«Arriba, abajo, derecha, arriba otra vez, derecha, derecha… izquierda, es ahora.»
El muchacho delgado aprovechó ese minúsculo hueco en la defensa de su contrincante para clavarle una patada en las costillas. Con eso no le ganaría, pero era un avance.
Ambos vestían trajes de neopreno negro parecidos a los de los buzos, y ajustados cascos que ocultaban sus identidades. Aun así, no se podía confundir a uno con el otro. Donde uno era corto de estatura y delgado, el otro era una torre de músculos de unos dos metros. Eiji era el nombre del pequeño, que ahora aprovechaba la confusión de su rival para acribillarle a golpes, sin mucho resultado.
Las reglas indicaban que no podían usar sus poderes, pero claro, el poder del grandote era una mezcla de fuerza y velocidad sobrehumanas. En una pelea, le era imposible no usarlas.
Eiji tenía su propia gran ventaja, podía leer la mente. Bueno, en realidad algo mucho menos cool pero igualmente útil. Podía ver y escuchar las intenciones en tiempo real. Era casi imposible sorprenderlo, y mientras más rápido pensara su oponente, más tiempo le dejaba entre la intención y el hecho. También tenía otro poder, pero ese lo delataría, y quizá pondría en riesgo la vida de su rival.
Los hombres que los observaban tras ventanas blindadas eran militares. Los estaban evaluando, el rumor decía que aquellos con mejores puntuaciones tendrían mejor acceso a recursos y libertad. Esa última parte era lo que más le interesaba. Si había oportunidad de que fuera verdad, no lo desaprovecharía.
«Tengo que terminar con esto, hacerlo caer antes de que me derrote por resistencia».
El grandullón comenzó a lanzar golpes al azar, pero era un experto, sus puños eran certeros, practicados durante años. Aunque alguien le hubiera dicho cuál era el poder de Eiji, no le sería fácil conectar algún golpe. Si eso llegaba a pasar, uno o dos bastarían para ponerlo en el suelo.
A la centésima patada en los riñones, quedaba claro que no iba a ganarle así. Y que tampoco iba a cansarse antes.
Eiji empezó a retroceder, su rival lo estaba acorralando, si llegaba a poner la espalda contra las paredes, no tendría espacio para maniobrar. Su rival se estaba impacientando; finalmente, el hombre pequeño quedó aislado en una esquina, a merced de su rival, quien sintiendo la victoria en sus manos, le lanzó un golpe con todas sus fuerzas.
Eiji utilizó un movimiento de judo para desviar el golpe y dirigirlo al muro reforzado, estrellando así una fuerza imparable con un objeto inamovible. El sonido de huesos quebrados y los gritos de dolor se escucharon por encima del resonar del acero.
—Perdóname —Eiji se esforzó un momento, tratando de leer su mente—, Lawrence.
La puerta del búnker se abrió para dejar paso a un grupo de paramédicos. Eiji aprovechó para salir discretamente y llegar al vestidor. No estaba de humor ni para felicitaciones ni para regaños. Ni siquiera le gustaba pelear, y ahora había lastimado a un chico.
Se quitó el casco frente a su casillero, el sudor le caía del cabello corto y negro hasta colarse en sus ojos rasgados. A pesar de todo, decidió que no se ducharía hasta que llegara a casa. Cambió el traje de neopreno por sus sencillos jeans y playera negra. Se puso la chaqueta de cuero —de esas antiguas, la había conseguido barata en un bazar— y se encaminó a la salida.
Siempre le había parecido que cuatro escaneos biométricos eran demasiados. Cuando los hubo pasado, pudo por fin alcanzar el exterior; la fachada de una vieja tienda departamental. Su vieja motocicleta lo estaba esperando.
Mientras recorría las calles de Austin, al abrigo de las estrellas, pensaba que la vida era curiosa. Había conseguido un piso en las afueras, justo encima de un taller. En algún momento pensó que nunca volvería a pasarse los días entrenando, ni a sentir la responsabilidad de salvar a la gente, que podría tener la vida tranquila que tanto le envidiaba a los demás.
Pero la Milicia Unida lo había encontrado, su identidad falsa no soportó un escrutinio minucioso y tuvo que acceder a sus condiciones. O se unía a su programa de “superhéroes” voluntariamente y conservaba un poco de libertad, o lo encerrarían por considerarlo un posible “supervillano”. Qué manera de pensar tan primitiva, reducirlo todo a buenos y malos. Aunque no se les podía culpar, al parecer esta versión del mundo había pasado por muchas guerras, y todos trataban de decidir si las personas con poderes que estaban apareciendo como hongos por doquier, eran algo bueno, o un riesgo más que considerar para la paz mundial.
Llegó por fin, todo parecía estar en su lugar. Hoy no habían invadido su modesto hogar para buscar algo, nunca le habían dicho qué, ni podía imaginarlo. Las escaleras oxidadas que llevaban al pequeño cuarto de arriba todavía estaban llevas de polvo, y la puerta de madera seguía cerrada con el rústico candado.
