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#64 ¡Hola, Ray!

Espejo De Bolsillo · por kappoff00 · 21 de septiembre de 2026

Bajo un sol abrazador, Rachel miró su vestimenta, que era… Exactamente igual a como había llegado, pero ahora estaba rodeada de más personas con ropas de lino blanco, semitransparentes y holgadas; tanto hombres como mujeres llevaban este tipo de prenda tan cómoda.

—Conde, cabrón, ¿por qué con esta ropa? —susurró a su acompañante, que iba exactamente igual que en los ecos. Eso molestaba a Rachel—. ¿No que íbamos a rolear?

—Rachel, tienes 16 años, no te voy a semidesnudar. —comentó Saint Germain frunciendo su rostro.

—Tienes un punto…

—Soy un loco, no pedófilo.

Rachel asintió, levantando un pulgar arriba. Debía estar de acuerdo esta vez con el alquimista inmortal. Hubiera sido raro incluso para ella llevar ropa de ese estilo.

—¿Cuál es la intención de nuestro faraón con este viaje?

—No lo sé, pero trajo a todos. —respondió un hombre, con ropas de lino con una abertura en su pecho con forma de v.

Rachel los escuchaba disimuladamente; los hombres a los costados del barco con forma de medialuna remaban con gran esfuerzo, avanzando junto a una gran multitud de barcos que cruzaban el océano hacia la costa, solo que, para Rachel, el paisaje era extraño.

No era un caluroso desierto lleno de arena, piedras y dunas. Al norte se extendía hasta donde alcanzaba la vista una vasta pradera llena de árboles, flores, animales. Desentonaba mucho con lo que imaginaba del norte de África y el paisaje que presenció esa misma tarde.

—El faraón Narmer —Rachel repitió las palabras de Saint Germain—. Unificador del Alto y del Bajo Egipto.

Saint Germain le ofreció llevarla a conocer sus momentos favoritos de los operadores, algo que siempre quiso hacer con las personas que vinieran a los ecos, pero a diferencia de Rachel, los demás no estaban para nada interesados. Tampoco es que ella estuviera muy interesada por ver los momentos históricos favoritos de ese loco alquimista, pero debía pagarle de alguna forma esa conversación con Chloe.

«Es un loco solitario; si yo fuera él, también querría mostrarles a los demás todo lo que he descubierto». Sonrió, codeando a Saint Germain en su costado.

—Antes mencionaste a Narmer. Él es quien hizo las ruinas en las que estamos. ¿Por qué?

—Buena pregunta —Germain levantó un dedo, asintiendo rápidamente con su cabeza—. La entrada es una fachada; toda la ciudad subterránea que se construyó ahí era un truco para que la gente se interese por esas ruinas. Lo importante es la entrada en sí, que es donde está la brecha invisible a los ecos.

—O sea que toda la ciudad que se extiende por debajo de la vieja Gadamés es una fachada. —Rachel arqueó una ceja—. Entonces, ¿cómo descubrió Narmer que ahí estaba la entrada a los ecos?

—Pudo sentirla, incluso verla. —Le guiñó un ojo a Rachel, sus iris giraron con un notable brillo, quizás una señal de su notoria emoción—. El único operador que fue capaz de hacerlo.

—¿Por qué?

—Creí que eras tú la que usualmente le decía a Chloe que dejara de preguntar por las tramas de las películas. —Germain se burló, llevando una mano a su barbilla, mientras que Rachel soltaba un bufido, desviando su mirada.

El conde desapareció, empujando a Rachel desde su espalda para acercarla más a la punta de su embarcación. Ella tuvo cuidado de no chocar con ninguno de los pocos viajeros en las decenas de barcos, pero había algo especial en su posición: estaban demasiado cerca del barco a la cabeza de todos, que sobresalía del resto.

Ella estudió el diseño de aquel barco, más cuidado, más elegante; incluso en su parte trasera tenía un pabellón de madera que protegía del sol al faraón. Lo que le sorprendió fue saber que incluso ella sabía el nombre de las telas y esa pequeña construcción, después de todo, nunca fue aficionada a la historia.

Se dio la vuelta para preguntarle a Saint Germain si le implantó términos sin permiso en su cabeza; quería regañarlo, pero ya no estaba.

«Ese bastardo no se queda quieto en un lugar… » Rodó sus ojos, regresando su vista al barco principal, llevándose la sorpresa de ver a alguien emerger del interior del pabellón.

Alto, fornido, de piel bronceada. Un hombre superior en todo a sus súbditos, que casi todos eran de mediana estatura con cuerpos delgados. Parte de su largo cabello castaño era cubierto por la corona en forma de cono que representaba su título como faraón del Alto Egipto, además de la barba postiza real, que llegaba casi hasta su pecho. Como única prenda, un taparrabos sostenido por una cola de toro. Descalzo sobre la madera del barco hasta llegar a la proa.

«Narmer, el unificador». No era algo común en ella mostrar tal respeto hacia alguna figura de autoridad que no conociera o siquiera la beneficiara, pero con solo una mirada, supo que aquel alto hombre había recibido una bendición divina. Si tuviera que describirle a alguien cómo se sentía ahora mismo, sería convertir el terror que sintió al saber la verdadera identidad del conde en un profundo respeto y admiración ciega. No se sentía digna siquiera de mirar su costado. «No, esto no es normal… Esto es».

Su dedo brilló; no quería llamar la atención, por lo que concentró solo una pequeña cantidad de aura. ¡Recuperó sus habilidades! Por lo tanto, esto que sentía debía de ser parte de su clarividencia. Solo que se sintió abrumada por esa posibilidad, porque de ser así, Narmer no necesitaba utilizar su aura para presionar a Rachel de forma que ni el Cosmopolita, el destello blanco o Lawrence Logan pudieron.

Sin palabras, sus ojos brillaron de la emoción, hasta que la mirada de aquel dios viviente dio en ella, lo que la obligó a apagar su aura.

«¡Sabe que utilizo aura!»

Su corazón dio un brinco, acelerando de forma anormal; su respiración se cortó a la par que la piel se le erizaba. Unos bellos ojos avellana la estudiaron unos momentos. Como si fuera un regalo, el poderoso faraón le permitió a Rachel ver un espectáculo impresionante.

Una vívida aura verduzca cubrió el cuerpo del faraón; a diferencia de las auras comunes de los operadores, las cuales eran semitransparentes, esta aura casi pintaba el espacio alrededor de Narmer de un verde brillante. La clarividencia de Rachel no pudo comprender tal cantidad de poder desprendido a la vez; era demasiada aura, tanta que su nariz volvió a sangrar debido al estrés mental de intentar comprender algo que la superaba por completo. Aun así, se negaba a apagar su clarividencia; como si viera una pintura abstracta que no entendía, Rachel se sintió atraída por su belleza inexplicable.

 Era un regalo, una ocasión que jamás se repetiría. No podía simplemente desistir; quería sentir con su propia clarividencia hasta el final lo que el gran unificador tenía planeado hacer.

Narmer perdió su interés en Rachel. Todos los barcos se detuvieron en la costa arábiga, siendo el faraón el único que descendió a tierra. Todos sus súbditos se hincaron sobre una pierna, incluida Rachel.

Sin decir una palabra, el hombre extendió su mano hacia la llanura, levantando sus dedos al cielo. De su cuerpo emergió una inconmensurable cantidad de aura que cubrió hasta donde la vista alcanzó. Sin que el pueblo egipcio pudiera reaccionar, de la tierra, los árboles y plantas emergieron millones de pequeñas gotas de agua que se elevaron hacia el cielo. Todo el paisaje cambió drásticamente debido a eso. Las plantas se marchitaron a una velocidad extrema, la tierra perdió su color, al igual que el césped; poco a poco se desintegraba como polvo en el viento.

Nubes de tormenta cubrieron los cielos, trayendo la ira del dios sobre los mortales. Los gritos ahogados de sus compañeros aterraron a la joven rubia, que no sabía a dónde mirar, hasta que debajo de sus pies, mejor dicho, el barco, recibió una repentina sacudida. Rachel gritó; todos lo hicieron. Él se alzaba sobre la tierra en cuestión de segundos, al igual que las gotas de agua, hasta que empezaron a caer sin parar.

Rachel, con asombro y terror, observó el aguacero torrencial formado en la península; miles de millones de gotas de agua descendían como balas, destrozando los frágiles árboles secos que caían uno tras otro.

El océano se elevó muy por encima de la tierra, mientras el faraón se alzaba sobre un pilar de tierra que ascendió sobre sus pies; entonces Rachel se dio cuenta de algo. Ningún barco era tocado por la lluvia, como si un escudo invisible los protegiera, al igual que alrededor del faraón.

—¡Saint Germain!

Con su cerebro estrujado y la cabeza a punto de estallar por su propia terquedad, Rachel cubrió sus oídos, cubriendo con aura todo su cuerpo. No pasó mucho hasta sentir cómo su hombro fue palmeado. Al abrir sus ojos, el conde se encontraba de pie junto a ella; la temperatura había aumentado. Rachel, sin palabra alguna, apretó el arcoíris en su camisa.

—¿Qué fue ese… Despliegue de aura? —apagó su aura. Saint Germain no respondió, pues Rachel se concentró inmediatamente en la vista árida frente a ella.

Lo que antes fue una zona repleta de vida, ahora solo era un vulgar desierto como ella imaginó: dunas, rocas y arena amarilla hasta el horizonte. De no ser porque hace segundos vio la zona en su apogeo, creería que estaba en otro lugar.

—¿Por qué?... ¿Por qué destrozó toda la vida de la península arábiga? —Casi en llantos debido al dolor, trató de limpiar el incesante río de sangre que descendía de sus fosas nasales. Un chasquido la curó por completo—. Gracias, cabrón.

—Deja de decirme cabrón. —Bufó, jalando el cabello de Rachel, que trató de golpearlo, pero cada golpe se detenía a centímetros de su cuerpo.

—Bien, ¡bien! Conde.

—Mejor. —Saint Germain la soltó, regresando su mirada al árido desierto—. Narmer desertificó el Sahara y la península arábiga para castigar a los pueblos que hostigaban a Egipto y a quienes él consideraba bárbaros.

—Pero…

—Claro, también tiene un punto estratégico. Esto deja al Nilo como un punto vital en el terreno del Mediterráneo. Las ventajas que tendrá Egipto serán enormes. —Germain sonrió, chasqueando los dedos. La zona cambió; ahora estaban de vuelta en las ruinas cerca de Gadamés, pero ya no podrían llamársele de la misma forma.

Era un templo bien cuidado, armonioso, lleno de antorchas encendidas en plena noche, aunque bastante solitario.

—Con todo ese despliegue de aura, los ecos respondieron abriendo una entrada en esta zona del Líbano. Aunque toda África y parte de Asia se vieron afectadas por su poder. Usualmente, las entradas aparecen en zonas donde hubo mucha aura.

Rachel dio algunos pasos hacia el templo, anonadada aún por el suceso que acaba de ocurrir.

—Esto… Esto fue…

—Una Calamidad —Saint Germain alteró el espacio, regresando a la forma habitual de los ecos del mundo—. Presenciaste el poder de la primera Calamidad en la historia de tu mundo.

—¿Calamidad? —Rachel se volteó, arqueando una ceja. Dexter y Jesse aún brillaban por su ausencia— ¿Un desastre?

