Unas manos temblorosas de apenas catorce años sostenían con fuerza un manto blanco que se confundía con los copos de nieve que caían a su alrededor. En sus mejillas parecían cristalizarse sus lágrimas y los labios secos se movían trémulos pronunciando frases que no lograban entenderse del todo. Sus piernas caminaban débiles pero decididas hacia el Convento de las Almas Silentes de Jajahar.
Frente al enorme portón de madera negra adornado con una aldaba de hierro forjado, casi pierde el equilibrio, pero logró no caer, se inclinó suavemente depositando el pequeño bulto blanco en el suelo, se mordió los labios con fuerza y golpeó la puerta con lo poco que le quedaba de energía.
Antes de desaparecer rápidamente le dirigió una última mirada a ese bultito que había comenzado a llorar y sus labios se abrieron para dejar escapar un suspiro cargado de un amor imposible de contener.
— Espero que tú sí seas feliz… Mi pequeña Thalia.
Tras decir esto, desapareció entre el bosque cercano al convento.
Nadie salió en toda la noche a recoger a la criatura que lloraba en medio de la nieve, de milagro no murió congelada o devorada por alguna bestia. A primera hora de la mañana una Hermana salió y del espanto casi sufre un ataque cardíaco, la pobre bebé estaba azul, sus uñas y labios morados, pensó que estaba muerta, pero al revisarla se dieron cuenta que aún respiraba. En sus manitos apretaba un papel con mucha fuerza, tenía su nombre y una frase escrita.
Así llegó Thalia al Convento de las Almas Silentes, que aún existe en el pueblo de Jajahar, aunque está actualmente abandonado.
La Hermana que la encontró la amó con toda su alma, le entregó todo el amor que pudo a esa niña abandonada en medio de la nieve una noche fría de Julio. A veces discutía con algunas superioras, defendiéndola por alguna que otra travesura de niña cometida. Las otras niñas del convento comenzaron a notar ese privilegio, esa preferencia, y un leve rencor se estaba formando en sus corazones infantiles que también deseaban ser amadas con esa intensidad, una intensidad casi maternal. Envidiaban el amor tan puro que, sin ánimo de presumir, se demostraban la una a la otra.
Cuando Thalia cumplió diez años, la Hermana que la cuidaba enfermó gravemente. La niña dedicaba sus días a atenderla, preparando sus comidas, limpiando y asegurándose de que estuviera lo más cómoda posible, mientras las otras Hermanas cumplían con sus deberes en el convento.
Pero los días pasaban y la mujer no mejoraba; de hecho, parecía empeorar. Cada noche, Thalia se arrodillaba junto a su cama, con las manos juntas y la frente apoyada en el frío colchón, rezando con todo el amor que sentía: “Por favor, Dios… protégela… que se quede…”
Y prometía, con un nudo en la garganta que si su deseo se cumplía, dejaría de robar las galletas de la superiora y de culpar a Lázaro, el pequeño gatito que a veces se aventuraba hasta su habitación para hacerla compañía.
Un día, mientras Thalia dormía a su lado, la Hermana le acarició suavemente la cabeza, despertándola. La niña se incorporó, radiante de felicidad, intentando llamar a las demás para compartir la alegría, pero la Hermana la detuvo, suavemente, poniendo un dedo sobre sus labios. Con esfuerzo, susurró palabras de advertencia:
—Thalia… escucha… hay un demonio en el corazón de algunas personas del convento. Es astuto, usa máscaras… es engañoso y envidioso de la luz y la pureza de las buenas almas. Probablemente esto que me pasó no sea una enfermedad, sino que me han envenenado… Los niños, a veces, pueden ser crueles si se acercan o son influenciados por él. No digas nada… mostrarse ignorante puede salvarte.
Thalia escuchaba con atención y terror, «¿veneno?, ¿un demonio?, ¿quién podría haberlo hecho?...»
—Y si puedes… — continuó, con un brillo especial en sus ojos—revisa el último cajón junto al piano en la habitación de la superiora. Allí hay algo que es tuyo… léelo.
