Explorar novelas

El espíritu guardián

Jajahar · por Carmille · 03 de agosto de 2026

El calor en la cara que sintió apenas despertó, el canto de los pájaros, el azul del cielo, los colores del mundo fuera de su ventana. Todo le parecía más brillante y bello. Mientras hacía el aseo diario de su pieza, cantaba y bailaba con Lázaro, que la observaba con sus ojitos verdes; Thalia se sentía la persona más feliz.
Pero al llegar a la sala de clases y ver una carta cuidadosamente colocada sobre su pupitre, tembló. Miró a su alrededor, pero sus compañeras seguían riendo en grupos, ajenas a todo.
Con las manos trémulas, desdobló el papel y comenzó a leer. Al instante, su respiración se cortó; le dolía leer cada palabra:
Sabemos que te hablas con un niño y eso está prohibido.
Si no quieres que le contemos a la Superiora, ve al baño en el descanso, entra a la segunda puerta y quédate allí un minuto. Si lo logras, te salvas.”
Un nudo se le formó en el estómago. La habían descubierto. Había sido descuidada y ahora debía obedecer. Si las Hermanas se enteraban, podían encerrarla días comiendo solo pan y té… o quizás algo peor.
Pasó toda la clase pensando en lo rápido que se había desvanecido su felicidad, en lo poco que aprovechó aquel instante en que rozó la mano de Francis, y en el valor que necesitaría para enfrentar lo que se avecinaba.
Sabía que era una trampa, pero ¿qué le harían? ¿La encerrarían? ¿La golpearían? ¿La insultarían? ¿Le dibujarían en la ropa? Su mente, tan ansiosa, no dejaba de fabricar escenarios mientras sus uñas se clavaban en los brazos, dejando pequeñas lunas rojas en la piel.
Al llegar el momento, frente a los baños, respiró hondo y apretó los puños. Sintió que iba a desmayarse; la visión se volvió borrosa, pero una fuerza desconocida la empujó a avanzar. Al entrar, el lugar estaba vacío.
Aunque el lector, quizás, suspire aliviado, aquel silencio no hizo sino aumentar el caos dentro de su cabeza. Miles de pensamientos estallaron a la vez: «¿Dónde están?... escondidas… aparecerán de repente…»
Con el corazón desbocado, abrió la segunda puerta, tal como decía la carta, y comenzó a contar en voz baja:
—Uno… dos… tres…
Cuando iba por la mitad, la puerta principal se abrió. El corazón le dio un vuelco; sintió que iba a detenerse. No debía moverse. Si salía antes del minuto, todo estaría perdido.
Siguió contando, temblando, hasta que un estruendo la sacudió y un peso helado la cubrió por completo. Un balde de agua sucia se volcó sobre su cabeza. El olor era insoportable, una mezcla ácida de restos que prefería no imaginar.
Del asco y el espanto, un sonido seco escapó de su garganta, una arcada ahogada y áspera. Antes de que su cuerpo se rindiera, cayó de rodillas frente al inodoro, vomitando, empapada, entre risas crueles que resonaban del otro lado.
El eco de aquel sonido —su propio cuerpo traicionándola, mezclado con las carcajadas— se grabaría para siempre en su memoria infantil.
Thalia enfermó. Permaneció varios días en cama, abatida por vómitos, diarrea y fiebre. Lázaro la visitaba todas las mañanas, y se recostaba sobre su cuello, su lugar preferido para la siesta, como si supiera que allí podía aliviar algo del dolor que la consumía.
Aquellas semanas de debilidad fueron, paradójicamente, un respiro. Su corazón descansaba del daño que le infligían sus compañeras. Se dedicaba a leer y a descifrar las posibles razones de tanto odio, pero nunca hallaba respuestas. Hablaba con sus muñecos, aunque sabía que no contestarían.
«Será porque tartamudeo… o porque hablo muy bajo… Pero nunca les he hecho nada».
Por las noches, lloraba desconsolada, hecha un ovillo sobre su cama, acariciando a Lázaro. Ni siquiera podía pensar en Francis; aquella felicidad ya le había sido arrebatada.
Las Hermanas habían castigado al grupo de niñas que la habían ensuciado, obligándolas a comer sólo pan y té hasta que Thalia se recuperara. Ese hecho la asustaba; temía que aumentara aún más el rencor que le tenían. Aunque no quería regresar, se apresuró a mejorar, deseando que el castigo a las demás no se prolongara demasiado. No era por piedad, sino por miedo: miedo a que su ausencia prolongara el sufrimiento ajeno… y, sobre todo, miedo a lo que esas mismas niñas pudieran hacerle cuando volviera.
Pero no ocurrió nada, pasaron los días y las niñas parecían haber aprendido del castigo, tan sólo la ignoraban lanzando miradas cargadas de odio. Pronto, Thalia volvió a pensar en Francis y en el deseo de verlo de nuevo, imaginaba que no volverían a molestarla con eso, ya que la última vez aguantó el minuto dentro del baño, se había ganado el silencio de las chicas. Con Francis invadiendo toda su mente volvió la sonrisa al rostro de nuestra niña.