—No. Es el título que se le da a un operador que usualmente nace cada milenio. Narmer fue la primera de cinco Calamidades. Humanos con reservas de aura casi inagotables, cuyo propósito solo era destruir, aunque algunas ignoran eso al no saber que son una manifestación del lado más salvaje del aura. —Explicó el conde con serenidad. De nuevo lucía demasiado serio para ser el Saint Germain al que Rachel se acostumbró en tan poco tiempo, lo que indicaba que tomaba el tema demasiado en serio.

—¿Hay más operadores así? —Rachel tragó saliva. Un solo hombre era capaz de alterar la fauna de todo un continente.

—Uno cada mil años, como dije antes. No se sabe qué ocurre con este fenómeno, pero siempre nacerá una calamidad… Aunque no respetan mucho eso de que pasen mil años, pero tú quédate con eso, es más sencillo así.

Con el siguiente chasquido de dedos, Rachel ya sabía que el entorno cambió; ahora se encontraban en el interior de una gigantesca ciudad amurallada, llena de edificios de adobe. Bajo sus pies, un camino pavimentado por ladrillos recorría la extensa calle repleta de cientos de personas que estudiaban la mercancía extranjera, ya sean joyas, artilugios, especias o prendas.

—Oh. —Rachel asintió sonriente; esto era algo a lo que estaba más familiarizada debido a series y películas.

Se dio la vuelta, maravillándose ante la monumental entrada a la ciudad, de quince metros de alto, recubierta con cerámica de un intenso tono de azul semejante al lapislázuli.

—Bienvenida a la puerta de-

—Sí, sí. La puerta de Ishtar en Babilonia.

El conde entrecerró los ojos, su desinterés. Rachel se miró a sí misma frunciendo el ceño.

—¿Dónde está mi cosplay?

—¿Qué?... ¿Cómo sabes que esta es la puerta de Babilonia?

—Yo me vi Fate, Conde, ahora ¿dónde está mi cosplay? —Rachel jaló de su gabardina, señalándose a sí misma—. “Ay, pero es que no puedes simplemente no utilizar bien los ecos”. La anterior la dejo pasar, pero ahora sí puedo usar un cosplay.

El del gran mechón de cabello a un lado negó con la cabeza con aquellas palabras. No podía creer que Rachel minimizara algo como esto porque lo vio en una serie animada, pero para evitar escuchar sus quejas, las ropas de ambos cambiaron, lo que hizo sonreír a Rachel.

—¡Eso! ¿A quién venimos a ver aquí? ¿A Gilgamesh? —Curiosa, revisó su nueva vestimenta. Nombres y conceptos destellaron en su mente. Llevaba puesta una túnica color roja llamada kandys que llegaba hasta sus tobillos, por encima un chal decorado con borlas en sus bordes, mientras que por debajo una falda, además de su ropa interior moderna. Aunque admitía que con esto sentía algo de calor. Al ver a Saint Germain, él tenía algo similar, ambas ropas hechas de lana.

—¿De verdad? —preguntó arqueando una ceja—. ¿Te traigo a la maldita Babilonia y solo la mezclas con referencias de Fate?

—Soy la fan del anime, tú el fan de la historia. ¿Qué esperas? —Rachel se colocó una mano en la cintura, frunciendo el ceño—. ¿Crees que a mí me enseñaron de cada persona importante de la historia en la escuela o algo así? No tengo una puta lista de la gente importante de Babilonia.

—¡Mocosa sin cultura! Estudiar por ti misma no te cuesta nada. —El conde empujó a Rachel desde su mejilla. Sin darle tiempo de reaccionar, salió corriendo entre las personas, siendo perseguido por Rachel, que iba con sandalias.

Evitaba a las personas; además de tener cuidado con dónde pisaba, no quería romper ninguno de los artilugios que traían los mercaderes sobre lonas en el suelo. A pesar de ser bastante delgado, el conde era mucho más rápido que Rachel, seguramente porque así lo quiso él o porque era demasiado alto y sus piernas eran muy largas.

—¿¡A dónde vamos, Conde!? —preguntó a varios metros; no importa qué tanto corriera, no sentía cansancio, otras de las ventajas de los ecos del mundo.

—¡Vamos rápido! —Saint Germain gritó sin bajar la velocidad—. ¡Están a punto de inaugurar algo revolucionario en el Etemenanki!

Rachel dio media sonrisa; el Etemenanki era el Zigurat de Babilonia, un templo que se alzaba en lo más alto de una torre con forma de pirámide escalonada. Un lugar sagrado que creían conectaba la tierra con el cielo, eso era el Etemenanki.

Luego de varios minutos corriendo, llegaron a los muros interiores de la ciudad, donde no tuvieron problemas en pasar al no ser detenidos por algunos guardias, que al parecer los reconocieron y se apartaron. Dentro, Rachel quedó deslumbrada ante la majestuosidad de la gigantesca construcción que podía ver a lo lejos, de 7 pisos de altura, totalmente blanca con un santuario color índigo en lo más alto.

Quizás no era la estructura más alta que Rachel hubiera visto, pero para este tiempo, esa era la obra construida por el hombre más grande del mundo.

—Y pensar que esa cosa dio origen a la torre de Babel. —Saint Germain volvió a darle un jalón de cabello.

—¡No le digas cosa! ¡Irrespetuosa! Este lugar vio el ascenso de dos Calamidades. Es un sitio sagrado. —El conde redujo la velocidad de sus pasos, aun dando largas zancadas para llegar lo más pronto posible.

Rachel, detrás de él, lo siguió hasta las afueras del Etemenanki, donde múltiples escultores, escribas y revisores se encargaban de circular una gran roca oscura cilíndrica. Superaba dos veces en tamaño y, por obra del conde, ella era capaz de leer sus inscripciones, aunque algunas no estaban completas.

Rachel miró de reojo al conde, que rápido le señaló a dónde ir a sentarse, junto con otros nobles que esperaban pacientemente la culminación de uno de los proyectos más ambiciosos del mundo antiguo.

—Explícame, ¿qué es eso? —Rachel asintió con una sonrisa. Su mirada terminó clavada en un hombre de tez bronceada.

Sentado en un asiento sobresaliente del de los demás, observando con ansias aquella roca oscura. El hombre de tez bronceada poseía larga barba gris; los cabellos estaban alborotados y enrollados; a pesar de lucir como un hombre de al menos cuarenta años, estaba muy bien cuidado. Llevaba solo una túnica roja que cubría de su cintura para abajo, dejando su abdomen y brazos fornidos al descubierto. En sus muñecas y antebrazos llevaba anillos de oro como decoración.

Esa sensación volvió a palpitar en Rachel; no le fue nada difícil darse cuenta de que estaba en presencia de otra de las Calamidades.

—¿Qué hará esta vez la Calamidad? —cuestionó Rachel con desconfianza.

—Ah, qué rápido aprendes. —El conde se burló, recibiendo una copa de cerveza de cebada por una de las mujeres encargadas de atender a la nobleza— El primer conjunto de leyes de la historia, Rachel. El Código de Hammurabi.

—Hammurabi… —De nuevo, otros conceptos aparecieron en su cabeza. El sexto rey del primer imperio de Babilonia, pragmático, disciplinado. Un prodigio en la política. Un conquistador que esperó años a consolidar su poder para lanzar sus campañas de conquista contra los reinos vecinos— Bueno, a comparación de Narmer, no creo que vaya a hacer algo tan malo, ¿verdad?

—Bueno, si vivir en 1984 de George Orwell no te parece tan malo. —Germain negó con la cabeza ligeramente, arqueando una ceja antes de seguir bebiendo de su cerveza, llamando a una de las sirvientas— Cariño. ¿Me traes dos trozos de pastel, por favor?

—El código solo es un montón de leyes para garantizar la igualdad y la justicia entre el pueblo, aplicando a todos. ¿Qué tiene eso de malo?

—En papel, nada. Suena maravilloso, ¿verdad? —Germain recibió ambas rebanadas, entregándole una a Rachel en un plato—. El problema es que es toda una dictadura y ya verás por qué. Solo quédate quieta y disfruta del espectáculo.

Rachel tomó gustosa el mersu, un antiguo pastel endulzado con la propia dulzura natural de las frutas locales. Ella disfrutó cada bocado que daba, negando con la cabeza mientras sonreía. Casi babeaba por el sabor.

—Carajo… Y eso que no me gustan las frutas.

—Lindsy tiene razón, a veces dices unas cosas que, aah. —Saint Germain negó con su cabeza, disfrutando también de su propio postre, acompañado por el alcohol. Rachel quiso probar un poco, pero terminó por dejarlo a un lado.

—¿Es mi culpa que no me gusten las frutas? —Rachel negó con la cabeza, siendo callada por Saint Germain. Ella regresó su mirada a los escultores, que al parecer habían terminado.

Con el último retoque en la roca oscura, donde la parte superior de esta, en un relieve, el sexto rey de Babilonia estaba grabado recibiendo aquellas normas del cielo mismo. Los escultores, escribas y demás voltearon a ver a su señor, que se levantó de su asiento de honor, acercándose a su propio código.

Como cucarachas, todos los trabajadores se dispersaron al momento en que su rey se levantó. Rachel se vio sorprendida ante su estatura, pues no era mucho más alto que ella. Aun así, emanaba una presencia similar a Narmer.

«Más que un dios, es como… ¿Estar enfrente de un juez y un verdugo?» Era extraño, difícil de explicar; después de todo, nunca estuvo frente a un juez y mucho menos un verdugo, pero por alguna razón esas eran las palabras que cruzaban su mente.

Tardó, pero el hombre subió cada escalón del zigurat Etemenanki. Subió las escaleras del centro que conectaban directamente con la parte superior del zigurat. Frente al templo, se dio la vuelta, admirando su ciudad desde el punto más alto. Rachel se vio obligada a utilizar aura, activando de paso su clarividencia sin importar qué tanto fuera a doler.

—Como dicen en los inicios del texto. —El sexto rey alzó la voz, imponente. Su cuerpo brilló en una espesa aura índigo, que, igual al aura de Narmer, no era un brillo leve convencional. Las Calamidades pintaban el espacio a su alrededor con su propia esencia— Castigar al perverso, destruir a los malvados, en nombre de los justos. Este código, conformado por 289 leyes, traerá la justicia impartida por los cielos. No importa la clase, las riquezas o el individuo. El castigo será impartido para aquel de corazón ruin.

La expansión del aura de Hammurabi fue breve; de hecho, más que un espectáculo de un domo de energía, no ocurrió nada verdaderamente significativo, pero las personas alrededor de Rachel, incluido el mismo Saint Germain, gritaron al unísono, aplaudiendo y venerando las acciones del sexto rey de Babilonia.

La rubia bajó su cabeza, jalando su propio cabello con la intención de arrancárselo. No podía ver en qué pensaba Hammurabi, pero era capaz de escuchar una voz en su cabeza, pero esta solo gritaba sin cesar. Un ruido espantoso, ininteligible, pero provocaba distintas emociones en Rachel que no llegaba a comprender del todo.

No fue hasta el chasquido de Saint Germain que el aura de Rachel desapareció, al igual que su clarividencia. Ella controló su respiración, pero en vez de quejarse, tomó al guardián de su brazo.

—Conde. ¿Qué fue lo que hizo el rey? —Mínimamente con Narmer tuvo un enorme despliegue de aura que alteró todo un ecosistema, pero ahora mismo la Ciudad de Babilonia se encontraba exactamente igual; incluso el aura había desaparecido.

—Creo que el mejor lugar para mostrarte qué es lo que ocurrió sería un bar. —Pensó rápidamente el conde, chasqueando sus dedos nuevamente. Ahora, se encontraban en una rústica taberna cualquiera de la ciudad.