Luego, la mirada de la Hermana perdió lentamente su resplandor y una sonrisa serena se dibujó en su rostro.
—Te amo… —susurró antes de fallecer, dejando a Thalia con el corazón roto y una nueva misión cargada de misterio y peligro.
El funeral fue frío e insensible, Thalia no podía creer que de todas sus compañeras sólo haya asistido ella y otras Hermanas que ni siquiera lloraban y cuchicheaban en una esquina mientras se realizaba la oración.
Al final del Padre Nuestro Thalia miró hacia el ataúd que se llevaban al entierro, apretó sus manos y, entre risas bajas y miradas que la juzgaban, lloró en silencio. La soledad le respiraba en la nuca, un vaho gélido y mortal.
Al regresar al convento podía oír frases hirientes y horribles que apuñalaban su corazón.
— Murió por su culpa y tiene el descaro de ir y llorarla — decía Ruah, una chica un poco mayor que ella, lo decía en un tono lo suficientemente alto para que Thalia escuche, pero lo suficientemente bajo también como para poder negarlo si es que se atrevía a decirle algo.
El grupo alrededor de Ruah se rió, y le dirigían miradas burlescas de vez en cuando.
Thalia bajó la cabeza, ignorándolas, no tenía la fuerza ni valor para enfrentar la crueldad en ese momento, estaba rota y sólo quería descansar y analizar las últimas palabras de la mujer que había considerado su madre.
Al llegar a su pupitre un golpe de repulsión la paralizó; estaba cubierto de insultos escritos con tinta negra y pegajosa, y un líquido viscoso, con olor agrio y metálico, impregnaba la madera y su silla.
Sintió el ardor de las miradas en su espalda y murmullos de risas cortas, cuando se dio la vuelta para verlas, las niñas corrieron rápidamente a sentarse, la Hermana que daría clases esa vez había llegado, se detuvo con una mirada severa en la puerta, sin entrar aún y observó a las niñas, todas sentadas en sus respectivos asientos, excepto Thalia, que permanecía de pie.
— Siéntate, Thalia— Dijo con una autoridad que hacía temblar a cualquiera que la escuche—. No entraré hasta que estés sentada.
—No puedo… Her-Hermana… m-mi asien-t-t-o…— la voz le temblaba, el nerviosismo y la ansiedad siempre le habían jugado en contra, «no te pongas nerviosa, tonta, habla bien, sé normal» pensaba.— m-mi a-a-asien…
—¡Silencio!
La voz de la Hermana retumbó en la sala e hizo que todas las niñas pegaran un salto en sus lugares, Thalia sintió que perdía fuerza en sus piernas.
—Cuando aprendas a hablar, atrévete a responder, por ahora me haces caso.
Una ola de risas se escucharon en la sala, Thalia, roja y temblando, no pudo hacer más y cerrando los ojos, con un nudo en su garganta, se sentó sobre ese líquido apestoso que había en su silla.
Las risas se intensificaron, la Hermana entró y las hizo callar, la clase continuó sin problemas, pero nuestra pequeña niña estaba comprendiendo lo sola, abandonada y vulnerable que había quedado tras la muerte de su Hermana favorita.
Las últimas palabras de la Hermana resonaban en un eco persistente en la mente de la niña. Apretando los dientes, Thalia luchaba por ignorar las ganas de vomitar, contener las lágrimas y soportar la viscosidad asquerosa que se le pegaba a las piernas. Cuando finalmente terminó la clase, salió con pasos temblorosos, dejando atrás los murmullos maliciosos de sus compañeras. Con cada paso hacia la habitación de la superiora, su corazón latía con fuerza, decidida a descubrir qué secretos le pertenecían en aquel cajón.
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Thalia se detuvo frente a la puerta de la Superiora, escuchando los latidos de su propio corazón. Por dentro, sentía una mezcla de miedo y emoción; pronto descubriría el secreto que la Hermana le había prometido. Pero antes de siquiera intentar abrir, escuchó un sonido que la dejó sin aliento: las notas suaves y melancólicas de un piano, proveniente de la habitación.