Grave error; sonreír en el infierno. 
Otra carta en su pupitre fue su desayuno el día que decidió volver al árbol a ver a Francis, esta vez, las palabras escritas no solo estrujaron su corazón, lo lanzaron directamente a la basura:
"Tu amiguito no puede estar tanto tiempo solo, eso no es amistad, no eres una buena amiga. Pero no te preocupes, ya tiene una nueva mejor amiga. No te necesita más”.
El papel tembló entre sus manos, un nudo le subió a la garganta y su estómago se contrajo. Sintió asco, por la situación, por ella misma, por Ruah… Y por Francis. Pero ordenó sus pensamientos, él no sabía nada, probablemente fue engañado, quizás hasta podían hacerle daño. La adrenalina le recorrió la columna en chispas de electricidad, y al descanso corrió al árbol, dispuesta a salvar a su amigo.
Sus pasos agitados la condujeron tras el enorme árbol que tantos secretos felices le guardaba, esta vez, le tenía preparada una pesadilla. Francis estaba como de costumbre al otro lado de la reja, con su sonrisa radiante de siempre, a este lado, Ruah tímidamente jugaba con sus cabellos con una mano, y con la otra… Sostenía los dedos de Francis fuertemente.
No se sabe si fue por el cansancio de correr todo el convento hasta el árbol, o si fue por la impresión que le causó la escena que veía, o si fue su corazón que se rompía. Pero el aire se le escapaba rápidamente, cada vez más rápido, se le empezó a agotar, las manos le hormigueaban y un mareo repentino la hizo caer de rodillas. Ante el sonido, Francis y Ruah se dieron vuelta y la vieron; pálida, en el suelo, llorando e hiperventilando. Francis rápidamente le soltó la mano a Ruah y corrió gritando hacia Thalia, sin poder hacer nada más que mirarla desde el otro lado de la reja. Ruah sonriente, se acercó lentamente hacia la niña y, fingiendo preocupación se acercó al oído de la pequeña sólo para dar el golpe final y sentenciar su victoria:
— Te gusta, ¿verdad?. Lamentablemente su primer beso fui yo. No fue la gran cosa…Tiene unos dientes horribles—los ojos esmeralda recorrieron a Thalia de arriba abajo y sonrió aún más— pero creo que es lo mejor que podrías conseguir, bruja asquerosa. 
Al terminar sus palabras, Ruah le lanzó un beso a Francis y se fue corriendo. Thalia no podía mirarlo, primero tenía que concentrarse en volver a respirar bien y calmar su pulso. Respiraba hondo por la nariz, exhalaba por la boca, pero al exhalar sus ojos se llenaban de lágrimas y volvía a necesitar aire. El sonido a su alrededor desapareció, los gritos del niño también, se oían lejanos, como de un fantasma. Thalia estaba sola con su ataque de pánico.
«Sola, como siempre, sola… nadie más, completamente sola, nadie… nadie».
Mientras ese pensamiento la abrazaba, algo suave y cálido le acarició las piernas y se quedó allí, acompañándola.
No… No estaba completamente sola, aún había esperanza. Un ser vivo que esperaba por ella, que vivía por ella y que, a su manera, la amaba. 
La respiración de la joven se equilibraba mientras acariciaba a Lázaro, sintió su calor, el peso sobre sus piernas y escuchó su ronroneo, poco a poco recobró la conciencia del mundo que la rodeaba y se incorporó lentamente, con el gatito entre sus brazos.
—¿Thalia…? ¿Estás bien?...—Preguntó con genuina preocupación Francis, agarrado fuertemente a la reja.
Thalia no respondió, ni siquiera lo miró, y sin hacer ruido, volvió al convento. Con el corazón roto, pero con la certeza de que debía irse rápidamente de allí, escapar de ese horrible lugar. No sabía dónde, pero en cualquier parte iba a ser más feliz que en esa cárcel. Junto a Lázaro podría encontrar la felicidad donde quisiera. 
Pasaron los días.
Thalia recibía cartas que venían envueltas en Lázaro como un collar. Eran de Francis: preguntaba por su salud y pedía disculpas.
El joven había tomado la mano de Ruah durante un juego que ella misma había inventado —un canto extraño, un engaño del que sólo después se daría cuenta—. Se deshizo en ruegos, implorando perdón, y apoyó la idea de que Thalia se escapara de aquel lugar. Le ofrecía alojamiento y compañía; estaba dispuesto a discutir con su padre si era necesario. Buscaría trabajo, aprendería la carpintería, como siempre había querido su familia, solo por ayudarla.
La joven, sin embargo, no respondía la mayoría de las cartas. Aún dolida por la escena que había presenciado, y aún comprendiendo que todo había sido otra trampa, el asco no se le pasaba.
En esos días solitarios, se dedicó a estudiar la estructura del convento. Era completamente sólido: las altas rejas negras, rematadas con espinas de hierro, hacían imposible escalarlas. Cavando un túnel tampoco habría escapatoria. Una tarde lo intentó en varias zonas del patio, pero después de un tiempo excavando, se topó con un bloque de cemento impenetrable. Lo mismo en cada lugar donde probaba: un muro bajo la tierra, como si el convento estuviera sellado.
