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#62 Los Ecos Del Mundo

Espejo De Bolsillo · por kappoff00 · 16 de septiembre de 2026

—¡Tenías un trabajo, Arthur! ¡Uno! —flotando a la deriva en un espacio estrellado, la niña con una gabardina gris y pantalones azules largos jalaba su propio cabello como si fuera a arrancárselo—. Solo debías cuidarnos. ¿¡Qué pasó ahora!?

«Cálmate, entrar en pánico no va a ayudar». Pensó. Tomó algunas respiraciones profundas, recordando a una hermosa mujer alta de ojos grises y flequillo negro. «Lo último que hice fue dormirme en las piernas de Lindsy. Debe haber una operación en la entrada. Se siente demasiado real para ser un sueño… Aunque nunca he tenido un sueño lúcido. ¡No divagues! Lo principal es saber cómo me detengo».

Al momento de terminar aquella oración en su mente, su cuerpo se detuvo en la nada. Sonrió ante ese modesto pero útil descubrimiento. Inclinó su cuerpo hacia adelante; entonces este obedeció y flotó en esa dirección. Se detuvo al pensar en detenerse, subió, bajó. Dondequiera que estuviera flotando ahora mismo, ella controlaba por completo sus movimientos.

—¡Bien! Esto mejora un poco las cosas —dijo mientras flotaba con su cuerpo recto. Por pura curiosidad, trató de dar un paso, y su pie chocó con una plataforma invisible—. Oh. —Sintiéndose más ligera que nunca, continuó caminando sobre esa plataforma que no podía ver, practicando su control de la gravedad. Cuando quería, flotaba; cuando no, caminaba. Alternaba según su mandato— ¿Será un espacio mental extraño? En el peor escenario, quizás no podré despertar hasta que me saquen de la zona afectada… ¡Pero si hubiera un límite de tiempo, ellos no se darían cuenta! ¡Lindsy! ¡Sáquenme de la barrera!

Confiando en la suposición de que ahora mismo podría estar dormida, tal vez si gritaba muy alto, su subconsciente haría hablar a su cuerpo y así darle un mensaje a los demás.

—¡No se duerman!... Ay, mierda. Estos dos estúpidos también están dormidos. Resopló con su nariz, cruzándose de brazos mientras su cuerpo flotaba y giraba en el aire. Estaba disfrutando esto más de lo debido— No puedo utilizar mi aura… ¡De mal en peor!

«Pero si puedo controlar mi gravedad con mis pensamientos, ¿puedo controlar otras cosas?» cuestionó con una sonrisa formándose en su rostro. Estiró su mano inmediatamente, tratando de invocar una pizza familiar, pero fue totalmente inútil.

—¡Ah! Este lugar es una puta mierda. —El impacto de un objeto largo en su cabeza la llevó a soltar un adolorido “¡Ay!”; por inercia se alejó de lo que sea que la hubiera golpeado, levantando sus puños, preparándose para pelear— ¿¡Quién eres!? ¿¡Dónde estamos!?

Sus ojos enfocaron a un hombre caucásico en sus treintas, con un alborotado cabello negro largo, del cual destacaba un prominente flequillo que iba a la izquierda. Su estatura no era muy superior a la de Rachel.

—¡Qué grosera eres! Una invitada en mi hogar y le faltas el respeto, Rachel Ficks. Otros estarían maravillados en tu lugar. —exclamó. Entrecerró sus brillantes ojos. Sus iris en forma de espiral poseían múltiples colores excesivamente brillantes. Tanto que Rachel quedó boquiabierta. Le obsequió una sonrisa coqueta, guiñándole un ojo— ¿Demasiado guapo?

—¿Dónde estamos y quién eres? —gruñó la rubia; no tenía ninguna intención en congeniar con ese hombre tan extraño. Aunque su atuendo le indicaba que obviamente era un operador: Botas negras altas, una chaqueta y pantalones morados de tela aterciopelada, repleto de joyas por todos lados. Anillos, cadenas, incrustaciones en su traje y la camisa verde chillona debajo de esa ropa. De nuevo, imitaban el estilo de siglos atrás, solo que este era mucho menos moderno que los trajes de la familia Logan.

—Calma, calma. Creo que iniciamos con el pie izquierdo. ¿Sí? Relajémonos un poco.

—¡Jódete! ¡Quiero irme de aquí! ¿Dónde están mis amigos? —bramó furiosa, tratando de encender su aura en un vano intento.

—Dios santo. De verdad que tú no aprendes. —El hombre se pasó la mano por su rostro, cambiando repentinamente su visible frustración por una sonrisa gigante— ¡Uy! ¡Ya sé cómo te puedes relajar!

—¿Qué? —Algo en aquellas palabras no le resultó nada agradable. Intentó lanzarse contra el hombre, pero con un mero chasquido de dedos de su parte, una fuerza invisible arrastró a Rachel hacia abajo con una velocidad inhumanamente posible. Gritó sin poder resistirse; no volaba por más que lo pensaba. Fue arrastrada por un colorido vórtice repleto de distintos colores, el hombre se alzaba sobre todo, despidiéndose con su mano.

—¡Volverás cuando tengas ganas de mantener una conversación amistosa! —dijo alegre. Se llevó una mano a su oído para poder escuchar la respuesta de Rachel.

—¡¡¡Cabrón!!!

El vórtice de colores desapareció. Dejando al hombre algo insatisfecho con aquel encuentro.

—Ah, ella siempre es tan agresiva. —Soltó un suspiro antes de desaparecer, dejando tras de sí algunos brillos morados que desaparecieron en ese espacio infinito.

