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El cordero

Jajahar · por Carmille · 17 de septiembre de 2026

El relincho de un caballo sacó a Baptiste del trance.

El joven llevó una mano al pecho. Se estaba ahogando. Había estado corriendo durante un tiempo que no lograba calcular; los músculos le dolían y a su alrededor todo daba vueltas. Mareado y sin rumbo, consiguió apoyarse contra el tronco de un grueso roble. La corteza estaba fría, y aquel frío bastó para mantenerlo consciente. Cerró los ojos durante unos instantes y recordó los consejos de Viktoria. Inspiró profundamente y comenzó a respirar despacio, intentando recuperar el control de su cuerpo. Poco a poco, el mareo cedió y su respiración volvió a la normalidad. Tragó saliva y sintió la garganta seca.

Reanudó la marcha entre los árboles. Caminó durante varios minutos sin saber hacia dónde dirigirse. No quería detenerse, tampoco quería pensar en lo que había sucedido. Pero había un pensamiento que llevaba un rato golpeando las puertas de su conciencia y que ya no podía seguir ignorando.

«Me he perdido».

Agradeció en silencio tener la lámpara consigo. Sin ella, la oscuridad habría terminado por devorarlo. Aun así, una punzada de culpa le atravesó el pecho al recordar que había dejado a sus compañeros sin una luz que los guiara. No sabía qué le había ocurrido. Solo conservaba fragmentos: murmullos perdidos entre la niebla, miradas que parecían seguirlo desde algún lugar y aquel miedo profundo que le había nublado la razón.

Mientras buscaba el camino de regreso —cualquier sendero que pudiera conducirlo de vuelta—, volvió a escuchar los murmullos a sus espaldas. Esta vez pudo distinguirlos con claridad. Eran voces femeninas.

Baptiste se giró. La bruma se desplazaba lentamente hacia ambos lados, abriendo ante él un sendero que hasta entonces había permanecido oculto. Los árboles se extendían a ambos lados y, al fondo, la senda se perdía entre la niebla. Allí estaba el camino.

«Un milagro. Han respondido a mis plegarias», pensó con alivio.

Se apresuró y, tras unos breves minutos, consiguió salir del bosque que ya imaginaba embrujado. Suspiró al ver las primeras casas, pero la calma apenas duró unos segundos. Al observar a su alrededor, comprendió que algo no encajaba. Sí, era el pueblo, pero nada de lo que tenía frente a los ojos coincidía con sus recuerdos.

Las casas eran antiguas y desoladas, algunas con las ventanas entreabiertas y otras sumidas en la oscuridad. Sus habitantes lo observaban desde el interior. Cuando sus miradas se encontraban con la suya, algunos apartaban los ojos y otros le sonreían. Había algo en aquellas sonrisas que hizo que Baptiste sintiera un escalofrío.

Entonces un canto de sirena llegó hasta sus oídos.

No supo cuánto tiempo permaneció escuchándolo. Cuando quiso darse cuenta, sus propios pasos lo habían llevado hasta la entrada de una capilla de murallas negras. Se odió por haber tocado la puerta antes de pensarlo, pero el arrepentimiento desapareció cuando esta se abrió y una hermosa joven apareció frente a él.

Era de gruesa talla y llevaba el cabello rubio recogido en dos trenzas. Sus ojos grises se encontraron con los de Baptiste y le ofrecieron una sonrisa serena. Él, sin saber por qué, no pudo evitar devolverle el gesto.

—Soy Baptiste Lefèvre. Disculpe mi intromisión, pero me encuentro perdido —dijo mientras se quitaba el sombrero en señal de respeto.

La joven rio y se volvió hacia las mujeres que permanecían detrás de ella.

—¡Ha llegado! —exclamó.

