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Capitulo 6: Teatro Griego

Blackstar: Disparo del Cosmo · por S.S. Arcana · 31 de agosto de 2026

 




La noche que cayo el cometa...

La voz ronca de Atenea fractura la quietud de la noche. El eco del grito raspa las paredes de piedra. Un pitido sintético, agudo y constante, taladra el silencio.

Gotas heladas resbalan por su frente. El pecho le sube y baja bajo las placas de metal. Alarga el brazo; los dedos rígidos atrapan un viejo teléfono mientras las notas polifónicas de Take on me escupen un chirrido estridente que rebota en la penumbra, sus sienes le palpitan al ritmo de la percusión en su pecho, sus músculos se tensan al levantarse, se incorpora. La paja del colchón cruje bajo su peso. Parpadea; las sombras de la alcoba tiemblan y se solidifican.

El espacio carece de la majestuosidad propia de un recinto divino, en unos pocos metros se asfixian la cama, un ropero estrecho con tres vestidos de lino, un par de túnicas y la mesita de noche. Frente al lecho, un escritorio de metal resiste el paso de los días, sepultado bajo carpetas y torres de papel en equilibrio precario.

Al ponerse en pie, la rodilla choca contra la mesita. El golpe sordo del metal la arranca del letargo. Otra vez durmió con la armadura puesta. Salvo por el casco abandonado en el suelo de piedra, la indumentaria de combate permanece intacta sobre su cuerpo, un peso constante que se niega a quitarse incluso durante la vulnerabilidad del sueño.

Las placas de sus botas arrancan ecos secos al recorrer el calabozo que se empeña en llamar habitación. Empuja la puerta de madera y remaches de acero. El umbral se abre hacia la escalera de caracol que serpentea por las entrañas de la torre; a un costado, otro acceso conduce al baño.

Seis zancadas le bastan para plantarse frente al espejo opaco. La llave de bronce, carcomida por el óxido, tose aire retenido y escupe un chorro de agua helada: un destello de vitalidad en medio del encierro.

El teléfono repica. Otro mensaje. Atenea desliza el dispositivo sobre la encimera, cierra los ojos y hunde el rostro bajo la corriente. Deja que el choque térmico le arranque de la piel la tensión de la pesadilla.

«Refugio. Ahora».

La pantalla del celular destella con luz verde. El resplandor anuncia urgencia; el momento de envío, una absoluta falta de tacto. Atenea exhala con pesadez, cierra los ojos, llena los pulmones de aire y estira el cuello hacia atrás hasta hacer crujir las vértebras. Los músculos bajo la armadura son roca pura, tensos y entumecidos.

La torre de Ares se levanta como un centinela de mármol en el corazón del Distrito Olimpico. Desde su cima, el dominio griego se despliega en una panorámica de contrastes crudos: al este, el mar bate sus olas de obsidiana contra los acantilados; al norte, el océano de dunas traga la frontera bajo un manto de polvo perpetuo; y al oeste, los grandes pantanos exhalan brumas densas que custodian los límites del territorio. A los pies de la fortaleza militar, la madrugada ha vaciado las calles, dejando tras de sí una urbe fantasmal y aletargada. El habitual bullicio mercantil yace asfixiado bajo la sombra nocturna. Lonas raídas y tendederos oxidados cuelgan de las fachadas resquebrajadas, adosadas a casas estrechas de ladrillo que se aprietan en fila a lo largo de la vía principal. Esta arteria de adoquines y roca fracturada avanza como un coro de piedra monumental, marcando un in crescendo arquitectónico hasta desembocar en el Refugio de la Llama de Hestia. La edificación desafía la sutileza de su entorno: un coliseo seccionado por la mitad, una herradura colosal de tres niveles tallada en mármol prístino y perforada por cientos de ventanales ciegos. En el centro geométrico del recinto arde el pebetero de bronce, emitiendo un fulgor anaranjado y constante. Es el hogar de la Llama, el motor incandescente que bombea calor al corazón espiritual del Distrito Olímpico.

