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Acto de contrición

Jajahar · por Carmille · 14 de septiembre de 2026

—No te preocupes, saldremos de aquí—. Viktoria sostenía con fuerza a Ruah, con el pecho agitado por la carrera. Aquellas palabras parecían haber sido pronunciadas más para convencerse a sí misma que a la mujer que la acompañaba.

—No... Viktoria. No saldremos de aquí.

Ruah soltó de repente la mano de Viktoria. Sus palmas sudaban, a pesar del frío que le traspasaba la piel, y sus ojos se posaban inquietos en cada sombra de los árboles, en cada rincón oculto entre la niebla.

—Ya viene... Está cerca.

—No, no es real, tienes que entenderlo y tranquilizarte ahora.

Viktoria intentó calmarla. Se acercó y posó las manos sobre sus hombros, pero Ruah retrocedió y la miró directamente a los ojos.

—Sœur Claire jamás me perdonará por mis pecados. Es mi castigo en vida, mi penitencia.

Viktoria suspiró. Lo único que quería en aquel momento era salir de allí; que ambas escaparan de aquel bosque asfixiante que parecía consumirlas poco a poco, alimentándose de su cordura.

—Ruah, veo en tus ojos que te arrepientes de todo. Las personas cambian, creo firmemente en eso. La niña atormentada que fuiste no es la mujer deshecha, completamente rota que veo hoy... El fantasma que crees que te sigue no es más que tu propia consciencia autodestructiva.

Viktoria improvisó un discurso apresurado y desesperado. No esperaba que sus palabras dieran fruto; no en la mujer que tenía frente a ella. El alma de Ruah parecía haber abandonado aquel cuerpo muchos años atrás, condenada a vagar alrededor de él y a regresar de tanto en tanto, únicamente para encender un débil fulgor en sus ojos antes de volver a huir, temerosa de habitar su carne contaminada.

—Es mi culpa... Todo es mi culpa...

—No lo es. Basta, Ruah. Nada de esto es tu culpa. Eres una persona herida y necesitas sanar. Yo puedo ayudarte. Quiero ayudarte.

—Nadie me amó. Nunca nadie lo hizo y yo solo quería... Yo de verdad quería ser amada. Y es triste que ese haya sido mi único deseo, mi única ambición.

—Ese deseo es humano. Muchos... Todos queremos ser amados. Mucho más cuando somos niños.

—No tuve madre, Viktoria.

—Muchas personas no tienen madre, Ruah.

—Y no por eso se convierten en asesinos. Mi pecado es mortal. Ella viene a buscarme...

Una corriente de aire gélido atravesó el bosque y dispersó la niebla que se arremolinaba entre ellas. El sendero se descubrió de pronto ante sus ojos, un soplo fantasmal había apartado el velo que lo ocultaba para mostrarles el camino que debían seguir. Parecía una trampa, una invitación.

Viktoria continuó avanzando, pero Ruah la detuvo de inmediato, aferrándose a la chaqueta color crema que llevaba ceñida sobre la camisa.

—No... No vayas.

El rostro de Ruah estaba empapado en lágrimas. Sus ojos permanecían fijos detrás de Viktoria, clavados en algo que ella no podía ver. Al comprender que no la estaba mirando a ella, Viktoria se giró, no había nada más que árboles, niebla y aquella oscuridad espesa que parecía observarlas desde cada rincón. Sin embargo, algo le produjo una opresiva incomodidad, una sensación semejante a unos dedos helados rasguñándole lentamente la espalda. Ruah, en cambio, escuchaba al viento. Lo sentía aferrarse a sus oídos con pequeñas garras invisibles, hundiéndose en ellos para susurrarle palabras que le desgarraban el alma.

«Tu lugar es el infierno. Tu alma ya es nuestra y arderás aquí. No mereces perdón. Solo imploras porque tu espíritu sufre; sin ese sufrimiento, no te arrepentirías de nada. Lo sabes».

—Dios, por favor... Oh, Dios mío... No. ¡Aléjate! ¡No te atrevas a acercarte!

