Las puertas de hierro de la celda subterránea se cerraron con un golpe seco que resonó en el húmedo pasillo de concreto. Bruno quedó sumido en la penumbra, sentado sobre el frío suelo, con las manos aún temblorosas y la ropa manchada de aceite, pólvora y la sangre seca de su amigo.
Afuera, la maquinaria pesada de la base no dejaba de zumbar. Sabía que los altos mandos estaban analizando el coloso que había traído, buscando la forma de replicarlo. Pero en su mente, lo único que daba vueltas era la injusticia de todo: haber peleado, haber sobrevivido al infierno y haber regresado solo para terminar encerrado por el ego de un general cobarde, pasando los días con raciones mínimas que apenas le daban para seguir respirando, mientras el dolor de las heridas no tratadas y la fiebre hacían estragos en su cuerpo.
Las botas de los guardias resonaban con eco metálico en el pasillo. La puerta de hierro se abrió chirriando, dejando entrar una luz blanca y artificial que lastimaba los ojos de Bruno. Estaba encogido en una esquina del suelo húmedo, tiritando por la enfermedad.
-Arriba, escoria. El general quiere verte... aunque sea arrastrándote -dijo uno de los guardias, pateando con desprecio la suela de su bota.
Bruno apenas soltó un quejido ronco. Su rostro, demacrado y pálido por la desnutrición, reflejaba el delirio.
-Por... por favor... -susurró con la garganta destrozada por la sed-. Me quema el cuerpo... no puedo ni pararme...
El segundo guardia se cruzó de brazos, mirando al muchacho con una mueca de desprecio.
-Pues vas a tener que hacerlo. Si el general te manda llamar, te levantas o te levantamos a golpes.
-No me importa cómo llegue, solo sácalo de aquí -respondió el primero, agarrándolo sin cuidado de la ropa para incorporarlo a la fuerza.
El brusco movimiento hizo que Bruno sintiera una punzada brutal en las costillas. Soltó un quejido ahogado, un lamento tan lleno de dolor y pura desesperanza que hizo que el aire en el pasillo se sintiera pesado.
-¡Aghhh! ¡Déjenme! ¡Me duele...! -lloraba Bruno, con las lágrimas abriéndose paso entre la suciedad de su cara-. ¿Por qué me hacen esto? ¡Yo les traje su maldita máquina!
-Cierra la boca, maldito llorón. Te creías muy héroe cuando entraste con el robot, ¿no? Ahora aguantas las consecuencias -le espetó el guardia, arrastrándolo a la fuerza fuera de la celda, dejando un rastro débil de sangre y sudor en el suelo de concreto.
Minutos después, Bruno yacía sentado en una silla de metal dentro de una fría sala de interrogatorios, tiritando de frío y con el cuerpo hecho pedazos. Las puertas se abrieron y el general entró con paso firme, plantándose frente a él con una sonrisa cínica pintada en el rostro.
-A ver, pendejo, ¿te creías mucho por tu juguetito metálico, no? -espetó el general con burla, inclinándose sobre la mesa y golpeando la superficie con nudillos de hierro-. Pues qué güey. ¿Quién eres ahora? No eres nada. Pasarás el resto de tus días postrado en esa cárcel. Por lo mínimo. Simplemente por desafiarme. Eres un maldito.
Bruno apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un sabor metálico en la boca. Su respiración era agitada, el pecho le quemaba y el cuerpo le temblaba de rabia e impotencia.
-Te juro que si salgo... -balbuceó Bruno con la voz rota.
-¿Si sales qué? -lo interrumpió el general con una carcajada seca, disfrutando de su miseria-. Es que ya ni siquiera me puedes tocar. Tu robot ya está siendo descalibrado, prácticamente desmantelado pedazo a pedazo. Así que no creo que tengas fuerza siquiera para tocarme. Un mocoso patético encerrado en un agujero, mientras afuera tus amiguitos y toda tu bola de ilusiones se van al carajo. ¡Disfruta la vista! Este va a ser tu hogar por el resto de tu corta vida.
Con un gesto seco, el general ordenó a los guardias que se lo llevaran de regreso a la penumbra, dejándolo nuevamente en la celda subterránea.
Mientras tanto, en la central de investigación, el aire olía a ozono, soldadura y café frío. Sobre las mesas de acero inoxidable, el cerebro del robot enemigo ya había sido completamente diseccionado y analizado hasta el último circuito por los ingenieros y tecnólogos de todas las naciones aliadas, reunidos bajo el recién firmado tratado de La Gran Alianza.