Rachel miró a su alrededor; decenas de trabajadores, viajeros y habitantes de la ciudad se reunían aquí a hablar de negocios o charlar. El olor de la cerveza de cebada invadió su nariz, provocándole náuseas.

—Irrespetuosa. El alcohol era muy importante para la cultura sumeria —contestó Saint Germain—. Utilizado hasta como medio de pago para los trabajadores.

—No, hermano, si yo trabajo medio día, quiero dinero, no litros de cerveza.

—Pues adivina, solo se puede hacer trueque con el alcohol —respondió burlón—. ¿Aceptas cebada o granos?

—¿No aceptas transferencia? —Rachel se cruzó de brazos, resignándose a soportar el olor, notando la estúpida sonrisa retadora del conde.

—Qué bien que justamente dijiste esas palabras.

—¿Cómo?

Al instante de terminar con su pregunta, Rachel escuchó un fuerte estruendo. Un par de vasos de arcilla cayeron al suelo, reventando en pedazos; sobre ellos cayó una mujer de largo cabello negro y prendas similares a las de Rachel. Se retorcía desesperadamente, llevándose las manos al cuello tratando de tomar aliento, pero lo único que se escuchaba era un extraño gorgoteo, mientras que de su nariz pequeñas cantidades de agua emergían.

—… Conde, ¡Conde! —Rachel estaba por correr a ayudarla, pero Saint Germain tomó su hombro, negando con la cabeza.

—Una de las leyes del código de Hammurabi. Aquel que acapare riquezas con el mal intercambio de alcohol, pidiendo oro o joyas en lugar de grano o cebada, sufrirá la pena de ser ahogada. —dijo solemne, sin demostrar emoción alguna.

La mujer duró unos momentos así, hasta que cayó desmayada y poco después dejó de moverse. Rachel se dio cuenta de que el iris índigo de la mujer pasó a ser marrón, señal de que el aura de rey verdaderamente fue la responsable de lo que acababa de ocurrir.

Por fin entendió a lo que se refería con el chiste de 1984. Cualquiera que incumpliera las leyes establecidas en el código se vería afectado directamente, por lo que era imposible mentir o escapar de la condena. Una forma de mantener la justicia para todas las personas, sin importar qué.

Era aterrador, un poder totalmente distinto al de Narmer, la primera Calamidad, pero merecedor de igual respeto. Nadie dentro del domo invisible sería capaz de escapar del código impuesto por el rey Hammurabi.

—¿Qué tal la segunda calamidad? —preguntó Germain con una sonrisa.

Teniendo en cuenta que la mujer incumplía con las normas y ponía en riesgo la economía, aprovechándose de los trabajadores, Rachel dejó de sentir lástima. Asintió con la cabeza, dándole media sonrisa a su compañero de rol.

—Esta es la mierda más increíble del mundo. ¿Esto es lo que querías, amigo?

—¿A qué te refieres? —Germain arqueó una ceja.

—Te volviste un operador poderoso para obtener este poder. —Rachel asintió sonriente, hasta que Saint Germain volteó con desprecio.

—¿Qué? ¿No? ¿Estás loca? Esto no es poder, esto es conocimiento. Yo no quiero poder. ¿Sabes lo que tienen que hacer las personas con poder? Es una carga demasiado pesada para cualquiera.

—Oh… —Rachel siguió a Saint Germain, que salió del local donde las personas se reunían para ver qué había pasado, y no era el único. La ciudad de Babilonia ahora mismo pasaba por una purga imparcial, que eliminaba o castigaba a cualquiera que no pudiera acatar las órdenes de su rey, y se notaba por los gritos de terror de las personas, que pedían perdón a los dioses al perder una o ambas manos o simplemente se compadecían de quien fue castigado. Rachel observaba todo, mientras que trataba de borrar su emocionada sonrisa de su rostro—. Esto… Esto no está bien, carajo. Hay gente saliendo herida.

—Gente que incumple las leyes de los cielos, Rachel. Pero no te preocupes, sé que no disfrutas del sadismo —dijo el conde, deteniéndose en la calle para mirar a Rachel—. Disfrutas de lo increíble que es el aura, ¿verdad? Yo también sentí lo mismo cuando vi a las Calamidades por primera vez.

Rachel asintió, moviendo su dedo índice en círculos para indicarle que cambiaran de tema.

—¿Por qué nos saltamos a la tercera? ¿Es aburrida?

—Jamás —negó inmediatamente, casi parecía ofendido—. Ninguna de las cinco es aburrida, pero sabes que no puedo mostrarte historias que no han terminado, así como la quinta Calamidad que tampoco podemos ver.

—¿¡Qué? —Rachel palideció, dando un paso hacia atrás—. ¿La tercera y la quinta siguen vivas en nuestra época? ¿¡Cómo!?

—Los operadores pueden vivir mucho; digamos que un muy buen operador podría vivir 120 o 130 años y morirá por causas naturales, viéndose como alguien en sus sesentas, pero sorprendentemente bien cuidado. Una calamidad podría vivir hasta 300 años y morir con una apariencia similar a la de cualquier operador.

—¡Saint Germain! —Rachel extendió sus brazos—. Si aparece una cada mil años, la maldita tercera Calamidad debió nacer antes de Cristo.

—Bueno. Ambas son un caso distinto; uno no puede envejecer y el otro nació en los 60. —contestó sonriente, disfrutando de la cara de Rachel.

—¿Qué? ¿En los 60?... ¿1960? —Al verlo asentir, Rachel se preguntó qué clase de persona había causado un caos enorme o un cambio en el mundo, pero nadie parecía cuadrar con el título de “Calamidad”— ¿No nació muy tarde? Casi en el final del milenio.

—Como te dije, no es totalmente fiable, no es que pasen mil años al contado y nazca otra calamidad. —Saint Germain rodó sus ojos. Chasqueando de nuevo sus dedos.

Los pasos de Rachel se detuvieron, viéndose en una vivienda relativamente pequeña y circular. Una yurta de madera recubierta de fieltro hecho de lana de oveja. Dentro había algunos jarrones, una cama, varias telas. Nada llamaba verdaderamente su atención.

—¿Mongoles?

—Rachel, por amor de Dios —Saint Germain se dio la vuelta, colocando sus manos en los hombros de Rachel, dándoles un firme apretón mientras sus coloridos ojos giraban—. Si me vuelves a mencionar que medio sabes de estas épocas porque viste una película o un anime que solo te contó cosas por encimita, ¡juro por Dios! que te voy a lanzar a que repitas por siglos el día que liberaste a Adarza.

Al ver que el guardián decía esas palabras totalmente en serio, Rachel asintió con la cabeza. Decidió mantener su boca cerrada; empezaba a tomarle mucha confianza al conde, pero no contaba con que este hombre seguía siendo el obsesionado con la historia más loco del mundo.

—Además, no —Saint Germain imitó el tono de voz de Rachel, burlándose—. No son los mongoles. Son los Hunos.

—¿Ah? —Rachel ladeó su cabeza, algo extrañada. No tenía idea de que estaba hablando Germain—. ¿Hunos?

—Ray, amiga, literalmente este hombre puso patas arriba Europa; lo llamaron “Azote de Dios”. —Con iris brillantes, Saint Germain se dio la vuelta, chasqueando sus dedos de nuevo—. La gente decía: “Por donde Atila cabalga, nada vuelve a crecer”. Dirigía a los Hunos, un montón de gente de todos lados, juntos bajo un mismo grupo de nómadas, expertos en matar, saquear y conseguir oro.

—¿Por qué los ecos no me dieron esa información apenas oí la palabra?

—Quería contártelo yo mismo. —respondió sonriente, señalando a Rachel de arriba abajo.

Rachel con emoción revisó su nueva ropa, una túnica blanca de lana, abierta por los lados, grandes pantalones holgados, algo que le gustaba mucho en cualquier vestimenta. A diferencia de Lindsy, Ray detestaba usar jeans o ropa ajustada. Llevaba un gorro redondo hecho de piel, junto a otras prendas hechas de piel cosida por debajo de su túnica.

—Oye, me gusta. —Asintió, levantando su pie hacia atrás, observando sus suaves botas marrones.

El conde ya estaba recostado a la entrada de la puerta, esperando que Rachel terminara de inspeccionar su nueva apariencia.

Al verlo ahí con una sonrisa, ansioso por partir, Rachel soltó una ligera risa. Era gracioso ver esa expresión y sus ganas de contarle estas historias.

—Conde, ¿no te sientes solo aquí dentro? —Se acercó al hombre del largo mechón, que arqueó una ceja antes de asentir con la cabeza.

—Es algo solitario. Pero bastante gracioso si lo ves por cierto lado. —Saint Germain desvió la mirada, negando con su cabeza— Amo al mundo y todo lo que hay en él, pero también estoy alejado del mundo, de su gente. Solo puedo ver el pasado… Es solitario, bastante aburrido en algunas ocasiones.

Antes de que saliera por la puerta, su capa fue atrapada por Rachel, que lo mantuvo dentro de la tienda. Germain la miró con confusión al ver cómo su sonrisa había desaparecido; luego él sonrió.

—¿Rachel Ficks con empatía? —Chasqueó los dedos, deteniendo el tiempo dentro del recuerdo actual.

—¿Qué son exactamente los ecos, Conde? ¿Por qué no solo te vas y nace otro guardián? —No era una persona que disfrutara enterarse de estos problemas, porque sí, el conde era un loco, bastante apático con sus castigos y era molesto—. ¿Por qué no regresas?

—Es… imposible —Saint Germain suspiró—. Por el momento, al menos, es imposible que eso pase. Estoy condenado hasta que los ecos traigan a otro candidato a guardián y este acepte; quizás, cuando eso pase, yo volveré a caminar entre los hombres. Entonces, veré de nuevo ese mundo que tanto amo.

Rachel no se sintió satisfecha con la respuesta del conde; a pesar de verlo mantener esa estúpida sonrisa, sabía que él tampoco se encontraba satisfecho. No podía entender qué tan doloroso habría sido para él estar siglos solo, alejado de lo que le gustaba.

—Bueno, sí, aquí el tiempo pasa diferente… Entonces hay rato para que hablemos, ¿no? —respondió Rachel, soltando la capa y acercándose a la puerta—. Así que aprovecha la visita y veamos momentos históricos.

—Salimos de este y te mostraré mi momento favorito de toda la historia de la operación… Por cierto, ¿sabías que eso que llaman flow antes era llamado despertar?

—¿Cómo voy a saber? Además, despertar es un nombre espantoso.

—¡Ja! Hola, operadora Rachel, ¿qué tal has desarrollado tu operación?

—Touché, perra. Touché. —Derrotada por culpa de las malas decisiones del Congreso, Rachel levantó su mano, dándole un chócalas a Saint Germain.

Rachel salió por la puerta seguida de Saint Germain. El tiempo retomó su curso; decenas de soldados corrían a reunirse en el centro de la aldea móvil principal.

—¿Jugamos a dónde está la calamidad?

Rachel señaló al centro de todo, un hombre bajo igual que los demás, con piel bronceada, ojos pequeños. Una escasa barba canosa, pero se veía joven como cualquier otro operador. Su pecho ancho, cubierto de una armadura de escamas sin mangas. Lo más importante era que estaba rodeado por un aura plateada que distorsionaba el espacio a su alrededor, pintando el aire.

—Vaya, ganaste —Saint Germain reía con fuerza, caminando detrás de Rachel.

Rachel lo estudió, encendiendo su aura y clarividencia; nadie lo notaba, supuso que se debía al mismísimo conde de Saint Germain. Como siempre, un intenso dolor de cabeza, con su cerebro siendo aplastado por la presión. Los mismos síntomas que con las anteriores, pero ahora había una diferencia muy grande entre este hombre y las otras dos calamidades.