 

 

—Sam y yo nos conocimos en un bar barato —Arthur sonreía con entusiasmo sin apartar la vista de su joven oyente—. En ese tiempo yo creía ser el hombre más poderoso sobre la tierra. El operador sin límites, capaz de hacer lo que quisiera.

—¿Y no lo eres? —Lindsy volvía a acariciar el cabello de Rachel con sumo cuidado de no despertarla.

—Ya quisiera yo. Ese título que tengo es solo un adorno bonito —Arthur reía, negando con su cabeza—. Antes sí llegué a creérmelo, pero, en fin. Esa noche me lancé a un bar luego de hablar con Lawrence; estaba solo y disfrutando de mis cervezas hasta que una hermosa mujer se me acercó con tanta facilidad. Lo primero que me dijo fue: “El alcohol sabe mejor en compañía, ¿sabes? ¿Qué tal si nos ayudamos a que nuestras copas sepan mejor?”

Arthur bajó la mirada, retrayendo sus piernas con gran flexibilidad para sentarse, recostando sus codos sobre ellas. Lindsy sonreía al ver su entusiasta sonrisa, como un adolescente enamorado que recordaba cómo conoció a su primer amor; esa era la impresión que le daba el más fuerte.

—Esa noche, bebimos, hablamos, no sé cómo, pero hizo que soltara varias… Cosas y, simplemente por lucirme, le mostré mis habilidades para presumir. Cuando vio mis portales, lloró de la risa. ¡No sé qué le dio risa!

—Ssshh —Lindsy llevó un dedo a sus labios. No quería despertar a los demás.

—Perdón. —Arthur negó con la cabeza, tratando de relajarse—. Había algo en ella que no puedo explicar, Lindsy; era hermosa, carismática, tan amable como rebelde. Le encantaba llevar la contraria simplemente para divertirse. Empecé a verla más seguido y fue la primera vez en mi vida que me sentí tan… Humano.

La sonrisa de Lindsy desapareció al ver el brillo resplandeciente en los ojos de Arthur, que miraba al pasado con melancolía. El mayor no se había dado cuenta de las diminutas lágrimas que se asomaron en el borde de sus ojos. Lindsy quedó atónita, pues nunca en toda su vida había visto llorar al operador más fuerte del mundo.

—Ella veía a Arthur Ficks como, en sus palabras, “Un hombre mágico que se ahorra mucho dinero en transporte”. —No pudo contener la risa al recordar cómo la alta mujer de largo cabello dorado y ojos azules dijo esas palabras— Salimos, descubrí que tenía una niña pequeña llamada Chloe, me enamoré mucho y un día... Vi a la niña más hermosa del mundo.

Arthur levantó sus manos; no olvidó ese momento, jamás olvidaría cómo fue aquella sensación al cargar por primera vez a su hija.

—Gordita, pálida y con los ojos de su madre… Recuerdo que la primera vez que vi a Rachel sentí… Sentí que era lo mejor que yo alguna vez haría por este mundo. Esa niña. —Arthur sonrió con sus labios temblorosos, dejando caer sus manos— Éramos muy felices y me hubiera encantado quedarme, pero no pude.

—¿Por qué? —Lindsy trató de controlar su voz. Era muy sensible con este tipo de historias, y que fuera Arthur el que se lo contara no la ayudaba a asimilarlo fácilmente.

—Porque soy “El operador más fuerte” —respondió secamente, casi como si imitara el tono de alguien más—. Mi vida era peligrosa, llena de riesgos; sabía que los operadores estábamos en una situación complicada con Baskerville ahora en el poder de los erradicadores, pero fui arrogante, creyendo que podría hacer lo que quisiera, pero no. Llegó un día donde el miedo me ganó y decidí… Irme.

—Arthur…

—Le expliqué todo a Sam. Ella lo entendió y, con una comprensión que me parecía antinatural, me dijo que me amaba… pero que, si eso era lo mejor para todos, entonces así debía ser. —Arthur apretó el holgado pantalón azabache que utilizaba, resoplando con fuerza por su nariz— Tuve que dejar a mi hija… Mi Ray… Dejé a la mujer que amaba y con la que estuve casi dos años de mi vida. A los 24 años me di cuenta de que, si ni siquiera podía proteger directamente a mi hija, entonces yo no era el operador más fuerte, solo era un hombre común con mucho poder y un ego aún más grande.

Lindsy apretaba sus labios, con una expresión particularmente graciosa, aguantando las ganas de llorar. Arthur, al darse cuenta de su estado, acarició su espalda. Lindsy limpió algunas lágrimas con su brazo, diciéndole que estaba bien.

—Entonces, te fuiste para no poner en peligro a tu familia.

—Cuando estás en mi trabajo, tienes mi puesto y los operadores son tan bastardos que constantemente buscan eliminar todo lo que esté por encima de ellos; es común que nunca te sientas tranquilo en un solo lugar. —Arthur alejó su mano de la espalda de Lindsy, entrecerrando sus ojos a la par que negaba con su cabeza— Las vidas que tenía que quitar, los impíos que se estaban cayendo, pero aún tenían gente relativamente peligrosa, saber que mi hija sería una debilidad que Baskerville aprovecharía y que ella junto a su madre y hermana nunca podrían tener una vida normal porque yo estaba ahí… Era demasiado hasta para “El más fuerte”.

Lindsy asintió. Darse cuenta de que incluso el operador más fuerte tenía este tipo de problemas fue un choque de realidad duro para la joven que tuvo a Arthur en un pedestal durante mucho tiempo. Él no era un dios, no era perfecto, solo era un humano común que cargaba con la responsabilidad de ser la cúspide del congreso.