—Entonces, ¿al final ganaste? Impresionante. Estaba arreglado, ¿sabes? —la voz venía del chico vestido con un ridículo traje ajustado, azul cielo. El símbolo en su pecho delataba sus poderes, no parecía algo muy inteligente.
—“Phase” —lo llamó con ironía en la voz —. Siendo de los muy pocos que pueden sorprenderme, eliges ser predecible.
—Vamos, amigo, teletransportarse es un poder muy útil, pero no quiero andar por ahí asustando a todos apareciendo de la nada, ni siquiera a ti.
—No me llames amigo, eres la rata que me entregó a la milicia.
—Ya te lo dije, fue Plutón quien te encontró, yo solo vine a avisarte que vendrían por ti. Si te hubieras resistido, como te recomendé que no hicieras, y gracias por escuchar, hubieran enviado a algún otro planetario, y esos no tienen paciencia.
—No por ello me caes bien.
—Entonces, ¿por qué es? —el chico sonreía, su intención era sincera, de verdad creía que le caía bien.
—Olvídalo, mejor dime si te enviaron a darme los resultados de las evaluaciones.
—Ah sí, sobre eso, siguen debatiendo, dejaste al grandote mal, en serio. Uno de los evaluadores mencionó la palabra “violento”.
—Él se lastimó solo, yo no tuve que ver.
—¿Y las treinta y dos patadas consecutivas también se las dio solo? Mira, están buscando la manera de “concluir” que necesitas supervisión, no confían en ti. Los psíquicos los ponen nerviosos. Cuando la gente no se siente a salvo dentro de sus propias mentes se ponen a la defensiva.
—Ni siquiera es que pueda leer la mente de verdad —«No todavía» pensó—. Necesito mucha concentración para extraer una sola palabra. más allá de las intenciones.
—Pero eso es suficiente. Por ejemplo, nunca te he dicho mi nombre, podrías saberlo si quisieras, ¿no?
—No haría eso —Ya lo había hecho—. La identidad es importante, sobre todo entre nosotros.
—Y eso es lo que tiene a todos tan nerviosos sobre ti, sin contar esa otra cosita que puedes hacer.
Eso tal vez sería mejor motivo para ponerse nerviosos, sobre todo si ese poder, igual que el otro, seguía desarrollándose.
—Bueno, si no te mandan los militares, ¿a qué vienes?
—Pues, esperaba que tuvieras ganas de celebrar, puedo traer algo de comer y sé que tienes unas pocas cervezas en ese refrigerador destartalado. En serio, necesitas uno nuevo. No pongas esa cara, no te permitieron relacionarte con nadie del búnker, pero me tienes a mí, y si tienes suerte, pronto harás amigos tan raros como nosotros.
No era una idea tan mala, no le permitirían quedarse viviendo solo, todos los héroes debían formar equipos. Tenía ya un tiempo evitando a la gente, pero no le estaba resultando, quizá fuera para bien.
—De acuerdo, pero regresa en media hora, necesito ducharme.
—¿Thai o japonesa?
—Thai, no creo que tengan un buen lugar japonés en Austin.
—Conozco un lugar en Osaka, donde aceptan dólares.
—Entonces —le dijo con media sonrisa, concediendo que a veces, podía ser agradable tenerle cerca— espero que tengan un buen takoyaki.
—Pulpo, que asco. Yo tal vez pille una pizza en Roma.
—Presumido, seguro preferirías una de Nueva York.
—Atrapado, más grasa y menos condimento para mí.
—Trae para mí también, nos vemos luego.
“Phase” desapareció al instante. Vaya código estúpido, ojalá poder llamarlo simplemente John.
No tenía demasiado para empacar. Un par de mudas de ropa, su navaja, y su orgullo. Dejar atrás lo poco que era suyo fue una puñalada, regresó las llaves del piso al casero y las del taller a su jefe, que eran en realidad la misma persona. Las de la motocicleta parecían pegadas a la palma de su mano. No podía llevarla con él, así que se la dejó al viejo mecánico Angus McDonald para agradecerle sus atenciones y, de algún modo, pagar por todas aquellas veces que le había dejado la renta un poco más barata, o conseguido trabajos extras para él cuando el fin de mes venía implacable.
Atlanta le esperaba.
La notificación no la trajo un comando militar, ni un anuncio oficial en la red, ni siquiera enviaron a John a avisarle. Un sencillo correo electrónico le indicó que debía dejar su vida atrás y dirigirse a las instalaciones del “programa de formación para jóvenes promesas”. Ese era el nombre de la fachada, sí, pero también el del proyecto al que se uniría. Al final, la forma de mantenerlo a raya sería aprovechando su corta edad. Lo juntarían con otros adolescentes y lo llamarían escuela. Así había un pretexto para mantenerlos vigilados.
Casi un día entero en un maldito autobús, —no que Eiji tuviera nada contra ellos, pero nadie sigue teniendo una buena opinión después de mas o menos doce horas, no se diga ya más de veinte— llegó a la que objetivamente era una de las ciudades más aburridas de América.