En cuestión de segundos, una avalancha de voces femeninas se precipitó hacia la puerta. Baptiste apenas tuvo tiempo de comprender lo que sucedía. No supo en qué momento lo tomaron del brazo y lo condujeron hasta una mesa. Cuando quiso darse cuenta, se encontraba rodeado por decenas de mujeres que reían, conversaban y cuchicheaban entre ellas. Algunas se apresuraban a disponer la mesa, mientras otras lo observaban con timidez desde los rincones de la capilla.

La joven rubia que lo había recibido se acercó con un plato de galletas de chocolate y se lo ofreció con una sonrisa orgullosa.

—Las he preparado yo. Son las mejores que probarás en tu vida.

Antes de que Baptiste pudiera responder, otra mujer, de unos treinta años y hermosas facciones, alzó la mirada hacia el cielo y dejó escapar una risa.

—No le creas, es una mentirosa. Ni siquiera ayudó a prepararlas.

Baptiste se sentía en el cielo. ¿Qué era aquel lugar? ¿Era Jajahar? ¿Quiénes eran aquellas señoritas? Todas parecían encontrarse en la flor de la juventud; las mayores no debían superar los treinta años. Entre las más jóvenes, sin embargo, distinguió a algunas niñas que corrían por los pasillos, de unos diez años, quizá menos.

—Señoritas... estoy perdido. ¿Esto es Jajahar? Necesito salir del pueblo y encontrar a unos amigos.

Las mujeres guardaron silencio y lo observaron con atención. Durante unos segundos, ninguna respondió. Entonces, apenas terminó de hablar, todas rompieron a reír y volvieron a conversar entre ellas, ignorando por completo sus preguntas.

Baptiste se aclaró la garganta e intentó tomar nuevamente la palabra, pero el murmullo de las mujeres creció a su alrededor hasta volver inútil cualquier intento por hacerse escuchar. Finalmente se dio por vencido y tomó una de las galletas que la joven a su lado continuaba ofreciéndole. Le dio un mordisco. Estaba dura y arenosa, pero Baptiste sonrió por cortesía y fingió disfrutar el dulce mientras lo masticaba con dificultad.

Las mujeres estallaron en carcajadas al ver su reacción.

—¡Es tan tierno!

—¡Esta vez me tocará a mí!

—Oh, no. Debemos aprovechar que no es un viejo horrible.

—Pocas veces nos toca un joven tan guapo como él.

—No se emocionen ni se encariñen. Ya conocen las reglas... Aunque será difícil con una cara tan bella.

Esto último llegó hasta sus oídos y Baptiste se sonrojó. No quiso averiguar quién había pronunciado aquellas palabras y, para disimular su nerviosismo, tomó otra galleta y le dio un mordisco.

—¿Estás cómodo?

La joven rubia se inclinó hacia él y susurró las palabras con cuidado, procurando que nadie más pudiera oírlas. Baptiste se sobresaltó y negó con la cabeza. Ella frunció los labios en una pequeña mueca de desagrado, tomó una de las galletas que le había ofrecido y le dio un mordisco. Entonces su expresión cambió.

—¡Esto está asqueroso, Madeleine! —gritó mientras escupía los restos de galleta junto a Baptiste.

Él observó perplejo a aquella joven sin modales dejar la comida masticada sobre la mesa y correr hacia la mujer que poco antes la había llamado mentirosa. Ambas rieron juntas antes de desaparecer por uno de los pasillos de la capilla.

Baptiste aprovechó aquel momento para levantarse. La compañía de aquellas señoritas le resultaba agradable, pero no lograba apartar de su mente la necesidad de encontrar a Gabriel y Viktoria y abandonar aquel lugar cuanto antes. Tomó la lámpara que había dejado a su lado y se dirigió en silencio hacia la puerta. Apenas había dado unos pasos cuando sintió un suave agarre en el brazo.

Al girarse, no pudo ocultar el horror de su rostro.