No era un dios, ni un juez, ni un verdugo. Se sentía como cualquier otro hombre, solo que con una cantidad de aura inconmensurable. Su ropa no era muy diferente a la de los demás hunos, además de su armadura. Cualquiera creería que era solo uno más.

—¡Los pagos de parte de Constantinopla se han atrasado demasiado! Creen que están exentos de nuestra furia. ¡Pero no es así! ¡Ahora mismo, la ciudad fue azotada por un terremoto! Sus muros indestructibles: Quebrados. Su moral por los suelos.

Con las palabras del hombre, una llama invisible nació en el interior del pecho de Rachel. Escuchaba cada palabra como un apóstol oía a su mesías. Su aura se apagó inconscientemente, mientras daba un paso adelante, queriendo escuchar más cerca.

—¡Cabalgaremos, mis hombres! —Atila, el azote de Dios, levantó un brazo al cielo. Sus hombres, Rachel incluida, lo imitaron, dejando salir un grito de guerra con todas sus fuerzas, para que el cielo y los dioses los escucharan— ¡Asediaremos Constantinopla! En caso de que lo hayan olvidado, les demostraremos que su pueblo no puede escapar de la ira divina ni la petición de su dios.

—¡Sí! —Rachel exclamó con una sonrisa en su rostro. La cuarta calamidad extendió sus brazos, indicándoles que monten; ella salió corriendo. Su sangre ardía, clamando una feroz batalla para preservar el miedo y terror que infundía su señor hacia los demás pueblos. Avasallarlos de nuevo para que nunca se atreviesen a retrasar un pago o ir en contra de su rey. El toque suave del conde sobre su hombro la sacó de aquel trance, mientras que los demás soldados corrían a sus caballos para prepararse.

—Una habilidad peligrosa, ¿verdad? —preguntó burlón, revolviendo el cabello de la rubia.

Rachel frunció el ceño, regresando sobre sus pasos, señalando a Atila, que observaba inmóvil a sus hombres montar los corceles. Entonces su mirada fue desviada a la pequeña niña delante de ella.

—¡Nunca vuelvas a controlar mi mente! Maldito hijo de perra.

No lo consideraba un control mental, pero ahora mismo estaba furiosa. Entendía muy bien lo que había ocurrido. Emociones yendo a su mente y encendiéndose, haciéndole creer que son suyas, pero no es así, solo eran los deseos de Atila, la cuarta calamidad, el azote de Dios, y posiblemente: El clarividente más poderoso de la historia.

—¿Cómo osas levantar tu voz en mi contra? —Atila empuñó una larga espada recta. Frunció el ceño con suma molestia ante aquel acto de insubordinación.

Por otro lado, Saint Germain levantó sus cejas sorprendido. La inocente niña se había parado a insultar de frente a una Calamidad. Debía darle puntos por eso, aunque de seguro era porque sabía que, dentro de aquí, el daño no importaba.

Con un chasquido de dedos, el recuerdo terminó; tenía pensado mostrarle la batalla del río Utus, pero con ese humor que tendría, de seguro no le hubiera interesado para nada.

En los ecos del mundo, Rachel se volteó, negando con la cabeza, acomodando su gabardina.

—¿Una calamidad que de paso era un clarividente? —Rachel fingió que nada había pasado, acercándose al conde—. Aterrador.

—Basó todo su poder en ser un clarividente, así que podemos decir que sí, era el clarividente más poderoso. Una sola palabra suya movía a todo su ejército, dispuesto a hacer cualquier atrocidad en su nombre. Se lanzaban sin miedo, sedientos de sangre, e inspiraba a otros a unírsele.

Exclamó con ojos brillando, girando sin parar. Caminó alrededor de la rubia que se cruzó de brazos con una mala cara que se fue convirtiendo en una sonrisa al ver cómo el más alto saltaba a veces con una estúpida sonrisa en su rostro.

—¿Hasta qué nivel podría llevar yo mi clarividencia, Conde?

—Alto, de seguro podrás meter algunas ideas en la cabeza de otros, así sean muy leves. Cuando un operador se desconcentra en combate, o, de hecho, cuando cualquiera se desconcentra en combate y no tiene sus metas claras, puede ser fatal. Ya sea por un segundo o menos, cualquier duda puede garantizar la victoria. —El conde se detuvo, asintiendo con la cabeza mientras miraba cómo los ojos de Rachel se iluminaron, esperanzada. Obviamente, quería llegar a ese punto.

—Bien, ¡estoy lista para tu momento favorito! Y te tengo en estima, conde; ojalá sea lo más épico que veré hoy… y créeme, superar lo de Narmer será difícil.

—Ay, cosita —Saint Germain realzó sus labios, observando con ternura a Rachel—. Te vas a tragar esas palabras, amiga mía. Aunque debo decir que las calamidades son algo… excepcional e increíble que merece mucho estudio, aunque no llevaría a nada.

—Bueno, al parecer todos son reyes o algo parecido a un conquistador, pero ¿qué es lo que los crea? —Rachel se llevó los puños a su espalda, dando pasos alargados, imitando a Saint Germain—. ¿Tienes alguna hipótesis luego de verlos por años?

—He revisado esto mil y un veces —Germain subió los hombros, negando con su cabeza—. En cualquier existencia, las calamidades cambian; a veces son las mismas, otras veces no, pero siempre están presentes de alguna forma u otra. Luego de un tiempo, me hice una pregunta —dijo el conde, negando con su cabeza, observando directamente a los ojos interesados de Rachel—. ¿Serán las calamidades una forma del aura, suponiendo que los ecos del mundo sean la manifestación del aura, claro, de crear entradas a ella en el mundo…? Así como un agricultor plantando semillas o… ¿Será que el aura creó el mundo para que las calamidades la usaran como patio de juegos?

Rachel se mantuvo en silencio ante la pregunta. Una Calamidad traía dolor, destrucción y cambios al mundo de una manera bastante extremista. No tenía forma de comprender una pregunta como esa teniendo en cuenta que el aura era todo un misterio, casi como si fuera un ser consciente con ideas indescifrables para los humanos.

—Es curioso. ¿Entonces los operadores deberían ser violentos por naturaleza? No tiene mucho sentido.

—Quizás, pero ya te habrás dado cuenta de que hay algo dentro de los operadores que despierta al pelear.

Rachel recordó dos momentos en específico del torneo: al inicio, cuando fue derrotada rápidamente por Lei Qiang, y su enfrentamiento con Engel. Incluso ella misma, a pesar de que Beatrice lanzaba golpes con toda su fuerza, se sintió muy emocionada.

—La violencia es la partera de la historia, Rachel… —Saint Germain levantó su mano, sacando un poco su lengua. Pensaba arduamente a qué momento llevarla— Esta vez no habrá cambio de ropa, Rachel, prepárate.

—¡Te habías tardado!

Rachel apretó sus puños con una gran sonrisa. Con un chasquido, Rachel se halló sola sobre una montaña de escombros. Encendió su aura; su peso había alterado la estabilidad sobre el trozo de muro en el que se encontraba. Rachel cayó, rodando sobre piedras, vigas de hierro y destrozos de mesas, sillas u otros muebles que encontraría en cualquier hogar.

Al caer al suelo sin rasguño alguno, Rachel se levantó rabiosa. Maldiciendo a Saint Germain en su mente.

—¿¡No podías hacerme aparecer en un!?- —Empezó a toser, llevándose una mano a la boca. A su alrededor, el humo provocado por las llamas en distintas zonas de la calle dañaba su visión mejorada. Múltiples explosiones llegaron a sus oídos, junto al sonido de decenas de disparos.

Rachel observó el paisaje destrozado a su alrededor. Departamentos y casas derrumbadas cubrían la calle de escombros, el cielo gris sobre su cabeza repleto de humo negro, cubriendo lo que debería ser una helada tarde cualquiera.

—¿Qué? —Rachel sintió su sangre congelarse ante la lluvia de metralla que volaba a los cielos.

Decenas de aviones sobrevolaban la ciudad, dejando caer múltiples bombas; algunas explotaban en el aire al recibir los impactos de las fuerzas aliadas. Otras lograban impactar sus objetivos, reventando más edificios, volando escombros a grandes velocidades en todas direcciones. Múltiples personas corrían alarmadas por la calle, cruzando junto a Rachel.

Hombres, pálidos por el horror, mujeres que llevaban en brazos a sus hijos pequeños.

—¡E-Ella está brillando! —Un niño que corría junto a su madre señaló a Rachel. La mujer mayor solo lo jaló con fuerza de su muñeca, siguiendo con su camino, ignorando a la desorientada rubia.

—Conde… ¿¡Conde!? —Rachel se levantó. Tosiendo con fuerza. La amargura en su expresión se hizo más notable a medida que el sabor acre en su boca aumentaba. Corrió varios metros del punto inicial. Saint Germain la había abandonado en una zona de guerra parcialmente desconocida— ¡El blitz de Londres! ¡Me cambio el nombre si este no es el maldito bombardeo a Londres! ¡Yo me vi Doctor Who, cabrón de ojos raros!

Gritó al aire, cruzó la calle, siendo recibida por la boquilla de una extraña pistola cilíndrica. Sus ojos se abrieron de golpe, a la par que levantaba sus manos.

—¡Ey, ey!

—¿Por qué no estás huyendo a las zonas de evacuación? —preguntó un hombre con un abrigo marrón con cuello forrado; su vestimenta delataba que era un militar con dos bolsillos delanteros, botas altas de color negro, un casco de acero con la forma de un bowl de sopa—. ¿¡Por qué no estás huyendo!?

—¡Espera, alto! No soy un nazi ¡no soy un maldito nazi! —No tenía idea de que tanto dolería un balazo en su frente; además, no había visto casi nada de lo que buscaba enseñarle el conde—. ¡Rachel Ficks! ¡Mi nombre es Rachel Ficks y soy estadounidense!

El alto hombre, con alrededor de 35 años, juzgó a la aterrada niña. Se fijó en sus ojos, mientras que su cuerpo brillaba con un aura morada brillante. Rachel se sorprendió, pero al instante dejó de ocultar sus emociones, permitiéndole al hombre saber que de verdad no tenía alguna mala intención.

—Reaccionas muy bien para ser solo una niña. Bajó su arma, notando la piel de Rachel erizarse ante esa afirmación que no era muy buena para su credibilidad. El hombre se quitó su casco, colocándoselo a Rachel. Reveló su cabello negro desordenado, no tan largo. Una cara agraciada con rasgos finos, pero aún masculinos. Cejas pobladas y unos brillantes ojos verdes como el jade.

—¡Vete! —bramó el hombre. Rachel casi se cae por su repentino retroceso—. ¡Este no es lugar para una niña!

—¡También soy una operadora! ¡Puedo estar aquí! —respondió con seguridad, ocultando el temblor en su voz. Pero al ver que el hombre ladeó su cabeza confundido, Rachel se dio cuenta de que él no sabía que era un operador. «¡Claro! Qué idiota soy, el nombre operador apenas fue utilizado en los años noventa», pensó— ¡B-Bueno! Una maga.

Cansado de la conversación sin sentido, el soldado empujó a Rachel. No podía permitir que estuviera en un campo de guerra siendo tan joven, sin importar que fuera un mago o no. Este no era lugar para una niña.

Rachel, que estaba por gritar, agachó la cabeza al escuchar disparos cercanos; uno la golpeó en su hombro, causando un dolor verdaderamente notable a pesar de no poder atravesar su piel reforzada. Se deslizó en la misma dirección que el soldado, mientras que tropas terrestres alemanas se acercaban, levantando fusiles de cerrojo.