La aplicación del GPS lo guio hasta llegar a las afueras, a lo que en verdad parecía un dormitorio para estudiantes de lo más ordinario. La entrada era un portón de los que ya eran típicos en los campus del país. Un guardia de seguridad revisó su identificación y registró sus huellas en el sensor que en adelante abriría la puerta. Muchos jóvenes entraban y salían, no parecía haber nada especial en ninguno de ellos.
—Eh, chico —el guardia, un hombre más ancho que alto, cuyo bigote constituía todo el pelo de su cabeza, le habló con tono de falsa lástima —mala suerte, te toca el dormitorio Z, la entrada está del otro lado.
—Déjeme adivinar, el dormitorio A es el mejor.
—Mira, al final no eres tan tonto como te ves, rollo de atún.
Con el disgusto dibujado en el rostro, se fue camino del dichoso dormitorio Z. Lo raro era, que parecía haber menos de seis edificios, y tras el dormitorio F, solo había un último edificio que no parecía estar en condiciones de albergar a personas vivas.
En la puerta, un gato de aspecto común, salvo porque su pelaje era de color rosa, se desperezó y le miró evidentemente desconfiado. Se levantó y caminó hacia el interior.
Eiji decidió que un gato al que hubieran teñido, debía tener dueño. Quizá hubiera alguien que le indicara donde ir.
Al cruzar la puerta, se dio cuenta de que el dormitorio Z —donde efectivamente estaba— no estaba tan mal. Tras un largo pasillo, llegó a una sala bien cuidada y equipada. Los sillones parecían nuevos y cómodos, acomodados alrededor de una pantalla gigante, pero, lo que no vio, fueron personas.
—¿Eres tú el nuevo que nos envían los militares? —Sonó una voz femenina que parecía venir de todos lados, había bocinas y cámaras en cada esquina del techo—. Discúlpanos, casi todos están nerviosos por tus poderes.
—Si lo desean, puedo usar un inhibidor psíquico. Así no…
—Oh, no, en este lugar tenemos uno funcionando, lo que nos preocupa es lo otro.
—No puedo creer que se los dijeran.
—No lo hicieron exactamente, mejor dicho, la descripción no nos da mucha información: “transferencia de impulsos en el campo cuántico capaz de crear espacios ínter espaciales o ínter materiales análogos a un corte”. La jefa dice que lo entiende, pero cuando me lo explica, me deja igual.
—Tal vez… no lo sé, una demostración podría servir.
—De acuerdo, te estamos observando a través de las cámaras del dormitorio. ¿Crees que tu poder pueda abrir el frasco que está en el refrigerador? Alguien —puso mucho énfasis en la palabra— podía abrirlo sin problemas, pero es un gruñón y no quiere hacerlo.
—Creo que sí. ¿Es este? —Sostuvo el frasco de cristal lleno de mermelada hacia una de las cámaras del techo.
—Sí, ese.
Eiji colocó el frasco sobre la mesa baja de la sala. Sacó su navaja, y se concentró; una tenue luz azul, casi una chispa, apareció en la punta de la hoja. Con un movimiento fluido y calculado, rebanó justo bajo la tapa, de forma tan limpia que tuvo que remover la parte de arriba él mismo.
Una puerta se abrió en alguna parte y una mujer rubia, vestida con impecable uniforme de oficina y usando gruesas gafas, salió con paso delicado y serio. Sería la imagen de la formalidad si no hubiese estado descalza. La misma voz de las bocinas, pero en un tono completamente distinto, salió de su boca mientras se acercaba a examinar el frasco.
—Le agradezco, y le informo que se le considera apto para vivir en este dormitorio, tenemos una regla de que si tus poderes o tu actitud no te permiten abrir un simple frasco para otra persona, no eres digno de compartir nuestro espacio.
—Me alegro —le dijo tratando de sonar amistoso, aunque el tono serio lo intimidaba— hubiera sido molesto venir desde Austin para nada.
—Los demás llegarán pronto. —Fue notorio que evitaba mirarlo directamente, ¿la habría ofendido o molestado de alguna manera?—. Por favor, tome asiento, me temo que estoy algo ocupada para hacerle compañía. Pero en esta sala encontrará cualquier clase de entretenimiento audiovisual que disfrute.
La mujer se fue por donde vino con una premura que desentonaba con su actitud formal. Eiji no le dio importancia y esperó al resto jugando unas cuantas partidas de Slay the Spire en la consola de última generación. El gato de antes apareció algunos minutos mas tarde, se acurrucó a su lado mirando la pantalla para recibir sus ocasionales caricias.
Casi una hora más tarde, un sujeto de cabello largo, vestido con una vieja gabardina y otro bastante alto, moreno y usando ropa deportiva aparecieron por la puerta.
—Oh ¡rayos! —El de la gabardina era pequeño, pero fue evidente que era el ruidoso del grupo—. Me perdí la prueba. Tú debes ser el nuevo, me llaman Coinflip, y este es mi amigo Kelvin, sí, ese es su nombre clave, casi mejor lo llamamos Brian.
—Un gusto, nuevo —dijo el alto con voz afable y ofreciéndole una mano—. ¿Cómo debemos llamarte?
—Un gusto, mi nombre clave es Edge.