La mujer que lo sostenía era Suzanne. Sus cabellos rubios caían alrededor de su rostro y sus ojos, nublados y ausentes, permanecían fijos en él. Movía los labios, pronunciando unas palabras que Baptiste no consiguió escuchar. El murmullo de las demás mujeres se apagó poco a poco y todo a su alrededor comenzó a moverse con una lentitud insoportable. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Intentó respirar, pero solo consiguió hiperventilar mientras los bordes de su visión comenzaban a oscurecerse. La lámpara cayó de su mano y la capilla se desvaneció lentamente ante sus ojos hasta quedar reducida a una penumbra absoluta.

 

 

«Había sido testigo de un asesinato».

Mientras Mikael recorría los interminables pasillos del convento, aquella frase se repetía una y otra vez en su mente. Había presenciado un asesinato. No había intervenido. ¿Cómo se suponía que debía sentirse ante ello? ¿Cómo podría haberlo evitado? ¿Qué debía hacer ahora?

Era un crimen que debía denunciar, un acto execrable que merecía toda condena. Un pecado mortal. Entonces, ¿por qué algo dentro de él se resistía a condenarlo?

Deseaba repudiar a Thalia con toda su alma. Quería arrancarse aquellos pensamientos que insistían en justificar sus acciones y continuar con su misión sin permitir que aquello lo alcanzara. Sin permitir que ella lo alcanzara.

Suspiró. Se había equivocado. Las palabras que había escogido durante la cena, aquello que decidió callar y lo poco que finalmente consiguió decir. Todo había sido un error. ¿Había herido a Thalia sin querer? ¿Era siquiera posible que hubiera causado algo semejante? No podía sentir tristeza. No debía, esa era su maldición.

Se quitó las gafas, alzó la mirada hacia el cielo y comenzó a rezar en voz baja. Los espíritus que vagaban a su alrededor parecieron advertir sus palabras y se acercaron, atentos a aquella súplica.

—¿Qué debería hacer, Padre? ¿Por qué me siento de esta forma? Ayúdame a encontrar mi camino, por favor. Mándame una luz, una guía...

De pronto, sintió una suave caricia contra sus pies.

—¡Lázaro!

El gato se acurrucó junto a sus piernas y luego se tendió sobre el suelo, dejando al descubierto el vientre. Mikael sonrió entre lágrimas. Dios lo había escuchado. Aquella pequeña criatura era la respuesta que había pedido.

Se arrodilló y acarició sus mejillas, luego su vientre. El animal ronroneó, se incorporó y comenzó a caminar por el pasillo. Antes de continuar, se detuvo y volvió la cabeza hacia Mikael, aguardando a que lo siguiera.

El estudiante siguió los pasos de Lázaro durante un largo tiempo. Atravesaron pasillos estrechos y silenciosos que Mikael intentó memorizar para encontrar el camino de regreso. El frío se hacía más intenso a medida que avanzaban. La humedad había cubierto las paredes de manchas de moho y, en algunos rincones, el yeso comenzaba a desprenderse. El aire olía a encierro y a madera vieja. Sus pasos resonaban bajo los altos techos del convento, pero no había más sonido que aquel y el leve maullido que en ocasiones el gatito emitía.

De pronto, Lázaro desapareció.

—¡No! ¿Dónde te has ido, amigo mío? Aquí no hay nada...

Mikael miró a su alrededor. No había puertas ni ventanas, tampoco estanterías o libros. Solo paredes desnudas, una alfombra húmeda y el polvo acumulado en las esquinas. Caminó unos pasos buscando al animal hasta que su pie tropezó con algo bajo la alfombra. Se detuvo, se agachó y apartó la tela con cuidado descubriendo una puerta. Mikael permaneció inmóvil. Recordó las palabras del Padre Gabriel y aquella advertencia que hasta entonces había considerado innecesaria; no abrir puertas extrañas. Aquella debía ser la puerta a la que se refería.

Pero si Dios había conducido sus pasos hasta allí... ¿Quién era él para desobedecer sus deseos?