El sol se escondía y Thalia se preparaba para dormir. El viento azotaba las ramas del gran árbol contra su ventana cuando, de repente, la figura de Lázaro apareció afuera, maullando. Thalia se apresuró a abrir y dejarlo entrar. El felino saltó desde la gruesa rama hasta la cama y se estiró con suavidad. Traía otra nota atada al cuello, pero no pudo leerla: Francis había llorado sobre la tinta otra vez. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
«Este niño realmente se preocupa por mí», pensó, «cuando salgamos y nos encontremos, lo abrazaré tanto que mis brazos se cansarán».
Suspiró y se durmió con la carta sobre el pecho. A la mañana siguiente la despertó un ruido extraño: Lázaro golpeaba la ventana con las patitas; quería salir. Con los ojos entrecerrados caminó hasta la ventana y le hizo el favor. Lo vio subir por la rama, moverse con agilidad entre las hojas y, por un descuido, caeral otro lado de la reja.
Todo aquel tiempo, la ruta hacia la libertad había estado fuera de su ventana, a su alcance, dentro de su habitación.
El árbol bajo el que se escondía, el árbol bajo el que encontró el amor, era su libertad. Lázaro era su guía, su consuelo, su luz.
Al darse cuenta de lo cerca que estaba, la emoción la llevó a las lágrimas. Gritó el nombre del gato para que volviera y abrazarlo.
—¡Eres mi héroe! —gritó entre risas, apretándolo—. ¡Te amo! Mi mejor amigo… Nos iremos, seremos libres al fin.
Recibió un ronroneo por respuesta y pasó la mañana mimando a Lázaro. Esa misma noche escaparían.
Thalia pasó la primera hora de clase ensimismada en mil proyectos: abrazaría a Francis, se presentaría a su futuro suegro con valor, arreglaríasu trenza, aprendería a tallar muñecos de madera… Mientras soñaba, a su alrededor la sombra de la envidia y el rencor escalaba hasta su punto más negro. Ni siquiera robarle a su único amigo había logrado borrarle la sonrisa.
¿Que le podían quitar a una niña que a simple vista no tenía nada?
Oh, sí… Sí tenía algo. Siempre lo tuvo. Lo que despertó el odio desde el principio: amor. Amor real; de madre, de amigos. Intentaron arrebatarle todo eso y aún no lo lograban.
Ruah, consumida, había perdido hasta las uñas que mordía; sus rizos pelirrojos se caían a montones. La rabia le había secado hasta la posibilidad de comprender. Al escuchar los gritos de alegría de Thalia en la mañana, una idea horrible se prendió en su mente. Sin mucho pensarlo, actuó por puro impulso de maldad: tomó el frasco de ç"limpieza" con el que había enfermado antes a la Hermana y puso un poco del líquido en la comida del gatito.
La felicidad era algo que esta niña no conocía. Sus actos estaban gobernados por celos, por rabia, por una necesidad enfermiza de atención. Si ella no podía tener lo que Thalia poseía por naturaleza, al menos haría que todos sintieran la misma podredumbre en la que vivía su corazón. Debía salpicarles a todos.
Thalia no imaginaba lo que verían sus inocentes ojitos al entrar en su habitación esa tarde, había buscado a su amiguito Lázaro por el patio en el descanso sin suerte, y ahora que habían terminado las clases se dirigía a descansar antes del gran evento de la noche en que se escaparían de ese horrible lugar. Su sonrisa se borró apenas abrió la puerta.
Un pequeño cuerpecito yacía inerte sobre la almohada de la niña. En sus últimos momentos, Lázaro fue a buscar consuelo al lugar donde más se concentraba la fragancia de Thalia, para así dar su último suspiro envuelto entre su humana favorita. Le hubiera gustado sentir, quizás, su voz y su cariño por última vez, pero todo fue tan rápido; un almuerzo, un vómito y la certeza del final.
Los animales saben, saben quizás mejor que nosotros, y nuestro gatito sabía. Sabía que esa pequeña niña estaría a lágrima viva tratando de reanimarlo, sabía que los gritos desesperados se escucharían por todo el convento, sabía que todo el dolor, todo lo guardado en su corazón explotaría. Sabía que perdería el aliento, que no se podría el peso del cuerpo, que su cara se deformaría en tristeza, sabía que, sin él cerca, perdería el control de sus emociones y desmayaría, colapsando en el suelo frente a las Hermanas que trataban de calmarla.
Thalia estaba envuelta en oscuridad y completamente sola. Lázaro lo sabía, su alma lo sabía. No podía permitirlo.
Aferrado a este sentimiento, a su espíritu se le concedió el deseo de quedarse junto a ella y acompañarla. No la dejaría sola, el amor del animal había traspasado dimensiones y, aunque Thalia no lo viera, Lázaro estaría junto a ella. Definitivamente siempre fue su espíritu guardián.
Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Carmille en el lector de Culto de Papel. Es gratis.