmente se encontrarán. Supongo.
Volvió a su cigarrillo.
—¿Crees que podamos... no sé. Entregar este colgante, y las cenizas de... ¿Kenway? ¿Se llamaba así? Ya sabes... para que esté con Lorelain? —preguntó Dalia.
—¿Eh? ¿Escuché bien? ¿Quieres eso? —dijo Walter sorprendido.
Le dio una calada al cigarrillo, antes de apagarlo y tirarlo al suelo.
—Mmm, eso lo limpiarán mañana. Como sea, ¿si te llevo hasta la tumba de Maxwell estaremos a mano?
—Sí, estaremos a mano.
—Pues andando, hay toque de queda. Tengo que dar el ejemplo así que hagámoslo rápido.
Walter abrió un pequeño cajón, tomó unas llaves escondidas debajo de un libro.
—Probablemente los veladores están dormidos, así que es mejor estar preparados —exclamó Walter mientras tomaba las llaves.
Salieron del ayuntamiento con paso firme.
Las calles estaban vacías, y las luminarias parpadeaban. El viento aullaba cada vez más y más, como si el monte Yurdir fuese un lobo indicando su presencia a sus presas.
—Después de esto... ¿qué quieres hacer? —preguntó Dalia a Zinnia.
—No lo sé... me siento... extraña. Aliviada... pero extraña.
—Te entiendo. Mmm, creo que Hywha iba a ir a Sköelger, ¿quieres ir a verla?
Walter levantó la ceja.
—Mmm, Hywha. Conozco a una chica que se parece a ella.
—¿Eh? ¿Conoces a Hywha? —preguntó Zinnia.
—No, pero he visto panfletos. Por cierto, ¿quién eres tú? —preguntó Walter mientras observaba a Zinnia, sin dejar de caminar hacia el cementerio.
—Soy Zinnia.
—Mmm, vale. Lindo color de cabello, es raro de ver —dijo Walter.
—Ah... gracias. Supongo.
Hizo una mueca.
—¿Realmente esa chica se parecía a Hywha? ¿Será un doble?
—No lo sé, es parecida a la del panfleto, solo que con otro corte de cabello. No tiene orejas de elfo, quizás solo es una casualidad. Una vez vi a un enano y a un jiantum tener casi el mismo rostro, fue... hilarante.
—¿Eran hermanos? —preguntó Zinnia.
—No, no se conocían. Quizás su padre era... travieso.
Dalia golpeó el hombro de Walter.
—Controla tu lenguaje, idiota —dijo Dalia molesta.
—Mmm, qué molesta eres, Dalia. Espero no verte pronto.
Siguieron caminando, hasta llegar a las puertas del cementerio. Se encontraba cerrado con llave.
Walter sacó las llaves de su bolsillo, abriendo las puertas del cementerio con cuidado.
Ambas entraron, no sin antes ponerse sus máscaras.
—Pasen, este lugar sí que está oscuro. ¿Te importaría iluminar, Dalia?
—Pues ya que.
Sacó su mechero de su gabardina, encendiéndolo. Hizo un gesto con su mano izquierda, intensificando la llama para iluminar el camino.
—¿Está bien que hagas eso? —preguntó Zinnia preocupada.
—Sí, el frío ayuda a que mis manos no se quemen tan fácil. Se siente cálido, soportable.
Zinnia relajó el rostro.
—Así que profanan tumbas —comentó Dalia.
El cementerio estaba en silencio, los pasos eran lo único que se podía escuchar. El mechero apenas iluminaba lo suficiente para ver el camino sin tropezar con alguna losa suelta.
—Eso parecía, uno de los veladores los espantó con un viejo rifle. Salieron corriendo al verlo. Dejaron un montón de cosas dibujadas por todos lados —dijo sin darle mucha importancia.
—Dicen que era algún ritual, quién sabe. Rumores. Estas semanas han habido muchos rumores.
—¿Rumores? —preguntó Dalia.
—Sí, rituales, gente que desaparece, nieblas extrañas en algunos pueblos. Niños que desaparecen. La gente cuenta muchas cosas, aunque aquí no se ha visto nada de eso, más allá de lo que pasó con las tumbas.
Se rascó la nariz.
—Ah sí, y el espantapájaros.
Dalia se detuvo en seco.
—¿Qué espantapájaros?
Walter la miró extrañado.
—Uno de los veladores, Roy. Dijo que vio a un espantapájaros una vez aquí en el cementerio, eso dijo. No lo volvió a ver. Aunque honestamente no me fío mucho de él, le gusta el alcohol. Lo más seguro es que esté borracho por ahí en este momento.
Zinnia comenzó a mirar a su alrededor, sus manos comenzaron a temblar poco a poco. Se llevó las manos a los oídos, quitando los tapones.
Dalia la miró a los ojos.
—Oye, Walter, ¿somos los únicos aquí?
—Supongo, ¿por qué?
Zinnia se llevó las manos a los oídos, un grito se escuchó a lo lejos, quedando aturdida en el suelo.