Se quedó quieta, escuchando. La melodía era triste, dulce y un poco nostálgica; algo en ella le hacía temblar el pecho y olvidarse por un instante de todo lo que la rodeaba. Se apoyó en la pared, cerró los ojos y dejó que el sonido la envolviera.
Entonces, de repente, sintió una mano firme apretándole el hombro. Se giró de golpe, sobresaltada, y antes de poder reaccionar, una cachetada la golpeó con fuerza.
—¡¿Cómo te atreves a pasearte por el convento con esa ropa tan sucia?! —bramó la Hermana de la clase anterior—. ¡¿Cómo no te has bañado?! ¡Hedes! ¡Dejaste todo tu pupitre lleno de mugre!
Thalia no entendía nada, su rostro ardía por la bofetada, el corazón le latía con fuerza y las lágrimas amenazaban con brotar, pero la Hermana no le dio oportunidad de explicarse.
—Estás castigada. —la voz era firme y cruel—. Vas a limpiar tu pupitre con este cepillo de dientes y toda la tarde estarás encerrada en tu habitación leyendo un versículo. Y lo memorizarás.
Sacó un pequeño libro gastado y señaló una página:
"Mateo 5:9 — Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios."
—Tendrás que leerlo, copiarlo y aprenderlo casi de memoria. Luego, ¡a bañarte! Y que esto te sirva para que no vuelvas a descuidarte nunca más.
Thalia bajó la cabeza, trémula y triste, obedeciendo en silencio. Durante toda la tarde, la niña estuvo limpiando cada rincón del pupitre con paciencia, usando el pequeño cepillo de dientes, mientras repetía el versículo una y otra vez. Cada frase parecía quemarle la lengua, pero no podía permitirse descansar. Al terminar, corrió a la bañera y se lavó con cuidado, sintiendo cómo el agua tibia arrastraba el sudor, la suciedad y un poco de su humillación, aunque no toda.
Los días siguientes estuvieron llenos de intentos frustrados. Cada vez que se acercaba a la puerta de la superiora, el piano comenzaba a sonar o alguna otra tarea la detenía. Finalmente, un día logró entrar a la habitación con cautela. El cajón estaba frente a ella, pero al intentar abrirlo, descubrió que estaba cerrado con llave. La buscó por todos lados, sin éxito.
Un sobresalto la hizo esconderse detrás de la cortina: la superiora había regresado inesperadamente. La niña contuvo la respiración mientras la mujer realizaba sus tareas, ordenó unas partituras y luego se marchó. Thalía aprovechó para acercarse nuevamente al cajón, solo para encontrarse con la misma frustración: la llave parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.
Con el tiempo, la resignación se instaló en ella. Aprendió que el misterio no podía resolverse todavía. Mientras tanto, las demás niñas continuaban portándose mal, burlándose y murmurando en su contra.
Un día en que la castigaron a permanecer encerrada, aburrida y sola, Thalia decidió distraerse de una manera distinta. Sacó retazos de lana, pedazos de tela y género que había recogido y comenzó a crear muñecos. Hizo figuras de sí misma, de las Hermanas, de las compañeras, incluso de animales que había visto alguna vez.
Los acomodó cuidadosamente a su alrededor y comenzó a hablarles en voz baja:
—Con ustedes si podré hablar normal…Quizás así pueda practicar y hacer amigos…
Durante horas, Thalia inventó historias, diálogos, pequeños conflictos y reconciliaciones. Cada muñeco se volvió un compañero silencioso, una extensión de su imaginación y su consuelo, mientras el convento seguía implacable en su rutina y las demás niñas la miraban de reojo, desconcertadas por la extraña actividad de la pequeña.
