La casa se alzaba un poco apartada de las demás, oculta tras un jardín de rosas secas y maleza. Su estructura vieja y retorcida parecía camuflarse entre las sombras de los árboles cercanos. La puerta de entrada estaba cubierta de cruces de madera clavadas de forma caótica y desesperada.
Cassian se detuvo antes de tocar.
—Desde lo ocurrido en el convento perdió la razón. Quizás no fue buena idea venir...
Mikael no respondió; su mirada estaba fija en la puerta. Levantó la mano y golpeó suavemente. Del interior estalló un grito desgarrador como respuesta:
—¡Aléjate, demonio!
Los dos hombres se miraron con sorpresa. Cassian retrocedió hasta el jardín y recogió un pétalo del suelo, mientras observaba a Mikael intentar visualizar algo a través de las ventanas, completamente selladas con tablas cruzadas y cera reseca.
—No lograremos nada, hijo, está perdida —la voz agotada del anciano parecía querer decir algo más, pero no podía; temblaba.
—¿Por qué no se lleva su alma? —murmuró Mikael.
El carpintero desvió la mirada, visiblemente turbado.
—Siempre que cuento la historia de Melphómenne me detengo en la muerte de Francis; simplemente no puedo seguir después de eso.
El joven se acercó con tristeza en los ojos, y le tomó la mano.
—Se entiende perfectamente. Lo siento mucho. Espero que no se haya visto obligado a recordar sucesos terribles por mi culpa.
—¡Oh, no! —Cassian le dio palmaditas en la mano que sostenía—. No pasa nada, de hecho, me diste una esperanza.
Un viento frío los golpeó con fuerza. Los pétalos secos del jardín danzaron desordenados alrededor de los dos hombres y, al caer, formaron una palabra en el suelo: Vete.
Mikael apretó los puños con fuerza.
«Claramente esto es un signo de manifestación demoníaca. Thalia debe estar cerca... o pendiente de Ruah».
El carpintero cayó al suelo, perturbado. Trataba de mantener la sonrisa que se le escapaba con cada temblor del cuerpo.
—Hijo, vámonos, rápido —dijo con firmeza mientras Mikael lo ayudaba a incorporarse—. En época de festival la presencia de Melphómenne es mucho más notoria. Debemos irnos ahora.
—No. —Mikael lo miró fijamente, sonreía—. No me iré cuando estoy más cerca de encontrarla. Puede irse usted; no lo retengo más.
Cassian le devolvió una mirada cargada de preocupación.
—Si no te cuidas, acabarás como Francis.
—Llevo un día aquí y no he sonreído mucho —replicó Mikael con serenidad—. Hasta lloré, y no me pasó nada. No se preocupe por mí; soy un hombre feliz.
Las palabras tranquilizadoras del joven estudiante lograron convencer, apenas, al angustiado anciano.
—Vaya a casa. Siga con las preparaciones del festival —continuó el joven— Yo sé lo que tengo que hacer aquí.
Sus ojos, serenos y decididos, brillaban como un cielo despejado de primavera. Apretando los puños, el anciano dio media vuelta y se marchó rápidamente del lugar. Mikael, por su parte, sacó la Biblia del bolsillo interno del abrigo, la abrió en el Salmo 23:4, y comenzó a recitar frente a la puerta de Ruah:
—"Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento."
Con la mano izquierda sostenía la Biblia y con la derecha el rosario, el cual se movía junto al viento frío que le secaba los labios.
Cayó la noche y el joven no detuvo su ritual. Algo en el ambiente parecía haber cambiado, aunque no sabría decirle al lector si ese "algo" se había vuelto más sereno... o si esperaba el momento perfecto para manifestarse con más fuerza.
—"Vade retro Satana. No me aconsejes cosas vanas. Malo es lo que tú ofreces. Bebe tú mismo tu veneno."
Repetía una y otra vez bajo el cielo nocturno. Su cuerpo temblaba, su garganta dolía y los párpados le pesaban. Lo único que lo mantenía en pie era la llama viva de su fe inquebrantable y la certeza de que debía pelear esta guerra, aunque fuera el único soldado en su vereda.
En medio de una oración le pareció escuchar risas de niños que venían de los árboles cercanos a la casa. Su corazón se detuvo y sin dejar de rezar, dirigió la mirada hacia el origen de los sonidos.
Deseó no haberlo hecho.
Al pie de los árboles, un grupo de seres con apariencia infantil lo observaba fijamente. Mikael sabía perfectamente que no eran niños. Sus ojos dorados y penetrantes contrastaban con sus vestiduras blancas; sus cuerpos fluctuaban entre tonos azulados y amarillos, cadavéricos.
«Quieren que deje de rezar... pero no lo haré. Solo debo ignorar esta visión del demonio».
—Me duele... detente, por favor —alzó la voz uno de ellos; dulce, tierna y rota.