 

 

Abrió lentamente los ojos en medio de la barahúnda que lo rodeaba. Le dolía la garganta y, al comprobar que estaba aún más seca que antes, el recuerdo de aquella galleta arenosa regresó a su memoria. Miró a su alrededor. Se encontraba recostado sobre una cama de sábanas blancas y, arrodilladas junto a él, había al menos diez jóvenes con expresiones afligidas. Algunas sollozaban; otras hablaban entre ellas, preocupadas por su estado. Por un instante pensó que se encontraba en el cielo, pero al levantar la mirada reconoció a Suzanne, tomada del brazo de otra mujer. Entonces recordó a la persona empalada que ardía en la hoguera y aquella breve ilusión se desvaneció.

Sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Habría vuelto a perder el conocimiento de no ser porque Eloísa le colocó un paño frío sobre la frente y le acercó un vaso de agua dulce a los labios. Bebió con avidez. Poco a poco consiguió recomponerse y, a medida que recuperaba la lucidez, su mente comenzó a trazar una y otra vez posibles rutas de escape.

Cuando las mujeres advirtieron que el color regresaba a su rostro, estallaron en gritos de alegría. Se abrazaron entre ellas y corrieron a besarlo. Eloísa tuvo que espantarlas con movimientos bruscos de las manos, apartándolas una por una. Baptiste las observó con desconcierto. Se preguntó si un cuerpo podrido atraería a los insectos de aquella misma forma.

Entonces comenzó a llorar.

Las mujeres guardaron silencio y lo miraron sin comprender. Eloísa le acarició el cabello, intentando consolarlo, y se inclinó para susurrarle unas palabras al oído. Lejos de tranquilizarlo, hicieron que el miedo se apoderara de él.

—Mañana es la ceremonia. Sé que debe ser agotador, pero es lo mejor. Es lo que Dios quiere para usted.

¿Ceremonia? ¿Dios?

Baptiste se llenó de preguntas. Su mente era un caos y apenas conseguía ordenar sus pensamientos. Intentó formular alguna mientras Suzanne se acercaba y dejaba sobre el tocador una especie de Biblia. Eloísa la tomó enseguida y se la acercó con entusiasmo.

—Tienes que leer este capítulo... ¡Y este! ¡Ah! Este también...

—Tiene que leer los capítulos doce, trece, catorce y veinte.

Madeleine acababa de entrar. Su voz era seria y sus ojos estaban enrojecidos, aunque Baptiste no podía saber si había estado llorando por él.

—¿Cuándo aprenderás, Eloísa? —preguntó, suavizando la voz mientras esbozaba una pequeña sonrisa.

Eloísa resopló y puso los ojos en blanco.

—Es aburrido. Además, confundo el orden de los números... ¡Prefiero todo lo que viene en el ritual!

Las mujeres intercambiaron miradas. Baptiste no supo interpretarlas. Algunas sonreían, otras parecían tensas y unas cuantas se sonrojaban antes de apartar la vista. En un rincón, una joven morena levantó ligeramente la falda y se mordió el labio sin quitarle la vista de encima.

—¡Florence!

Madeleine se acercó y le dio una palmada en la mano para que la bajara. El gesto provocó en Florence un gemido placentero que hizo estallar en risas a las demás.

Baptiste no dejaba de temblar. Sus ojos permanecían fijos en la salida. Por un instante calculó la distancia hasta la puerta, el número de mujeres que tendría que atravesar y cuánto podría correr antes de que lo alcanzaran. Quizás todavía podía escapar, quizás, si corría con todas sus fuerzas, lograría salir de allí.

Se levantó con calma, procurando no alertar a las mujeres, pero apenas intentó dar un paso, un mareo súbito le atravesó la cabeza y tuvo que sujetarse del brazo de Eloísa. Para su sorpresa, la joven era mucho más fuerte de lo que aparentaba y consiguió sostenerlo sin esfuerzo.

—¿Fue la galleta o el agua? —preguntó Baptiste, tratando de mantenerse en pie.

—¿De qué hablas? Vamos, recuéstate... —respondió Eloísa entre risas.

—Dime. Dime, por favor.