Los planos esquemáticos ya habían nacido de la disección, revelando los secretos de su blindaje y su propulsión. Con la tecnología combinada de todo el continente trabajando en sintonía contra el reloj, los científicos comenzaron a trazar los bosquejos de la contraofensiva. La maquinaria de la resistencia estaba en marcha, dispuesta a devolver el golpe con su propia armada.
Dentro de la base, la jefa de investigación soltó un suspiro pesado mientras examinaba los planos en las pantallas holográficas.
-Tengo la solución, pero no es para nada ética -dijo con la mirada fija en el monitor.
Uno de los ingenieros principales frunció el ceño, cruzándose de brazos.
-¿Ah, sí? ¿Y qué propones?
-Un sistema de interfaz neuronal directa -respondió ella con total seriedad, señalando los diagramas del cerebro diseccionado-. Para lograr una sincronización absoluta y evitar el retraso en el tiempo de respuesta, los pilotos tendrían que someterse a una intervención quirúrgica radical: la amputación electiva de las extremidades inferiores y superiores para integrarlos directamente al núcleo motriz de la máquina. Solo así el sistema nervioso del operador se fusionará por completo con el armazón metálico.
-No creo que los soldados acepten esa condición que tú planteas -replicó el ingeniero principal, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
-¿Y por qué no? -respondió ella con firmeza, sin apartar los ojos de los planos-. Si pretendemos construirlos de forma tradicional, con palancas, pedales y mandos convencionales, no nos servirá de nada. Sabiendo que los rivales tienen una tecnología muy superior y ágil, sería un suicidio estúpido atacar con armas anticuadas que apenas podemos medio manejar.
-Pero ¿te das cuenta del costo de esas máquinas? -replicó el ingeniero, elevando la voz con incredulidad-. ¿Planeas hacerlas en masa? ¿Quieres llevar a la bancarrota a los aliados?
Ella soltó una risa seca y negó con la cabeza, mirándolo con desdén.
-Obvio no, estúpido. Serían tropas limitadas, pocas máquinas, pero con la eficiencia y el sistema que propongo, serían más ágiles, más rápidos y más mortales en combate.
-Sí, pero no es para nada ético renunciar a las extremidades de esa forma. Por favor, no -protestó otro de los técnicos, llevándose las manos a la cabeza.
-Entonces, ¿cómo planeas hacer todo esto? -preguntó el ingeniero principal, cruzándose de brazos a la defensiva.
-Se desviarían recursos a este proyecto, pero con esto seríamos imparables -explicó ella con seguridad-. La clave está en hacer que los soldados tengan prótesis funcionales para su uso diario. Así mantenemos un estándar ético en ese aspecto: obviamente se requiere la intervención para el acople con la máquina, pero a cambio les daremos prótesis de alta tecnología para que puedan hacer su vida con normalidad fuera de combate. Te aseguro que, con los incentivos correctos, los voluntarios van a aceptar.
-No, no, no, sigo necio aquí -interrumpió el ingeniero principal, golpeando la mesa con la palma de la mano-. No permitiría que más hombres se vuelvan inválidos por nuestra culpa.
La jefa de investigación lo miró con fastidio.
-¿Por lo menos me estás escuchando? -le reprochó ella.
-¿Sabes qué? Al diablo con ustedes -concluyó el ingeniero con furia-. Yo llevaré este proyecto directamente con el líder de La Gran Alianza a ver qué opina.
-Obviamente te rechazará, idiota -respondió ella con frialdad.
-¿Y por qué me rechazará? -replicó el ingeniero en jefe, señalándola con el dedo mientras continuaba con firmeza.
La jefa lo miró con desafío antes de responderle tajante:
-Porque lo que tú quieres es algo anticuado; la mía es mucho mejor. Con tu idea absurda de hacer todo tradicionalmente no llegaremos a nada.
-Pues veremos a quién le da la razón el comandante -respondió el ingeniero con retador desdén, dándose la vuelta para salir de la sala de juntas.
Mientras tanto, en la fría oscuridad de la celda subterránea, Bruno seguía contando los días encerrados, soportando el castigo sistemático del general, quien acudía todos los días a torturarlo sin descanso.
