El sol caía con fuerza sobre el patio del convento, las niñas jugaban a la ronda o al pillarse, Ruah también estaba entre ellas con una muñeca entre sus brazos. Lejos, apartada bajo el árbol de costumbre, Thalía leía la Biblia con Lázaro recostado sobre sus muslos.
De repente, algo golpeó suavemente su brazo. Una piedrecita. Thalia frunció el ceño, pensando que era una broma de las niñas, y volvió a su lectura. Pero otra piedrecita cayó junto a ella. Entonces, levantó la vista con cautela y vio a un niño. Tenía más o menos su edad, entre diez a doce años, con cabello rubio y ojos celestes, brillantes y curiosos. Su ropa era alegre: pantalones turquesa sujetos por tirantes, una camisa blanca impecable, y una pequeña boina turquesa sobre su cabeza.
Thalia se sobresaltó. Su corazón se aceleró al darse cuenta de que estaba frente a un niño, algo estrictamente prohibido en el convento. Se escondió inmediatamente detrás del árbol, temblando.
—¡Hey! ¡Hey! —llamó el niño, chistando y agitando la mano—. ¡Tú! ¿La niña que está escondida detrás del árbol? ¿Puedo… puedo hacerle cariño al gatito? ¡Se ve muy bonito!
Thalia asomó la cabeza con cautela, pero empujó a Lázaro hacia él y volvió a ocultarse detrás del tronco, vigilando a su alrededor para asegurarse de que nadie la viera. Lázaro, sin embargo, se detuvo, la miró y, con un pequeño maullido, regresó a su lado.
—¡Tráelo! —dijo el niño con entusiasmo—. ¡Tráelo tú! Quiero acariciarlo, se ve tan suave.
Thalia miró alrededor de nuevo, asegurándose de que nadie la vigilara, y con pasos lentos tomó a Lázaro y caminó hacia la reja que separaba el convento de los terrenos del bosque. La reja tenía un estilo gótico: hierro negro con finos detalles curvados, puntiagudos y elegantes, que dejaban entrever los árboles más allá.
El niño sonrió ampliamente al verlos acercarse. Sus ojos brillaban de emoción mientras acariciaba a Lázaro, quien se estiraba, frotaba su cabeza contra las manos del niño y dejaba caer pequeños besos sobre sus dedos.
—¡Muchas gracias! —exclamó, con los ojos iluminados—. Hace mucho tiempo que quería acariciar a este gatito.
Su mirada luego se clavó en Thalia, quien no sabía dónde debía posar sus ojos que terminaron bailando por todas partes y, finalmente, decidieron quedarse mirando al gatito que se retorcía feliz entre las manos de los niños.
—Mi nombre es Francis—dijo educadamente mientras se sacaba la boina y hacía una pequeña reverencia— ¿y tú, cómo te llamas?
Thalia, aún un poco tímida, bajó la mirada.
—Me lla-llamo… —comenzó, tartamudeando y sonrojándose—… Thalia.
El niño se rió suavemente, y por un instante Thalia pensó que se estaba burlando de ella. Pero pronto continuó, con su voz clara y alegre:
—Me gusta mucho tu voz… y también la trenza que llevas. Si algún día quieres, podemos encontrarnos aquí a esta hora y jugar los tres: tú, yo y el gatito. Vivo en la casa del carpintero cerca del bosque y no tengo otros amigos, así que verte aquí y conocerlos me hizo muy feliz.
Thalia sintió cómo su corazón se llenaba de una calidez que hacía tiempo no sentía. Subió la mirada y al verlo directamente se dio cuenta de lo bello que era, unas pecas graciosas invadían su cara dándole un aspecto travieso y su sonrisa estaba adornada con unos dientes tan torcidos que se apilaban unos sobre otros. Pero él sonreía, le sonreía a ella, y esa sonrisa en ese momento, le pareció la más hermosa del mundo.
Los días pasaron llenos de felicidad, a pesar de las burlas y miradas extrañas que le lanzaban sus compañeras y los retos injustos de las Hermanas, encontraba su paz en esos momentos de descanso, bajo el árbol donde podía encontrarse con Francis y Lázaro. Siempre pendiente a que nadie la viera, le contó a Francis que estaba prohibido para ella hablar con niños. Francis no entendió las razones, pero no preguntó y simplemente aceptó que si algún día no estaba presente, podía ser por eso.