El hombre frunció el ceño al ver a aquella división. Rachel estiró sus hilos para tomar varios escombros para lanzarlos mientras se mantenía en movimiento, pero el grito del soldado británico junto a ella la obligó a detenerse.

—¡Vuélense la cabeza!

Como marionetas sujetadas por títeres, con movimientos torpes, casi mecánicos, los soldados aterrorizados voltearon sus propios rifles, apuntando sus bocas, jalando el gatillo sin resistirse.

Rachel apartó la mirada, cerrando los ojos. No quería ver sus cráneos destrozados e inmediatamente pensó en Atila y su clarividencia, pero eso había sido totalmente diferente. Rachel desvió su mirada al hombre, que corrió a su lado para tomarla de la nuca con fuerza y continuar corriendo, alejándose de la zona.

—¡Vete! ¡Vete! ¡Eres un estorbo!

—¡Eso fue increíble! ¿Qué tipo de operación fue esa?

—¡Esto es una operación militar, niña! ¡Estamos bajo ataque enemigo! —Se preguntó si podría tener algún retraso, pero el principal objetivo era sacarla de la zona.

Rachel no se resistió, pero alejó con relativa facilidad la mano del hombre, corriendo junto con él a través de las ruinas de edificios azotados por los antiguos bombardeos, utilizándolos como atajos para llegar a otras calles.

Rachel en primera fila observó el avance de las tropas británicas en la calle junto a ellos. Múltiples cañones sobre cuatro ruedas eran manipulados por las tropas británicas. Disparando incesantemente en contra de los aviones que sobrevolaban el cielo. Tuvo la suerte de ver cómo los constantes disparos destrozaron el ala de uno de los bombarderos, perdiendo el control en el aire para caer en picada en alguna zona distante de la ciudad.

Una sonrisa se formaba en su rostro, una que trataba de ocultar; fue borrada por el fuerte jalón de cabello ofrecido por su compañero militar.

—¡Baskerville! —llamó el hombre. Un soldado de anchas proporciones y algo más bajo que el operador junto a ella se acercó.

«¿¡Baskerville!?» Rachel no pudo creer que oiría ese nombre en los ecos del mundo.

—¡No tiene sentido lo que está ocurriendo, Logan! Las tropas terrestres son casi nulas, pero hay batallones que informan que múltiples escuadrones de jerrys aparecen en la ciudad sin aviso alguno. —El hombre de rostro cuadrado y lentes le dio un rápido vistazo a Rachel; estaba sudando y parecía agotado debido a las bolsas oscuras debajo de sus ojos— ¿Y está niña maga?

—¿¡¡¡Logan!!!? —Rachel sonrió enormemente, observando al Logan que le dio un repentino zape en su nuca para mantenerla callada—. ¡Cabrón!

—No tengo idea, pero esas tropas deben de estar saliendo literalmente de la nada. Debemos hallar al brujo y matarlo, Warren.

—Un mago… —Baskerville mostró una expresión solemne. Escupió a un costado, demostrando una rabia genuina por la situación— Si no era suficiente con los bombardeos constantes, ahora se involucran Las Espadas Del Nuevo Mundo.

—Yo puedo ayudar. —Rachel levantó su mano, recibiendo otro golpe de Logan en respuesta— ¡Hijo de perra!

—¿Dónde están tus padres?

—¡No tengo! —Con el grito furioso de Rachel, el soldado la miró sorprendido. Rachel se dio cuenta de que podía sacar algún tipo de ventaja, así que frunció el ceño, apretando sus puños— Fueron… Asesinados, no tengo a nadie.

Como un clarividente, le era mucho más fácil manipular su aura para mostrar lo que quería: una actriz perfecta. Entonces, se dio cuenta de la cantidad de puntos diminutos de aura que llegaban hasta donde Rachel podía rastrear. Cientos.

—¡Alguien está usando magia! —alertó Rachel, señalando a uno de los puntos más cercanos. Mejoró su vista, dándose cuenta de ligeros movimientos, casi imperceptibles al ojo humano, que se desplazaban en el suelo; ni siquiera ella era capaz de darse cuenta de lo que eran debido a su tamaño diminuto, pero eran rodeados por un aura verduzca— Son muy pequeños.

—¡Están encogiendo sus tropas para infiltrarlas a la ciudad! —Baskerville inmediatamente sacó su radio luego de recibir un asentimiento de parte del Logan, que observó estupefacto a Rachel.

—Eres de esos magos especiales… Un psíquico. —Tomó la muñeca de Rachel, que señaló al suelo donde se encontraba la mancha más cercana. El Logan se mordió el labio inferior, preguntándose del origen de esta extraña huérfana, pero en lugar de seguir indagando, corrió, aplastando lo que sea que estaba desplazándose furtivamente en un reducido tamaño.

El único problema fue que sintió algo duro, parecido a una pequeña piedra que ni con su reforzamiento era capaz de romper. Quiso aplicar más aura, pero el crecimiento repentino de lo que estuviera pisando lo envió volando por los aires.

Todo Londres recibió una cálida sorpresa cuando aquellos puntos de aura desaparecieron, permitiendo que lo que llevaban regresara a su tamaño normal. Rachel quedó petrificada en el acto, pues de ser apuntada hace unos momentos con la pistola más rara que había visto, ahora era un tanque lo que la estaba apuntando directamente.

—¡Maldición! —En el aire, el Logan vio a unos metros sobre el suelo la repentina aparición de decenas de tanques y tropas alemanas que recuperaron su tamaño, tomando por sorpresa a sus aliados. Por suerte, había aplastado a las tropas cercanas a él, que crecieron con sus cuerpos destrozados.

El cañón se movió ignorando a Rachel, apuntando directamente a la artillería antiaérea, que no había logrado desviar sus disparos antes de reventar por el impacto de un misil. El polvo y las rocas salieron volando en todas direcciones, mientras que Rachel fue jalada por Baskerville.

Logan cayó al suelo, tomando impulso mientras gritaba órdenes a los soldados nazis cercanos, reventando sus cabezas con el simple hecho de hablar, pero se vio en la mira de un tanque, la cual no podría esquivar, aunque su cuerpo estuviera mejorado.

«Mierda». Rachel captó su pensamiento sin dificultad, volviendo suyas la rabia e impotencia que ahora mismo se arremolinaban en el cuerpo del Logan. El tiempo corrió mucho más lento.

Rachel se soltó del agarre de Baskerville; quiso correr para ayudar al desconocido. Entonces, el tanque fue cortado por la mitad, reventando, empujando a Logan unos metros atrás. Rachel lo sostuvo, evitando que cayera.

—¡Logan! ¿¡Estás bien!? —preguntó sin recibir respuesta; otros tanques se voltearon, mientras la infantería alemana levantó sus armas para disparar en contra de Rachel y su compañero.

Otros tanques fueron golpeados rápidamente por este rayo de energía rojiza que desintegraba su caparazón como si fuera papel recibiendo un chorro de agua. Rachel levantó la mirada, observando a un operador saltar por el aire, disparando un rayo hirviente de plasma a través de la abertura en la parte superior de su casco coracero de bronce. Los soldados se concentraron en aquel hombre que reventó a todos los tanques de la calle en cuestión de segundos. Las ametralladoras y fusiles dispararon, pero con la potencia de su propio rayo, maniobró en el aire a la par que cortaba soldados por la mitad, desintegrando sus intestinos por completo.

Los edificios que eran impactados por su rayo terminaban por recibir extensos agujeros redondos, con su piedra derritiéndose sin dificultad alguna. Rachel utilizó su clarividencia, pero le fue imposible penetrar en su mente.

El mago del casco cayó al suelo, corriendo a gran velocidad entre los soldados nazis que trataban de acertar así sea una bala, algo inútil. Sus cuerpos se derretían como helado debido al ágil hombre de cabello castaño. Debía ser diez centímetros más alto que Rachel. AL verse superado, dio un fuerte salto, disparando con su casco desde el aire, gritando con fuerza, aumentando la intensidad de su aura, así como el grosor del plasma emergente. En cuestión de segundos, había desintegrado a todas las tropas alemanas, convirtiendo la calle en un baño de cuerpos cercenados con olor a quemadura.

El Logan fue a su lado, palmeando su hombro múltiples veces.

—¡Te debo una, Bram!

—¡De hecho dos, Lincoln! —contestó el castaño de ojos azules. Un intercambio breve, antes de agachar ligeramente su cuerpo, levantando su cabeza hacia el cielo— ¡Mueran, malditos cerdos alemanes!

La estructura del cañón en su casco cambió, siendo reemplazada una única salida por decenas de ellas, disparando a todas direcciones. Uno pensaría que había sido un ataque al azar, pero los rayos atravesaban el cielo a gran velocidad, dañando únicamente a los aviones alemanes, teniendo un sumo cuidado con la defensa aérea británica.

—¡Increíble! Magnífico. —Rachel creía que por la mera emoción en su pecho terminaría despertando su flow en algún momento. Pero la ventaja cambió en un instante.

Los rayos de Bram a cierta altura se vieron reflejados por una superficie de aura blanca que apareció en el cielo, cubriendo específicamente aquella zona. Rachel vio los rayos de plasma regresarse con una velocidad inferior, pero apenas pudo reaccionar para agarrar a Baskerville, que se paró junto a ella, y correr fuera del área de los rayos.

Una corriente de aire empujó a Lincoln, mientras que Bram se impulsaba con su propio rayo para evitar la oleada de su propia aura hecha plasma. La corriente de aire dejó a Lincoln en un lugar seguro, desviando su mirada en dirección a un rubio con un traje similar al suyo, solo que de un tono más claro.

—¡Himmel! Siempre llegas a tiempo, infeliz. —Lincoln no pudo evitar esbozar una sonrisa, observando al danés que aterrizaba en el suelo con elegancia, mientras el polvo a su alrededor era expulsado por una corriente de aire.

—Ahora también me debes una a mí, Lincoln. ¿Estás distraído hoy? —bromeó con una gran sonrisa perlada aquel rubio de nariz aguileña. Lanzó un leve ataque de viento contra el cielo, que también fue reflectado. Los aviones alemanes dejaron de lanzar misiles, viéndose menos agobiados debido a la repentina emboscada que ayudó a acabar con la mayoría de las defensas antiaéreas—. Parece que el Reich envió a la caballería pesada.

—Si supieras. Maldito danés.

Bram levantó su mirada, acomodando mejor su casco metálico. Sobre un edificio con todas sus ventanas rotas, que parecía haber sufrido algún incendio hace tiempo. Un mago con media sonrisa arrogante, rodeado de un aura blanca, se alzaba en el borde. La barrera en el cielo desapareció.

—¿Esto es lo mejor que pudo conseguir esta basura de ciudad para defenderse? —preguntó burlón.

Lincoln estrechó sus ojos; reconocía a aquel soldado debido a anteriores menciones en distintos informes. Uno de los altos mandos de las Espadas Del Nuevo Mundo.

—¡Siegfried! —exclamó Bram. Su aura rojiza creció exponencialmente, disparando desde la base del edificio hacia arriba. A pesar de caer junto con el edificio, con una de sus barreras de aura pudo regresarle el rayo.

Con solo milisegundos de reacción, Bram permitió que se acercara lo suficiente. Su aura se reunió en un punto en específico, estallando al momento de sentir el rayo de plasma, provocando que este regresara en contra del mago de barreras.