El rostro de Ruah se contrajo en una mueca de terror y comenzó a golpear el aire. Viktoria tuvo que retroceder para mantener una distancia prudente de aquellos puños que se agitaban con la fuerza desmedida de alguien que ya no distinguía entre una amenaza real y los horrores que habitaban su mente.

La joven mantenía los ojos tan fuertemente cerrados que parecía dolerle. Con cada movimiento despedía un olor avinagrado que cosquilleaba en la nariz y se mezclaba con la humedad podrida del bosque. Entonces se arrojó al suelo y comenzó a escarbar desesperada, sin propósito aparente. Sus dedos se hundían entre la tierra húmeda y las raíces, arrancando barro a puñados. Impaciente, ensuciaba sus heridas con el lodo oscuro del bosque maldito, hasta que la sangre y la tierra comenzaron a confundirse sobre su piel.

Viktoria permaneció observándola durante varios minutos. Quiso detenerla, debió detenerla, pero algo la retuvo. Tal vez era la curiosidad, tal vez una parte de ella necesitaba descubrir hasta dónde llegaría Ruah, qué podía haber provocado semejante desesperación... o si, después de todo, aquellas visiones que la atormentaban escondían algo más que una mente quebrada.

No quería aceptarlo. Pero no le quedó más remedio cuando los dedos de Ruah chocaron contra algo sólido. La joven se quedó inmóvil por un instante, después aferró aquello con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas. La tierra cedió entonces y de ella emergió una calavera humana.

Viktoria se retorció sobre su vientre, las náuseas amenazaban su garganta, sin embargo, se acercó despacio para observar. En el agujero recién abierto podían distinguirse otros huesos, algunos largos y otros diminutos, enterrados unos sobre otros. Y había más calaveras, algunas muy pequeñas.

Viktoria abrió la boca, pero de ella no brotó palabra alguna, solo un leve gruñido. Las piernas le cedieron y cayó de rodillas sobre el lodo, embarrando los pantalones claros.

Intentó desesperadamente encontrar una explicación lógica. Alguna fosa común. Un antiguo cementerio olvidado del que Ruah tenía conocimiento por haber vivido tantos años en aquel lugar. Quizás los restos de una epidemia, de una guerra, de alguna tragedia ocurrida mucho antes de que ellas llegaran. Sí, eso debía ser.

Con cada espiración se convencía un poco más de que aquella era la respuesta. Poco a poco consiguió apaciguar su respiración y alzó los ojos, todavía aterrados, hacia la joven que tenía delante, que continuaba sacando calaveras una tras otra, con cada hueso que extraía del agujero, su sonrisa se ensanchaba.

—¿Ruah? —La voz de Viktoria consiguió al fin escapar de su garganta, aunque apenas fue más que un débil murmullo.

—Jeanne, Madeleine, Geneviève...

—Ruah... Vámonos de aquí.

Viktoria se incorporó y tiró con fuerza del brazo de la joven, que continuaba ensimismada, removiendo la tierra en busca de más restos.

—¡No! ¡Suéltame!

Ruah se zafó de su agarre y la miró con los ojos descompuestos.

—¡Aquí hay uno más! ¡Uno que no debería estar! ¡Hay una calavera más! Y si no me voy...

—¿De qué estás hablando?

—Si no me voy, a todas estas mujeres te unirás, Viktoria.

—Ruah, por favor... Tan solo dame la mano, ¿sí?

Viktoria le tendió una mano trémula, pero Ruah la golpeó. El ardor del impacto se extendió por su palma y, por un instante, Viktoria quedó inmóvil. Después, dominada por el miedo y la desesperación, le devolvió el golpe con una bofetada que hizo girar el rostro de Ruah.

—Vas a calmarte y me seguirás —impuso.

Ruah no respondió, se levantó lentamente y tomó la mano de Viktoria, quien la apretó con fuerza y le dedicó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

—Probablemente sea una fosa común antigua. No te preocupes, no pasa nada...

—Voy a salvar una vida por la vida que he quitado —la interrumpió Ruah.

—Está bien. Pero no me sueltes.

