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Capítulo 1: El olor de la guerra

Forjado En Carne y Acero · por nicoltesla · 07 de agosto de 2026

Es el año 20XX.

 

Las grandes potencias se están pudriendo por dentro y nadie quiere admitirlo. La Tercera Guerra Mundial ya no es un titular ni un documental de madrugada. Es el olor a pólvora quemada y a tierra mojada que se te pega en la ropa y en la piel. Ese olor que los tipos de la frontera ya llevan encima como si fuera parte del uniforme.

 

Las naciones del viejo mundo llenaron las fronteras de soldados. Se preparaban para lo de siempre: tanques, artillería, líneas de trincheras. Pero lo que venía no respetaba ninguna de esas reglas.

 

En un país cerrado, hundido hasta el cuello en su propia dictadura, un hombre desconocido cruzó búnkeres y puestos de control como si nadie lo viera. Llegó hasta el despacho del líder supremo.

 

—Hola, señor.

 

El dictador se levantó de golpe.

 

—¿Qué mierda…? ¿Quién eres? ¿Cómo carajos pasaste?

 

—Eso da igual. La guerra está a punto de reventar y yo vengo de no muy lejos en el tiempo. Les traigo algo.

 

Sacó un dispositivo pequeño, casi insignificante.

 

—¿Y eso qué es?

 

—El sistema básico de unos robots tripulados. Toscos, sí. Funcionan con palancas, botones y manivelas. Nada elegante. Pero si los otros tienen tanques, ustedes van a tener esto. Les va a costar mucho menos aplastarlos.

 

El dictador lo miró en silencio unos segundos. Luego sonrió.

 

—Esto… esto es bueno. ¿Cómo te llamas?

 

—Ahora mismo no importa. Entrégueselo a sus oficiales. Que empiecen a fabricarlos en cantidad. Si les faltan recursos… ya saben lo que hay que hacer.

 

—De acuerdo. Que se lo lleven al centro de defensa y distribución. Y cuando tengan suficientes… empezamos.

 

---

 

Al otro lado del mundo, en un país que lindaba con una de las grandes potencias, Bruno y su amigo estaban sentados en el bordillo de siempre. Miraban cómo los camiones militares pasaban cada vez con más frecuencia.

 

—¿Te das cuenta de lo que se viene? —dijo Bruno.

 

—¿El qué?

 

—Que esto va a explotar. Y cuando explote, nos van a llamar.

 

—No seas paranoico. Solo pelean las potencias grandes.

 

—Ya. Pero el miedo está ahí. ¿Qué pasa con nuestras madres? ¿Con los viejos?

 

—Déjalo ya. No va a pasar.

 

Pero sí iba a pasar.

 

La fabricación de los robots terminó más rápido de lo que nadie esperaba. Empezaron los ataques. La potencia principal buscó aliados y el país de Bruno fue uno de los primeros en aceptar. A los dos los llamaron casi el mismo día.

 

En el frente, Bruno solo oía el ruido de las máquinas: tanques, aviones, el crujido de la tierra. Estaba atrincherado como si esto fuera 1916 otra vez. Nadie les había hablado de los colosos bípedos. Nadie.

 

—¿Qué te dije? —susurró su amigo con la voz temblando—. Ay, Bruno… tú nos echaste la sal.

 

—No me hagas reír ahora, cabrón.

 

Las palabras se las llevó el viento cuando una voz amplificada reventó el aire:

 

—¡A ver, escorias! Están a punto de llegar. Los tanques van detrás de ustedes, los aviones también, y los que sí saben pelear. Ustedes salen primero. Fuera de las trincheras y hagan fila.

 

Dentro del búnker de mando, el general miraba las pantallas con expresión de desprecio.

 

—Carne de cañón. Para eso sirven.

 

—¿A qué te refieres? —preguntó la jefa de investigación.

 

—A que su gente es prescindible.

 

—Oye…

 

—Son las órdenes del ministro —lo cortó él—. ¿Prefieres mandar a los nuestros o a esta gente?

 

Ella apretó la mandíbula y no respondió.

 

Bruno y su amigo llegaron al campo abierto y se quedaron helados. Robots gigantes destrozaban tanques como si fueran de cartón.

 

—Bruno… ¿qué es eso?

 

—¡No lo sé! ¡Dispara y ya!

 

Los disparos no servían de nada. Como había dicho el general, la mayoría de los aliados cayeron rápido.

 

—Bruno… me dieron —gimió su amigo.

 

—Tranquilo. No te me partas ahora. ¿Dónde están los otros? Ni siquiera aparecen. Nos mandaron primero a nosotros.

 

—No vamos a salir de esta, amigo…

 

—Sí vamos a salir. Deja de decir eso.