Con el cuerpo destrozado y la mirada perdida en las sombras, Bruno soltó un suspiro cargado de amargura:
-Hubiera preferido morir en combate... Así al menos estaría contigo, amigo -susurró para sí mismo, apretando los dientes con furia mientras sentía el dolor en cada músculo-. Estos malditos son una basura. Si tan solo supieran lo que me están haciendo... las alianzas se romperían en mil pedazos de inmediato.
-Oye, te quieren ver -le dijo uno de los guardias, abriendo la reja de golpe.
Bruno alzó la cabeza con cansancio, tiritando en el suelo húmedo.
-¿Qué, me van a castigar otra vez?
-No es eso. Te quieren allá arriba.
-Solo pido que me ayudes porque no me puedo mover... -murmuró Bruno con dificultad.
-Como quieras.
Arrastrándolo por los pasillos entre dos guardias, llevaron a Bruno hasta la sala de juntas. Allí, bajo las luces blancas y frías, se encontraba la jefa de investigaciones y líder del nuevo proyecto.
-Hola, Bruno -dijo ella con una sonrisa calculadora-. ¿Vuelves tú de nuevo?
Bruno la miró con recelo, apoyándose apenas sobre sus rodillas lastimadas.
-¿Qué quieren? ¿Qué robe otro robot? No, yo ya no trabajo para ustedes.
La jefa negó con la cabeza, cruzándose de brazos.
-No, no es eso. Te tengo una propuesta.
-¿Qué le propones a este maldito prisionero? -interrumpió el general, entrando a la sala con paso firme y la vena de la sien marcada por la ira.
-Cállate. En este momento tú no tienes la autoridad aquí; la tengo yo -respondió ella sin inmutarse.
El general apretó los puños, dando un paso al frente.
-¿Planeas ponerte en contra de mí? ¿En mi propia base?
-Sí -espetó ella con total frialdad-. El comandante de la alianza autorizó mi proyecto, y el primero en el que pensé fuiste tú, Bruno. Como tú fuiste quien trajo esto, te quiero dar el honor.
Bruno frunció el ceño, confundido y con dolor en el pecho.
-¿El honor de qué?
-De pilotear otra vez.
Bruno soltó una amarga carcajada que terminó en una mueca de dolor.
-¿Qué me vas a hacer? ¿Enseñarles a los soldados de élite?
-No, no... bueno, sí, pero es diferente. Hemos diseñado nuevas máquinas, muy sofisticadas y solamente limitadas a los soldados que vimos adecuados para este proyecto, así que tú decides. Aquí está el plan de lo que planteamos.
Le arrojaron los documentos sobre la mesa de acero. Bruno se inclinó y leyó con cuidado, recorriendo las líneas con los ojos cada vez más abiertos.
-¿Estás bromeando? -balbuceó, mirándola con repulsión-. ¿Renunciar a mis extremidades y convertirme en un inválido?
-Eh, sí... pero a cambio te daremos prótesis de alta tecnología -explicó ella con frialdad-. Prácticamente estarías con extremidades artificiales funcionales para tu día a día.
Bruno negó con la cabeza, dudando profundamente.
-No lo sé...
-¿Qué prefieres? ¿Quieres estar aquí en esta celda por siempre? -le presionó la jefa, inclinándose sobre la mesa-. Puedo llevar este proyecto a otros soldados. Pensé en ti porque tú nos diste esto. Nos diste esta idea para salvar al mundo.
Bruno tragó saliva, mirando el suelo y luego la oscuridad del pasillo que lo esperaba si decía que no.
-De acuerdo... -cedió Bruno con la voz rota-. Con tal de salir de aquí.
-¡Un minuto! -bramó el general, interponiéndose de golpe-. ¡No te llevarás a mi prisionero, estúpida!
-¿Por qué no? Son órdenes directas del comandante. ¿Te vas a poner en contra de su decisión?
El general la miró con odio puro, los ojos inyectados en sangre.
-¡Eres una maldita perra! ¡Llévenselo a las celdas de nuevo!
-Disculpe, señora... no me puedo mover -alcanzó a decir Bruno desde el suelo, incapaz de sostener su propio peso.
La jefa de investigaciones ni siquiera se dignó a mirar al general y chasqueó los dedos.
-Ah, no te preocupes. Traje médicos para eso, te ayudarán.
Mientras los paramédicos de la alianza se acercaban para levantarlo, Bruno suspiró con un atisbo de alivio macabro.
-Gracias... ¿Y ahora qué sigue?
-Sigue el futuro, Bruno -respondió ella observando los planos holográficos encenderse-. El futuro que nos ayudaste a crear.