Caminaron hacia el sendero que había quedado despejado de niebla. Viktoria no podía dejar de temblar. No se atrevía a mirar detrás de ella; sentía que, si lo hacía, sus piernas volverían a ceder, por lo tanto mantuvo los ojos clavados en el barro del camino. Solo sabía que Ruah continuaba a su lado por la mano fría que sostenía la suya y por aquella voz que, de vez en cuando, volvía a balbucear nombres al azar, cada vez que escuchaba uno, Viktoria imaginaba una calavera más en aquel agujero.

—Antoinette... Theresa... Charlotte...

—Cállate —ordenó Viktoria, tragando saliva.

—Élisabeth... Constance... Suzanne...

Viktoria suspiró, dándose por vencida. Ya podía distinguir el final del camino así que aceleró el paso, intentando ignorarla.

—Eloìsa... Céleste...

Entonces la luz del sol bañó su rostro. El calor le acarició la piel y, por primera vez desde que había entrado en aquel bosque, una sonrisa le iluminó los labios y alcanzó sus ojos. Lo habían logrado.

—Angélique... Florence... Isabelle...

—¿Viktoria?

Una voz masculina la sacudió de repente. Al girarse, distinguió a Gabriel, nunca pensó que su compañía la alegraría tanto. Se lanzó a abrazarlo, intentó contener las lágrimas, pero fue inútil.

—¡¿Por qué se fueron?! ¡Mierda, los odié tanto...! —reclamaba entre sollozos.

—El demonio nos separó, pero estás aquí, a salvo...—la tranquilizaba Gabriel, con pequeños golpecitos en la espalda—Por cierto, ¿a quienes te referías?

—¿Cómo? —Viktoria se separó apenas de él.

—Saliste del bosque en trance. Solo repetías nombres... ¿Isabelle? ¿Qué viste ahí dentro?

—No, yo no decía eso, era Ruah...

Viktoria miró entonces a su lado, pero no había nadie. Su mano izquierda ya no sostenía la de una mujer; en su lugar, entre sus dedos, había una muñeca de trapo pelirroja de ojos verdes, vestida de esmeralda, que la observaba con una sonrisa quieta e infantil. La soltó bruscamente y entonces reparó en sus propias manos: estaban cubiertas de barro, incluso debajo de las uñas. Viktoria comenzó a negar con la cabeza, incapaz de comprender lo que estaba viendo, mientras Gabriel tomaba su rostro entre las manos y la obligaba a mirarlo.

—¡Ruah debe estar aún en el bosque! Tenemos que salvarla, Padre. Ella...

—Nunca hubo ninguna Ruah, Viktoria.

Viktoria lo miró desconcertada, todo su cuerpo temblaba mientras negaba con la cabeza.

—Todo el tiempo, desde el convento, solo sostenías a esa muñeca...

El barro se le pegaba a los pies, reptando entre sus dedos. Con cada paso se hundía en la mugre hasta los tobillos, pero no sentía asco, repulsión, ni frío, ni miedo. Sus respiraciones eran agitadas, el corazón todavía no estaba preparado para lo que había decidido en su pensamiento.

Las ondas del cabello se le pegaban al rostro por el sudor que le caía salado en sus labios, los cuales permanecían abiertos entonando una oración.

—Me pesa de todo corazón el haberte ofendido...Propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me sea impuesta...

Un cuervo se posó en una rama cercana, los ojos negros que se cernían sobre ella le recordaron a los de Thalia; profundos, melancólicos y aterradores. Se detuvo sólo un segundo en el oscuro amigo y siguió su camino a marcha pausada. Cuando hubo desaparecido de su vista, el infausto animal dejó caer una lágrima y despegó perdiéndose en la neblina.

Al llegar al enorme portón, se dispuso a tocar, pero antes de siquiera levantar el brazo, las puertas se abrieron de par en par.

Frente a ella Thalia le sonreía con ternura. Oh, Dios mío, como la odiaba. Esa sonrisa falsa, esa mirada cabizbaja que le lanzaba de lástima cada cierto tiempo. Nada había cambiado. Trató de calmar la abrasadora ira que se le acumulaba en la boca del estómago. La miró enhiesta, directamente a los oscuros ojos de cuervo, y sonrió.