En el vientre de aquel patio, sentada sobre una banca de mármol frío, Hestia aguarda. Una calma de hierro la envuelve, pesada y absoluta, enraizada en la piedra misma. Sus iris escarlata, dos brasas vivas en la penumbra, rastrean el tintineo fosforescente de las luciérnagas que danzan sobre las motas de ceniza. Su mano derecha, de tez morena y sub tonos cobrizos, descansa sobre la mesa ceremonial. Las yemas de sus dedos apenas rozan la carcasa agrietada del teléfono arcaico, el dispositivo analógico desde el cual emitió la orden de invocación minutos atrás y a escasos palmos de su inmovilidad, Hermes devora el espacio. Traza círculos erráticos sobre el piso, incapaz de frenar la energía que le tensa los músculos de las piernas. Lleva en sus manos una ballesta de poleas, el arma tiene el percutor bloqueado y el virote de acero encajado en el riel, lista para escupir “soluciones” mucho antes de que su propio portador logre articular una decisión consciente.

Hestia cruza las piernas bajo los pliegues pesados de su túnica y clava la mirada en el arco de entrada. Atenea irrumpe en el patio. Las suelas de sus botas de combate arrancan ecos graves y solitarios contra las losas. Trae la vista perdida en el vacío de la noche y los dedos de la mano izquierda aferrados a la nuca, amasando el nudo de tendones petrificados bajo las capas de su cota de malla.

—¿Miraste el cielo esta noche? —La voz de Hestia corta el silencio, tersa y desprovista de urgencia. Esboza una sonrisa enigmática y, con un ademán fluido de la mano libre, señala una taza de porcelana que exhala espirales de vapor sobre la mesa de mármol.

—No, disculpa. Estaba perdiendo el tiempo en asuntos triviales como dormir —arroja Atenea. con la voz que raspa la garganta, carente de cualquier cortesía diplomática. Desliza las vocales con una apatía calculada, dejando claro el hastío que le produce la interrupción de su letargo.

—La fiera despertó y no tiene ganas de jugar —interviene Hermes. Su risa, rota y cargada de estática nerviosa, rebota en las paredes curvas del coliseo. Acorta la distancia hacia su hermana con un par de zancadas sigilosas, manteniendo el arma cerca del pecho—. Y bueno, Hestia tiene razón. Fue un espectáculo inquietante. Como si el cielo fuera de vidrio y algo, o alguien, le hubiera perforado un agujero a la fuerza.

Atenea detiene su marcha. Su postura se tensa, adoptando una rigidez bélica casi instintiva.

—Hubo un tiempo en que me dejabas saber qué estaba ocurriendo aquí abajo. Ahora prefieres ocultarlo, ¿verdad?  —El reclamo escapa de sus labios en un siseo marchito, destilando el veneno de un resentimiento añejo que se niega a cicatrizar.

—¿La inocencia se corrompe por culpa del mundo? ¿O acaso comienzas a tolerar la realidad sin los velos de ilusión que tanto anhelabas conservar? —Hestia sostiene la mirada de la guerrera. Su temple es un muro imperturbable.

—Hoy no. Te lo ruego —Atenea se masajea las sienes con los pulgares—. Sé directa y dime qué ocurre.

Sin esperar invitación, se deja caer a plomo sobre la banca opuesta. El impacto de las gruesas placas de acero contra la piedra provoca un estruendo metálico que espanta a las luciérnagas, disolviendo su danza lumínica en un parpadeo.

—Invité a mi sobrina a contemplar los astros. ¿Qué otra intención podría abrigar? —Hestia levanta la taza con una parsimonia que contrasta con la crudeza del mundo exterior. Sopla la superficie oscura y saborea la infusión de hierbas amargas.

—Mencionaste el cielo—Los ojos celestes de la diosa de la sabiduría se afilan, reduciéndose a dos rendijas calculadoras que escudriñan el rostro de su tía. Su pulgar derecho comienza a golpetear la coraza del muslo, marcando un ritmo militar implacable—. ¿Quieres que organice una incursión? ¿Pretendes que vaya a investigar la zona del impacto?