Mikael elevó el rosario. Su brazo temblaba, y no de frío; estaba muerto de miedo. En sus veintitrés años jamás había vivido algo así. Ni los estudios, ni las almas errantes que a veces veía, ni siquiera su fértil imaginación lo habían preparado para esta realidad.
Le costaba respirar. Con un hilo de voz repetía oraciones que apenas se escuchaban, que se congelaban antes de llegar al cielo.
El mismo niño que antes había hablado, se acercó hacia él lentamente, llorando.
—Detente, por favor, deja de rezar... me duele—suplicaba.
El joven no detuvo sus oraciones, aunque ahora su voz era apenas un silbido lejano apagado por el viento. Pensó en cerrar los ojos, pero algo dentro de él lo obligaba a mantenerlos fijos en aquel espectro que cada vez estaba más cerca.
Y más cerca...
—¡Vade retro Satana! —Su voz, antes atrapada, logró escapar de su fría celda, desgarrando todo a su paso.
El ente se detuvo a unos centímetros de él, las lágrimas que corrían por sus mejillas se tornaron rojas. Le dedicó una sonrisa burlesca y desapareció frente a sus ojos.
Los primeros débiles rayos del sol llegaron, acariciando animales y plantas. Al posarse sobre la frente de Mikael, éste suspiró y cayó al suelo de rodillas. Estaba agotado; física, mental y espiritualmente.
«Esta ciudad no necesita evaluación previa para saber si realmente hay posesión o infestación... Esta misma noche escribiré una carta al Vaticano, necesito ayuda, un equipo, no puedo hacerlo solo».
Perdido en sus pensamientos, no notó que la puerta de entrada se abría y se asomaba una cabeza colorada. Ruah, ahora una mujer de veinticuatro años, mantenía su mirada altiva y salvaje. No obstante, era lo único que guardaba de su niñez.
Aquella niña que se preocupaba de su apariencia, estaba totalmente descuidada; su hermoso cabello rojo formaba motas que se arremolinaban en su cabeza, esculturas sin forma. Sus ropas estaban sucias y rotas, el vestido de terciopelo quizás debía ser de un color verde esmeralda, pero no se distinguía entre todas las manchas de diferentes tonos que lo salpicaban. Su persona era la viva imagen de un cuadro abstracto.
Mikael se percató de su presencia cuando un olor nauseabundo saludó su nariz. Con una mueca grosera que no pudo disimular, la saludó intentando sonreír respetuosamente.
—No finja—espetó ella—sé en lo que me han convertido.
—¿Podemos salir a hablar un momento? Tengo preguntas que hacerle—Mikael fue directo al grano; en realidad, no quería estar un segundo más en ese lugar.
Ruah lo miró con rabia, arrugó la nariz y cerró de un portazo.
—¡Jamás saldré! Es una trampa, ella... ella me quiere a mí, vendrá en cualquier momento por mí—su voz asustada podía pasar a través de la puerta.
—¿Por qué no ha tomado en todo este tiempo tu alma? ¡Eso es lo único que quiero saber! ¿Qué ocurrió en el convento exactamente?
«Pistas, sólo necesito pequeñas pistas para entenderlo todo». Pensaba, mientras se mordía con fuerza el labio inferior.
Un chirrido agudo y seco comenzó a vibrar del otro lado de la puerta; Ruah la arañaba con desesperación. Sus dedos, ya casi sin uñas, dejaban caminos sangrientos que recorrían la madera. De pronto, se dispuso a golpearla mientras reía a carcajadas.
—¡Detente! ¿Qué haces? —Mikael, confundido, no sabía qué hacer, cómo lidiar con esta persona que parecía estar fuera de sí.
La risa se detuvo y dio lugar a un llanto desconsolado, gritos de agonía entregados completamente al caos.
—¡Es su venganza! —Gritaba entre lamentos—¡Por eso no me lleva, quiere verme así, destruida! ¡Me quiero morir!... Por favor... ¡Me quiero morir! ¡Le temo! No quiero convertirme en un muñeco... ¡Pero tampoco quiero seguir viviendo!
El joven retrocedió, y lentamente se marchó. Con el corazón pesado y el alma turbada, no sabía exactamente qué pensar acerca de lo que había sucedido.
«¿Venganza...?»
Según la historia de Cassian, Thalia había suplicado por un deseo infantil; que todos dejaran de sufrir. La niña había empatizado con Ruah, llegando a la conclusión de que el sufrimiento era el inicio de la maldad humana. Pero ahora, ¿era realmente eso lo que ocurrió en el convento?, ¿por qué dejó a Ruah aquí? Algo se le escapaba.
Caminando hacia el bosque, sus pensamientos chocaban unos con otros al igual que las hojas que caían de los árboles. Comenzó a rezar por el alma de Ruah, para que encuentre su salvación; sin embargo, una sensación de bloqueo lo perturbaba. No sabía si ese bloqueo era efectivamente causado por el demonio, o por la nula lástima que sentía por ella.
—Necesito dormir toda la tarde—murmuró exhausto, antes de tocar la puerta de Cassian.