—Tanto tiempo.

—Bienvenida, Ruah.

Con una elegante reverencia, Thalia la invitó a pasar. A cada paso que daba Ruah, dejaba una huella de suciedad en el exquisito suelo lustrado. En el centro del salón había una enorme mesa llena de los más deliciosos y finos platos, el aroma le dormía las mejillas y la incitaba a salivar. Jamás había visto ese tipo de comida, mucho menos en ese lugar que recordaba tan lúgubre y aburrido.

—Puedes darte un baño antes de cenar, tengo hermosos vestidos preparados para ti en tu habitación, ¿recuerdas cuál era?

Ruah asintió. Deseaba mantener su mirada fija en Thalia, pero una presencia la acechaba desde las esquinas de su vista, un espíritu que la obligaba a desviar los ojos cada cierto tiempo. Estaba allí con ella otra vez, deseosa de presenciar su caída. Una sonrisa amarilla aparecía en su espectral rostro cada vez que, sin querer y por descuido, la miraba de soslayo.

Tratando de no hacer notar sus temblores, tragó saliva y se dirigió a las escaleras, hacia su habitación. Thalia se sentó a la cabecera de la mesa, su respiración era profunda, la sonrisa leve, las manos en puños.

—Espero que les guste el banquete.

Mikael apareció a grandes zancadas, el delantal blanco que Thalia le había pasado ahora estaba adornado con deliciosos colores.

—No me cabe duda que así será—, dijo Thalia, relajando sus manos y colocándolas sobre su regazo. Al notar el delantal, se le escaparon pequeñas risas.

—Oh, para eso es un delantal, para ensuciarlo...—Mikael se encendió en rubores, lo que provocó que Thalia se inclinara hacia él, curiosa.

—Me gusta su caos y la forma en que se sonroja por cualquier cosa Sir Declair.

Mikael frunció el ceño y se llevó las manos al rostro por debajo de sus anteojos. No estaba acostumbrado a ese tipo de atención ni conversaciones. Se retiró rápidamente hacia la cocina con la excusa de traer agua y cuando se halló contra la puerta, sabiéndose fuera de vista, una sonrisa traviesa le cruzó el rostro.

Thalia al otro lado de la puerta, movía los pies bajo la mesa y se mordía el labio inferior. Miraba atenta a la puerta de la cocina, esperando que volviera a aparecer tras ella aquel inusual hombre.

Unos momentos tuvo que tomarse Mikael para apagar la llama de su rostro, tomó un vaso de agua y lo llevó donde Thalia, al ofrecérselo, sus dedos se rozaron con los de ella y, auqnue estaban enguantados, provocaron una descarga eléctrica en el joven que viajó desde el punto de roce hasta el bajo vientre.

—Disculpe.

Mikael se apresuró a tomar una silla y sentarse próximo a Thalia, sus ojos vagaban de un lado a otro sin detenerse en ella. Su respiración era irregular.

—¿Sir Declair?

—¿Sí?

—¿Le ocurre algo? —preguntó Thalia antes de llevarse el vaso de cristal a la boca y beber.

—No, nada.

—Yo le he dicho dos cosas que me gustan de usted, ¿podría decirme dos cosas que le gusten de mí?

—...

—¿Una?

—...

Sorprendido con la inesperada pregunta, no supo qué responder y se quedó pasmado en el asiento, evidenciando como la sonrisa de Thalia se desvanecía poco a poco, con la imposibilidad de desaparecer por completo.

—Si pudiera llorar, creo que lo estaría haciendo ahora Sir Declair.

—No, no, no...

Thalia levantó una ceja hacia él, esperando que responda su interrogante.

—Me gusta que a pesar del dolor y sufrimiento, sea alguien que sepa perdonar y pedir por los demás, que en su corazón solo exista bondad y que lo esté demostrando con esta cena que ha preparado especialmente para una persona que, en mi caso, jamás perdonaría.

—Sir Declair...