Thalia ya había entrado en confianza con Francis, hablaba igual de suave pero un poco más fuerte y sin tartamudear, el chico lo había notado y su corazón se regocijaba al escucharla reír y hablar sin miedo, tan solo necesitaba tiempo, sentirse tranquila y segura. «Es como un gato», pensaba.
Francis era un inventor de juegos experimentado, como no podían moverse de allí ni cruzar la reja, utilizaban sus manos o palillos para dibujar en la tierra o hacía adivinanzas que Thalia descubría en segundos. La niña se había armado de valor y le mostró los muñecos que había hecho en sus momentos de soledad, el asombro de Francis era genuino, al ver tantos colores, formas y materiales que utilizó para sus creaciones.
—Son hermosos—dijo mientras agarraba uno de un cerdo— están muy bien hechos… Yo también sé hacer muñecos, de madera, si quieres te puedo hacer uno.
El corazón de Thalia se apretó y sonrió, pero rápidamente volvió en sí.
—No puedo… Si descubren un muñeco de madera se preguntarán de dónde lo conseguí y quizás me meta en problemas…
Francis entendió y no insistió, pero al llegar a su casa se dispuso a trabajar, estuvo toda la tarde fabricando con lujo de detalle, una muñeca igual a Thalia. Su padre pasaba orgulloso al verlo, al fin, tan entusiasmado en el arte de la carpintería.
Por la noche guardó su creación sobre su escritorio, la dejaría allí hasta que pudiera regalársela, hasta que Thalia fuera libre. Soñó esa noche que le entregaba la muñeca, y al pasársela, rozaba apenas sus dedos, lo suficiente para hacerle palpitar el corazón y colorear de rojo hasta sus pecas. Al despertar, ansioso por la emoción de aquel bello sueño, estaba decidido que ese día le tomaría la mano a Thalia.
Pasaban los minutos y los intentos por tomarle la mano sólo habían fracasado, sus palmas ya estaban sudorosas, y al parecer, Thalia se había dado cuenta que algo andaba raro con él y lo miraba tratando de descifrar qué era.
—Juguemos a que yo hago un ruido y el primero que ponga la mano en este dibujo gana—dijo como última opción Francis, quien ya estaba perdiendo la cabeza.
—Pero si tú haces el ruido… Vas a saber cuándo colocar tu mano allí y siempre me vas a ganar—Respondió ingenuamente Thalia.
—No, te prometo que no voy a ganar— le dijo Francis mostrando su ansiedad.
Thalia se largó a reír.—No quiero que me dejes ganar… —dijo entre carcajadas.
Francis suspiró ya dándose por vencido, cuando de repente, un ruido de un pájaro hizo que Lázaro saltara hacia las piernas de Francis y, al intentar los dos niños atraparlo, sus manos se rozaran por un segundo. Ambos se quedaron paralizados mientras el gatito salió corriendo de allí. Con los ojos extremadamente abiertos, se miraban y notaban cada uno cómo cambiaba el color de las mejillas del otro.
Francis no sabía qué decir, ese toque fue más suave de lo que había soñado, y le había inducido muchas más sensaciones, unas que nunca había sentido antes, el corazón del niño daba vueltas bailando de felicidad en su pecho mientras le agradecía a Lázaro en sus pensamientos.
Por su parte Thalia quería salir corriendo y gritar de alegría, respiraba con dificultad, quería abrazarlo, tocarlo otra vez, pero no se atrevía a decirlo ni mucho menos dar el primer paso.
Mientras todo esto pasaba en las emociones de los dos jóvenes, el tiempo del descanso acababa y Thalia tuvo que volver a sus clases. Estuvo todo el día soñando despierta, sonriendo aunque le dijeran “bruja” por los pasillos, acariciando a Lázaro, hablando y riendo sola hasta que, en la privacidad de su habitación, se lanzó a la cama y comenzó a rodar y a mover los piecitos de felicidad.
Esa noche fue la primera en mucho tiempo en la que pudo dormir feliz, tranquila, pensando en Francis y Lázaro. En su habitación se respiraba una calma especial, una alegría sincera e infantil. Una que jamás se volvería a repetir.