—Te entiendo un poco más, Arthur. Quizás ella también lo haría si te escuchara durante quince minutos sin salir corriendo. Rachel es muy comprensiva. —Lindsy asintió con la cabeza. Con los eventos anteriores entre ella, Zachary y Engel, pudo darse cuenta de lo amable que era Rachel y lo difícil que parecía serle odiar de verdad a alguien— Por eso te huye, sabe que, si te da una oportunidad para explicarte, te perdonará o al menos te dará una oportunidad.

—Dios te oiga, Lindsy Logan… —Arthur soltó una pequeña risa—. Eres mucho más sensata y empática que tu padre.

—No creo que sea muy difícil ser más empática que papá —contestó Lindsy, soltando un profundo suspiro.

 

 

Rachel se movía tan rápido como podía; el agua que cubría por completo su cuerpo y nublaba su visión le impedía saber qué la estaba persiguiendo. Sin ser capaz de usar su aura, solo podía mantenerse en ese fondo marino, mientras sus pulmones y todo su cuerpo mantenían la sensación de estar al borde de ahogarse.

Pero eso no era posible; Rachel estaba segura de que no moriría, porque llevaba horas en el cálido fondo marino. Sus movimientos eran lentos, torpes y, desgraciadamente, ella no sabía nadar, así que no tenía más remedio que avanzar como pudiera.

«¡Lo mataré! ¡Lo mataré! ¡Juró por Dios que mataré a ese perro bastardo de morado!». Eran los únicos pensamientos que la mantenían cuerda hasta este punto. Su vista borrosa por el agua solo le permitía ver un poco de aquel lecho, lleno de corales extraños, a los que no sabría distinguir; la asqueaban por completo. Varias veces estuvo a punto de vomitar, pero sus jugos gástricos chocaban con el agua que entraba por su garganta.

La criatura alcanzó a Rachel, un artrópodo de un metro de largo, con dos apéndices con espinas que trataron de clavarse en su brazo. Rachel lo evitó por poco, alejando su brazo. Cansada de huir, plantó cara a cara a su perseguidor. Tomó a la criatura de sus costados a pesar de que ella estuvo a punto de atravesar su garganta con aquellos apéndices. Era asqueroso; sus manos apretaban sus costados llenos de bultos suaves y carnosos, con solo su fuerza base sin aura; aunque con mucho más esfuerzo, presionó a la criatura hasta reventar sus intestinos. La soltó asqueada, dejándola flotar alrededor de sus propios jugos.

Lo había matado mucho más fácil de lo que pensó; era lento, pero ella lo era mucho más al moverse debajo del agua sin saber nadar.

Maldijo con toda su fuerza, pero su voz emergió como burbujas que se elevaron a una lejana superficie.

—¡Maldito! ¡Maldito hijo de perra! —exclamó con fuerza. Pudo escuchar su voz. El agua desapareció de un momento a otro y ahora se encontraba en una gran sala de piedra— ¿Qué?

—Vas apareciendo y ya estás gritando. —Comentó un anciano que vestía una túnica oscura.

Rachel observó los candelabros dorados llenos de velas apagadas; el gran salón era iluminado por la luz natural procedente de enormes ventanales. Muchas personas desconocidas para Rachel miraban al frente, portando túnicas de un tono morado oscuro, detrás de escritorios llenos de libros, pociones, plumeros y materiales extraños.

—¿Qué? —Rachel notó que incluso ella misma estaba detrás de un escritorio. Su cosplay había sido reemplazado por aquella ropa estudiantil sacada de una parodia de escuela mágica.

—Ray, Ray.

Una voz conocida le susurró. Cuando miró a un costado, relajó sus músculos por la presencia de Jesse y Dexter; ambos vestían igual que todos. El peli azul la llamaba en voz baja. Dexter, por su lado, sumergido en una total concentración, no le prestaba atención por leer las instrucciones de un libro viejo con hojas amarillentas; parecía agregar de gota a gota un líquido rojo en un pequeño caldero sobre el escritorio.

—Esto… Esto es un salón de escuela. —Rachel dio un paso atrás, casi cayéndose al chocar con un taburete— ¿Qué hacemos en una maldita escuela?

—¡Lenguaje! —El choque de un libro contra un escritorio calló los susurros en el antiguo salón de clases. Rachel volteó a ver el fondo del salón; frente a un gran escritorio de madera negra, el hombre de ropas moradas, ahora con un sombrero de punta como el que Ellie utilizaba, se encontraba de pie con un libro en su mano y una varita de madera gris en la otra— Compórtate, Rachel Ficks.

—Si reacciona así con la escuela, imagínate con un trabajo —comentó Dexter con una sonrisa burlona. Jesse evitaba reírse, forzando los músculos de su rostro a borrar una gigantesca sonrisa.

—Deberían sacarla de la clase. —comentó uno de los ancianos. Acarició su espesa barba blanca mientras revisaba las instrucciones del libro a seguir— A Lao Tse lo sacamos por menos.

—Tranquilo, Pitágoras. —exclamó el hombre que fungía como “profesor”.

—¿Pitágoras? —Rachel se alejó de su puesto, acercándose a sus dos conocidos, tomando a Jesse de sus hombros, meciéndolo de un lado a otro sin cuidado alguno—. ¿Eres real? ¿¡Eres el Jesse real!?

Los demás “estudiantes” le gritaron que se callara. Jesse le colocó una mano en la boca, asintiendo múltiples veces con su cabeza.

—Primero, cálmate, deja de gritar, o terminarás en una esquina con el cono del burro como Aleister Crowley. —Jesse señaló con su pulgar a un hombre de escasa cabellera, sentado en un cono en una de las esquinas de la habitación. Este cono blanco llevaba la palabra “Burro” en él.