Le señaló a Dalia con el dedo el lugar de donde provenía el grito.
—Alguien gritó "Corre" —le dijo a Dalia.
Antes de que Dalia pudiera reaccionar el rostro de Zinnia se volvió pálido.
Sintió un nudo en la garganta.
Intentó recomponerse, pero sus piernas temblaban más de lo normal.
—¡¿Qué ocurre, Zinnia?! —exclamó Dalia mientras intentaba ayudarla a levantarse.
Zinnia tartamudeó.
—Tú... tú... tú... ¿también... ¿también lo escuchas? —preguntó mientras su respiración se agitaba.
—¡¿Qué cosa?!
Zinnia tardó en responder.
—Es un silbido.
Dalia se llevó la mano al cinturón, tomó una daga.
—Quédate aquí con Walter —dijo mientras comenzó a correr en la dirección que Zinnia había apuntado.
—¡No! ¡No vayas sola! —dijo Zinnia.
Intentó dar un paso, pero su mente estaba bloqueada, su cuerpo no respondía.
Walter miraba la escena con intriga, sacó un cigarrillo de su bolsillo.
—Entonces me quedo aquí contigo —dijo mientras intentaba llevarse el cigarrillo a la boca con sus manos temblorosas. Unas gotas de sudor comenzaron a caer por sus mejillas.
Dalia apresuró el paso, podía escuchar a lo lejos varias pisadas. Apagó el mechero.
No sentía miedo, tampoco estaba nerviosa. Estaba cansada, con cada zancada que daba su rostro se iba tensando más y más. El silbido era cada vez más notorio, y con ello también el hartazgo de Dalia.
Llegó hasta un claro.
Ahí en el suelo, se encontraba un hombre tirado en un charco de sangre, a escasos metros de él había una chica en el suelo, intentando ponerse de pie, parecía estar herida.
Tenía el rostro lleno de sangre.
Enfrente de la chica se encontraba un hombre, observando a los ojos a Dalia.
Era un hombre, alto, con complexión atlética, llevaba puesto lo que parecía ser un traje de cazador de cuero, su cinturón portaba armas blancas, desde un cuchillo, hasta un machete y hachas afiladas. Su rostro no era visible, tenía una calabaza puesta en su cabeza, la cual tenía tallada una cara muy grotesca, dejando ver dentro de ella una mirada vacía, reflejando una oscuridad total.
—Tú, tengo que sentirme halagado —dijo el hombre.
Dalia lo miró fijamente.
—Claro que me siento halagado, ni más ni menos que La Dalia Negra. Llegas a tiempo a mi función.
Dalia se acercó lentamente hacia él, sin mostrar ningún signo de nerviosismo o temor. Cada paso que daba era lento, firme y decidido.
Pudo notar cómo a medida que se acercaba, aquel hombre no se movía, por alguna razón parecía nervioso de verla en ese lugar.
—No tenía planeado esto —dijo Dalia, volteó a ver a la chica y al otro hombre, tirados en el suelo.
—Pero sí. He venido por ti —añadió Dalia con cansancio.
—Creí que ustedes solo cazaban bestias y monstruos —respondió el hombre.
Dalia, visiblemente molesta, procedió a quitarse los guantes de cuero que llevaba puestos.
Metió su mano en su bolsillo y sacó otra vez el mechero.
—Y es lo que estoy haciendo, hijo de puta.
Encendió el mechero, hizo un gesto con su mano izquierda, una llamarada de fuego salió disparada en dirección hacia el hombre de la calabaza, el mechero explotó en el acto.
Las llamas consiguieron impactar de lleno al hombre, el cual comenzó a rodar en el suelo en un intento de apagar las llamas. Se quitó la gabardina, la cual contenía gran parte de las llamas, la calabaza que llevaba en la cabeza explotó, dejando ver detrás de ella un saco de papas sobre su cara.
—Esto no era parte del show —dijo el hombre.
Soltó una risa.
—Pero qué es un show sin un poco de improvisación, estar preparado para esta clase de cosas es lo que define a una gran artista.
De la gabardina comenzó a salir un humo muy denso, el cual comenzó a aumentar su volumen.
—Tenías granadas de humo... hijo de perra —dijo Dalia mientras tosía, llevando su mano hacia su boca y su nariz para no respirar el gas.
Zinnia llegó corriendo a toda prisa, hizo un movimiento extendiendo sus dos manos hacia adelante al mismo tiempo. El humo comenzó a disiparse en la dirección contraria a las palmas de sus manos.
—Creo que llegué justo a tiempo —exclamó Zinnia preocupada.
Agachó la mirada.
El humo se disipó por completo, pero de aquel hombre no había ni rastro.
Zinnia se acercó a Dalia.
—El cabrón escapó, lo subestimé... Pero gracias, Zinnia, lo hiciste bien. Perdón por haberte involucrado en esto. No... no pensé que iba a pasar esto.
Dalia recogió sus guantes del suelo, se quitó la máscara de su cara.