 

El cuerpo de su compañero se quedó quieto. Bruno se quedó unos segundos mirándolo, con la respiración hecha un desastre. Después agarró el rifle y salió disparado.

 

Las balas rebotaban en la coraza de los robots. No servían. Vio un tanque enemigo parado, todavía intacto. Se subió, disparó a la cabina y mató al piloto de un tiro limpio. Luego corrió hacia el mecha más cercano.

 

La escotilla estaba entreabierta. El piloto enemigo yacía muerto en el asiento, el pecho destrozado. Bruno lo empujó hacia un lado y se metió dentro.

 

El interior olía a metal caliente, aceite y sangre. Había palancas, manivelas, botones y pantallas que parpadeaban en un idioma que no entendía. No había manual. No había nada.

 

—Vamos… muévete, mierda.

 

Empujó la palanca más cercana. La máquina se sacudió con violencia y casi se desploma de lado. Bruno golpeó la cabeza contra el armazón.

 

—¡Maldita chatarra!

 

Probó otra. El mecha dio un paso torpe hacia adelante y luego otro, tambaleándose como un borracho. El brazo derecho se movió solo y aplastó un vehículo aliado abandonado. Bruno maldijo entre dientes, sudando frío.

 

Durante casi un minuto fue un desastre. La máquina respondía tarde, demasiado fuerte o en la dirección equivocada. Casi se cae dos veces. Casi dispara contra sus propios compañeros. Cada movimiento le costaba un esfuerzo brutal de coordinación y pura rabia.

 

Hasta que, de pronto, algo encajó.

 

No fue maestría. Fue supervivencia. Bruno empezó a sentir el peso de las palancas, la resistencia de las manivelas, el retraso de medio segundo entre su orden y el movimiento. Dejó de pelear contra la máquina y empezó a usarla como un arma tosca y pesada.

 

Destruyó dos mechas enemigos en el camino. No con elegancia. Con fuerza bruta y desesperación. Luego se dirigió directo al búnker aliado.

 

Cuando el coloso llegó casi hasta la puerta, todos apuntaron. Estaban listos para volarlo. Entonces la escotilla se abrió y Bruno se dejó ver, tambaleándose, con la cara cubierta de sangre y aceite.

 

El general se puso blanco.

 

—¿Qué significa esto? ¿Qué es esta mierda?

 

Bruno no esperó.

 

—¡Nos dejaron morir a todos! ¡Nada me cuesta volver a cerrar esta escotilla y acabar con ustedes igual que hicieron con mis amigos!

 

Varias voces gritaron a la vez:

 

—¡Tranquilo! ¡No hagas una tontería!

 

La jefa llegó en ese momento y se quedó mirando el robot.

 

—Está casi intacto… Solo un impacto. ¿Cómo es posible?

 

Miró al general.

 

—¿No decías que tus soldados estaban súper entrenados?

 

—¡Cállate!

 

—Oye, no le hables así —dijo Bruno, con la voz ronca.

 

El general lo miró con desprecio puro.

 

—¿Tú me estás ordenando algo? ¿Sabes lo que es la cadena de mando? Eres un simple soldado.

 

—¿Obedecerte a ti? ¡Maldito carnicero! Yo traje esta máquina, no tus soldados de élite. Todo es por tu culpa.

 

Bruno levantó el arma del mecha. La jefa se interpuso de inmediato.

 

—Espera. Voy a hablar con mis superiores. Lo que hiciste… esto cambia las cosas. Si conseguimos el esquema de este robot, quizás podamos igualar fuerzas. Quizás dejen de mandar a la gente a morir así. Eres… eres nuestro salvador. ¿Cómo te llamas?

 

—Bruno.

 

—Alabado seas, Bruno. Salvaste a mucha gente hoy.

 

—Pero no pude salvar al que me importaba —respondió él, mirando al suelo.

 

Cuando bajó del robot, el general dio la orden con voz fría. Lo rodearon y se lo llevaron. Bruno gritaba y forcejeaba, pero no sirvió de nada. Terminó en una celda.

 

El general se acercó a la jefa, con una sonrisa apenas contenida.

 

—¿Lo ves? Aquí todavía se hace lo que yo ordeno. Y si alguien me deja en ridículo… me deshago de él.

 

Ella lo miró con asco y se cruzó de brazos.

 

—Tú lo vas a llevar a la central —le ordenó el general—. Que le saquen el esquema. Aunque con la basura tecnológica que tenemos, dudo que sea fácil de copiar.

 

Tenía razón en una cosa: una sola nación y sus aliados no bastaban. Tuvieron que hablar con todos los países del continente. Se formaron alianzas. Las llamaron La Gran Alianza. Solo así creían que podían cambiar el ritmo de la guerra antes de que el apocalipsis los alcanzara del todo.

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