—¡Yo soy el elegido! ¡La gran bestia 666! ¡No deberían hacerme esto!

—Oh, cállate, Crowley, y ve a un maldito psicólogo.

—Lenguaje. —Regañó con desgano el hombre con ojos en espiral; a este ritmo temía que no podría dar su clase.

—Vaya, ¿te crees mucho, Rosenkreuz? ¡Lo único verdaderamente relevante que has hecho es volver loco al sobrino de Federico II de Prusia!

—¡Retira eso! —exclamó el castaño de larga cabellera y mostacho, golpeando el escritorio frente a él.

—¡Ja! Te humilló Crowley, Rosenkreuz.

—Oh, vete a la mierda, Pitágoras. ¡Tú mataste a uno de tus alumnos!

—¡Eso es una leyenda, imbécil! —contestó furioso, levantándose de su asiento—. Igual que el ochenta por ciento de la vida de Zoroastro.

—Debí haberme quedado con Buda —exclamó el viejo calvo con una larga barba negra, sentado con pesimismo en su silla.

Rachel no creía de verdad estar rodeada de venerables figuras importantes de las cuales no recordaba haber oído hablar, pero sabía que Pitágoras era un filósofo y Crowley un ocultista, así que los demás también deberían ser importantes. «¿Pero no están muertos todos estos tipos?» Pensó, con su mente hecha un desastre por el estrés y los gritos.

—Recuerdo que Crowley era un escocés bajito con poderes de demonio… —comentó para sí misma, llevándose una mano a su palpitante frente. Su cabeza estaba por estallar— ¿Qué está pasando en este circo?

—No sé, pero este Crowley es el emo con síndrome de segundo grado. —contestó el hombre del largo flequillo negro a un costado, ignorando la mirada enrabietada del ocultista con el cono del burro.

—Bueno, ya que estamos aquí. —Dexter se levantó sobre su escritorio, llamando la atención de todos los presentes— ¡Señores! ¡Quiero hacer un aporte, así que presten atención! La masturbación está hecha de lo mismo que la filosofía: imaginación y soledad.

—Dexter, si quieres escuchar sobre el Kama-Sutra, la clase de Vatsianiana está en el salón 3-C —dijo el profesor de gran sombrero, señalando la puerta de salida a unos metros de él.

—¡Basta! —Rachel alzó su voz, lanzando uno de los taburetes contra el colorido brujo, pero este solo se detuvo antes de golpearlo.

—Entiende: La violencia está prohibida en este lugar. —Suspiró resignado, negando con la cabeza ligeramente— ¿Por qué estás tan enojada? Tú misma te lo buscaste; solo estás gritando, pataleando e insultando a cada cosa que no entiendes. Eres demasiado agresiva.

—Yo… Agh. Maldito hijo de perra.

—Hagamos esto, Rachel. Terminemos la clase, y luego podremos hablar con más tranquilidad, ¿sí?

Rachel destrozó parte del viejo escritorio al apretarlo con demasiada fuerza, manteniendo su mirada fija en el brujo pelinegro. Al verse totalmente superada, asintió con la cabeza por más que la enfureciera. Regresó a su puesto, sentándose en su taburete.

—No te preocupes, Ray. ¡Escuchamos toda la clase de este loco! —Jesse jaló a Dexter, bajándolo del escritorio. Algo triste de haber perdido su asiento, pero al verlo aparecer de nuevo, ensanchó su sonrisa— Podemos con esta clase de transmutación.

—¿A mí qué me importa si pueden o no pasar la puta clase? —cuestionó sin ningún ánimo. Todavía le temblaban las piernas del terror de estar bajo el agua, aunque ya no estaba mojada.

—Solo ten fe en nosotros, Ray. —Dexter abrazó a su compañero de estudios por su hombro, guiñándole el ojo a la rubia.

Con el paso de los minutos, los estudiantes continuaron con el experimento de su alegre profesor; Jesse y Dexter terminaron en la esquina del burro junto a Crowley. Ninguno fue capaz de seguir bien el experimento, provocando una pequeña explosión en la sala que generó un gas tóxico que los obligó a abandonar por un momento.

—Bueno, no fue como esperaba. —comentó el pelirrojo.

—Los burros no hablan. —Crowley jaló el cabello del pelirrojo.

El profesor dio múltiples aplausos, dando por finalizada la divertida sesión de estudio. Los presentes se despidieron, diciéndole que esperaban la siguiente clase sin la interrupción de estos raros niños de pelos coloridos. Rachel, que estaba sentada sobre un taburete de madera con su cabeza recostada en la mesa, terminó cayendo al suelo luego de que toda la fachada de escuela mágica desapareciera. La ropa de los chicos volvió a ser la misma con la que entraron a aquellas ruinas. De nuevo flotaban en aquel espacio infinito lleno de puntos brillantes que parecían ser imposibles de alcanzar.

Alerta y genuinamente aterrada, Rachel retrocedió algunos pasos con suma desconfianza. Al parecer, era la única entre los tres que había sido castigada de forma tan severa por el hombre de ojos coloridos, que recuperó sus prendas originales.

—¿Qué va-vas a hacer ahora? —preguntó con dificultad. Frunció el ceño mientras el espacio cambiaba nuevamente. Dexter y Jesse corrieron junto a Rachel, mientras el mundo a su alrededor se reformaba— ¿¡Quién eres!?... Por favor. —Suavizó su tono, observando asentir satisfecho al brujo.

Este se acercó con sonoros pasos sobre la nada misma, jugando con el bastón de madera en su mano.