Dalia se tambaleó. Sus manos temblaron tanto que casi deja caer la daga. Las ojeras bajo sus ojos se marcaban más profundas bajo la luz del mechero.
Dalia bajó la mirada, la chica ya no se encontraba en el suelo. Observó de reojo otra vez buscándola. Centró su mirada en el lugar donde se encontraba el otro hombre tirado en el suelo.
Fue ahí que la vio, la chica, abrazando al cuerpo del hombre ensangrentado. Intentando cargarlo en sus brazos. Pudo notar que la chica solo tenía un brazo izquierdo, donde debería de haber un brazo derecho había una prótesis de metal. La chica tenía un tatuaje con un patrón similar a las raíces de un árbol en el rostro, trazos muy finos, del lado derecho del pómulo.
Intentó acercarse a ella, pero sus piernas no respondieron. Su mente empezó a llenarse de humo, cenizas y el olor a carne chamuscada.
Aquel hombre, aferrándose a lo último que le quedaba de energía, abrazó a la chica en lágrimas.
Zinnia se acercó a Dalia, viendo la misma escena junto con ella, sintió un nudo en el estómago. Le puso la mano sobre el hombro, pero Dalia no reaccionó.
—Estás... ¿estás bien?
Dalia comenzó a tartamudear.
Aquella chica estaba sosteniendo en sus brazos por última vez a ese hombre, mientras su rostro estaba lleno de sangre, acompañada del humo del lugar.
Una imagen se le vino a la cabeza, un recuerdo.
El humo del cementerio se espesó, transformándose en llamas. El calor le quemó las mejillas, y de pronto no estaba en Friegsbourgh, sino en medio de un infierno.
Comenzó a tartamudear, sus piernas comenzaron a temblar.
Zinnia la observó otra vez, intentó abrazarla pero fue inútil, Dalia seguía en trance.
Dalia miró sus brazos, un eco borroso invadió sus pensamientos. Ahí en sus brazos podía ver el cuerpo calcinado de una niña pequeña, aferrándose a la vida. Parpadeó repetidamente, mientras su respiración se agitaba, hasta que dejó de ver esa imagen en sus brazos.
La chica del brazo de metal, bajó la mirada.
Soltó un grito, uno proveniente del alma.
El grito rasgó el aire del cementerio. Zinnia cayó de rodillas, tapándose los oídos. Los pájaros alzaron vuelo desde los árboles cercanos.
Dalia volvió en sí por unos minutos, intentó ayudar a Zinnia a recuperarse. Aún estaba agitada, volteó a ver a la chica.
Ahí se encontraba, detrás de ella. Un hombre, no era el hombre de la calabaza, era una figura que parecía haberla visto antes por el rabillo del ojo, varias veces.
Aquel hombre, parecía no prestarle atención a todo el caos del lugar, solo a Dalia. Llevaba puesto un traje fuera de la época, de bombín muy elegante. Su rostro era un rostro común, demasiado común, y eso hacía que Dalia se sintiera extraña.
Fue entonces cuando lo vio a la cara, ahí en su ojo derecho, llevaba un monóculo.
Pareció perderse en el reflejo, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Se llevó las manos a la cabeza, comenzó a estirarse el cabello con violencia.
Lo que se reflejaba en el vidrio del monóculo, no era su reflejo, era algo más.
Una niña pelirroja, en medio de un incendio, repleto de humo, cenizas, sangre. Muerte.
En sus brazos, estaba cargando un cuerpo agonizante, casi carbonizado, de una niña más pequeña.
Volviendo a ver sus brazos de nuevo, sintió un pequeño tirón hacia abajo, como si una mano pequeña la estuviera jalando.
Parpadeó nuevamente, el hombre ya no estaba. Solo estaba aquella chica tirada en el suelo.
Aquella chica lloró hasta quedar inconsciente.
Dalia no pudo hacer nada más, y por alguna razón sintió que otra vez había llegado tarde.
Zinnia se recompuso, intentó acercarse a ella.
Walter estaba llegando recién, acompañado de un velador equipado con un viejo rifle.
Se quedó viendo la escena, atónito.
—Qué... ¿qué pasó aquí?
Observó a la chica en el suelo.
—Oh no... ese es Niel —dijo el velador—. Y esa es Eilara... ¿Qué estaban haciendo aquí?
Aquel hombre se acercó a toda prisa a Eilara.
Zinnia se descolocó.
—Ei.... Eilara... —hizo una pausa—. Pandora...
Dalia resopló.
—Estoy harta de llegar tarde —dijo cansada.
Apretó el puño.
—Zinnia.
—Dalia...
—¿Recuerdas la historia que te contó aquel viejo en los barrios bajos? —dijo agachando la mirada.
—Ah... sí. La niña carmesí. ¿Esa historia?
Dalia tragó saliva y apretó el puño, sentía cómo sus manos ardían, pese a lo frío del lugar.
Dalia apretó el puño.
Sentía las manos arder, por un calor que no venía del fuego, sino de la memoria.
Fin de la primera parte.