«¡Eso fue lo que hace Renate! Ese rebote extraño». Rachel no podía apartar sus ojos de la batalla, empujando a Warren a que fuera a un lugar seguro. Este último la miró, arrepentido, pero al final decidió alejarse de la zona de combates. Un humano no debía quedarse cerca cuando magos de tal magnitud se enfrentaban y la mirada de esa niña era como la de cualquier otro para él.

Jamás entendería por qué los ojos de los magos brillaban tanto cuando su vida se encontraba en riesgo.

—¡Es el mejor ping-pong del mundo! —exclamó Siegfried entre risas. En un tira y afloja en contra de Bram. El castaño corría contra el pelinegro de ojos azules, rebotando el rayo en el momento preciso, mientras que la barrera que él manipulaba a su antojo lo regresaba con menos potencia.

El operador del casco se acercó, siendo acompañado en sus costados por Lincoln e Himmel.

—¿Y el honor? ¿¡De verdad atacarán los tres!? —preguntó burlón Siegfried.

—¡Lastímate! —ordenó Lincoln. El estómago del brujo de largo abrigo verde oscuro con un casco metálico similar a una vainica se hundió ligeramente, siendo expulsado hacia atrás mientras escupía por el sorpresivo impacto repentino.

Con múltiples saltos en el aire con los que se impulsaba. Himmel pasó por encima de aquella barrera, girando en el aire mientras movía sus manos hacia abajo. Un vendaval de cortes fue disparado en contra del alemán, que cubrió su cuerpo enteramente con la barrera blanca.

—¡Francotirador! ¡Himmel!

El grito de Rachel fue tardío, pero útil. El hombre giró en el aire con viento, elevándose más. Su antebrazo fue atravesado por una bala cargada de un aura roja sangre. De no ser por el aviso, su torso se habría visto comprometido.

Sobre otro de los escombros. Otro soldado alemán, bastante corpulento, con un corto cabello negro y un rostro intimidante, estiraba su brazo. Conformado por tiras de carne, músculos y huesos. Su extremidad se había convertido en un sangriento rifle formado de su propio cuerpo y potenciado con magia. Otro general de Las Espadas: Hildebrand.

—¡¡¡Last-¡!

Lincoln quiso gritar. Hasta que su cuerpo fue paralizado por completo. Su nariz sangró al sentir un impacto directamente en su cerebro, que lo llevó a gritar adolorido una vez recuperó su movilidad.

Decenas de ojos aparecieron en el suelo, provocados por otro miembro de Las Espadas, que se mantenía oculto en algún lugar de los escombros, tan bueno que Rachel era incapaz de encontrarlo: Piorekr, el ofaním.

—¡Bram! Protege a la psíquica. —Exclamó Himmel, mientras que los ojos eran despedazados por remolinos de viento que se formaban en el suelo y diferentes superficies, pero los constantes disparos de Hildebrand que apenas lograba desviar. Se deslizó sobre pequeños huracanes, pero entonces una de las balas fue desviada por otro de los escudos reflectores de Siegfried, dirigida a Rachel.

No le daría tiempo de esquivar, ni siquiera sabía que una bala iba rumbo a su cráneo, pero un fugaz destello disparado por el casco de Bram desintegró el proyectil antes de que la cabeza de Rachel pintara con sangre la calle. Estaba por tomarla en sus brazos, hasta que se formó una barrera entre ellos que lo envió volando hacia atrás.

—¡Tienen una psíquica! —exclamó el mago de los muros, mientras que el viento dentro de su propio escudo atravesó parte de su pecho, pero pudo desvanecerlo y alejarse a tiempo, quedando con un pequeño agujero en su piel—. ¡Casi!

Rachel corrió, siendo detenida por Lincoln Logan, que la mantuvo cerca de él.

—¡Debiste irte!

—¡Hey! ¡Estoy siendo de utilidad! —Rachel respondió de mal humor. Ya arriesgó bastante la vida como para que la tratara de ese modo.

—¡Este no es lugar para un niño!

Hildebrand, con Lincoln en la mira, se preparó para disparar. Pero cubrió su costado con sus propios huesos bañados en sangre y aura, recibiendo un repentino golpe de un polaco de cabello rubio oscuro. El de uniforme beige apretó sus dientes, mientras que su aura se extendía por su brazo como una masa amorfa de color rosado. El francotirador salió volando varios metros, siendo perseguido por el enfadado hombre de alta estatura y músculos prominentes; sus mangas estaban rotas y las venas en sus formados brazos eran tan visibles que parecían estar por saltar del interior de su carne.

Ni bien lo dejó tocar el suelo, con una velocidad y fuerza tremenda, dirigió otro golpe a su cuello, tratando de terminar el combate. Lo atravesó, destrozando la mitad del cuello del hombre, bañándose con la sangre que chorreó de manera repentina. Una sonrisa victoriosa se formó en el rostro del polaco, pero esa aura roja brillante se reunió en su cuello, regenerando la carne faltante, clavándose como cuchillas en la mano del polaco.

Arrancó su mano del cuello del hombre, marcando la distancia con Hildebrand, que en cuestión de segundos regeneró su cuello como si no hubiera pasado nada. Con una sonrisa, lo hizo sonar dos veces.

—Novak, ¿cierto?... ¿Bailamos?

—¿Qué clase de monstruos hay en tu asqueroso país? —preguntó asqueado, dirigiendo más de esa masa rosada a su mano, cubriendo las heridas. Las venas en su cuerpo se marcaron mucho más. El aura rosada se hizo mucho más brillante.

Hildebrand bufó. Su brazo mutó de forma espantosa, convirtiéndose en una ametralladora pesada, que descargó en contra del hombre; múltiples disparos lograron perforar su cuerpo. Al polaco, Novak, a esa distancia le sería imposible esquivarlo, por lo que se reforzó con toda el aura que tenía, apretando los dientes, enfureciéndose por el dolor al recibir la primera bala. Su cuerpo se endureció, y cada bala dejaba una cicatriz más leve que la otra.

El polaco cubrió su rostro con sus antebrazos, corriendo como un vikingo desenfrenado hacia su presa, ignorando las heridas provocadas en su cuerpo. Sin creerlo, Hildebran juntó ambas manos, a punto de convertirlas en un arma, pero el soldado frente a él aumentó su velocidad exponencialmente sin razón alguna. Entonces su estómago fue atravesado por su brazo completo; luego fue su rostro, que quedó aplastado por la mitad por un brutal puñetazo.

A punto de decapitarlo, un impacto en su nuca lo obligó a arrodillarse. Otro miembro de las espadas, que, a pesar de ser bastante delgado, era uno de los más fuertes en cuestión de poder bruto. El siguiente golpe fue al costado de Novak, liberando una onda de choque al momento de impactar, lanzándolo contra un edificio.

—¿¡Sigues vivo, Hilde!? —cuestionó el de delgado cabello negro y corto; debido a las políticas alemanas de mantener su rostro sin algún tipo de bello, parecía mucho menor de lo que debería.

—Estaré… Como nuevo, Beowulf. —comentó el fornido hombre, regenerando su cabeza, eliminando cualquier daño recibido.

Beowulf negó sonriente, corriendo en contra del operador que ya se estaba levantando, pero se vio obligado a retroceder, agachando su cuerpo para evitar ser partido a la mitad por uno de los rayos del casco de Bram, que aún seguía siendo acosado por las barreras de Siegfried.

Antes de dar otro paso, una bala chocó con su abdomen. Usualmente, una bala de pistola no podría herirlo, pero al momento de impactar, esta estalló cual granada, enviándolo a volar unos metros con la mayoría de su ropa destrozada, lleno de cicatrices en su abdomen.

Hildebrand se colocó en medio. Observó a un pálido operador bastante alto, de cabello castaño y ojos grises bastante apagados. Sostenía dos revólveres en sus manos, los cuales utilizó, descargando decenas de disparos en contra del alemán frente a él, defendiendo a Novak, que ya había logrado levantarse.

Cada uno de esos disparos generaba una nueva explosión, pero la regeneración del soldado alemán le permitía sobrevivir a aquellos disparos por más dolorosos que fueran.

—Malditas cucarachas… No, perdón, eso es un insulto a esas pobres criaturas. —Jan frunció el ceño, manteniendo un aura plateada alrededor de él y sus pistolas—. ¿No pueden solo quedarse muertos y morir con el primer disparo? No quiero desperdiciar mis preciosas balas en basura nazi.

—¡Bombardeo enemigo! —La voz de Himmel recorrió el viento, llegando a los oídos de sus compañeros, que rápidamente dejaron de lado sus combates.

Múltiples aviones se cruzaban la calle, lanzando decenas de bombas, destrozando escombros y enviándolos a volar. Lincoln jaló a Rachel con él, formando un círculo junto con sus compañeros. Himmel los cubrió en sus flancos con un escudo de aire que desviaría casi cualquier ataque, pues las espadas también tuvieron que cesar para saltar a cubrirse, por más que quisieran despellejar ahora mismo a sus enemigos.

Rachel, rodeada por ese grupo de hombres, vio cómo el casco de Bram disparó un enorme rayo en contra de los aviones alemanes, reventando algunos en pleno vuelo, mientras que Jan disparaba con sus revólveres, reventando las bombas en el aire que caerían cerca de ellos. Su puntería era impresionante.

Rachel sintió su corazón dar un brinco. Hasta que, en medio del fuego, ignorando que la mitad de su cuerpo había sido carbonizada, Hildebrand juntó ambos brazos, generando un lanzamisiles de carne. Un misil voló en su contra. Bram advirtió con un grito, empujando a sus compañeros y a él mismo con aire para evitar el impacto. Aunque todos volaron en diferentes direcciones debido a la fuerza de la explosión.

—¡Agh! —Bram se levantó al instante antes de que Hildebrand fuera capaz de disparar de nuevo. Su rayo de plasma cubrió por completo al hombre, que incluso en ese momento, con sus intestinos por fuerza, solo como un esqueleto, un sistema nervioso y un cerebro, se esforzaba por regenerarse mientras soportaba de lleno el ataque de Bram.

Rachel, sostenida por Lincoln Logan, cayó al suelo. Junto al hombre del aura morada. Ella tosió varias veces, notando cómo toda la calle se llenó de humo y llamas. No era diferente de estar en el infierno. Apenas y podía respirar; todo su cuerpo dolía.

El mago, junto a ella, se apoyó con sus manos contra el piso. Rachel se sintió aliviada al saber que estaba bien, pero la batalla continuaría ahora que el bombardeo había pasado.

—¡Lincoln! ¡Levántate! —exclamó; entonces arrugó su rostro de forma involuntaria. En medio del olor a quemado, polvo y plomo, un nuevo olor, uno repulsivo, como huevos podridos, invadió su nariz.

Ella se cubrió medio rostro, tratando de levantarse; entonces escuchó pasos. Se volteó veloz, viendo la pared llameante junto a ella. De aquel infierno, emergió lo más parecido a un demonio que en algún momento llegó a ver.

Rodeado con una putrefacta aura amarilla, un hombre de gabardina negra con ropa del alto mando de las S.S. emergió de las llamas. Se tomó su tiempo, caminando a pasos lentos. El olor a huevos podridos se hizo más fuerte, mientras que Lincoln Logan lo reconoció como azufre. Su aura olía a azufre y se veía como este mismo en su forma gaseosa.

La sangre de Rachel se congeló, paralizándola en el lugar. No podía respirar, no podía parpadear, a pesar de querer apartar sus ojos. Creyó ser afectada por alguna habilidad; Lincoln, igual, pero no era así. No solo la operación, mejor dicho, magia, era capaz de congelar a un humano hasta el punto de que olvide pensar.