Con el tiempo, comenzaron a correr rumores entre las niñas. Se decía que Thalia hacía brujería con sus muñecos, que con ellos podía invocar fuerzas invisibles, lanzar maldiciones o incluso hacer daño. La mayoría empezaba a mantener distancia, mirándola con recelo y evitando cruzarse en su camino. Nadie se atrevía a hablarle, ni siquiera para molestarla. Solo Ruah parecía no tener miedo; cada día encontraba nuevas maneras de provocarla, burlándose con descaro y sin esconder su desprecio.
Un día, frente a todo el curso, antes de que la Hermana llegara, Ruah subió a su pupitre y se plantó en el centro del aula. Sus ojos verdes brillaban con furia mientras miraba a Thalia.
—¡Tú no me das miedo, Thalia! —gritó—. ¡Las brujas merecen morir y arder en el infierno! ¡Yo, enviada de Dios, voy a acabar con todas las brujas del mundo, empezando por ti! ¡Te haré la vida imposible y desde hoy tu alma está condenada!
El corazón de Thalia parecía explotar, el miedo la paralizaba. Ella solo había querido hacer amigos, crear muñecos y así, consolar un poco su soledad. Nunca había practicado brujería; de hecho, la idea la aterrorizaba. Intentó explicarse, abrir la boca para decir algo, pero cada palabra tímida y nerviosa era ahogada por los gritos de las demás niñas:
—¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja!
Antes de que el pánico la consumiera por completo, la Hermana entró, y la clase se sentó en silencio. El día continuó con normalidad, pero Thalia permaneció con un peso invisible sobre los hombros.
En los descansos, mientras todas jugaban en grupos y la apartaban, Thalia se retiraba bajo un árbol. Allí, sentada entre las raíces y la sombra de las ramas, leía la Biblia, jugaba con sus muñecos o acariciaba suavemente a Lázaro, quien la seguía a todos lados. Su pequeña promesa a Dios —no volver a robar galletas ni culpar al gatito— se había convertido en un pacto de vida, y ella lo cumplía fielmente.
Lázaro se subió en las piernas de Thalia y la miró fijamente, a lo que ella lo abrazó y le comenzó a contar sus problemas como si el pequeño gatito pudiera entenderla. El felino, como siempre, la escuchaba en silencio, maullando suavemente y acurrucándose. Al sentir su calor y su compañía, Thalia sonrió por un instante, como si un pequeño rayo de luz hubiera atravesado su tristeza.
Pero entonces, Ruah apareció. Con una sonrisa cruel, se acercó y le arrojó tierra a la cara:
—¡Las brujas nunca deben ser felices! —gritó—. ¡Tú mereces sufrir toda la eternidad!
Thalia la miró sin decir nada. Sus ojos se llenaron de dolor y rabia contenida, apretó los puños, tomó a Lázaro entre sus brazos y salió corriendo hacia su habitación.
Una vez dentro, se dejó caer al suelo, abrazando al gatito con fuerza. Las lágrimas caían sin control mientras sus dedos acariciaban suavemente su pelaje:
—Tú eres mi único amigo de verdad… —susurró entre sollozos—. Tú eres el único que me quiere… y yo te voy a cuidar siempre.
Su cuerpo temblaba y sentía que se rompía por dentro. No entendía por qué todo el mundo la odiaba, por qué nadie podía comprenderla. Quería expresar lo que sentía, lo que pensaba, pero las palabras no le salían como a los demás. Su voz tímida y baja no alcanzaba a nadie.
Desearía, por un instante, ser como Ruah: tener una voz fuerte, una presencia que todos noten al entrar en una habitación, que sus palabras sean escuchadas y respetadas. En cambio, ella era todo lo contrario: silenciosa, frágil, melancólica. No entendía por qué no podía ser “normal”, por qué no podía reír, jugar y vivir entre amigas.
Mientras las lágrimas seguían cayendo, Thalia cerró los ojos, aferrándose a Lázaro:
—Me gustaría ser más como los demás… o un poco menos sombría… y poder ser feliz… de verdad…
Y así, con el gatito acurrucado a su lado y su corazón hecho pedazos, terminó su tarde, sola en su habitación, mientras el sol se ocultaba lentamente, tiñendo de sombras sus muros.