—Puedo ver que muchas de sus acciones fueron influenciadas por Lucifer, ahora con la primera sesión de exorcismo ya me pidió cocinar para un enemigo, todo eso habla de su corazón puro y...

—Sir Declair.

Mikael levantó la vista, perplejo ante el tono severo con el que le había respondido. La torva expresión de Thalia lo amenazaba a pesar de que le sonreía. Cuando el joven quiso contestar escucharon el quejido de la madera tras ellos y al girarse descubrieron a Ruah, bañada y bien vestida.

Se colocó a un extremo de la mesa y se sentó, la mujer no podía despegar los ojos de los platos, su estómago gruñó pidiendo permiso para comenzar a comer y Thalia rio por lo bajo, ofreciéndole diferentes comidas. Ruah aceptaba todo lo que le ofrecía con gusto, se llenaba de todos los manjares que había en la mesa mientras Mikael la observaba orgulloso.

Thalia entonces se dispuso a probar su plato, una carne con vegetales y una especie de puré, parecía simple, pero al llevarlo a la boca la comida se derritió por completo y el sabor se esparció por su lengua. Le brillaron los ojos.

Mikael, atento a su reacción, sonrió y apretó un puño en señal de triunfo, conquistar el estómago era el primer paso para ganarse a alguien.

—¿Me puedes pasar mi copa de vino? —Preguntó Ruah, estirando el brazo para alcanzar su bebida.

Thalia se acomodó en su asiento y antes de darle la copa se detuvo y la miró fijamente.

—¿Estás segura que quieres vino?, ¿no preferirías agua?

Ruah retiró los dedos, solo un segundo, luego sus ojos se desviaron hacia un rincón de la sala. Su mandíbula tembló.

—Ya probé de todo, estaba delicioso... Dame el vino.

Una lágrima le corrió por la mejilla, Thalia entonces le pasó la copa.

—Discúlpame Thalia, yo... pensé muchas veces en cómo sería este momento, en cómo te pediría disculpas, y ahora que estoy frente a ti, simplemente no sé qué decir. La verdad sigo odiándote como el primer día.

—Y yo a ti.

Ruah entonces le sonrió, inspiró hondo y bebió del vino. Brebaje rancio que le quemó la garganta en un segundo.

Todo ocurrió muy rápido. Un vómito espumoso comenzó a brotar de su garganta, sus pupilas se dilataron y se levantó errática del asiento. Mikael observaba todo a lo lejos con ojos de horror, mientras Thalia se acercaba tranquilamente a Ruah, a abrazarla.

—¿Mamá?

Ruah se aferró a ella con todo su ser, sus manos le apretaban el vestido burdeos con cada espasmo doloroso.

—Mamá, tengo miedo...

—Tranquila hija, todo estará bien—. Thalia le hablaba suave al oído, mientras le acariciaba el cabello—. Todo sufrimiento se terminará pronto, serás feliz. Te confesaste y Dios en su infinita misericordia te perdonará. Si yo lo hice... él seguro lo hará.

Ruah vomitó otra vez, su respiración era cada vez más agitada.

—¿No me seguirá?

—¿Quién?

—El fantasma de Sœur Claire...

Al oír ese nombre, Thalia suspiró, sin dejar de acariciar a la mujer moribunda entre sus brazos. Mikael buscaba al espíritu del que hablaban, pero no veía a nadie, no había ningún alma.

—Irás al cielo y serás feliz, nadie te seguirá, no te convertirás en muñeco, tu alma se elevará tal y como siempre quisiste hija mía.

Una sonrisa genuina se dio paso por el rostro de Ruah a pesar del dolor.

—Mamá, gracias... Gracias mamá, oh... mamá...Perdón.

El cuerpo de Ruah comenzó a contraerse, sus ojos perdieron brillo, inspiró por última vez, y finalmente dejó de respirar.

Thalia le bajó los párpados y antes de que Mikael pudiera comprender los sucesos ocurridos, elevó la voz:

—Esta soy yo. Si no le gusta puede irse, le diré a él que no lo moleste, es su última oportunidad.

—...Thalia...

—Me llamo Melphómenne.

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