 —Soy un mero espectador que disfruta observar el devenir de la historia. —El hombre flotó, sosteniendo de nuevo aquel bastón en su mano mientras su larga chaqueta se extendía hacia atrás, convirtiéndose en una capa— He vivido por siglos dentro de este espacio, y he vivido aún más siglos en el mundo terrenal. Tuve muchos nombres, pero la leyenda siempre ha sido la misma: Un excéntrico y elegante hombre poseedor de gran conocimiento y riquezas, a veces acusado de ser un viajero del tiempo, otras veces encerrado por ir en contra de las leyes.

«¿Un viajero del tiempo? No, ¿por qué?... ¡Siento que sé quién es!». Rachel revolvía su mente, tratando de encontrar la razón por la que su historia le era tan familiar.

 Un suelo de granito apareció repentinamente debajo de ellos; Jesse volteaba a todos lados, observando cómo una incontable cantidad de libros aparecían de la mismísima nada. Del profundo espacio, ahora su escenario era un pasillo gigante, lleno de escaleras que llevaban a pisos superiores e inferiores; a ambos lados, estanterías repletas de libros hasta donde alcanzaba la vista.

—¡Fui obligado a estar aquí! Espectando la gloria humana de la que tanto amé formar parte. —El hombre de ojos multicolor apareció a pocos metros del trío, obligándolos a retroceder contra una de las estanterías— Pero no temáis, niños. Pues soy un alma generosa, caritativa y pacifista. Me considero un humilde bibliotecario que aborrece la violencia.

Rachel apretó sus dientes, queriendo preguntarle entonces por qué la envió al fondo marino solo por ser grosera, pero Jesse fue quien habló, robando la pregunta que antes quiso hacer.

—¿Eres Dios? —Jesse tragó saliva. Mantuvo su espalda contra la robusta librería, desviando sus ojos hacia Dexter, que tragó saliva mirándolo de igual forma.

Rachel notó su pecho subir y bajar sin control alguno; no era lo suficientemente valiente como para realizar esa pregunta por sí misma. A primera vista creyó que era un payaso mal vestido, pero luego de tal demostración, no dudaría ni por un segundo que estaba frente a la presencia de un ser superior que escapaba de toda lógica operadora y humana: Un dios.

Con una fuerte risa, el hombre sacó su pecho, negando con la cabeza mientras señalaba a Jesse con su bastón.

—No, no soy Dios, tampoco me considero algo parecido a uno. —contestó burlón. Cerró uno de sus ojos en una mueca divertida, llevándose la mano con el bastón a su pecho, inclinando su torso. Un sombrero de copa del mismo tono de su traje apareció, deslizándose sobre su brazo libre hasta ser sostenido por sus largos dedos— Me presento, estimables inquisitivos. Para responder sus preguntas: El Conde de Saint Germain.

—¿Saint Germain? —Múltiples veces escuchó aquel nombre, en series, videojuegos, animes, películas, novelas ligeras. Todo un personaje dentro de la cultura pop para Rachel— ¿Eres el alquimista inmortal?

—¡Ese mismo! —Saint Germain chasqueó los dedos, manteniendo una brillante sonrisa en su rostro, apuntando a Rachel con sus índices mientras enderezaba su espalda.

—Tú… —Dexter mostró una enorme sonrisa; ocultar su creciente emoción le era imposible, pero fue ignorado por completo por Saint Germain.

—Yo fui un operador que vivió hace muchos siglos, y perdón por presumir, pero era uno bastante bueno —comentó chasqueando los dedos. Tres cómodos asientos aparecieron delante de otro. Saint Germain se sentó en ese último.

 Los tres se miraron por instantes. Cada uno tomó un asiento sin articular palabra alguna. Rachel era la única que no podía controlar su mirada, que, a pesar de estar nerviosa e inundada de miedo, guardaba un profundo rencor en contra del alquimista por lo que había ocurrido.

—Alcancé la cúspide de lo que los operadores conocen como flow, y encontré la forma de convertirme en un inmortal, pero estas cosas jamás son gratis. —Subió una pierna sobre la otra, materializando una mesa en medio, repleta de pasteles, dulces, pizza.

—¿Crees que por darme comida voy a perdonar que me enviaras a… donde sea que me hayas enviado? —preguntó con un ligero gruñido, presionando sus uñas contra sus palmas.

—El cámbrico, querida —aclaró Saint Germain—. La tierra hace 500 millones de años, pero alteré algunas cosas.

Al escuchar aquello, ella se levantó, afincando sus manos en la mesa llena de comida, de la cual Jesse ya estaba comiendo al igual que Dexter.

—¿Cómo puede hacer todo esto? El aura no es capaz de realizar hazañas como esa.

—¿De verdad? —cuestionó Saint Germain con una mano en su pecho, fingiendo pena—. Oh, perdón, no sabía que tú eras una operadora con siglos de historia, inmortal y con la capacidad de ver toda la historia humana. —Hizo una pausa, dándose cuenta de algo— ¡Espera! No lo eres. Ese soy yo.

Rachel entrecerró más los ojos, molesta de escuchar reír a su hablante.

—Los operadores no pueden hacerlo, pero ¿crees que el aura es solamente la energía que usan los operadores y ya? Por favor, eso sería reducir toda su belleza. —dijo moviendo su muñeca en un ademán. Recostó su cabeza en el espaldar de su asiento para mayor comodidad.

—¿De verdad? ¡Eso es increíble! —Entusiasmado, Jesse tragó todo el pedazo de pastel que tenía en su boca—. ¿Cómo lo haces entonces? ¿Este lugar permite viajar en el tiempo?