Algo mucho más antiguo llevaba realizando esta acción desde hace años. El miedo, un miedo puro y sincero hacia lo desconocido, hacia lo aterrador. ¿Y qué podría ser más aterrador que el hombre frente a ellos?

Con las manos en la espalda, el alto rango alemán se acercó con una sonrisa torcida, literalmente. Con una piel pálida. Su respiración era pesada, su piel parecía estar pegada con costuras mal hechas, amontonada con pequeños pliegues de carne que se podían notar. Su nariz estaba torcida en una postura antinatural, sin labios. Solo dos hileras de dientes cerca de su mejilla izquierda, malformado por la derecha, haciendo una boca que se inclinaba hacia un lado: Una mueca burlona eterna.

Rachel no podía creer que estuviera viendo a un humano, pero ahí estaba. Se detuvo justo frente a ellos, inclinando su cuerpo con las manos en su espalda. El sombrero negro lleno de insignias se movió ligeramente, cubriendo aquellos ojos secos sin vida, que mantenían una mirada fija que atravesó el alma de Rachel. La respiración de esa “cosa” se hizo más pesada; parecía feliz.

—Lincoln Logan… —dijo con un ánimo notable. Disfrutando de ver los ojos húmedos de la niña que lloraba sin control alguno— Y compañía… Soy el Mariscal Von Kriegsfreund… he escuchado mucho de usted, Logan. —Esa cosa trató de reír, pero solo un sonido gutural parecido a una risa fingida emergió de su garganta.

Rodeado por las llamas a su espalda, la criatura denominada como Kriegsfreund estiró su mano al rostro de Rachel, cubriendo la vista de la niña paralizada por el pánico.

—¡No! —Lincoln gritó.

El ruido crepitante de las llamas, los disparos, las explosiones y cualquier otro fue eclipsado por la respiración cansada y costosa de este ser, pero de un momento a otro, Rachel vio el paisaje estrellado de los ecos del mundo, mientras que frente a ella se encontraba el Conde de Saint Germain, manteniéndose distante.

—¿Conde?... ¡Conde! —Rachel salió del trance, respirando de nuevo. Nunca había sentido un terror similar al que ese monstruo le provocó con su presencia— ¡Conde, eso fue asombroso! ¡Dios mío! ¡Jajaja! Sentí que moriría, pero eso es imposible, ya que tú sabes. Los ecos del mundo y todo, pero wow, creí que cuando se juntaran Lincoln Logan diría algo así como “¡Vengadores unidos!”.

—Son los Magníficos, Rachel. —Corrigió Germain, falto de su tono habitual.

—¿Por qué me sacaste? ¡De seguro Lincoln podría haberme salvado! —Rachel tomó con más fuerza la chaqueta de su compañero de rol, pero su sonrisa fue desvaneciéndose ante la seriedad del conde.

—¿Conde?

—Me hubiera gustado seguirte mostrando cosas, Rachel. Tenía toda la intención de mostrarte a los magníficos contra Kriegsfreund… Supongo que será en algún momento. —El conde sonrió, una sonrisa forzada. Sus ojos giraron; entonces el grito de Jesse alarmó a Rachel, que se dio la vuelta.

Diferente a su cuerpo helado por la sangre del terror que le causó aquel ser inhumano hace unos momentos, ahora no podía moverse por la rabia que la invadió. El resonar de pasos pisando la nada misma inundó los Ecos del Mundo.

—¡Hola, Ray! —Con una chaqueta azul, shorts negros con líneas blancas a los lados y una camiseta blanca. La pálida joven de largo cabello amarillo hasta por debajo de sus hombros avanzaba pavoneándose entre los ecos. Sus ojos azules iban de un lado a otro, hasta quedarse fijos en lo más importante para ella en aquella habitación: Rachel Ficks.

—¡Adarza! —exclamó Rachel, con sus ojos inyectados en sangre. Corrió tan rápido como pudo en contra de su réplica, pero al momento de lanzar un golpe contra el rostro de Adarza, una figura encapuchada poco más alta que ella se puso en medio, cubriendo a la réplica principal.

Algo inútil, pues Rachel no pudo conectar su golpe. Se detuvo poco antes de impactar. Los ecos no permitirían la violencia; además, cualquier acto de violencia sería totalmente inútil.

Rachel apretaba los dientes, observando los ojos morados brillantes de la joven de sedoso cabello negro, que la miraba con sumo desprecio.

—Guarda tu distancia hacia mí, señora, gusano. —Gruñó la desconocida, mientras que Adarza tomaba su brazo con una sonrisa burlona.

—No seas tan ruda con la niña, Qadira. Solo está emocionada de ver a su primer amor.

Sorprendida de poder entender a su jefa en su idioma natal, Qadira asintió sin cambiar su expresión. Rachel, desesperada, continuó tratando de golpear a Adarza, pero ninguno de sus golpes lograba alcanzarla.

—¡Conde! ¡Conde! ¡Voy a matarla!

—Rachel. ¡Basta! —Jesse se acercó, tomando a Rachel de su cintura, llevándola lejos de Adarza. No tenía sentido enfrentarla dentro de este lugar.

El peli azul mantuvo su mirada en esa otra Rachel, que le guiñó un ojo de manera juguetona. Por fin pudo entender verdaderamente a lo que se refería su compañera. Eran imposibles de distinguir; incluso Adarza había cambiado la contextura de su cuerpo, rebajando aquellos kilos de más.

—No es un placer conocerte, monstruo. —dijo Jesse, frunciendo el ceño para luego soltar a Rachel, que se mantuvo de pie con su pecho subiendo y bajando; era un animal salvaje a punto de lanzarse de nuevo.

—Jess, Jess, Jess. El placer tampoco es mío, cariño. —Adarza caminó frente a Qadira, desviando su alegre expresión hacia el pelirrojo, que fruncía el ceño levantando sus puños— ¿Me extrañaste?

Saliendo del personaje, Dexter corrió con una sonrisa hacia Adarza; quería abrazarla, pero su jefa levantó la mano, deteniéndolo a poco de eso.

—Ni se te ocurra, o te mato saliendo de aquí.

—¡Jefa! Casi me vuelvo loco viviendo con este montón de malditos.

—Me imagino, me imagino. Pero bueno, te tocaba sacrificarte por el equipo, Dex.

El peli azul dejó caer sus brazos; con sus labios temblorosos, quiso decir algo, mirando de reojo a Rachel para ver qué opinaba sobre lo que acababa de ver. La rubia ni se inmutó, mantenía aquella expresión rabiosa, queriendo lanzarse a abrirles el cuello a los tres.

—Dexter… —Jesse lo llamó, adolorido; no quería creer que fuera cierto, incluso teniéndolo frente a sus ojos. Dexter lo miró un momento, antes de pararse detrás de Adarza.

—Sí, creo que ya no tienen mucho de qué hablar ustedes dos.

—¡Juro por Dios que te vamos a decapitar, monstruo! —Jesse fue el siguiente en estallar.

—Ahórratelo, maricón. —Adarza levantó sus manos, realizando un ligero ademán, mientras que Saint Germain caminaba en medio de Rachel y Jesse, quedando frente a frente con Adarza.

—Él quiere verte. —comentó con una sonrisa juguetona.

—Bien… —Saint Germain chasqueó los dedos, haciendo desaparecer a Adarza del lugar.

Una nueva figura apareció en lugar de la rubia. Un hombre tan alto como Germain, de cabellos blancos y largos que llegaban casi a su cintura, delgado, pero bien formado. Llevaba una gabardina negra con encaje y hombreras, una capa del mismo color, con un interior rojo. Un pantalón holgado y profundos ojos rojos. Rachel arqueó una ceja, confundida.

La única forma que tenía para describir al pálido hombre que reemplazó a su peor enemiga era dirigirse a él como “Vampiro”.

—Ha pasado un tiempo, Germain.

—¿Por qué utilizas esa apariencia de idiota, Arath? —Saint Germain frunció el rostro, apretando con fuerza el bastón en su mano—. ¿Acaso estás avergonzado de ser la tercera Calamidad?

—¿Calamidad? —Rachel dio un paso atrás de forma instintiva. Frente a ella, aunque no era capaz de sentirlo sin su aura, uno de los seres más poderosos del mundo se alzaba frente al guardián de los ecos. Quizás dentro de las memorias de los ecos pudo hacerle frente a Atila, pero eran eso, memorias. Ahora volvían al presente, aún en los Ecos, pero significaba que quizás, junto a ellos, Adarza había traído a una de las cinco calamidades.

—Han pasado siglos y aun así, sigues siendo un hombre muy gracioso. —El vampiro sonrió levemente, mientras que su apariencia cambiaba de vuelta. Ahora su piel era más bronceada, con ojos marrones brillantes y un largo cabello negro que llegaba casi hasta sus talones, envuelto en una túnica blanca con decoraciones doradas. Era mucho más agraciado de esta forma, pero también más delgado y pequeño— ¿Acaso prefieres verme en esta forma?

—Esos comentarios, Arath, ten cuidado —respondió el conde, copiando la sonrisa burlona de la tercera calamidad—. Lo que haces no tiene sentido.

—Claro que lo tiene, Conde, pero no pienso tener esta conversación contigo de nuevo. —Cruzando sus brazos, con una calma natural, el agraciado moreno con medio cuerpo descubierto se sentó en el aire, recibiendo una ayudita de parte del guardián— Gracias. Ahora, si le permites a mi subordinada hacer su pregunta gratis, me iré con gusto.

—Arath. —El conde frunció el ceño, señalando al moreno con su bastón—. No tiene por qué ser de esta manera.

La Calamidad suspiró, cerrando los ojos, severamente decepcionado de las palabras del guardián. Negó con la cabeza, regresando su tranquila mirada a él.

—Eres el único que no lo entiende, Conde. Ves miles de millones de futuros, has visto miles de millones de veces el pasado y sus distintas variaciones… No hay otra forma además de esta.

Saint Germain chasqueó los dedos, recibiendo de vuelta a Adarza en el lugar donde hace unos momentos hubo una calamidad. Se recostó mejor en la silla invisible, buscando comodidad, colocando una pierna sobre la otra.

—¿Qué es lo que quieres preguntar, Monstruo? —cuestionó Germain, preparando sus dedos.

—La ubicación de la cadena del espejo. —dijo Adarza sin prestarle demasiada importancia. Ella desapareció con un chasquido.

—¡Conde! No puedes darle a Adarza una oportunidad para usar los ecos. —El peli azul se acercó a Saint Germain, tomando la manga de su saco morado—. ¡Ella es el diablo en persona!

—No, no, no, Jess. —Dexter negó múltiples veces con su dedo índice, manteniendo una gran sonrisa en su rostro confiado—. Todos tienen derecho a una pregunta.

—¡Oh! ¡Deidad, mi pregunta es la siguiente! —Qadira avanzó, sosteniendo la túnica marrón que portaba. Juntó sus manos implorándole a Saint Germain— ¿Cómo puedo mejorar mi operación para convertirme en una pieza útil para mi señora?

Otro chasquido, otra desaparición, dejando únicamente al grupo principal que había llegado hace quién sabe cuánto.

—¿Por qué, Dexter? —Jesse se acercó al pelirrojo, uno de sus mejores amigos, que lo había acompañado durante meses, que le enseñó a utilizar armas a Grace. Su actuación había sido perfecta, aunque claramente toda su situación era sospechosa; Dexter nunca dio indicios de ser una réplica.

