El traqueteo del carruaje resonaba en los adoquines mientras avanzaban por la carretera hacia Jajahar. Aferrado a su libreta teológica, con el rosario entre los dedos y el crucifijo colgando sobre el pecho, se sentía ansioso por la misión que se le había confiado: investigar sucesos extraños que la iglesia de la diócesis de Uldhemar no podía ignorar. El Arzobispo mismo en coordinación con el Consejo de la ciudad habían decidido enviarlo a él; un estudiante de teología con conocimiento de exorcismos y rituales, suficientemente joven para aprender, y lo bastante obstinado como para enfrentar lo desconocido.
Por su mente pasaban imágenes terroríficas de seres horribles con garras, patas de cabra y aliento de fuego, pero también confiaba, con la obstinación propia de quien aún no ha visto al mal en su forma más pura, en que la fe lo protegería. Sonrió apretando el rosario con fuerza, mientras el carruaje giraba por la última curva y el pueblo surgía de entre niebla ante él. Calles llenas de luz, risas, y una felicidad tan perfecta que, sin saberlo todavía, comenzaba a helarle la sangre.
El carruaje se detuvo frente a la entrada de Jajahar, un arco de piedra adornado con estatuas de ángeles exóticos, cuyas alas y rostros parecían danzar entre la bruma. Los caballos relinchaban inquietos y el conductor se volvió hacia él con una mezcla de respeto y advertencia.
— Hasta aquí llego señor — dijo con voz firme—. Nosotros no entramos más allá.
El viajero lo miró extrañado, la mirada del conductor era ansiosa, como si quisiera decir algo más, pero en el momento en que sus ojos se posaron en el rosario y crucifijo del estudiante, simplemente murmuró:
— Que Dios lo bendiga.
Cuando el carruaje y los caballos se perdieron en la neblina, el joven viajero, persignándose, dio los primeros pasos hacia el pueblo. La música fue lo primero que lo envolvió; melodías alegres, violines, coros lejanos. Luego los colores; macetas llenas de flores que colgaban de balcones, los muros de las casas pintadas de los más extravagantes tintes y las ropas de los habitantes que, de alguna forma, lo hacían ver a él como la oveja negra entre tanta alegría. Todos parecían felices. Vecinos compartían el pan en una esquina, se saludaban con risas y lo miraban desde lejos esperando que les devolviera el gesto. Él correspondía con entusiasmo, sintiendo que esa pureza lo llenaba. «Vaya», pensó mientras caminaba dando saltitos, contagiado del ambiente. «Este pueblo rebosa felicidad, no entiendo por qué me enviaron aquí si todo es tan perfecto».
Perdido entre la multitud y la música, tropezó con una niña que caminaba a paso apresurado, sosteniendo un caramelo de miel. Al chocar el dulce cayó al suelo, quebrándose en pequeños pedacitos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su labio inferior tembló mientras su rostro se deformaba en una tristeza humana genuina, rompiendo la armonía del lugar.
El viajero se inclinó dispuesto a disculparse, pero en ese momento la madre de la niña apareció deprisa y con la sonrisa más perfecta que cualquiera haya visto jamás, se agachó y con ambas manos le tomó a su hija las mejillas, formando en el rostro de la niña una sonrisa deforme.
—Sonríe mi amor — dijo con voz dulce — Aquí siempre sonreímos.
La niña negó con la cabeza, llorando ya, pero la madre apretó más fuerte. El viajero vio cómo las mejillas de la pequeña se volvían rojas bajo los dedos maternos, cómo su sonrisa se desfiguraba y cómo la madre, aún sonriente, tenía los ojos descompuestos de terror.
Un escalofrío recorrió su espalda. Dio un paso atrás, reprimiendo las ganas de intervenir y detener la escena, comprendiendo que probablemente había algo mucho más oscuro detrás de aquella perfección forzada. Sin decir palabra, se apartó y comenzó a caminar rápidamente entre las risas que, de pronto, ya no le parecían tan alegres, sino falsas y vacías.
Llegó a un bar discreto al borde de la plaza, con velas cálidas, olor a madera y pan recién horneado. Se sentó, necesitando un momento para ordenar sus pensamientos. Pidió un trago y mientras lo preparaban, notó que todos los presentes reían, conversaban y compartían historias, excepto él; su rostro preocupado destacaba entre la multitud, los demás lo miraban con cierta curiosidad.
Fue entonces cuando un hombre mayor se sentó a su lado. Sus ojos celestes, intensos y profundos, eran casi idénticos a los del viajero y su presencia transmitía una calma extraña, su sonrisa suave dejaba entrever ecos de tristeza profunda. El estudiante se enderezó y lo miró fijamente.
—No eres de aquí —dijo el anciano con voz tranquila—. ¿Cuál es tu nombre? ¿Qué te trae a Jajahar?
El joven dudó un momento, pero terminó contándole sobre su misión y el envío de la iglesia, sobre su estudio de teología y su intención de investigar los sucesos extraños que se rumoreaban sobre el pueblo.
—Mikael — contestó al terminar su explicación — Me llamo Mikael Declair, ¿y usted?
El anciano asintió lentamente — Yo soy Cassian Alden, el carpintero del pueblo— sonrió genuinamente y golpeó la mesa en la que estaban apoyados — yo diseñé y confeccioné esta mesa, ¿qué te parece?
Mikael sonrió con un gesto educado, aunque sus pensamientos seguían girando alrededor de la escena de la niña y su madre. La música, las risas, todo parecía tan perfecto y, sin embargo, tan inquietante.
—Es... impresionante —dijo finalmente—. Pero no entiendo cómo es que todos aquí parecen tan felices. —Suspiró dejando que su mirada recorriera la plaza visible desde la ventana del bar—. Hay algo extraño en este pueblo, lo puedo sentir.
Cassian asintió, apoyando las manos sobre la madera cálida de la mesa.
—Tienes razón joven Mikael —dijo en voz baja—. La perfección de Jajahar es solo una máscara. Y hay una joven... —pausó, midiendo sus palabras—. Ella es la causa, o tal vez la consecuencia de lo que ves a tu alrededor.
Mikael frunció el ceño, curioso y cauteloso a la vez.
—¿Una joven? —preguntó—. ¿Qué quiere decir con eso?
Cassian tomó un sorbo de su propio vaso y dejó que el silencio llenara el espacio por un momento. Sus ojos celestes parecían perderse en recuerdos lejanos y melancólicos.
— Viajero... ¿Quieres que te cuente la historia de la joven frente a la que nunca debieras llorar? En este pueblo, el que la vio nacer, es conocida como "Melphómenne".
Mientras el ruido alegre seguía llegando desde la plaza, Mikael comprendió que lo que parecía un pueblo perfecto, en realidad ocultaba secretos antiguos y dolorosos. Ese sería el comienzo de su verdadera misión, y el preludio de la tragedia que habría cambiado el destino de Jajahar para siempre.