—No, no, no se confundan, no es un viaje por el tiempo convencional. Es solo una característica de aquí. Puede almacenar la historia humana y repetirla, ya sea fielmente a como ocurrió o con ciertas modificaciones según lo elija yo. —contestó sonriente. Una taza de porcelana apareció flotando frente a sus labios; él le dio un sorbo rápido antes de desaparecerla.

—Bien, entonces eres el legendario Conde de Saint Germain. —Rachel regresó a sentarse en su asiento, fingiendo que no había tomado un trozo de pizza de la mesa, el cual empezó a comer— ¿Qué es este lugar?

—Los Ecos del Mundo. —respondió extendiendo sus manos a los lados, mientras que el paisaje cambiaba nuevamente. Ahora se encontraban rodeados de una extensa jungla, pero cambiaba demasiado rápido: animales, árboles, nubes; en cuestión de segundos, las eras pasaban en aquella imagen, de familiares de primates a los primeros seres de espalda recta y pensantes, cavernícolas, soldados, guerreros, campesinos, reyes, nobles, trabajadores. Pasamos por aldeas, megaconstrucciones, castillos; miles de eventos ocurrieron a una gran velocidad hasta estar en medio de una carretera de una ciudad moderna cualquiera. Un bus los atravesó cual hologramas, sacándole un susto pequeño a los tres jóvenes sentados.

—¿Es algo así como una superbiblioteca de todo lo que pasa en el mundo? —cuestionó Dexter; no era difícil llegar a esa conclusión ahora. Saint Germain retrajo su rostro al tener que responderle.

—Algo así, pero también de los mundos que jamás ocurrieron, toda decisión que nunca fue tomada. —Levantó su mano. La ciudad cambió a una ciudad destrozada por el fuego, otra por un tornado, luego a los escombros ardientes con el sonido de los disparos adornando un campo en guerra. Los Ecos son el primer y último gran bastión del conocimiento que alguna vez ha sido, fue y será.

—Es increíble. —Jesse se levantó de la silla; en un parpadeo volvieron a flotar en el espacio estrellado. Su cuerpo tembló por la desaparición del suelo bajo sus pies, pero no cayó— Ja… ¡El aura es sorprendente! ¿Todo esto es posible por el aura?

—Sí, podríamos decir que sí. —contestó Saint Germain, feliz de ver la emoción en los ojos del muchacho. Se levantó de su cómoda silla, acercándose al grupo para palmear el hombro de Jesse— Digamos que incluso yo, siendo el guardián de los ecos, no entiendo totalmente su aparición o funcionamiento. El día que aparecí aquí, al instante sabía cómo utilizarlo, mi deber y la verdadera naturaleza de los ecos.

—No es por ofender, Saint Germain. —Rachel terminó de comer, limpiando la grasa en sus manos con su propio pantalón; su mirada no era muy amistosa— Pero la última vez que alguien me dijo algo parecido a eso, casi me mata.

—Adarza. Sí. Puedo comprender tu desconfianza, pero ¿no crees que, si yo quisiera lastimarlos, ya lo hubiera hecho? —preguntó, acomodando el sombrero de copa sobre su cabeza—. No he tenido invitados en mucho tiempo, y no estoy tan loco como para matarlos por entretenimiento; les dije que detesto la violencia.

Rachel asintió; no tenía nada que responder en su contra. Él en este espacio era lo más cercano a un dios que Rachel conocía. No había nada que necesitara de dos humanos normales y una operadora como ella.

—¿Entonces nos ha visto? … Toda nuestra vida, nuestro futuro.

—Sí… y no, no específicamente a ustedes. —Saint Germain realizó un pequeño ademán con sus manos, moviéndolas en círculos alrededor de la otra— Digamos que incluso este lugar tiene límites. No puedo ver el presente porque es una historia inconclusa, solo el pasado, pero dentro de otras líneas del tiempo y mundos paralelos, ya el presente es el pasado, el futuro es el presente o todas sus variantes. Los mundos no son estáticos, no todos van en el mismo punto, pero más de eso no puedo explicar.

En su apuesto rostro, los colores dentro de su iris empezaron a girar, siguiendo esa extraña forma de espiral tan característica.

Todo, a excepción de ellos, desapareció.

—Este lugar tiene otra característica, una muy especial que beneficia a aquellos que entran. ¡Todo aquel que entre a Los Ecos del Mundo por primera vez tiene derecho a realizar una pregunta que se le debe responder!

—¿Cómo? —Jesse abrió de golpe sus ojos. Apretó los puños, corriendo con Saint Germain para tomarlo de su camisa, moviendo al guardián de los ecos de un lado a otro— ¿¡Podemos preguntar cualquier cosa!?

—Sí, obviamente. Ya sea del pasado, conceptos u otros mundos, recomiendo mucho que sea sobre el mundo en el que vives. Imagina pedir la lotería de otra realidad y que ni los ecos supieran que en tu mundo el último número cambiaría siempre. —dijo con una ligera sonrisa tonta, cerrando uno de sus ojos. Se alejó de Jesse, levantando sus hombros mientras su sonrisa se esfumaba, tomando un tono más serio que no le queda para nada— Obviamente, solo son sugerencias, pueden preguntar lo que quieran y, si está en las capacidades de los ecos, responderá. Puede preguntar cosas como-

—Quiero saber cómo realizar el ritual de la inmortalidad por vinculación del alma a objetos. —Dexter interrumpió a Saint Germain, que rodó los ojos chasqueando sus dedos. El pelirrojo desapareció.

—Bastardo, había tardado en hacer la pregunta. Resopló por su nariz, ignorando la obvia confusión de Rachel y Jesse.