La joven lo sujetó por debajo de las axilas y fingió conducirlo de vuelta a la cama. Antes de soltarlo, acercó los labios a su oído y le susurró la respuesta. El aliento tibio le rozó la piel y le provocó un escalofrío.

—La galleta.

 

 

La cabeza le palpitaba con tanta fuerza que soltó un quejido antes de abrir los ojos. Se encontraba en medio de la oscuridad, completamente solo. Por un instante aquella soledad le pareció un alivio, pero la ilusión duró poco. Se acercó a la puerta y giró el pomo. Estaba encerrado. Encendió una vela sobre el tocador y su luz apenas alcanzó a iluminar la habitación y la extraña Biblia que descansaba junto a ella. En la cubierta había símbolos que no reconocía. Baptiste pasó los dedos sobre ellos y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Retiró la mano de inmediato y, en el movimiento, el libro cayó al suelo. Un pequeño papel se deslizó de entre sus páginas. Lo recogió y observó la caligrafía torpe, llena de errores.

«Tiene qe leer el capitulo veinte, trese, quince y catorse».

Baptiste supuso que Eloísa lo había escrito. En un costado del papel había una pequeña marca de labios que contempló durante unos segundos antes de volver la mirada hacia la Biblia. No tenía nada más que hacer, así que abrió el libro y buscó los capítulos que le habían indicado. La lectura lo dejó inmóvil. Durante horas permaneció absorto en aquellas páginas blasfemas, incapaz de apartar los ojos de ellas. Cada capítulo parecía conducirlo hacia el siguiente y, a medida que avanzaba, su respiración se hacía más rápida. El calor comenzó a subirle por el cuello hasta encenderle las mejillas. Cuando llegó al ritual, cerró el libro y permaneció unos minutos mirando la vela, intentando ordenar lo que acababa de leer.

¿Cómo podían aquellas señoritas leer semejante libro? ¿Quién había cometido aquel sacrilegio?

Las imágenes no dejaban de acudir a su mente. Por primera vez comprendió las miradas, las risas y las palabras pronunciadas a su alrededor. La ceremonia no era una simple celebración religiosa. ¿Era él el elegido esta vez? ¿Tendría que participar en aquello con ellas? Tragó saliva y volvió a abrir el libro. Esta vez continuó leyendo con una mezcla de temor y curiosidad. Ya no sentía el dolor en la cabeza. La tensión se había trasladado a otro lugar de su cuerpo y, por un instante, aquello consiguió avergonzarlo incluso más que el contenido de las páginas. Entonces sus ojos se detuvieron en una palabra y todo aquel calor desapareció.

Sacrificio.

Tuvo que leerla varias veces antes de comprender su verdadero significado. Quiso cerrar el libro, pero se obligó a continuar. La hoguera regresó a su memoria. Esta vez no vio a aquella persona ardiendo entre las llamas. Se vio a sí mismo. Imaginó su cuerpo en la madera, el fuego consumiendo sus ropas y a las mujeres observándolo desde alrededor. Ninguna parecía horrorizada, sino que sonreían con dulzura.

¿Podrían sentir el olor de su carne quemada?

Baptiste cerró los ojos y comenzó a rezar.

«Dios mío, escúchame, por favor. No sé rezar. Este es un pedido desesperado. Simplemente... no tengo esperanza. No veo ninguna salida. Soy un pecador y probablemente no merezco nada de ti. No, definitivamente no lo merezco, pero te lo suplico... Dios. No pido que me ayudes. No pido un milagro. Pido fortaleza para poder salir de aquí. Creo que estoy en el infierno y supongo que los demás también están pasando por algo similar. Dame valentía para soportar esto y fortaleza para lo que viene. Si es tu voluntad, y solo si es así... aceptaré lo que venga».

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Cerró la Biblia y la guardó en uno de los bolsillos interiores de su abrigo. Si iban a quemarlo, quería llevarse consigo una parte de aquel demonio.

Lloró toda la noche.

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