—¿A qué te refieres? ¿A engañarlos? Pues, para llegar a este momento o informarle a Adarza cada movimiento de Rachel, lo cual haré apenas salgamos de aquí. O, ¿tal vez te referirás a unirme a Adarza? ¿O ayudarla a completar el ritual de la inmortalidad? Bueno, eso es muy sencillo, mi estimable amigo amante de los hombres. —Burlón, la expresión de Dexter pasó a una de enfado, marcándose las venas en su cuello con un explosivo grito— ¡Porque soy una maldita réplica, retrasado hijo de puta! A mi yo original lo mataron como a un cerdo en un callejón; le cortaron el cuello. A pesar de ser hijo de un Erradicador, no tenía verdadero entrenamiento y se supone que solo debía vigilar a la tierna Lindsy Logan y a sus estúpidos amigos… Me alegro tanto saber que ya no tendré que fingir que los quiero, basura.

Jesse limpió las lágrimas de su rostro. Rachel no dijo nada, solo se plantó firme en frente del de cabello azul.

—Rachel, prepárate. —Ordenó el conde—. Una vez Adarza y Qadira aparezcan, sacaré a todos de los ecos. La entrada se cerrará.

—Saint Germain… —Rachel abrió sus ojos en sorpresa; quería volver a hablar con él y terminar de ver la historia de Lincoln Logan.

—Lo sé, será en algún otro momento… Quisiera poder ayudarte en tu aventura, pero no puedo interferir. —El conde bajó su mirada, sus ojos brillaron mucho más, con esa íris en forma de remolino aumentando cada vez más su velocidad—. Suerte, amiga mía.

—Cuando vuelva… Adarza será un cadáver —Rachel extendió su puño hacia el guardián de los ecos del mundo—. Y tú me contarás tu historia.

El hombre del largo mechón negro y ojos extraños asintió con una sonrisa, estirando su puño en dirección a la única amiga verdadera que hizo en siglos.

—Es un trato. Suerte, idiota.

Con la aparición de Adarza, que maldijo furiosa, y Qadira, que mantenía una seriedad inamovible. El chasquido de Saint Germain cegó a todos los presentes. Rachel se sintió triste, pero no era momento para perder de vista su objetivo principal. Matar a Adarza era la única prioridad que debía tener.

 

 

Rachel abrió los ojos. Para su sorpresa, ahora se encontraba en una parte diferente de las ruinas, rodeado de paredes grises con líneas rosadas. Algo bastante futurístico a su parecer, pero solo indicaba que el grupo de Arthur había sufrido problemas graves.

Se levantó al instante, cubriendo su cuerpo con aura, junto a ella, Jesse, que golpeaba fuertemente su frente contra aquella roca rodeada de aura rosada.

—¡Jesse!

Soltando jadeos, junto a palabras inentendibles. Su frente sangraba a montones, mientras que continuaba afligiéndose a sí mismo. La rubia lo ayudó a levantarse, pero el de cabello en forma de coleta buscó soltarse a como de lugar. Lloraba sin razón alguna, llevándole a pensar a Rachel que se trataba de alguna habilidad.

—¡Jesse, levántate!

—No puede.

Rachel desvió su mirada, observando a Dexter, sentado sobre una roca junto a Adarza, Qadira y otro alto hombre con un traje verde con negro, que fumaba cigarrillos, viéndose algo aburrido.

—El estúpido pidió saberlo todo sobre el aura, ¿verdad? Supuse que ese sería su deseo. Lo conozco bien, soy uno de sus mejores amigos. —Dexter se llevó un dedo a su boca, mordiéndolo hasta el punto de que sangró.

Adarza extendió su mano; el plateado y brillante espejo de bolsillo ya estaba abierto, emanando un aura roja al recibir la sangre de Dexter.

—Ya veo~… Rachel, mi vida. —Adarza dio unos pasos más cerca de la rubia que encendió su aura blanca; Qadira también se acercó— ¿Me reemplazaste con Lindsy Logan?... Cómo bajó tu estándar.

Rachel saltó a su cuello, estirando sus hilos para matar a su réplica malvada. Terminar con esto aquí y ahora era lo único que cruzaba por su mente. Los hilos no se acercaron lo suficiente, pues la joven encapuchada de casi 20 años, rodeada por un aura morada, detuvo aquel ataque.

—Hati fekarsh ra npam nakan keh bah npamsaram dast bozani! i ashghal. —En un idioma desconocido para Rachel, la mujer furiosa se lanzó a defender al monstruo de chaqueta azul.

Antes de que Rachel fuera capaz de reaccionar, múltiples golpes impactaron su estómago. A una velocidad comparable a la de Beatrice, Qadira acortó su distancia con Rachel, asestando explosivos puñetazos en su abdomen y su rostro.

Viéndose superada por la fuerza abrumadora de Qadira, Rachel no pudo hacer más que ser lanzada contra la pared, escupiendo sangre al recibir un último codazo en su estómago, que la llevó a apagar su aura. En un momento, su cara ya estaba hinchada y llena de sangre, además de tener múltiples hematomas en su estómago y varias costillas rotas.

«¡Es muy fuerte!» Se lamentó sin oportunidad alguna de contraatacar. Sus piernas perdieron su fuerza, cayendo al suelo recostada a la pared con líneas rosadas de neón. Qadira la tomó del cuello de su camisa, dispuesta a reventar su cabeza.

—¡Cpehmanja baist! —Adarza la regañó en persa. Qadira desistió, obedeciendo al instante las órdenes de su jefa.

Con una mueca burlona, Adarza se acercó con pasos cortos, casi saltando. Acercándose a la rubia herida y sin aura recostada a la pared. Con unos cuantos golpes había sido totalmente derrotada.

—Por cierto, antes ella te dijo algo como “No te atrevas a tocar a mi señora”. Tienes suerte de que es muy obediente incluso sin ser una réplica; si no, ella misma te hubiera matado… —No le interesaba que Rachel al parecer no estuviera escuchando, pero al recibir una mirada desafiante de la rubia, ella asintió gustosa— Extrañaba esa expresión, Ray, sigues haciendo caras tan lindas… pero claro, eres igual que yo, obviamente eres hermosa.

Adarza se llevó las manos al rostro, mientras que sus zapatos negros fueron ensuciados por un escupitajo de sangre que Rachel apenas tuvo fuerzas para dar. La réplica entrecerró sus ojos, pateando a Rachel en su mejilla con toda su fuerza, para luego meterle la punta de su zapato en su boca.

—Sigues siendo una pequeña perra, debería dislocarte la mandíbula por eso. —Con una furia evidente, que de pronto pasó a una gran sonrisa gentil, Adarza alejó su zapato, no sin antes sacar un cuchillo del interior de su chaqueta y clavarlo en el hombro de Rachel, cortando la carne sin problema alguno. Rachel gritó adolorida como pudo, mientras Adarza movía su muñeca, asegurándose de enterrar tan profundo aquel filo como fuese posible— Y con esto estamos a mano~ Ya tengo todo lo que buscaba, aunque el bastardo de Saint Germain se tomó sus libertades con mi respuesta, pero eso es lo de menos.

Adarza se dio la vuelta, alejándose de Rachel, ignorando por completo su existencia. La rubia golpeada y sangrando trató de levantarse, volviendo a encender su aura sin importar el dolor en su cuerpo, pero Qadira le había provocado demasiado daño como para eso.

«¡Vuelve! ¡Vuelve aquí! ¡No vas a irte luego de tanto tiempo! ¡Adarza! ¡Adarza!»

—¡A-Adar… za! —gritó como pudo. Recibiendo solo una fuerte risa descontrolada de parte de Adarza, que se acercó a Jesse, tomándolo del cuello de su camisa para arrastrarlo por el suelo sin que este se defendiera— ¡No! Adar… ¡Adarza! A… A mí.

—¿Qué? —Adarza se llevó una mano a su oreja, mirando confundida a Rachel—. ¿Qué te lleve a ti? ¿Por qué? ¿Crees que eres tan especial todavía? Lo nuestro ya pasó, Rachel, es sano que aprendas a soltar.

Adarza volvió a reír, lanzando a Jesse junto a Dexter, dándose la vuelta hacia Rachel mientras colocaba una mano en el abdomen del hombre con traje verde y cabello castaño oscuro.

—Juguemos algo, Rachel. Hace casi un año que no nos vemos, pero no puedo quedarme mucho aquí. —Adarza aplaudió varias veces, manteniendo una enorme sonrisa—. Falta poco para tu cumpleaños… Oh, vamos, no me mires así, aún recuerdo tu cumpleaños, eso debería darme puntos, querida, pero, en fin. El uno de abril, en el castillo Pidhirtsi en Ucrania… Ven a buscarme, ¿sí? Llega antes, y me desaparezco, además de que no volverás a ver a Jesse. Le partiré el cuello al segundo que descubra que tratas de hacer trampa… Será tu regalo de cumpleaños.

Rachel volvió a gritar el nombre de su enemigo jurado. Mientras los labios de la réplica líder se movían sin emitir sonido alguno: “Hasta pronto, Ray”. Dexter tomó a Jesse mientras la pequeña rubia reía con toda su fuerza, disfrutando de la vista frente a ella de una Rachel completamente destrozada. Todos tocaron al hombre que terminó su cigarrillo y desapareció junto con los otros cuatro.

«¡No! ¡Jesse! ¡No!» Rachel se levantó, cayendo de cara al suelo. La futurística estructura a su alrededor terminó por desaparecer, revelando que se encontraba sobre un verde prado, rodeada de un campo de aura. Seguían en el oasis, solo que ahora estaba detrás de la entrada a la ciudad señuelo de Narmer. «¿Cómo se me va a escapar? Yo… ¡Yo entrené casi un año para esto y no pude tocarla!» Con su clarividencia se dio cuenta de que los demás miembros del grupo se encontraban combatiendo, aunque no podía ver a ningún enemigo, así que era probable que no tuvieran aura. Se concentró más, escuchando los disparos provenientes del otro lado del edificio, hasta que todo se calmó. En ese momento, un portal ya estaba junto a ella.

«¿Cómo pude fallar así?» Entre sangre, dolor y lágrimas, Rachel, con su vista borrosa, vio a Arthur y Lindsy acercarse. Terminó en los brazos de su amada, que la sostuvo con cuidado de no herirla, aunque palmeó múltiples veces su mejilla al ver que Rachel estaba por perder el conocimiento.

—¿¡Ray!? ¿¡Qué pasó!? Mantente conmigo, ¿sí? Despierta.

—Lindsy… —Con dificultad, Rachel colocó su mano sobre la de la aterrada pelinegra de ojos verdes— Adarza… Adarza.

—¿¡Adarza estuvo aquí!? —Lindsy miró de reojo a Arthur, que solo miraba a su niña con dolor.

 Había permitido que, bajo su cuidado, Rachel terminara en esas condiciones. Lindsy cargó a Rachel, atravesando el portal de Arthur para volver con los demás.

—Jesse. —Rachel soltó aquel nombre. Grace se acercó rápido, buscando con la mirada a sus compañeros que fueron arrastrados por aquella extraña habilidad que formó una fortaleza en la entrada en ruinas.

—¿Rachel? —Grace frunció el ceño. Palideció al ver el portal abierto y aún no encontrar a su novio y a Dexter— ¿¡Dónde está Jesse, Rachel!?... ¿¡Dónde está Jesse!?

—Adarza… Se llevó a Jesse. —Con su boca llena de sangre, dijo aquellas palabras como pudo. Las lágrimas continuaron cayendo por sus mejillas, regresando a aquel sentimiento de inutilidad que tanto había despreciado en el pasado.

De nuevo, Adarza había ganado.

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