—¿Qué? ¿Ritual de qué? —Rachel mantuvo su distancia de Saint Germain. Mentiría si dijera que no se encontraba preocupada por el paradero de Dexter, pero no había nada que hacer al respecto— ¿Dónde está?

—Este lugar es muy interactivo. —respondió el guardián mostrando las palmas de sus manos con media sonrisa—. Imagina no utilizar toda la capacidad de los Ecos para dar la mejor experiencia posible.

—Yo… —Jesse mordió su labio inferior, manteniendo la mirada en el infinito vacío debajo de sus pies—. ¡Quiero saber todo sobre el aura y la operación!

—¡Jesse, espera! —Rachel no contó con aquella impulsividad, trató de detenerlo.

El hombre de ojos coloridos y cabello negro cerró sus ojos, desviando su mirada por un momento. Su expresión fue casi como si se lamentara de lo que había pedido Jesse, pero chasqueó sus dedos. Jesse fue el siguiente en desaparecer.

—¿Por qué pusiste esa cara? —Alterada, Rachel se acercó a Saint Germain.

—Hay cosas para los humanos normales que es mejor no descubrir. Su cerebro no podrá entenderlo, pero me encargaré de que no se vuelva loco. —dijo antes de chasquear los dedos nuevamente, aunque nada cambió a su alrededor—. No me culpes por lo que esté por pasar; aquí hay reglas que debo seguir. Si esa es la pregunta que su corazón anhela, no puedo negársela… Pero puedo cambiar un poquito las cosas si la pregunta no es específica. Jeje. —Agregó con una sonrisa juguetona, repicando con sus dedos aquel bastón.

Rachel revisó su cuerpo, palmeándose diferentes zonas, contando los dedos en sus manos. Saint Germain no le había hecho nada. Suspiró aliviada, acuclillándose en el suelo.

—Ay, carajo… —Negó con la cabeza antes de levantarse de nuevo.

Digerir todo lo que le contaba el conde era difícil, un plato demasiado pesado que ni ella podía acabar por completo. A pesar de ser fan de los viajes en el tiempo, multiversos y demás tropos de la ciencia ficción, Rachel no se sentía para nada ilusionada. Estaba aterrada ante todo este poder gigantesco que caía en las manos de ese hombre.

«Obviamente está loco… Y, aun así, es quizás el operador más poderoso que existe». Pensó, levantando su mirada hacia el estático Saint Germain, que esperaba pacientemente.

—¿Qué tan poderoso eres en comparación con los operadores?

—Pff, eso es relativo; fuera de aquí solamente soy difícil de matar, pero aquí dentro has visto mis capacidades. —dijo llevándose una mano al pecho, orgulloso de su poder. Casi se le podría llamar humilde— No soy nadie especial, pero incluso si quisiera, no podría afectar el mundo con este infinito poder; es el mayor limitante del guardián.

—Ya veo. —Suspiró aliviada. Le era reconfortante saber que este lugar era algo totalmente aparte de la tierra, pero eso no explicaba el gran campo de energía que ocultaba el oasis.

—¿Por qué estás evadiendo hacer tu pregunta? —preguntó con una calma imperturbable en su rostro sonriente.

La respiración de Rachel se detuvo momentáneamente. Saint Germain la leyó a la perfección, aunque no necesitaba leerla cuando, según sus palabras, al parecer había visto miles de Rachel Ficks totalmente diferentes o iguales a ella en muchos aspectos.

—Saint Germain… Esas personas, ¿eran los verdaderos filósofos y ocultistas que existieron en nuestro mundo o solo eran ilusiones? —cuestionó con cierto brillo en sus ojos. Miró directamente los ojos en espiral del guardián, que asintió con la cabeza.

—Eran los reales. Mientras la historia de cualquier persona en tu mundo haya terminado, yo puedo traer su alma a los ecos. Es otra de sus características.

Rachel tragó saliva. Utilizar los ecos para encontrar cualquier información del espejo fue lo primero que vino a su mente una vez entendió la explicación de Saint Germain. Descubrir todas las habilidades del espejo, sus limitaciones y demás le ayudarían a derrotar a Adarza.

«No, pero… ¿Cuenta si el espejo no se ha roto? Claro, si hubiera otro espejo en otro mundo y fuera totalmente igual… Pero él dijo que ni los ecos pueden decir si el espejo de aquí tendría las mismas características al pie de la letra».

Aunque también pensó por momentos en pedir la ubicación de Adarza, pero si él solo podía ver el pasado, ¿cómo funcionaría exactamente? ¿Le mostraría la penúltima casa en la que estuvo? ¿Le mostraría a Adarza dos segundos antes de abrir una nevera mientras que la Adarza en el mundo real ya estaba bebiendo un vaso de agua? O simplemente le diría que no podía ver a Adarza porque su historia no había terminado.

Al final, no encontraba la manera de utilizar los ecos para hallar a Adarza, o, mejor dicho, solo encontraba las excusas perfectas para no intentarlo.

—Saint Germain. —Con una voz temblorosa, sin estar verdaderamente de acuerdo con lo que estaba por hacer, Rachel apenas era capaz de respirar. Su pecho subía y bajaba, su corazón se estremecía— Yo quiero… —¿De verdad gastaría su mejor oportunidad de descubrir lo que en un inicio vinieron a buscar? Se preguntó qué diría Lawrence, los demás y, más importante, qué diría Lindsy, pero esta decisión ya estaba tomada. Terminó por agacharse, colocando las manos en su rostro— ¡Yo quiero…!

—Calma.

Se percató de que el hombre de atuendo exótico se arrodilló a su nivel, colocándole las manos en sus hombros, mirándola a los ojos.