—Una esfera incandescente, pura luz magenta, desgarró la atmósfera hace unas horas. Impactó mucho más al sur, rozando la cuenca de los pantanos de Nueva Orleans. —La fina porcelana viaja de nuevo hasta los labios de la diosa del hogar. Bebe un sorbo minúsculo mientras el vapor perfumado le acaricia las facciones

—Hermes, ve a averiguar qué fue eso.

Los rasgos afilados del mensajero se desfiguran, traicionados por un latigazo súbito de incredulidad. El virote de su ballesta tiembla una fracción de milímetro.

—¿Que yo haga qué?

Hestia no responde con palabras. Su mano cobriza se alza en el aire gélido de la madrugada, con los dedos extendidos señalando el oscuro túnel de salida del patio. Es un gesto absoluto, desprovisto de réplica; una invitación ineludible, grabada a fuego, para que el dios de los ladrones cruce el umbral y cumpla su encomienda.

Con la sonrisa borrada del rostro, hermes de entre los pliegues de la capa saca un par de gafas que se ajustan con una banda elástica, las coloca sobre sus ojos, observa a Atenea, le sonrie y con una despedida curiosa con la mano, un parpadeo hace que el dios de los ladrones desaparezca como un relámpago.

 

— Hestia, ¿para que me hiciste venir? — Atenea finalmente logra articular la pregunta que durante un minuto no le dejaba en paz.

 

— Laveau — Musita la diosa del hogar.

 

— ¿De que trata todo esto, tengo demasiado trabajo y no me pagan por desenmarañar incógnitas o acertijos aristotélicos —- la cabeza de anea va hacia atrás, exasperada mira al cielo.

 

— Marie me llamó cuando el cometa impactó al sur de su distrito, tiene al aquelarre ocupado con la frontera oeste y pidió asistencia, para no convocar a los agentes del general Villa —- Dice Hestia antes de pegar un sorbo profundo a su taza de té.

 

— ¿Agentes? — Atenea dice en voz baja — ¿Para qué quieren agentes en un problema natural?

 

— Una de las brujas del aquelarre desde su domicilio personal, divisó un ser emplumado saliendo del cráter — Hestia comenta con la ligereza de quien comenta el clima.

 

Atenea saltó de su asiento, impulsivamente la mano va a su lanza enfundada en la espalda. Todo el color del que carecía vuelve a su piel.

 

— ¿Y estás aquí sentada mandando a Hermes? — Reclama la diosa elevando el tono de voz.

 

— No es un ángel, si es lo que ha despertado de pronto tanta adrenalina en ti — Réplica hestia tranquila

 

— ¿En que te estás metiendo? — Atenea exasperada suspira.

 

— ¿Preferirías que la Condesa o Amaterasu le encontrasen? — Hestia cuestiona endureciendo el tono de voz.

 

— ¿Por que no mandar a los Argonautas? — Atenea confronta indignada por la forma en que Hestia dosifica la información.



Hestia se limita a mirar a los ojos  su sobrina.

 

— ¿Cuántas horas son a caballo? — Sonríe la diosa del hogar.

 

Atenea enfunda su lanza, ajusta sus guanteletes y clava la mirada en dirección al Oeste.

 

— Llegarás al amanecer ¿te supone algo llegar tan tarde? — dice la diosa del hogar que finalmente suelta la taza de té y la deja a un costado del asiento.

 

— ¿Crees que Hermes logre encontrarle? — Atenea fórmula más preguntas en su cabeza de las que puede decir directamente — ¿Como sabemos si acaso ese ser es consciente y capaz de aceptar venir por, la razón absurda que Hermes diga, ¿protección?, ni siquiera entiendo para que.

 

— Si no lo logra, el sol saldrá mañana de todas formas — Hestia sonríe y aparta la vista de su sobrina.

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