—Respira lento. Nadie te está apurando, y no te van a juzgar. Respira. —dijo con gentileza, apretando con suavidad los hombros de la rubia.

Rachel siguió sus indicaciones. Trataba de controlar su respiración. A los segundos de relajar un poco su cuerpo y mente, Saint Germain se levantó, tomando la mano de Rachel, que dudó, pero aceptó su ayuda para levantarse.

—Desde que entraron aquí pude ver sus vidas hasta que se durmieron en el templo creado por Narmer. Sé todo sobre ustedes. Hum, no es difícil saber qué pedirían.

—Espera —Rachel estiró sus manos, aún dudosa—, no sé si es lo correcto.

—Un operador actúa según lo que su corazón de verdad desee —dijo. Su sonrisa desapareció. Rachel y él se miraron unos segundos en total silencio hasta que ella bajó su mirada, apretando el arcoíris estampado en su camisa.

—Sí… Hazlo.

Saint Germain entrecerró los ojos por un momento; Rachel pensó que había fallado una especie de prueba, pero cuando su expresión pasó a una sonrisa sincera, asintió con la cabeza.

—Bien hecho, Ray. Te daré un buen rato, pero no me dejes esperando tanto tiempo aquí…

Saint Germain levantó su mano, chasqueando los dedos nuevamente. Su iris dejó de girar, mientras flotaba solitario en aquella infinitud. Su sofá de terciopelo café apareció detrás de él; se tiró a descansar.

—Ah. Qué día…

 

 

Tantas teletransportaciones le iban a hacer vomitar. No pudo responderle a Saint Germain, porque ya estaba en un espacio totalmente blanco, lo que la confundió bastante. Estaba sobre un suelo, pero tembló aterrada al pensar en la posibilidad de que quizás Saint Germain se había equivocado con lo que Rachel quería.

«¡No, no puede desperdiciar mi deseo así! ¡Lo mato!»

—¿Rachel?

Llegó a sus oídos la voz de una mujer a sus espaldas. Las pupilas de Rachel se dilataron, paralizada en el acto sin el valor suficiente para darse la vuelta.

«Conde… Gracias. De verdad, gracias.». Bajó la cabeza, mordiendo su labio inferior con una excesiva fuerza.

Apretó sus puños temblorosos. Tomó un profundo suspiro para reunir valor y darse la vuelta. La figura de una mujer de largo cabello negro y ojos marrones quebró sus defensas; ya no había miedo, no sentía que debía estar alerta en todo momento. Fue invadida por una melancolía que venía acompañada de una sensación de paz.

—¿E-eres Rachel? —preguntó la mujer de camiseta blanca con una chaqueta negra. Era alta, hermosa. Dio dos pasos hacia atrás, levantando sus brazos dispuesta a combatirla— ¡Responde! ¿Eres Rachel?

Rachel notó el miedo en los ojos de la mujer.

«Claro, debe estar aterrorizada de verme. No la culpo». Una pequeña sonrisa imperceptible se formó en su rostro.

—¡Si no lo eres…! —exclamó, ocultando su miedo. Apretó sus dientes entre sí, aunque no sabía qué hacer si resultaba no ser Rachel. La fría sensación en su abdomen le recordó el dolor desgarrador de aquella noche.

—Soy yo. —Rachel dio un paso, luego otro. Antes de que la alta mujer en sus veinte fuera capaz de reaccionar, Rachel corrió más fuerte que nunca, lanzándose a abrazarla con fuerza.

—¿Ray?... Ray.

—Soy yo… —Quebrada, Rachel apretó la ropa de la mujer. Escondió su rostro en el pecho de esta; no quería que la viera llorar, jamás le gustó que ella la viera llorar— Sí, soy yo. Soy yo… Soy Rachel.

Habló hasta que su garganta se lo permitió. Fue interrumpida por un intenso llanto incontrolable, tan fuerte como esa misma noche que su hermana fue arrebatada de su vida. Las lágrimas recorrían sus mejillas hasta manchar la ropa de la mayor. De repente, su cuello y sus hombros fueron envueltos en un gentil abrazo, que solo la llevó a llorar más fuerte; debía sacarlo todo por fin.

Se sintió segura, amada. Podía contar con tres dedos quiénes eran las únicas personas en su corazón que con un simple abrazo le hacían creer de todo corazón que todo estaría bien.

—Rachel. —La mujer trató de no llorar, pero le fue imposible. Sus manos acariciaron ese cabello dorado.

Al principio dudó de estar abrazando a la verdadera Rachel. Su cabello estaba muy cuidado, era más colorido, ¡estaba peinado! Pero al escuchar el llanto de la niña que ella misma cargó en sus brazos, no había duda de que eran la misma persona.

«¿Cuánto tiempo ha pasado?», se preguntó entre lágrimas con un fuerte dolor en su pecho. ¿Cuánto tiempo había perdido de ver crecer a esa niña tan maravillosa?

Quería gritar, quería llorar, quería maldecir al monstruo que le arrebató todo en una noche, pero el deber de una hermana mayor al ver a su hermanita llorando siempre ha sido confortarla. Era la mayor, era quien la cuidaba. No tenía el privilegio de quebrarse a llorar y gritar. Tenía una responsabilidad que cumplir: Si Rachel la necesitaba, ella debía ser su guía, su ejemplo y su soporte.

—Todo está bien, Rachel —susurró con tranquilidad, sonriente en todo molesto. Limpió sus mejillas al frotarlas contra la frente de Rachel, a la cual depositó un corto beso que la ayudó a reducir la intensidad de aquel llanto— Estoy contigo.

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